Inicio > Animación > Cmi > Filipinas

 

 


Para recibir noticias sobre el Capítulo en su correo, haga clic aquí y rellene el formulario

 


 



 


Emili Turú - La Valla: casa de la luz

Emili Turú
Superior general



 

FMSI

Conectarse

Hermanos maristas

RSS YouTube FaceBook Twitter

 

Foto de hoy

Tanzania: Niños maristas cantando durante la celebración del 25 aniversario - Mwanza

Hermanos maristas - Archivo de fotos

Archivo de fotos

 

Últimas novedades

Archivo de novedades

 

Calendario marista

24 septiembre

Nuestra Señora de la Merced
1836: profesión religiosa del P. Champagnat y de los primeros padres maristas

Calendario marista - septiembre

Desde el proyecto misión Ad Gentes

 

Davao, las nuevas fronteras de la misión marista

Cmi

20/12/2006: Filipinas

Davao es una ciudad filipina que se encuentra al sur de la isla de Mindanao, una de las más importantes islas que conforman el archipiélago filipino. Cuando los superiores eligieron Davao como sede de estos cursos, ya entrevieron el choque cultural, físico y social que iba a producir en la mayoría de los participantes. Vivir en Davao y en la isla de Mindanao es ya vivir en frontera, pues, a pesar de que el lugar donde nos alojamos sea como un oasis, uno descubre extramuros la pura y cruda realidad en la que viven muchas personas del entorno. También, en la isla de Mindanao, es donde realizan su misión la mayoría de los hermanos filipinos. Yo podría ahora hablaros, largo y tendido, de las comunidades maristas que están dando aquí un testimonio profético, arriesgando incluso sus vidas, por dar a conocer y amar a Jesucristo en zonas de influencia musulmana. Ésta es otra de las fronteras de la misión que uno aquí descubre: ser testigo de Jesucristo, vivir en frontera como misionero puede costarte la vida.

Lo vivido en Davao durante estos meses ha sido desafiante, provocador y desestabilizador, nada que ver con los sueños iniciales que al principio algunos teníamos. Tengo que agradecer al hermano Luis Sobrado, VG, el que nos pusiera las pilas desde el primer momento y que nos transmitiera esa pasión y fuego interiores que rezuman las palabras del hermano Séan en su convocatoria. ‘Algo se mueve en la Congregación... para bien’, me dije. ‘Esta Misión Ad Gentes no es fruto de la casualidad, no es un mal sueño; tampoco es un empacho de documentos eclesiales o capitulares. Aquí late el Espíritu que nos está guiando por caminos insospechados’.

A lo largo de estos meses, se han ido sucediendo los diferentes talleres y experiencias que el equipo de orientación había programado. Pero, afortunadamente, no todo estaba programado y previsto. Por ejemplo, la vida comunitaria. La comunidad ha sido la primera frontera o linde que hemos tenido que superar. Uno no se topa todos los días con una comunidad internacional, multicultural y multirracial como la que hemos formado aquí los veinte hermanos participantes, y eso que decimos que somos un Instituto internacional. Creo que éste es otro de los nuevos desafíos a que nos invita el hermano Superior general y su Consejo: la creación de comunidades internacionales que superen la estrechez de miras del provincialismo trasnochado y que sean testigos de la fraternidad universal a que nos llama nuestra vocación: En un mundo cada vez más fragmentado e individualista, nos sentimos fuertemente llamados a vivir la profecía de la fraternidad, a poner en práctica nuestro «ser hermanos» de los niños y los jóvenes, a través de gestos concretos de atención y acogida, de escucha y de diálogo. El fuego de Pentecostés nos impulsa a avanzar en la misión «ad gentes» con toda la Iglesia. (Mensaje del XX Capítulo general, 35-36)


Lo nuevo pide novedad

Somos conscientes de que vivimos en un planeta cada vez más globalizado; y esto exige a las congregaciones religiosas nuevos planteamientos, nuevos enfoques sobre la misión y sobre la propia estructura de la vida religiosa. Y nuestra congregación es consciente de ello. Por eso el hermano Séan y los últimos Capítulos generales nos insisten tanto en dar respuestas creativas y audaces a los nuevos areópagos que están surgiendo por doquier y que cuestionan nuestro estilo de vida y nuestra propia existencia y nos invitan a descubrir las nuevas fronteras de la misión. Quizás algunos, al oír esta expresión, piensen que me refiero a las fronteras geográficas de los nuevos países de la misión ad gentes. A éstos les tendría que decir que tal expresión ya tiene unos años, y que incluso el anterior Papa la utilizó en numerosas ocasiones. Pero entonces, ¿a qué se refiere exactamente? Nos responde el Papa: Hoy nos encontramos ante una situación religiosa bastante diversificada y cambiante; los pueblos están en movimiento; realidades sociales y religiosas, que tiempo atrás eran claras y definidas, hoy día se transforman en situaciones complejas. Baste pensar en algunos fenómenos, como el urbanismo, las migraciones masivas, el movimiento de prófugos, la descristianización de países de antigua cristiandad, el influjo pujante del Evangelio y de sus valores en naciones de grandísima mayoría no cristiana, el pulular de mesianismos y sectas religiosas. (Redemptoris Missio, 32)

