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Reflexión sobre nuestros mártires de Argelia

16/12/2008: Casa general

El primero de agosto de 1996, poco antes de medianoche, una bomba colocada en la entrada del obispado de Oran mata a Mons. Pierre Claverie y al joven Mohammed. Es el último atentado de una serie de asesinatos sufridos por la pequeña comunidad católica de Argelia. Dicha serie había comenzado el 8 de mayo de 1994 con la muerte violenta del H. Henri Vergès y de la Hna. Paul-Hélène.

Esta doble muerte de Pierre, el cristiano, y de Mohammed, el musulmán, expresa bien la pasión común que han vivido juntos la Iglesia y el pueblo argelino : el mismo tiempo de convulsión trágica, los mismo muertos llorados juntos y el mismo duelo vivido en común. Es una constante en los 110 testimonios recogidos por el tribunal diocesano. Una señora,_ que declara como testigo a favor de las Hnas. Bibiane y Angèle Marie, lo expresa muy bien: “Fue un gran sufrimiento para mí saber que algunos de mis hermanos argelinos fueran los responsables de la muerte de dos de mis hermanas de la comunidad cristiana.”Verdaderos lazos de amor unían a las personas de ambas partes. Fue precisamente este amor por el pueblo y la cultura argelina lo que impulsó a muchos miembros de las comunidades católicas a quedarse, a no ser desertores del amor cuando el pueblo argelino hacía el recuento de sus víctimas, algunas de las cuales de gran estatura moral y sentido de la justicia que las llevó a la muerte. Tiempo de solidaridad en el peligro, en las lágrimas, en el duelo. Todos nuestros mártires eran personas de respeto, de diálogo, favorecían al prójimo, acogían los valores de los demás. En un mundo como el nuestro en que confluyen culturas y religiones, son ciertamente personas de quienes podemos aprender mucho en las relaciones cotidianas. Sería una lástima que los escondiéramos bajo el púdico velo del olvido.

Toda la Iglesia de Argelia se comportaba de esta manera: quedarse por amor, quedarse porque se amenaza y se mata al otro, quedarse porque él es yo y yo soy él. La Iglesia aceptó que la amenaza que pesaba sobre el pueblo argelino recayera también sobre ella. Mons. Henri Teissier lo dijo claramente: “Todos estábamos allí. Salíamos de casa por la mañana y no estábamos seguros de poder regresar por la noche.” La Iglesia había llegado a un nivel de santidad comunitaria extraordinario, como si fuera algo normal. Sólo 19 miembros de esta Iglesia han sido asesinados. ¿Qué diferencia hay con los demás que continúan obrando en esa misma línea de entrega y de amor? Es Dios quien mide y recompensa la santidad. Pero la Iglesia, desde siempre, ha guardado la memoria de sus mártires. ¿Murieron todos los cristianos bajo Nerón? ¿Perecieron todos en los campos de exterminio bajo Hitler? ¿Mandó Stalin” a los cristianos más santos a los campos de trabajos forzados? Y a pesar de ello, la Iglesia los recuerda. Es verdad que nuestros mártires avanzaron con las limitaciones de su carácter, a veces muy evidentes. La fidelidad de muchos es un don del Espíritu. El martirio es una fidelidad extrema, don asimismo del Espíritu. La Iglesia ha celebrado siempre a sus mártires, en agradecimiento por el don del Espíritu.

Pero ¿hay que hacer memoria de ellos? Un testigo contestó esta pregunta diciendo: “¡Es el olvido de los vivos quien mata a los muertos!” Un periodista de Argel nos dio su opinión: “La historia es, ante todo, memoria. Debéis recordar necesariamente a vuestros mártires.” Pero entonces, ¿no equivale esto a separarlos del conjunto de víctimas que el pueblo argelino ha conocido? Si el silencio sobre todos es ciertamente estéril, recordar a un grupo ¿no equivale a hacer memoria de todos?

Recordar a nuestros mártires es también dar un espacio a todas las victimas de este tiempo de convulsión que el pueblo argelino ha vivido. Nuestros 19 mártires son tan sólo la punta del iceberg de la memoria donde se encuentran todos los demás. La evocación del contexto histórico, obligatoria en cualquier causa de canonización, iluminará el caso de todos los muertos de ese tiempo. Haciendo memoria de algunos, damos a todos la posibilidad de ser recordados. Lo mismo ocurre con las víctimas de la Shoah: al celebrar a nuestros mártires tendremos la oportunidad de recordar a las victimas del nazismo, ese tiempo de horror y de barbarie, y no sólo con relación a hoy, ahora que los hechos son recientes, sino también con relación a un mañana mas lejano.

Cuando la Iglesia recuerda, se propone también otros objetivos. Primero dar gracias a Dios por aquellos que dieron testimonio hasta el martirio, a quienes la Iglesia recibe como puro don del Espíritu. Luego poner al servicio de la Iglesia universal lo que se da a una iglesia local. Esta tiene el deber de compartir los dones recibidos, ofreciéndolos a todo el pueblo de Dios, no sólo hoy, sino también mañana y en todas partes. Nuestros mártires, del H. Henri a Mons. Pierre Claverie, pertenecen a todos los cristianos, que tienen el derecho a reclamar su ejemplo. Estamos muy lejos de una medalla de la legión de honor que la Iglesia colocaría en el pecho de los mártires en el momento de la beatificación. La Iglesia obedece a un deber de acción de gracias y de responsabilidad con respecto al pueblo cristiano.

Es cierto que nuestros mártires tenían sus limitaciones, algunos con un carácter que no era ni perfecto ni cómodo. Sin embargo, en la lectura de los testimonios recogidos por el tribunal diocesano se encuentran maravillas del Espíritu que estimulan nuestra propia fidelidad. Cuando los argelinos declaran como testigos se nota un gran entusiasmo, y se expresan con gusto en términos poéticos. Se muestran más libres de las objeciones que, como hombres de Iglesia, tenemos nosotros y que a veces nos inhiben de un modo extraño.

Alguien trató a nuestros mártires de “simples victimas de la política”. La dimensión política esta casi siempre presente en el martirio. El martirio en estado puro es una ilusión sin consistencia. Si leemos la pasión del Señor, veremos que prevaleció la razón política para su condena a muerte: “¿Eres rey?… Así pues, ¿eres rey?… ¿Se ha hecho rey?… ¿Voy a matar a vuestro rey? No tenemos más rey que al César…” El motivo de la condena está clavado en la cruz: “Jesús nazareno, rey de los judíos”. Son casi siempre las autoridades políticas, o lo que está en juego políticamente, quienes matan a los testigos: los emperadores romanos o, más cerca de nosotros, Hitler, Stalin, la revolución cultural… No estemos considerando si nuestros mártires fueron asesinados por odio a la fe, cuando estamos seguros de que encontraron la muerte por fidelidad a esa misma fe. No nos preguntemos si basta con una bala para que uno sea mártir, cuando éste ya había entregado totalmente su vida.

El amor lleva a hacer memoria de los mártires, que amaron mucho.

En los momentos difíciles por los que pasaba la nación argelina, Mons. Pierre Claverie, obispo de Orán, rezaba más o menos con estas palabras: “Señor, haz que acabe toda esta violencia. Pero si aún hacen falta muertos, ¡que yo sea uno de ellos, y que sea el último!” Al parecer esta oración fue escuchada. Desde hace 12 años la Iglesia no lamenta más victimas y, al mismo tiempo, Argelia está avanzando por el camino de una mayor armonía social.

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H. Giovanni Maria Bigotto, postulador
Reflexión personal de la cual soy - único responsable.

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