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Catalunya Cristiana entrevista al H. Emili Turú

 

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08/02/2017: España

 

Rosa María Jané Chueca Catalunya Cristiana, entrevista al H. Emili Turú

El 2 de enero comenzaban las celebraciones de los 200 años del nacimiento de los Maristas. Fue en 1817 cuando un joven sacerdote, Marcelino Champagnat, colocaba la primera piedra de una obra para educar a niños y jóvenes, especialmente los más vulnerables. Hoy en día, existen 3.100 hermanos maristas que, junto con 70.000 laicos y laicas acompañan a unos 654.000 niños y jóvenes en 81 países. En estos últimos diez años se ha puesto en marcha un ambicioso proyecto misionero de alcance internacional. De hecho, el superior general, Emili Turú, quiso iniciar este bicentenario en Bangla Desh.

 

Han pasado 200 años desde que el sueño de Marcelino Champagnat se hizo realidad. Mirando hacia atrás, ¿qué vemos?

Lo primero que sorprende a las personas que visitan los lugares de los orígenes maristas es que se trata de pueblecitos muy aislados, en medio de una naturaleza muy accidentada: ¿cómo es posible que Marcelino Champagnat tuviese una visión tan universal y abierta, desde aquel pequeño rincón de mundo? Repetía a menudo que «todas las diócesis del mundo entran en nuestras miras», y así lo vemos hoy, 200 años después. Cuando miro hacia atrás, veo sobre todo rostros de personas. Miles de hermanos y laicos maristas que han dado la vida al servicio de los niños y jóvenes de manera generosa y, a veces, incluso heroica. Y también El hermano Turú inauguró una escuela para los hijos de los trabajadores de las plantaciones de te en Bangla Desh el 2 de enero. los rostros de miles de niños que, en los cinco continentes, se han beneficiado de la educación marista. Creo que estos 200 años son una historia de pasión por los jóvenes y por su desarrollo integral. Una historia de servicio, al modo de María, la madre de Jesús.

 

Durante tres años la familia marista se ha preparado para esta efeméride reflexionando sobre tres aspectos de la vocación marista: misión, comunión y espiritualidad. ¿Qué han descubierto o redescubierto?

Al hablar de nuestra «misión» hemos recordado que, como dice el papa Francisco, no es que nosotros TENGAMOS una misión, sino que SOMOS misión; participamos de la misión de Dios. Esto nos hace tomar conciencia de un don maravilloso y de una gran responsabilidad, pero al mismo tiempo nos llena de confianza. También nos ha servido para preguntarnos cuáles son hoy las periferias existenciales y geográficas de los jóvenes, donde estamos invitados a hacernos presentes. La «comunión» forma parte del ADN de un instituto de hermanos, como es el nuestro. Hoy esta comunión la vivimos no solo dentro de las comunidades de hermanos, sino también con un gran grupo de laicos y laicas que se sienten llamados a vivir la vocación cristiana al estilo de María, es decir, como Maristas. Queremos promover, en el seno de la Iglesia, la «familia carismática marista», donde experimentamos la riqueza de la diversidad de formas de vida, juntos para una apasionante y muy actual misión común. Y, finalmente, «la espiritualidad», que nos ayuda a llenar de sentido la vida. No somos simplemente una empresa educativa o una ONG internacional. Para nosotros, la dimensión espiritual es esencial. Y abrirse a la espiritualidad es un regalo, porque es abrirse a una vida más consciente y plena, no se trata de un añadido o de un parche. En un contexto social que promueve las prisas y la superficialidad, apostamos por cultivar la interioridad. La atención al Misterio que nos habita nos ayuda a reconocer la presencia del Espíritu de Dios por todas partes.

 

La educación de los niños y jóvenes más desfavorecidos, ¿continúa siendo la prioridad?

El papa Francisco ha repetido a menudo que estamos invitados a desplazarnos a las «fronteras existenciales y geográficas». Muchos niños y jóvenes de hoy viven en situaciones muy difíciles, a veces porque se encuentran en una frontera geográfica complicada; a veces porque la frontera es existencial, donde las carencias son sobre todo de afecto y de sentido; a veces porque viven ambas realidades. Acompañar a los niños y jóvenes «en las fronteras» es una prioridad del instituto marista.

 

«Un nuevo comienzo» es el lema de este bicentenario. ¿Cuáles son los retos que se presentan?

Desde 1817 el instituto marista ha vivido diferentes «nuevos comienzos». Como en el año 1903, cuando los hermanos se ven obligados a abandonar Francia a causa de las leyes laicistas y tienen que empezar de nuevo en realidades totalmente desconocidas. O el nuevo comienzo promovido por el Concilio Vaticano II. Cuando hablamos hoy de «nuevo comienzo» nos situamos en esta renovación demandada por el Vaticano II e iniciada a mediados de los años sesenta. Continúan siendo actuales los retos marcados por aquel Concilio tan profético. El instituto marista ha cambiado mucho desde entonces, pero continuamos preguntándonos qué quiere Dios de nosotros, muy atentos a los «signos de los tiempos». La fidelidad a los orígenes pide conocer bien las raíces, pero también una gran obertura para responder a las necesidades de hoy.

 

En su mensaje para esta celebración usted señala tres palabras. Una de ellas es «perdón». ¿Por qué?

