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Desafíos de la pastoral de jóvenes-adultos en el Año de la MIsericordia

 

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14/01/2016: Spain

 

http://tiempodesembrar.com

Con brillo y en los ojos y barro en los pies: más lejos

Estamos estrenando un año en el que se nos invita, como cristianos, a vivir desde una actitud concreta: la misericordia.  Y así nos dice el papa Francisco en la bula de convocatoria de este año jubilar El rostro de la Misericordia: “La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia” (MV 10)

Parce claro, que al igual que en la exhortación apostólica La alegría del evangelio, nos invitaba Francisco a una “conversión pastoral y misionera que no puede dejar las cosas como están” (EG 25), ahora nos pide que nos planteemos si toda nuestra acción pastoral está revestida de misericordia.

Pero ¿a qué nos referimos exactamente con este término? Quizá sea bueno comenzar situándolo desde la propia definición que el papa ofrece en la bula: “Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado.” (MV 2)

El mismo logo del año de la misericordia nos sitúa también en esta perspectiva, presentándonos el misterio de un Dios hecho hombre, con las llagas del amor total, que sale al camino del herido, como un buen samaritano al que su corazón no le deja permanecer indiferente, para cargar con él en sus hombros, de manera que ya no hay distancia entre el vulnerado y Dios, pues ambos comparten la misma mirada, la misma esperanza.

Misterio, encuentro, corazón, ojos, camino, esperanza y amor. Siete palabras clave que nos pueden servir para hallar pistas pastorales a trabajar en este año jubilar.

Procuraremos, desde estas siete palabras, proponer tres desafíos para la pastoral juvenil, especialmente para los jóvenes-adultos que se encuentran en el momento final de una vida de estudiantes y que han de lanzarse a la realidad de un mundo más allá de los libros.

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1. El misterio del encuentro (o el brillo en los ojos)

Las dos primeras palabras nos remiten, en la definición que hace el papa, a la experiencia de Dios, centro y eje de nuestra acción pastoral, como el primer gran desafío.

En demasiadas ocasiones hemos realizado en nuestras programaciones pastorales un catálogo (cada año más amplio) de acciones, actividades, propuestas, dinámicas, experiencias… que han convertido a los niños, adolescentes y jóvenes en consumidores de momentos que iban tachando de su lista de instantes fuertes vividos.

En demasiadas ocasiones, a su vez, hemos comprobado como después de permanecer durante cinco, siete o diez años en grupos de crecimiento en la fe, algunos jóvenes dejaban estos grupos por cierta razón (erasmus, estudio de oposiciones, un trabajo fuera de la ciudad, una pareja nueva o una ruptura) y ahí se acaban sus inquietudes por seguir alimentando su fe.

Sin descartar el papel de la responsabilidad personal en estas cuestiones, como agentes de pastoral las preguntas que surgen son claras: ¿Qué ofrecemos y cómo lo hacemos? ¿De qué forma favorecemos que los jóvenes tengan esa experiencia de que Dios viene a su encuentro? ¿Qué priorizamos en nuestras ofertas pastorales? ¿Cómo transparentamos todo esto los catequistas, responsables de pastoral, movimientos juveniles, estructuras…?

Cuando un joven se encuentra ante el abismo del fin de su etapa educativa y ve que el futuro no pasa por lo que ha estado haciendo en sus últimos veinte años, la palabra clave es el discernimiento, pero este no surge espontáneamente, sino que ha de ser educado para integrar esta dinámica en su proceso de crecimiento y le ayude a confrontar sus decisiones con las del Evangelio.

SENTIDO2

En definitiva se trata de favorecer la experiencia de Dios mediante el encuentro con Él en su Palabra, en los signos de los tiempos, en la propia historia personal y en las mediaciones con las que contamos. Educar la sensibilidad hacia esto es favorecer el encuentro con la misericordia de un Dios que asume nuestra historia, debilidades, incoherencias, secretos inconfesables, complejos… porque nos ama con locura tal y como somos (y no como nosotros quisiéramos ser). Encontrarnos con el misterio de Dios para encontrarnos con el misterio de nosotros mismos es un desafío fundamental para trabajar con los jóvenes. Y esto necesita de tiempos, espacios y opciones personales, comunitarias y estructurales que permitan un ritmo que lo priorice.

Esta experiencia de encuentro con un Dios que invita a vivir con plenitud es la que hace que le brillen los ojos a los jóvenes ilusionados por ser cristos, elegidos, para una misión: ser el rostro misericordioso de Dios en el mundo.

 

2. Los ojos y el corazón en el camino (o el barro en los pies)

Si nos situamos, como el logo del año jubilar, ante la imagen del buen samaritano, vemos que el camino se convierte en un lugar privilegiado para el encuentro con el hermano, y de una manera especialmente marcada, con el que sufre. No basta, como hicieron el sacerdote y el levita, ver la necesidad. Es imprescindible pasarla por el corazón, e incluso más, ser capaz de entrar en el corazón del otro, como nos dice el papa: “Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales.” (MV 8).

Aquí está, entonces, el segundo desafío: integrar en el camino de la vida de los jóvenes, la mirada y el corazón misericordioso de Dios ante sus hijos más necesitados.

El número 15 de la bula de convocatoria de este año jubilar es especialmente claro en este aspecto, al hablarnos de las periferias existenciales, del riesgo de caer en la indiferencia, en la habitualidad o el cinismo y de la necesidad de despertar nuestra conciencia a través del redescubrimiento de las obras de misericordia corporales y espirituales.