Tan sólo desde la audacia y el celo evangélicos se pueden asumir estos nuevos areópagos. Todo esto requiere una capacitación nueva para los futuros misioneros. Muchas veces habrá que cruzar varias clases de fronteras para acompañar a Cristo en su misión. En donde Él está, allí debemos estar nosotros. Hoy la Iglesia debe afrontar otros desafíos, proyectándose hacia nuevas fronteras, tanto en la primera misión ad gentes como en la nueva evangelización de pueblos que han recibido ya el anuncio de Cristo. Hoy se pide a todos los cristianos, a las iglesias particulares y a la Iglesia universal, la misma valentía que movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para escuchar la voz del Espíritu. (Redemptoris Missio, 30)

Hoy en día, nos encontramos comunidades que parecen cansadas, en las que asoma la rutina, la pugna entre aspiración y realidad, el miedo a una situación histórica nueva, la falta de fervor, tanto más grave cuanto que viene de dentro. Dicha falta de fervor se manifiesta en la fatiga y desilusión, en la acomodación al ambiente y en el desinterés, y sobre todo en la falta de alegría y de esperanza. (Redemptoris Missio, 36) Se siente la ausencia del aliento del Espíritu. Ante esta situación cabe preguntarse, ¿no será la misión el dinamismo que devuelva la vida y la esperanza a las comunidades? El fuego de Pentecostés nos impulsa a avanzar en la misión «ad gentes» con toda la Iglesia. (Mensaje del XX CG, 36) Desde Pentecostés, el dinamismo eclesial siempre va saltando todas las fronteras y las orillas para brotar en espacios nuevos: Es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio y por la fundación de nuevas Iglesias en los pueblos y grupos humanos donde no existen, porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia, que ha sido enviada a todos los pueblos, hasta los confines de la tierra. Sin la misión ad gentes la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su significado fundamental y de su actuación ejemplar. (Redemptoris Missio, 34)
Sólo preguntándose por las fronteras de la historia y por los nuevos areópagos, se puede dar respuesta a preguntas fundamentales: ¿Dónde debe darse testimonio de la fe? ¿Desde dónde está llamando el Espíritu de Jesús? El último Capítulo general recomienda: Que se facilite la movilidad de los hermanos de una provincia a otra con vistas a impulsar proyectos de solidaridad, evangelización y educación. (46). Por eso, la globalización de la solidaridad y el servicio a la reconciliación entre los pueblos se han de convertir en los confines prioritarios para la misión del futuro. El Espíritu nos empuja a salir, a ir allende los muros, porque fuera se encuentra el corazón del mundo, y solamente saliendo se pueden percibir sus latidos y sus inquietudes. Esta es la espiritualidad del éxodo: salir de nuestras seguridades para encontrar a Dios fuera; para eso, tendremos que cruzar las orillas y saltar las fronteras.

Quizás ahora adquieran un sabor profético aquellas palabras paulinas que tantas veces hemos escuchado, meditado y proclamado: ¿Cómo van a invocar a aquél en quien no creen? ¿Y cómo van a creer en Él, si no les ha sido anunciado? ¿Y cómo va a ser anunciado, si nadie es enviado? Por eso dice la Escritura: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias! (Rom 10,14s).


Hermanos “Ad Gentes”

Va a cumplirse ahora un año de la publicación de la Carta de Invitación a la Misión Ad Gentes que el hermano Superior general dirigió a cada hermano. En aquel momento, -tengo que confesar- no supe captar el alcance de esta audaz iniciativa. Y heme aquí, que ahora me veo embarcado y participando en este singular proyecto.
Hace unos meses, un hermano misionero me confesaba lo que sigue: “En la vida del misionero no hay mucho ‘romanticismo’; a veces, más bien, bastante de ‘drama’; no hay mucha poesía pero sí mucha dura prosa cotidiana. Ojos siempre abiertos para observar, oídos atentos para escuchar y un corazón dispuesto a acoger lo nuevo, lo diferente, y dejarse evangelizar haciendo camino”.

Muchas cosas han pasado desde entonces: seminarios, talleres, experiencias de inserción, encuentros intercongregacionales, visitas de los superiores... De todo lo que hemos oído, visto y experimentado, me quedo con las experiencias de inserción. A lo largo de estos meses, hemos participado en tres tipos distintos de inserción. La primera tuvo un carácter semanal: trabajo con los niños de la calle, ancianos, presos, discapacitados físicos y psíquicos, drogadictos. De cada una de estas experiencias se podría escribir mucho. Pero las dos experiencias que más marcaron y dejaron huella fueron la vivencia, durante una semana, en una comunidad marista de la zona (padres, hermanos, hermanas). Nuestros ojos se abrieron a muchas realidades: el trabajo con prostitutas, la formación de catequistas y de líderes comunitarios, el desarrollo agrícola, el trabajo universitario, el diálogo interreligioso con musulmanes en zonas de riesgo, la implantación de comunidades cristianas de base en zonas indígenas, la pastoral vocacional intercongregacional, la animación pastoral de comunidades alejadas de las parroquias y sin asistencia religiosa. Estas experiencias nos ayudaron a conocer nuevas posibilidades de misión y a desarrollar la colaboración intercongregacional.

