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Terremoto en Chile - Impresiones de una visita a Tocopilla

 

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04/12/2007: Chile

 

Chile

El pasado viernes 23 de noviembre, a mi vuelta del Consejo Provincial, me detuve en Alto Hospicio para visitar a los Hermanos, tener una reunión con todo el personal del colegio y participar en la reunión del Directorio de la Fundación.

Con los Hermanos Agustín e Isidro y con Laurita, voluntaria, nos dirigimos a Tocopilla. Al no poder ir por la costa, el viaje resultó más largo: 370 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Salimos de Alto Hospicio a las 7 de la mañana y llegamos a eso de las 12.15 horas.

A lo largo del día, tras recorrer en auto o a pie muchas de las calles de Tocopilla y entrar en contacto con numerosos tocopillanos, éstas son algunas de mis impresiones:

1. Siempre los pobres llevan las de perder y cargan con la peor parte:

Ciertamente que el terremoto ha sido traidor y no revela, a primera vista, todos los destrozos que ha ocasionado. Lo digo porque uno pasa delante de la Municipalidad y otros edificios grandes, por ejemplo, y no ve las heridas de muerte que anidan en su interior. Pero donde sí muestra sus garras destructoras es en las poblaciones más pobres. Allí la inmensa mayoría de las casas están marcadas con el cuadrado y una equis en su interior que significa destrucción. Caminar por las calles de esas poblaciones es ver rostros sufrientes, muchos niños en la calle, escombros, carpas a la puerta de entrada de las casas para poder dormir en las noches y, en algunos lugares, mediaguas que se van instalando de a poco.

Tocopilla, con terremoto o sin él, siempre refleja pobreza, desempleo y falta de perspectivas para la juventud. Con el terremoto, la desolación es mayor. Y ella se anida de modo especial en poblaciones significativas como La Patria o Alberto Hurtado, por nombrar algunas.

2. Son muchos los daños causados:

A lo anterior hay que añadir otras casas y centros destruidos o en proceso de derrumbe. Por nombrar algunos, ahí están, entre los edificios públicos, la Municpalidad, parte de la Gobernación, el Hospital, el Liceo de Hombres y otra escuela, Carabineros, parte del edificio de Bomberos. Edificios más cercanos a nosotros y a la Iglesia: la casa donde vivían los Hermanos, que era de la parroquia; nuestro Centro Champagnat y el Centro de Pastoral de las Hermanas de la Providencia.

3. El Colegio Sagrada Familia, un himno a la solidaridad:

Tal vez, el colegio Sagrada Familia, institución perteneciente al Arzobispado es el edificio que menos daños ha sufrido, lo cual habla muy bien de la Sra. Fresia Jaug, bajo cuya gestión se han hecho todas las construcciones nuevas.

Uno llega al colegio y se da cuenta de que es como el centro de operaciones. Hay más conscriptos que alumnos y el patio central está lleno de bolsas de comida, colchones y otros materiales. Grupos significativos de alumnos y muchos profesores desarrollan labores humanitarias a lo largo del día. De un modo especial, salen en las noches a repartir café y comida a los pobladores metidos en las carpas.

La Sra. Fresia ha ofrecido el colegio para las instituciones escolares que deseen realizar la Licenciatura y en la tarde que estuvimos nos tocó recibir a la Sra.Yasna Provoste, Ministra de Educación, quien tuvo una reunión con los alumnos y alumnas de Cuarto Medio en el salón principal del colegio.

4. Champagnat, herido, bajó pero para quedarse:

Uno de los momentos emotivos que presenciamos fue la bajada de Marcelino desde el campanario del Centro Champagnat. Esa mañana un grupo de alumnos de cuarto medio del Colegio Sagrada Familia, acompañados de un profesor, estaba sacando escombros, muebles, artículos de cocina y distintos otros materiales del Centro para guardarlos en un pequeño Gimnasio y también en el Colegio. A quien había que guardar también, como preciado tesoro era a Marcelino. Desde su torre él oteaba la población y las casas más damnificadas. El tuvo también su herida. No bajaba intacto; una parte de su cuerpo estaba quebrada. Volvió a repetirse la historia: Marcelino compasivo, quebrado una vez más ante el dolor, la ignorancia y la pobreza de tantos niños y jóvenes.

Marcelino subirá algún día, esperamos que no muy tarde, para quedarse en Tocopilla. El ha entrado en el corazón de muchos niños, jóvenes y pobres. La Congregación ha tomado la decisión de reconstruir el Centro Champagnat y dejárselo a la ciudad, independiente de si los Hermanos continúan muchos o pocos años allá.

5. “Ayudemos a los Hermanos que están en la calle. Ellos nos ayudaron. Ayudémoslos nosotros ahora”:

Esta leyenda había sido escrita el miércoles anterior, a la entrada del Centro Champagnat. Nos emocionó verla, pues revelaba cuán adentro de los corazones de los pobres ha calado la presencia de los Hermanos en estos 25 años de presencia. Allí estaba Carlos liderando el servicio de despejar, en ese día, el Centro antes de que lo derriben. En el Colegio estaba Samuel, como un colega más, ayudando y sirviendo, haciendo presencia y echando una mano (un tanto damnificada). Allí estaban, muy cerca, en el cementerio clausurado por el movimiento de tumbas, Juan y Valero, hermanados por la sangre, por el amor a Tocopilla y por la entrega heroica a sus gentes. Esa frase resumía todo el cariño que los tocopillanos sienten por los Hermanos y en ella estaba condensada todo el trabajo apostólico y misionero de Valero, Carlos, Germán, Juan, Julián San Esteban, Jesús Bayo, Tomás, Hernán, Abel Pérez, Pablo, Abel Guerra, Francisco Bozal, Francisco Alvarez, José Tenas y Samuel.

6. El amor a lo propio y la desconfianza ante el porvenir:

Curiosamente, en algunas partes todavía quedan rastros de las banderas negras colocadas hace tiempo, como protesta, ante la impotencia de sentir los efectos de un pueblo que se estanca o retrocede. En una de las pasadas por una de las calles más pobres y damnificadas se me clavó en el alma la mirada de una mujer “espectacularmente” triste, sentada al borde de la calle, delante de la puerta de la casa casi destruida, acompañada de una guagua recogida en su regazo. Imagen de desolación, congoja, dolor, impotencia, tal vez rabia y resentimiento. Pero allí estaba, como leona, defendiendo lo suyo, lo sumamente poco suyo. Como ella, muchos. “No nos iremos de nuestras casas. ¿Quién nos asegura que vamos a tener algo mejor?” Los gritos y lamentos, muchas veces callados y reprimidos, siguen oyéndose en Tocopilla al mismo tiempo que los martillazos de los militares construyendo mediaguas.

A Tocopilla se le ha prometido mucho dinero. ¿Alcanzará para todos? Y si alcanza, ¿cuándo llegará una reconstrucción que vaya más allá de una mediagua? Estas son las interrogantes que tienen los pobladores. Dios quiera que no se les muera la esperanza. Ya se les han muerto tantos sueños.


Hno. Mariano Varona G.

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