No hace mucho volvía a escuchar una frase que hace algún tiempo me provocó una sana inquietud: “Pensamos con los pies, no con la cabeza.” Y es que el lugar en el que estamos no es indiferente, pues tendemos a relacionarnos, a asumir valores, presupuestos y planteamientos que tienen más que ver con el entorno en el que nos desenvolvemos que con la realidad de nuestro mundo global.

Al centrarnos en la pastoral de jóvenes-adultos, el desafío es ayudar a los jóvenes a situarse ante unos criterios evangélicos que no encajan con la lógica del mundo de cerciorarse un futuro a toda costa, garantizarse una seguridad, situarse ante un mundo sin poder ser críticos porque demasiado privilegiado es ya tener un trabajo, el empequeñecimiento de las perspectivas que provoca la necesidad de encajar en una sociedad montada como la que tenemos, dejar de soñar, temer al diferente…

La mirada de Dios es la mirada del que al encontrarse al vulnerado se para, deja lo que estaba haciendo y se pone a su servicio. Es la ilógica de la gratuidad, de la entrega, de la misericordia, del otro antes que uno mismo, de la fraternidad.

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Y como en el primer punto, aquí tampoco se trata de teorías, sino de favorecer experiencias de encuentro con los preferidos de Dios que conduzcan a opciones personales, comunitarias y pastorales, apuestas sociopolíticas, estilos de consumo, de ocio, discursos vitales… Y se trata también de abrir los ojos, formarse, estudiar, leer, ampliar nuestras perspectivas para comprender el mundo más allá de los reduccionismos que nos presentan los adoctrinadores de nuestro mundo para favorecer la permanencia de un sistema estructuralmente asesino.

Para este segundo desafío puede servir analizar sinceramente si nuestras pastorales ofrecen la solidaridad como un objeto de consumo o bien proponen la opción preferencial por las periferias de nuestro mundo como estilo evangélico de vida. La cuestión es fácil. Basta mirar abajo y preguntarse: ¿cómo de barro están manchados nuestros pies?

 

3. En todo, esperanza y amor (más lejos…)

En este tiempo de Navidad escuchamos eso de “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único hijo” (Jn 3, 16). No hay mayor gesto de esperanza en la humanidad que el que celebramos en estos días. Y si Dios es el que por amor hace de la esperanza una bandera, nosotros no podemos ser menos.

El desafío que surge de estas actitudes es el acompañamiento gozoso y sereno de las vidas de estos jóvenes-adultos, mirándolos con entrañas de misericordia, apostando por ellos, por sus personas, por lo que son y por lo que pueden desarrollar porque ya lo son.

En un mundo en continua actividad, con ritmos frenéticos y estrés perenne, es un signo de la misericordia de Dios tener disponibilidad real para acompañar a los jóvenes en su crecimiento humano y cristiano.

Es necesario que haya catequistas dispuestos a acompañar grupos de niños, adolescentes y jóvenes, pero desde mi experiencia, es, si cabe, más imprescindible, que haya personas referentes capaces y disponibles para acompañar personalmente a jóvenes.

Conforme más aumenta la edad, el grupo se convierte en una herramienta para hablar, compartir, formarse, reflexionar, rezar… pero también cada vez el grupo resulta más incapaz de trabajar al mismo ritmo las diferentes necesidades personales de sus miembros. Esto, en muchas ocasiones provoca frustración y desgana en los participantes del grupo, que se traduce en frases como “ya no tengo ilusión por esto”, “el grupo no me está ayudando”, “no me motiva”, “la gente no viene a lo mismo”, “estoy buscando otra cosa”…

Es pues, necesario, asumir los límites de todo grupo y poner los medios para continuar creciendo. Y en esto, el acompañamiento personal tiene un papel fundamental. Más aún en esta etapa a la que nos estamos refiriendo en la que resulta esencial la confrontación de las opciones que los jóvenes realizan.

Analizar en qué ponemos nuestras fuerzas y cómo son los ritmos de los responsables de pastoral y de los acompañantes de los grupos de jóvenes-adultos nos permitirá también ser sinceros para concluir si realmente las personas son lo primero (por encima de programaciones, propuestas, actividades…)

Y es que el acompañamiento personal de los jóvenes es un acto estrictamente revolucionario. Implica creer en la persona en sí y porque sí, hacer una declaración vital de la primacía del encuentro con Dios a través del otro, y un grito de esperanza ante el presente y el futuro que representa el hermano que te abre su corazón.

Es un acto de alteridad, pues implica salir de uno mismo para ir más lejos, a lo desconocido. Apostar por caminar sin marcar una dirección, ir al lado, sostener, obligarse a uno mismo a no pararse, a continuar en camino, a buscar nuevas rutas…

O como diría Kafavis en su viaje a Itaca:

Más lejos, siempre mucho más lejos,
más lejos, del mañana que ya se acerca.
Y cuando creáis que habéis llegado,
sabed encontrar nuevas sendas.

______________________
Javier Gragera
Psicólogo y diplomado en Ciencias Religiosas. Educador y catequista. Soy un enamorado de Marcelino Champagnat y procuro seguirle como Hermano Marista. Actualmente soy miembro del Consejo de la Provincia marista Mediterránea y trabajo en el Equipo Provincial de Pastoral.

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