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Hemos visto al Señor

 

Noticias desde Davao

Cmi

04/12/2008: Filipinas

“Yo no traigo nada. Desde la cumbre de la montaña
pude ver en su otra vertiente maravillosas praderas y un lago cristalino.
Tan impresionado quedé que no pude traer nada;
pero vengo obsesionado por ese nuevo emplazamiento para nuestra tribu”

El tiempo va pasando en nuestro programa de formación para Misión ad gentes, durante este tiempo hemos vivido experiencias significativas en nuestro caminar y en proceso de discernimiento que nos han ayudado a escuchar a Dios en nuestra historia y realidad personal. Ahora hemos dado un paso más, hemos ido al encuentro de Dios en medio de su pueblo. Como parte de este proceso la última vivencia que hemos tenido ha sido la experiencia de inserción; dos semanas viviendo y compartiendo con indígenas o familias necesitadas de Mindanao. Los hermanos fuimos enviados a tres áreas del país: Emmanuel estuvo en Buda, área indígena y rural de Davao; Juan y Doroteo con indígenas de las montañas en Don Marcelino; Cesar y yo en las áreas marginales de la ciudad de Butuan.

Viviendo esta experiencia recordaba una historia que el hermano Benito compartía con nosotros hace algunos años, en la circular “Caminar con paz pero de prisa”, era una leyenda americana que trataba de una tribu india acampada desde tiempo inmemorial al pie de una gran montaña. Su jefe, gravemente enfermo, llamando a sus tres hijos, les dice: “Suban a la montaña santa. Quien me traiga el más bello regalo me sucederá como jefe”. Uno de los hijos le trajo una rara y hermosa flor. El otro le entregó una hermosa piedra multicolor. El tercero le dice al padre: “Yo no traigo nada. Desde la cumbre de la montaña pude ver en su otra vertiente maravillosas praderas y un lago cristalino. Tan impresionado quedé que no pude traer nada; pero vengo obsesionado por ese nuevo emplazamiento para nuestra tribu”. Y el anciano jefe replicó: “Tú serás el jefe porque tú me has traído como regalo la visión de un futuro mejor para nuestra tribu”.

Esta ha sido para mí la vivencia de estos días, tener una visión de nuestra futura presencia misionera en Asia, compartiendo la sencillez de vida, la realidad, el trabajo, alegrías y sufrimientos en medio de los más pobres en los países donde seremos enviados. Ha sido la experiencia de descubrir a Dios en medio de la gente, de su pobreza, sencillez, generosidad, hospitalidad; descubrir su rostro y su presencia en rostros y nombres concretos de las personas que compartieron con nosotros y nos acogieron en sus casas o comunidades como parte de sus familias durante estos días. Ha sido también una oportunidad para compartir en sencillez y fraternidad nuestro ser hermanos, y dejarnos tocar por el Dios encarnado que una vez más nos impulsa a comprometer nuestra vida entre los más pobres.

Al finalizar la experiencia dedicamos varios días para compartir nuestras vivencias en la inserción, recoger los frutos de la misma, orar y celebrar que hemos visto al Señor en medio de su pueblo. Su llamada sigue siendo actual y presente para cada uno de nosotros. Debemos renovar una vez más nuestro compromiso de seguirle en esta propuesta de vida misionera en Asia o donde Él quiera que seamos signos de su amor y bondad.

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H. Gilber Barillas

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