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Peripecias de nuestra Mesa de La Valla

11/07/2013: Francia - Álbum fotográfico
La reconstrucción de La Valla

Esta tarde después de cenar, he tomado el coche para ir a Valfleury, un pequeño pueblo a 20 km de l’Hermitage, al otro lado del valle del Gier, en dirección opuesta a La Valla.  Allí, en un paraje idílico, vive y trabaja Jean François Telley, el carpintero ebanista que estos días está restaurando la Mesa de La Valla, que retiró de l’Hermitage el día de Pentecostés.

LaConduzco con placer, en la quietud del atardecer e hipnotizado por el paisaje. De repente veo que estoy meditando sobre el riesgo de convertir La Valla, y su mesa, en un santuario idolátrico de Champagnat, que sustituya a Jesús de Nazaret. ¿Es así, me digo ya en voz alta? Es un riesgo...  Pero ¡no! La Valla es un lugar ecuménico, que enseña, guía, edifica y santifica.

Allí estaba Jesucristo, piedra angular, de la pequeña comunidad nacida el 1817… Allí espera a los apóstoles de hoy que viven el mismo misterio de amor. Una Iglesia, marista, nacida para evangelizar, mientras el espíritu comunicaba y comunica hoy, la multiplicidad de sus dones a los pequeños apóstoles que se reunían y se reunirán en aquella casa… alrededor de la Mesa.

¡Ay, ay , ay, la Mesa!

Jean François me llamó hace unos días: “Joan, tengo la mesa reparada en un 90%. Necesito que vengas para que me des tu opinión”. “De acuerdo, vendré el próximo miércoles”, le respondí. “Llegaré tarde. Doy clase de escultura en Saint Etienne. Sobre las nueve y media”, me dijo. Le espero en el jardín de su casa compartiendo un verre (vaso) con su esposa, Anne-Marie, con quien me une una buena amistad. Ella es quien dibujo y pintó las pinturas murales de los oratorios de l’Hermitage el año pasado.

La Mesa nos aguarda en el taller.

La espera se me hace agradable con la música de Bach de telón fondo. Jesus Bleibet, la Cantata 147, ¡qué detalle!… La voz humana mezclada con el piar de las alondras, qué original. Hablamos de pintura, de su modo de expresión artística. Anne-Marie, que también da clases, emplea un lenguaje con marcado acento simbólico. Como yo, en algunas de mis obras de arquitectura. De repente, se sienta con nosotros el amigo Lluís Duch, monje benedictino del Santuario de Montserrat (el corazón espiritual de Catalunya): El Símbolo es un medio que nos proyecta más allá de la evidencia. No se impone. Al ser equívoco, ¡es abierto! Permite que cada uno lo interprete, lo traduzca lo actualice ahora y aquí según su situación y su momento vital.

¡Lluís, inefable amigo! Tu erudición me acompaña desde hace m

La

ucho tiempo, y hoy has reaparecido con fuerza en la velada de Valfleury en el momento más oportuno.

¡Qué liberación! La Valla, desde este punto de vista, va a s

er una experiencia revitaliz

ante para todos. En absoluto algo cerrado, pietista, dogmático.

La Mesa, nuestra mesa. El objeto icónico que por sus trazas, nos hace presente “al” que está ausente.

Por eso encargué a Jean François que su restauración debía respetar todas, absolutamente todas las heridas y mutilaciones de la historia.

En absoluto hacerle un lifting. Viendo la mesa, debemos “ver” a los primeros hermanos, encontrarnos con el milagro de Amor que se dio entre aquellas pare

La

des. Reproducir este escenario, para que lo acontecido entonces se actualice hoy en nuestro interior. ¿Sugestión? No, simplemente movilizar toda nuestra capacidad de comprensión simbólica más allá de la razón pura.

Estoy ansioso para ver su trabajo.  Jean François vive su plena madurez vital y creativa. El año pasado ganó el premio de Mejor Obrero de Francia en su especialidad, el trabajo en madera. Ha sido un regalo que la providencia ha puesto en nuestro camino. Sus trabajos son excepcionales.

