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15/04/2009: Filipinas

 

Init!! init kaayo!! Hace mucho calor!. Ésta es una de las frases que más repite la gente de acá cada día, así que se podrán imaginar que si ellos dicen eso, ¡qué queda para nosotros...! Dicen que acá en Filipinas sólo hay dos estaciones: la estación de calor y la de más calor. De hecho estamos entrando en la estación de más calor y claro que se siente. Pero como me dice mi mamá y algún que otro amigo: ¡No será para tanto, che!. Y sí, al final no es para tanto pero así como el calor va aumentando, también van creciendo ciertos sentimientos, preguntas, cuestionamientos y alguna que otra certeza del corazón.

Hace dos semanas atrás tuve la hermosa posibilidad de compartir diez días en la comunidad de las hermanas maristas. Bendito entre todas las mujeres (5 hermanas: dos de Fidji y tres filipinas) viví una experiencia muy linda en una pequeña y sencilla casita en medio de la ciudad y con varias presencias entre los más pobres. Pude compartir con ellas el día a día y algunos de sus apostolados. Visitamos la cárcel de hombres y mujeres que guarda entre sus débiles y bajas paredes (sólo de mi altura) la realidad de la injusticia y el dolor. Entrar allí no sólo implica cruzar ciertas puertas, sino principalmente la puerta del prejuicio y condena que solemos hacer quienes vivimos en libertad. Digo libertad entre comillas porque puedo asegurarles que cuando muchos de ellos cantan, cuentan historias, ríen, parece que pudieran ir a cualquier parte con solo pensarlo. Una de las veces se me erizó la piel cuando después de un par de canciones que cantó Lucio (un abuelo que se encuentra allí), empezó a cantar “Es la historia de un amor… La verdad es que no lo podía creer… aunque después supe que no es argentina la canción que, como buen burro, yo había creído. Pero el hecho de compartir con ellos el tiempo, historias, risas, alguna comida, y los intentos de aprender algo en cebuano, me hicieron vivir muchas cosas en mi interior.

Otra de las presencias que compartí con las hermanas fue en una casita que tienen muy chiquita en medio de un slum (barrio popular), acá conocidos como badjaos. Son tribus indígenas musulmanas que viven en medio de la ciudad sobre las costas del mar. Sus casitas están construidas sobre postes sobre el mar que sostienen las casitas de bambú que no van mas allá de 3 por 3 metros. La vecindad está unida por puentecitos de bambú que ponen a prueba nuestro equilibrio (aunque los maestros, o sea los nenes, saben correr a toda velocidad). La pobreza te sacude allí pero no con la misma fuerza que tienen las sonrisas de los nenes que entran profundamente al corazón y que sí o sí te roban una sonrisa. El otro día estuvimos con ellos jugando y uno de ellos me agarró de la mano y me hizo entrar a su casa diciendo chinelas, chinelas (su idioma tiene algunas palabras en español), mientras me pedía que me quitara mis ojotas para entrar. Allí entré, me hizo sentar (en el suelo, claro) y se sentó a mi lado, mientras entraban todos los demás (unos 15) todos alrededor, en la falda, otros agarrando las manos, otros abrazando, preparándose para ver la tele... Y no fue solo entrar a una casa, fue mucho más que eso… Su balay (hogar) eran sin duda sus corazones.

Otro de los espacios que compartí con las hermanas fue en una ONG que trabaja con las chicas que están en la prostitución. La realidad es muy cruel con ellas. Allí me contaron que hace un mes conocieron a una nena de 9 años. Sin palabras. Tuve la oportunidad de salir con la hermana Edna y un grupo de cuatro chicas de esta ONG durante una noche para encontrarnos con estas chicas donde ellas están. Allí estuvimos un par de horas en la calle compartiendo alguna conversación, una sencilla clase de salud sexual con un grupo de entre 8 y diez chicas, entre 17 y 21 años. Fue una experiencia muy fuerte, muy profunda, muy desde el dolor... Tratando de decir algo en su idioma nos despedimos entre sonrisas pero con la foto de sus rostros en mi corazón.

Son muchas las cosas y anécdotas que podría contar, como por ejemplo una vez íbamos por la calle y vimos un coche fúnebre blanco. Pero lo curioso no era el color ni el auto, sino que adentro iba el difunto pero sin cajón. ¡Si lo ve mi viejo no lo podría creer! Pero bue, muchas de estas cosas nos hacen sonreír pero otras nos causan dolor también. Pero sí les puedo decir ahora que es difícil poder contar y compartir la experiencia de saberme tan pequeño, con los brazos tan cortos, y con la sensación de saber que sólo Jesús sabe cómo acariciar y provocar nuestros corazones desde la fraternidad de vivir con los hermanos, desde el regalo de una sonrisa, una mirada, desde la realidad de la opresión y la pobreza, desde la sencillez e inocencia de los niños, y la riqueza de encontrar compañeros de camino... Los sueños deben ser compartidos y luchados en fraternidad, si no serán sólo planes personales que no conducen a mucho.. Por eso es que una vez más quería compartir algo con ustedes. Y perdón una vez mas por la extensión… pero es que si me siento a escribir y compartir no voy a poner dos pavadas, ¿no? ¡Jajaja!

Les mando un abrazo muy fuerte y mil gracias por el “support” de muchos de ustedes a su hermanito Pedro... ...love will keep us alive...

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Hno. Pedro - Marzo de 2009

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