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Desde la cárcel de Davao

 

Una experiencia del hermano Juan Castro (Misión ad gentes)

Cmi

24/02/2009: Filipinas

Es probable que cuando recibas estas líneas nosotros estemos ya en otro lugar o haciendo otro trabajo. Esta vez quiero compartir contigo una de las experiencias que más vida me ha comunicado durante el tiempo en Davao (Filipinas). Uno de mis compañeros de misión estaba encargado de hacer su apostolado en la cárcel de la ciudad. Todos los sábados iba a charlar y convivir con algunos de los prisioneros. Me invitó un domingo a que lo acompañara a la misa en la prisión y así fue como comenzó mi amor por esa liturgia de los domingos. Una liturgia llena de vida como no he visto en mucho tiempo. Recuerdo las misas de juventud y las misas llenas de fe y cantos comunitarios en las parroquias de Corea, pero esto era diferente. Unos trescientos presos y presas que se apretujaban en la pequeña capillita dentro de la prisión; y la música, los mismos presos preparando las canciones, teniendo su coro especial, y el sacerdote, un padre marista, que comunicaba fuego y hacía viviente la palabra de Dios en esos lugares de esclavitud y muerte.¿Cómo puede ser eso posible? Mi curiosidad al principio era saber qué es lo que la Palabra de Dios puede comunicar a la gente que está en la cárcel, cómo puede resonar la palabra “liberación” para quienes viven sin libertad. Y sin embargo yo veía que la comunicación, la explicación de la palabra tenía el mismo efecto que con Jesús y los discípulos de Emaús. ¨¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras?¨ Y eso era lo que pasaba… La Palabra se encarnaba en la vida de estos también hijos de Dios y quizás con mayor profundidad, dando esperanza a los que estaban sin esperanza, trayendo luz a los que vivían en tinieblas de muerte. No es que comprendiera todo lo que decían en la lengua del lugar; sin embargo notaba la participación, la comunicación que el sacerdote lograba establecer con los habitantes de ese lugar, hombres y mujeres. La sintonía era clara, la Palabra les llegaba profundamente, y de sus corazones nacían cantos y salmos de agradecimiento…

Llevo 10 domingos asistiendo a la misa. Las caras de los detenidos ya me son familiares. Al llegar al lugar, si la misa aun no ha empezado, tenemos tiempo para intercambiar saludos y preguntar por sus intereses. Un grupo de laicos colabora cada semana administrando un poco de comida y de formación cristiana. Las hermanas maristas han comenzado a dar clases de computación a los que lo desean. Gente de la misma prisión se ofrece a colaborar y ayudar en las clases. Hay otros que quieren estudiar lo más elemental para tener un certificado básico. Laicos maristas y formandas maristas también ayudan en este ministerio. ¡Qué sorpresa me causó ver a una de las jóvenes que quieren ser religiosas, entrar sin temor en una de las salas de los presos y con soltura comenzar a enseñar Inglés a un grupo de unos 15 jóvenes que cumplen sentencias leves! Es maravilloso poder ver lo que es capaz de realizar la fuerza del amor. Los sábados en la tarde, los PRESOS que forman el coro de la misa dominical ensayan. ¡Qué celo demuestran en la preparación! Una y otra vez repiten la música; los encargados de cantar los salmos, ¡con qué fervor y sentimiento lo hacen! Uno de los componentes del coro, una persona de unos 60 años, me decía: “Hermano, no sabe lo feliz que soy aquí, pues he encontrado a Jesucristo. Mi vida ha cambiado.

Ahora todo tiene un nuevo sentido y yo soy feliz de poder vivir en unión con Dios en este lugar de gracia”. Me enseñó una libreta en la que tiene escritas a mano todas las canciones de las liturgias dominicales, y añadía: “En la madrugada, antes que todos se levanten, tengo tiempo para meditar y ponerme en la presencia de Dios cada día. Ya no me importa que mis parientes no vengan a verme; sé que mi anciana madre está bien y yo aquí he encontrado de nuevo una esperanza para vivir.”

Son tantas las experiencias y las muestras de entrega a Jesús prisionero por parte de tanta gente, que me siento pequeño e insignificante. Durante esta semana, se celebra el NACOCOW (Nacional Correccional Consciousness Week) con el lema: “Una visión, una meta, un corazón y un Dios”. Los representantes de las diferentes confesiones religiosas se han unificado para llevar a cabo una celebración ecuménica durante este tiempo. Los protestantes, los adventistas y los católicos estarán presentes pero no sólo ellos, también los musulmanes practicantes del Islam estarán en las oraciones y en la lectura de los libros sagrados, La Biblia y el Corán. Parece mentira, pero ésta es la realidad que llena de esperanza: el Reino de Dios está presente, el sol que nace de lo alto ha visitado este santuario viviente, para todos los que vivían en tinieblas y sombras de muerte.

El Señor ha recordado su santa alianza y el juramento que juró, para que libres de temor, todos lo sirvamos con santidad y justicia en su presencia, todos nuestros días.

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H.Juan Castro

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