La segunda importante experiencia de inserción se realizó en medios sociales diferentes: una vivencia con pescadores en Padada, con campesinos en Buda y en escuelitas tribales de montaña en Don Marcelino (nada que ver con Champagnat, sí con su espíritu). Compartimos la vida de la gente conviviendo con ellos en sus casas, con su pobreza, en su cultura, sus aspiraciones, sus luchas, sus valores, su manera de encontrarse con Dios..., compartiendo su trabajo, su comida, su casa, la habitación para dormir, sus sanitarios...; todo desde su perspectiva y la de la Palabra, que ese día privilegiaba a pobres, lisiados, ciegos y paralíticos... (Lc 14, 21.24). Cinco hermanos fuimos a escuelitas de montaña distintas, perdidas y distantes, muy pobres y separadas entre sí. Con los indígenas, se vivía en la casa del maestro, en una casita de bambú construida por la comunidad. El maestro, cuya familia vive en otra parte, es también nativo y habla la lengua local. Esta experiencia nos resultó muy parecida a la que vivieron los primeros hermanos que fueron enviados a los pueblos de dos en dos, y que se hacían su comida y vivían con sus alumnos. Lo que descubrimos, nos ayudó a entender la visión del Padre Champagnta de enviar a los hermanitos de María a las zonas rurales pobres.


Ser misionero en Asia

Vivir en Asia significa tener que cruzar constantemente las fronteras divisorias de una variedad vertiginosa de idiomas, razas, culturas y religiones. Además de las fronteras geográficas, existen otras creadas por el proceso de globalización: la creciente brecha entre ricos y pobres, la violencia contra mujeres y niños, el fundamentalismo religioso, los conflictos políticos y militares. Ser misionero en Asia requiere una solidaridad afectiva y efectiva con la gente de ambos lados de las fronteras, especialmente con los marginados y oprimidos. En Asia, el misionero tiene que comprometerse a vivir una espiritualidad marcada por la presencia, el diálogo de la vida, la inculturación, la transformación de mentalidad y del estilo de vida, la reconciliación, la armonía, el diálogo interreligioso, y a vivir a la “intemperie” de los hombres. Tiene que ser una persona seducida por Jesús y su Reino, una parábola viviente de comunión y fraternidad apostólica. No les van a faltar las dificultades a nuestros hermanos misioneros en Asia. Por ejemplo, en algunos países, se prohíbe la entrada explícita de misioneros; en otros, está prohibida no sólo la evangelización, sino también la conversión e incluso el culto cristiano; hay lugares en Asia donde los cristianos siguen viviendo en la clandestinidad. En otros lugares, los obstáculos son de tipo cultural: la transmisión del mensaje evangélico resulta insignificante o incomprensible, y la conversión está considerada como un abandono del propio pueblo y cultura.


Todas las diócesis del mundo entran en nuestras miras

Cada vez entiendo mejor este sueño de nuestro Fundador. Cuando uno lee la correspondencia que mantuvo con los misioneros destinados en Oceanía, uno se da cuenta de que el Padre Champagnat siempre estuvo atento a las ´insinuaciones´ de la Providencia y que no descartó nunca ningún continente como campo de misión. Hoy también entendemos mejor lo que escribía el anterior Papa en la Redemptoris Missio 82, sobre la misión urbana: Más numerosos son los ciudadanos de países de misión y los que pertenecen a regiones no cristianas, que van a establecerse en otras naciones por motivos de trabajo, de estudio, o bien obligados por las condiciones políticas o económicas de sus lugares de origen. La presencia de estos hermanos en los países de antigua tradición cristiana es un desafío para las comunidades eclesiales, animándolas a la acogida, al diálogo, al servicio, a compartir, al testimonio y al anuncio directo. De hecho, también en los países cristianos se forman grupos humanos y culturales que exigen la misión ad gentes. Las Iglesias locales, con la ayuda de personas provenientes de los países de los emigrantes y de misioneros que hayan regresado, deben ocuparse generosamente de estas situaciones.

Por todo ello, debemos también alegrarnos nosotros porque hoy nuestro Instituto se siente llamado a responder a este especial reto de la Misión Ad Gentes con osadía y arrojo, y desafiando todas las previsiones humanas. Como Champagnat, pongamos nuestra confianza en la Providencia que nunca abandona a los que a ella se confían.

H. Miguel Ángel Sancha

7784 visitas
Cmi