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H. César Henríquez

 

Misión ad gentes – Grupo VIII

Cmi

07/11/2011: Filipinas

Tuve la suerte de pasar el Domingo de las Misiones, 23 de octubre de 2011, con el Grupo VIII de misión ad gentes. Es casi una paradoja hablar de ‘grupo’ porque solo hay un hermano haciendo su formación misionera en la Escuela Misionera de Madrid.

Hermano César Henríquez comparte con los lectores de WEB algunos de sus sentimientos antes de partir para ad gentes. Son extractos de una larga entrevista conducida por hermano Teófilo, Coordinador de ad gentes.


1. Tu situación en Madrid…

Te agradezco que hayas venido a visitarme. Siento así la cercanía tuya; pero no solo personalmente, sino también de la Institución. Me siento acompañado.

La Comunidad que me ha acogido se ha excedido en atenciones: los hermanos han sido demasiado buenos en todo momento. Siempre que he necesitado algo los hermanos estuvieron presentes; todos ellos. De hecho yo me siento en casa. Me uní en todo a la vida comunitaria; participé en la elaboración del proyecto comunitario; fui un miembro más de la comunidad; participo en todo.

Los esquemas de trabajo en el colegio son similares a los de los colegios que tenemos en mi Provincia América Central. La organización de las comunidades es muy parecida; por eso en nada me siento extraño.

 

2. La Escuela Misionera de Madrid:

La formación en la Escuela es muy buena, muy seria. Lleva 20 años de funcionamiento y de experiencia preparando misioneros, lo que le da una gran consistencia. Pero la encuentro bastante ‘eurocéntrica’: son europeos, sobretodo, que van generalmente a América Latina y a África. Cómo ves yo no soy europeo, no voy a América Latina, no voy a África, sino a Asia.

Es muy claro en todos los ponentes que la actividad misionera no consiste en imponer el cristianismo, sino en ofrecer la experiencia de Jesús crucificado y resucitado. Esto punto sí que me ha gustado en todas las charlas y en todos los ponentes. Además de este respecto por las culturas locales, todos los profesores han insistido en el diálogo interreligioso. Esto para mí es esencial; estoy seguro de que me va a servir en mi futura actividad misionera. Los contenidos y la estructura del curso me parecen muy interesantes.

La Escuela se transforma también en un centro de amistad. Muy rápidamente nos hemos sentido amigos. A la semana de estar aquí ya nos sentíamos como si fuéramos de familia. De hecho hay un ambiente muy bonito, muy hermoso entre los 20 que la frecuentamos: 11 religiosos y 9 laicos. Estos 9 laicos viven en comunidad, lo cual es también muy interesante.

Como se deduce de lo que digo, el curso es muy bueno, incluso excelente; yo lo recomendaría a otros candidatos. En mi opinión hay un solo “pero”: no tiene lugar en Asia; ¡es una lástima! Cuando me ofrecí para ir a Asia, Europa (incluso para la formación) no entraba en mis esquemas mentales…

 

3. Experiencia personal en misión: sentimientos, interrogantes…

Mi preocupación misionera no viene de ahora, ya viene del Escolasticado. Lo platiqué algunas veces con el hermano Seán. Yo estaba en Roma cuando salió la 1ª carta de invitación: desde entonces este tema, que ya estaba presente en mi vida, se convirtió en un tema más fuerte todavía.

En este momento esa decisión responde a mi deseo vocacional. No me cabe la menor dudad de que tengo una vocación misionera y de que estoy ante una llamada de Dios. Y al ofrecerme lo tengo muy claro: por un minino de 9 años, que después pueden ser más: no tengo ningún inconveniente en renovar el “contrato”. Mi actitud es de disponibilidad y apertura. “¿No te da miedo?”, me preguntan algunos. Respondo: “¿Miedo? ¿Por qué? ¡No!”. A lo mejor alguna ansiedad…

 

4. ¿Qué dirías a futuros candidatos?

Les recordaría una convicción profunda: la vocación misionera debe partir de una experiencia personal de Dios y con Dios; no puede reducirse a una aventura personal por cualquier otro motivo: conocer nuevas tierras, descubrir nuevas culturas; contactar gentes de otras culturas, curiosidad intelectual o religiosa, diálogo, incluso con otras religiones. Todo eso tiene mucho de positivo y es muy válido, pero no puede ser la motivación profunda para una vocación misionera. Solo con esas bases, el “misionero” podría desanimarse cuando llegaran las primeras dificultades, que llegarán sin duda alguna. 

Repito: la gran motivación tiene que venir de Dios: saberse amado por Él, y saber, con la ayuda de distintas mediaciones que nos pueden facilitar el discernimiento, que Él nos llama a esa aventura misionera de darle nuestra vida, dándosela a los demás, a nuestros hermanos y hermanas.

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