Desde el principio, el año 2009, se dio entre nosotros una conexión empática que nos ha permitido entendernos con el lenguaje común de la sensibilidad y su expresión artística. El ha restaurado hasta hoy todo el mobiliario antiguo de l’Hermitage: la Chambre Champagnat (Cama, Sillón, Reclinatorio); el Despacho (su Mesa de trabajo, la Silla Confesional); el Altar del siglo XVIII; el primer Altar de la Chapelle du Bois (un antiguo arcón del siglo XVIII, también). Ahora está con la Mesa de La Valla. Y le espera el gran mueble, “Le Trésor de l’Hermitage”: Un mueble con un cuerpo bajo de grandes cajones y una vitrina superior, de exposición, un mueble que Champagnat lo recibió e

La

n vida el año 1838. Y el Confesionario… y …

El rumor del motor de un vehículo nos anuncia su llegada. “Bonsoir”! Nos saludamos con cariño mientras nos regalamos una mirada llena de complicidad. Sin más palabras y con la emoción contenida nos dirigimos a su taller. ¡No me deja entrar! ¡Quiere preparar el escenario! Veo que prende un par de focos, pues la noche ha caído y la oscuridad es completa. “Allez-y!” me indica, reabriendo la puerta de cristal. Allí, en medio, está mi vieja y querida mesa. Siento un ligero temblor, que disimulo, pues intuyo que me observa discretamente. Las almas creadoras conocemos muy bien este momento excepcional y único: este instante en el que abres tu corazón, tu trabajo, tu arte a la mirada escrutadora de un colega o del público en general, mientras sientes latir con fuerza el corazón en el pecho y la sangre se ha helado en las venas. Este instante, en el que cualquier signo, cualquier rictus es captado, amplificado y se convierte en motivo íntimo de la más dolorosa frustación o del entusiasmo desbordado. 

“Elle me plaît! Superbe!”, le digo sinceramente mientras rompo el silencio y esbozo una sonrisa. “¡Merci, Joan!” responde. Es cierto. Su trabajo es excelente. Aparentemente parece que no ha hecho nada. Sin embargo, roto el silencio, empieza su explicación, profesional y detallada.

Jean François, ciudadano francés de ascendencia suiza, habla y vocaliza muy bien. Explica, y muestra, como ha integrado y ocultado en las entrañas de la mesa, una estructura de acero macizo “pour les siècles des siècles” me dice. ¡Amén! le contesto.

LaToda la madera carcomida han sido sustituida por madera de roble, revestida por finas láminas de vieja madera recuperada de los antiguos tablones que guardé, afortunadamente, del pavimento de la habitación del padre Champagnat de l’Hermitage.

Los cajones, todos ellos están reparados. Y ha repuesto el que fue robado hace unos años. Irreconocible. ¡Ah! Y todas las heridas, cortes, raspaduras y agujeros, todo ello respetado. “Jean François, felicidades, no esperaba menos de ti”. “Gracias por la confianza de todos ustedes”, me responde.

Después de la visita, brindamos en la intimidad. Un sorbo simplemente, pues debo conducir. Me despido, con las campanas de medianoche. ¡Madre mía! En el Hermitage todos deben dormir hace rato. Una gran luna, rojiza y misteriosa, se levanta por el horizonte de La Valla, al otro lado del valle sumido en la oscuridad.

LaLa fuerza del símbolo, medito nuevamente, mientras conduzco. En La Valla, habrá quien vea viejas madera, piedras ajadas o, incluso, un ejercicio arriesgado de arquitectura moderna. Otros, sin embargo, podrán leer abiertamente en los símbolos un mensaje que les invitará a ver más allá y sentir como ciertas las sabias palabras de Juan: “Felices los que creerán sin haber visto” (Jn 20,29).

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Joan Puig-Pey, arquiteto

La reconstrucción de La Valla

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