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Aprender de la experiencia

 

Misión Ad Gentes

Cmi

03/03/2008: Filipinas

Hace ya más de un mes que llegamos a Davao. No podemos recoger aquí todos los acontecimientos, pero hay algunas cosas que vale la pena contar. Todos los miembros de nuestro grupo, el cuarto grupo, han manifestado su agradecimiento por la cálida acogida que se nos ofreció al llegar. Salieron al aeropuerto a buscarnos prácticamente a cada uno individualmente. No hubo llegadas masivas, aunque varios viajaron el mismo día. Por ejemplo, el 13 de enero alguno llegó a las 6 de la mañana, otros a las tres de la tarde, y aún hubo alguno más al atardecer. El equipo de orientación, pacientemente, se encargó de ir recogiendo a los hermanos como el águila cuando va acarreando a sus aguiluchos para cambiarlos de sitio. Después, una vez en casa, todo eran sonrisas por esquinas y pasillos.

Nosotros residimos en uno de los cuatro pabellones que tienen las Hermanas de San Carlos Borromeo. La casa tiene 24 habitaciones, y una sala grande multiusos. Aparte de otras dependencias, hay también un oratorio donde pueden acomodarse 6 personas.

Alguien dijo una vez que la cocina es como la fábrica. Cuando algo bueno sale de allí, los clientes están contentos. Ése es precisamente nuestro caso. Casi todos los hermanos están a gusto con la comida que aquí se prepara, lo que a veces llamamos el “menú internacional”. Nadie ha pasado un día entero sin probar bocado, quitando uno que se autoimpuso un ayuno estricto el Miércoles de Ceniza.

Externamente, la relación entre los hermanos es alentadora. Aunque la comunicación se vea algo mermada por la barrera del idioma, uno siente el afecto en el rostro de los demás. No te quedes mucho tiempo recluido en la habitación, porque alguno llamará a tu puerta para preguntarte si estás bien.

Lo que llevamos de curso hasta la fecha nos ha ayudado grandemente a ir poco a poco haciendo nuestro discernimiento misionero. El primer núcleo versó sobre la utilización del diario. Ese medio contribuye a que tomemos conciencia de las diversas etapas de nuestra vida. Para la gran parte del grupo fue una novedad aprender la técnica del mandala. Un hermano decía: “Yo escribo unas líneas todos los días, y si me olvido de algo, cuando lo recuerdo también lo escribo, aunque hayan pasado días”.

El Eneagrama sirvió para analizarnos a nosotros mismos. Con eso empezamos a entender por qué uno hace ciertas cosas. Yo compartí mi pensamiento sobre ello con los demás: “Es así como se siente más compasión por un compañero, cuando llegas a descubrir quién es”. En lugar de enojarse con él porque tarda en dar un paso, uno se siente solidario, le da ánimos y espera.

También hemos estudiado el modelo apostólico de uno de los grandes misioneros de la primitiva Iglesia, San Pablo. Es importante desconocer lo que Dios tiene preparado para su criatura. Pablo no era uno de los doce elegidos, pero aprendió a ser un excelente apóstol.

Hemos abierto nuestros horizontes mediante la lectura de las cartas de los primeros maristas misioneros en Oceanía. Para más de uno, entre ellos yo, esto era una verdadera novedad. Mi comentario fue: “Ellos fueron enviados por la Iglesia, para crear Iglesia y a veces tardaron en llegar a sus destinos a causa de airados mares tormentosos. Nosotros somos enviados por la Iglesia para crear Iglesia y tenemos que demorar nuestro viaje a causa de problemas con los visados”.

Aprender de la experiencia: Ser un hermano marista en una parte del mundo no es lo mismo que ser un hermano marista universal. Cuando uno va a otro lugar distinto, aunque sea a una comunidad marista, hay algunas cosas que tiene que dejar o que tiene que subir a bordo con él.

Termino. Un día pregunté a un hermano: “¿En qué momento se decanta uno por un concreto país de misión?”. Él me respondió: “Si crees que Dios ya te ha llamado a esa misión ad gentes, confírmalo tú mismo. Si no, mantente a la escucha”.

H. Washington Harbodeh Tekay

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