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“La guerra es mi infancia destrozada bajo las ruinas y guardada en una cajita”

 

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El diario de Myriam

16/03/2018: Casa general

Myriam Rawick, hija de una señora que colabora con los Maristas Azules, creció en Jabal al Saydé, un barrio de Alepo que ahora no existe.

Escribió un diario íntimo, como hacen muchas niñas, entre noviembre de 2011 y diciembre de 2016, momento en el cual conoció al periodista Philippe Lobjois y a quien se lo confió.

Esta es la reseña del libro “El diario de Myriam”, publicado por Edelvives, del Hermano Carlos Huidobro, secretario general del Instituto Marista.

(En la foto: Myriam con su familia y el Hermano Georges Sabe).

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“La guerra es mi infancia destrozada bajo las ruinas y guardada en una cajita… En mi caso, todo lo que me queda de mi infancia es una cajita abollada”. Esta afirmación es la confesión de una niña de 13 años, Myriam Rawick, sobre su infancia vivida entre el 2011 y el 2017. Nada toca más el corazón del lector que estas afirmaciones dichas por una niña viviendo en un período de la ciudad de Alepo que nunca debería haber vivido. Es la perspectiva de una guerra desde los ojos de la pequeña que no llegaba a entender el por qué estaba sucediendo eso a su alrededor.

Existe en ella una sensibilidad que llama la atención. Incorpora en su diario, quizás con el fin de atrapar los momentos que se le fueron y ya desaparecieron, el recuerdo de las personas que vivían en su barrio: el panadero, el heladero, el florista, la cafetería, personas con nombre y apellido, recordadas por lo que hacían, por su generosidad, simpatía y gentileza. La sensibilidad expresada llega a la descripción y reconocimiento de perfumes, olores, colores, sabores de todo lo local, típico del Alepo de siempre y de los días vividos en paz “los ojos no eran los únicos guardianes de mis recuerdos, y que también podía fiarme de los dedos, los oídos y la nariz” le dijo su madre.

El Diario de Myriam La guerra y destrucción es vivida no con su cerebro, sino con su sensibilidad de niña que tiembla, llora, dolores al estómago, refugiarse en los brazos de su mamá, correr a dormir con ella llevando a su hermanita Joëlle, dolor de cabeza, el taparse los oídos. Aunque sus padres no le cuentan todo, Myriam lo intuye y lo sabe todo. Existe en ella un intento desesperado de aferrar los recuerdos de su niñez, tratando de olvidar el presente “si cierro los ojos todavía me llega el olor a leche y flor de azahar”. De ahí que el recuerdo de toda una niñez está en esa cajita símbolo de todo lo que quiso y vivió.

Su familia son cristianos maronitas. Vive sencillamente sus sentimientos religiosos con los modos en que los ve en su familia y en los grupos de catecismo: agradecer a Dios, pedirle por las personas que encuentra, los oficios religiosos, el ayudar a los demás y el participar en el centro de los Maristas Azules con el H. Georges Sabe y su mamá, que allí colaboraba.

Myriam aprendió a distinguir los sonidos de las bombas, de las metrallas y fusiles, el rumor de los aviones y el reconocer los misiles, el correr para escapar de los francotiradores y el pasar por los retenes del ejército y los rebeldes, el refugiarse en los bombardeos con los vecinos o en las Plantas bajas de los edificios…, confiesa que ‘sabe lo que es la guerra’ y acaba diciendo ‘‘pero para mí solo había miedo, tristeza y angustia, y recuerdos de una vida anterior que nunca recuperaré’’.

El valor de la cajita abollada no tiene precio.          

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H. Carlos Alberto Huidobro
Secretario general

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