Porque en nuestra historia, como en toda historia humana, se mezclan gracia y pecado. Tenemos muchos motivos para el agradecimiento, pero también para reconocer nuestro pecado. En este mensaje pido perdón por nuestras infidelidades al Espíritu o por las veces que nos ha faltado audacia, pero también porque en algunas de nuestras instituciones, que deberían de haber sido un lugar seguro para todos los niños y jóvenes, a veces se han producido situaciones de abuso que han causado heridas profundas que, a menudo, los acompañan toda la vida. Nuestra misión es siempre la de acompañar a los niños en su desarrollo integral, conseguir lo que quería nuestro fundador: que se conviertan en «buenos cristianos y buenos ciudadanos», en un respeto profundo de sus personas. Afortunadamente, creo que esto es lo que hemos conseguido en la mayoría de los que han estado en instituciones maristas. Pero los casos de abusos que se han producido, justamente porque están en clara contradicción con nuestra vida y misión, nos avergüenzan y nos hacen sufrir mucho.

 

¿Cómo fue posible que un lugar en donde los niños y niñas tenían que estar protegidos fuesen víctimas de abusos?

Si hablamos de abuso es porque, en un contexto donde el niño se siente confiado, algún adulto abusa de esa confianza para hacerle daño, ya sea en una institución educativa o deportiva, en una iglesia o en la propia familia. Por eso, cada caso de abuso a un niño es una catástrofe para el propio niño y su familia, pero también un fracaso social, en la medida en la que, todos juntos, no conseguimos garantizar la máxima protección a los más vulnerables. Lamentablemente, la comunidad marista también ha sufrido esta realidad, hecho que nos continúa entristeciendo profundamente, porque estos hechos no deberían de haber sucedido nunca, y menos en una institución como la nuestra. Nuestro objetivo es el de velar siempre por los derechos de los niños y llegar a las mayores cuotas de protección, y este también debe ser un objetivo en el que se implique toda la sociedad. Desgraciadamente, todavía hoy, las cifras anuales de abusos cometidos en el ámbito social son aterradoras. Deberíamos de estar muy conmocionados, sin embargo, desgraciadamente, muchas personas tienden a quedarse solo con las cifras, sin ir más allá. Desde las escuelas, ya hace años que nos hemos dotado de los mecanismos para la protección a la infancia, pero sentimos que aún no es suficiente. Creemos que es necesario un paso más, el de implicar a toda la sociedad, porque esta será la única manera de proteger adecuadamente a los niños.

 

¿Qué medidas se han adoptado?

La comunidad marista, a nivel internacional, hace tiempo que trabaja en la implementación de una cultura global de prevención y de protección de la infancia en cualquier ámbito. Esto es una prioridad para nosotros. Y los maristas de Cataluña están plenamente implicados en esta labor. Hoy estamos, junto con otras comunidades y organizaciones internacionales, profundamente comprometidos en la protección de los derechos de los niños. Y no nos cansaremos de velar para erradicar qualquier tipo de abuso. Se están dando grandes pasos en esta línea, y queremos avanzar aún más.

 

Este escándalo, ¿ha pasado factura a los maristas?

Visto desde una perspectiva global, saber que se han producido casos de abusos nos provoca un enorme trastorno y una gran tristeza. Pero debo decir también que se ha puesto en evidencia una gran madurez de las comunidades educativas maristas, profundamente comprometidas no solo para que estas situaciones no vuelvan a repetirse, sino también en un proceso creativo e innovador para ofrecer la mejor educación posible a los chicos y chicas que se nos confían.

 

«Gracias» es la palabra que inicia su mensaje, ¿a quién se dirige este agradecimiento?

En primer lugar a Dios, por el don de Marcelino Champagnat a la Iglesia y al mundo. Y también a María, nuestra buena Madre, que nos ha acompañado en estos 200 años, de manera discreta, pero muy real. El agradecimiento se dirige también a los más de 38.000 hombres que han profesado como maristas hasta el día de hoy. A los miles de laicas y laicos que se han comprometido con la misión marista y con el deseo de ofrecer un rostro mariano de Iglesia. Y ciertamente a todas las generaciones de hombres y mujeres que han estado marcados positivamente por la educación marista.

 

Y «compromiso», la palabra que lo finaliza. ¿En qué se debe traducir?

Tras dar las gracias y pedir perdón, he querido renovar, en nombre de todos los maristas, una serie de compromisos que son nuestros desde hace tiempo: el compromiso de construir una Iglesia de rostro mariano; el compromiso de mejorar continuamente nuestro servicio evangelizador; elcompromiso de salira las periferias geográficas y existenciales de los niños y jóvenes; el compromiso de continuar defendiendo y promoviendo los derechos de los niños ante las Naciones Unidas y sociedades donde estamos presentes; el compromiso de abrirnos a las llamadas del Espíritu de Dios…

 

Celebramos el sueño de Champagnat… ¿cuál es el sueño de Emili Turú?

Mi sueño es un mundo a la altura de los niños. Quiero recordar a Janusz Korczak, polaco, extraordinario defensor de los derechos de los niños. Murió en el campo de exterminio de Treblinka (1942), donde fue deportado con los niños de su orfanato, a quienes no quiso abandonar. Cito un fragmento de su libro Cuando vuelva a ser niño: «Decís: Es cansado estar con niños. Tenéis razón. Y añadís: Porque hay que ponerse a su altura, agacharse, inclinarse, curvarse, hacerse pequeño. Pero os equivocáis. No es eso lo que más cansa, sino el tener que elevarse hasta la altura de sus sentimientos. Estirarse, alargarse, ponerse de puntillas. Para no hacerles daño.» Sí, un mundo a la altura de los niños. Y sé que es un sueño posible porque he podido comprobar, en mis viajes por todo el mundo, que hay millones de personas profundamente comprometidas para hacerlo realidad.

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