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15 de abril de 2006

17/04/2006: Casa general

Hace ya algunos años, cuando estaba de visita en uno de nuestros colegios maristas, conocí a un joven que se llamaba Tim. Era buen estudiante y excelente atleta, un muchacho que se ganaba amigos con facilidad. Tim me pidió que le ayudara en un trabajo que tenía que hacer antes de acabar la Secundaria, y eso nos llevó a estar en contacto durante un tiempo. El tema que quería analizar era la Iglesia y la ecología. Yo le prometí que haría lo que estuviera en mi mano. Así que, en cuanto regresé a Roma, busqué algunos textos de referencia y se los mandé. Poco después Tim terminaba la Secundaria superior y entraba en la universidad. Por lo que yo sabía, le iba muy bien en esta nueva etapa.

Algunos meses más tarde me llegó la noticia de que Tim había salido un día de excursión con sus compañeros de clase, fueron a darse un baño, y él se zambulló de cabeza en una zona de poca profundidad. Se partió el cuello y quedó paralítico. Yo hablé con él por teléfono y le escribí en las semanas que siguieron al accidente, mientras andaba entre el hospital y el centro de rehabilitación. Nunca me olvidaré de lo que me dijo en una de nuestras conversaciones telefónicas: “He pasado 19 años preparándome para un tipo de vida, y en cuestión de segundos tuve que afrontar la realidad de que la vida que me tocaba llevar iba a ser completamente distinta”.

Hoy celebramos la fiesta de Pascua. Todos los años seguimos sus ritos, escuchamos estas lecturas, y quizá de vez en cuando nos prometemos a nosotros mismos que vamos a tomar en serio su significado. Pero raramente nos vemos en la tesitura forzosa de tener que afrontar el coste de ello, como le sucedió a Tim. Porque si podemos celebrar la Pascua año tras año, en el plano individual y como Instituto, sin que se manifieste un cambio apreciable en nuestras vidas, eso quiere decir que su mensaje todavía no ha calado en nuestro interior hasta hacernos cambiar de modo de actuar y provocar la transformación en nuestros corazones.

Por eso, esta noche nos podemos plantear esta pregunta: ¿Qué nos pide esta Pascua de 2006 a todos, al Instituto, a ti, a mí, a los que se mueven en nuestro entorno? Estos días hablamos de reivindicar el espíritu del Hermitage. Pero el reto que aletea en el fondo de ese compromiso ¿se quedará en una bella evocación poética? ¿O estamos dispuestos personalmente y como grupo a pagar el precio debido para hacer nuestro el espíritu de ese lugar y de la casa que construyó Marcelino? ¿Y hacerlo además en un mundo cada vez más marcado por la violencia y la intolerancia religiosa? ¿Y cuando parece que a veces nos falta a tantos de nosotros en particular y a todos en general el valor, el espíritu de sacrificio y la fe sencilla en Dios para hacer lo que nos corresponde como testigos del Señor resucitado?

La fiesta de Pascua es una llamada a la conversión. El Señor nos pide que dejemos de hablar de cambios en el corazón y empecemos a dar los pasos necesarios para hacerlo realidad. Y eso nos da miedo, ya que sabemos a dónde nos lleva. Porque una conversión verdadera no es una experiencia circunstancial, es una elección consciente y fundamental, que a veces supone tener que enfrentarnos a lo que ya se ha convertido en costumbre en nuestras vidas.

Entonces, ¿cómo podemos llegar a esa transformación de nuestros corazones? El camino es un proceso de conversión religiosa; Bernard Lonergan, filósofo jesuita, lo describe como un enamorarse de Dios, abandonarse totalmente en Él. La fiesta de Pascua nos recuerda el precio que tendremos que pagar, cada uno de nosotros personalmente y juntos como Instituto, si queremos ser honestos y emprender este proceso de conversión. Siguiendo los pasos de Jesús, ese precio es nuestra vida. Porque el reino de Dios no admite otro tipo de negocios. Si nos lo tomamos en serio, se abrirá ante nosotros la imagen desestabilizadora de una comunidad de discípulos radicalmente contracultural. Pero ¿acaso el amor auténtico no es siempre desconcertante, siempre paradójico, siempre irónico? ¿Cómo podría ser de otra manera, si la llamada es a una conversión del corazón?

La Pascua, que da testimonio de que el Señor resucitado está en medio de nosotros hoy como lo estaba en la comunidad de los primeros discípulos, nos inspira la certeza de que no hay nada que traiga mayores consecuencias que enamorarse de Dios de una manera absoluta, definitiva. Porque una experiencia así se adueña de nuestra mente, provoca el cambio en nuestro corazón y nuestra vida, lo dirige todo. Y sólo con un corazón transformado de esa manera es como podremos practicar la justicia.

Me preguntaréis qué pasó con Tim. Los médicos eran pesimistas respecto a la posibilidad de que pudiera recobrar algún movimiento del cuello hacia abajo. Pero con una gran fuerza de voluntad, acompañada de una terapia agresiva y el paso del tiempo, consiguió primero recuperar un poco de sensibilidad, y luego cierta actividad muscular, haciendo un esfuerzo enorme, como os podéis imaginar. La última vez que le vi lo encontré más envejecido, pero ya caminaba, con dificultad naturalmente. Pidamos, en esta fiesta de Pascua, que se nos conceda la gracia de tener el valor y la decisión de este muchacho para que se obre una transformación completa en nuestros corazones y en el ámbito de todo el Instituto. Y que el mensaje que nos trae este día grande sea una fuente de consuelo y esperanza para las vidas de los jóvenes como Tim. A propósito, su trabajo sobre la Iglesia y la ecología estaba muy bien desarrollado.

A todos, Felices Pascuas.

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