Inicio > Biblioteca > Boletín marista > Número 127 (23/02/2004)

 

 


 



 


Emili Turú - La Valla: casa de la luz

Emili Turú
Superior general



 

FMSI

Conectarse

Hermanos maristas

RSS YouTube FaceBook Twitter

 

Foto de hoy

España: Consejo Provincial Mediterránea

Hermanos maristas - Archivo de fotos

Archivo de fotos

 

Últimas novedades

Archivo de novedades

 

Calendario marista

25 junio

Santos: Próspero, Guillermo, Máximo
1993, inauguración oficial del Centro Marista Asiático (MAC)

Calendario marista - junio

Boletín marista - Número 127

 

MENSAJE DEL PAPA PARA LA CUARESMA 2004
23/02/2004

Bajar WORD

MENSAJE DEL PAPA PARA LA CUARESMA 2004
«EL QUE RECIBA A UN NIÑO COMO ÉSTE EN MI NOMBRE, A MÍ ME RECIBE»

He aquí el texto íntegro del mensaje de Juan Pablo II para la Cuaresma 2004, que co-mienza el miércoles 25 de febrero. El Papa invita a los católicos a aprovechar la oca-sión de la cuaresma para “reflexionar sobre la condición de los niños, a los que aún hoy Jesús llama a él y muestra como ejemplo a los que quieren llegar a ser sus discí-pulos”. Se trata de una invitación a la conversión interior y a la acción. Este tema tiene un valor añadido para los maristas, dado su compromiso y misión a favor de los niños y jóvenes, especialmente más necesitados. Por este motivo, lo publicamos en nuestro Boletín marista.

Queridos hermanos y hermanas:

1. Con el sugestivo rito de la imposición de la Ceniza, inicia el tiempo de la Cuaresma, durante el cual la liturgia renueva en los creyentes el llamamiento a una conversión radical, confiando en la misericordia divina.

El tema de este año --«El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me re-cibe» (Mateo 18,5)-- ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la condición de los ni-ños, que también hoy en día el Señor llama a estar a su lado y los presenta como ejemplo a todos aquellos que quieren ser sus discípulos. Las palabras de Jesús son una exhortación a examinar cómo son tratados los niños en nuestras familias, en la sociedad civil y en la Iglesia. Asimismo, son un estímulo para descubrir la sencillez y la confianza que el creyente debe desarrollar, imitando al Hijo de Dios, el cual ha compartido la misma suerte de los pequeños y de los pobres. En este sentido, santa Clara de Asís solía decir que Jesús, «pobre fue acostado en un pesebre, pobre vivió en el siglo y desnudo permaneció en el patíbulo» («Testamento, Fuentes Franciscanas», n. 2841).

Jesús amó a los niños y fueron sus predilectos «por su sencillez, su alegría de vivir, su espontaneidad y su fe llena de asombro» (Ángelus, 18.12.1994). Ésta es la razón por la cual el Señor quiere que la comunidad les abra el corazón y los acoja como si fue-ran Él mismo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe» (Mateo 18, 5). Junto a los niños, el Señor sitúa a los «hermanos más pequeños», esto es, los pobres, los necesitados, los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnu-dos, los enfermos y los encarcelados. Acogerlos y amarlos, o bien tratarlos con indife-rencia y rechazarlos, es como si se hiciera lo mismo con Él, ya que Él se hace presen-te de manera singular en ellos.

2. El Evangelio narra la infancia de Jesús en la humilde casa de Nazaret, en la que, obediente a sus padres, «progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lucas 2,52). Al hacerse niño, quiso compartir la experiencia hu-mana. «Se despojó de sí mismo --escribe el apóstol san Pablo--, tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hom-bre; y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Filipen-ses 2, 7-8). Cuando a la edad de doce años se quedó en el templo de Jerusalén, mien-tras sus padres le buscaban angustiados, les dijo: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabí-ais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lucas 2, 49). Ciertamente, toda su existencia estuvo marcada por una fiel y filial sumisión al Padre celestial. «Mi alimento --decía-- es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Juan 4, 34).

En los años de su vida pública, repitió con insistencia que solamente aquellos que se hubiesen hecho como niños podrían entrar en el Reino de los Cielos (Cf. Mateo 18, 3; Marcos 10,15; Lucas 18,17; Juan 3,3). En sus palabras, el niño se convierte en la im-agen elocuente del discípulo llamado a seguir al Maestro divino con la docilidad de un niño: «Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos» (Mateo 18, 4).

«Convertirse» en pequeños y «acoger» a los pequeños son dos aspectos de una única enseñanza, que el Señor renueva a sus discípulos en nuestro tiempo. Sólo aquél que se hace «pequeño» es capaz de acoger con amor a los hermanos más «pequeños».

3. Muchos son los creyentes que buscan seguir con fidelidad estas enseñanzas del Se-ñor. Quisiera recordar a los padres que no dudan en tener una familia numerosa, a las madres y padres que en vez de considerar prioritaria la búsqueda del éxito profesional y la carrera, se preocupan por transmitir a los hijos aquellos valores humanos y reli-giosos que dan el verdadero sentido a la existencia.

Pienso con grata admiración en todos los que se hacen cargo de la formación de la in-fancia en dificultad, y alivian los sufrimientos de los niños y de sus familiares causados por los conflictos y la violencia, por la falta de alimentos y de agua, por la emigración forzada y por tantas injusticias existentes en el mundo.

Junto a toda esta generosidad, debemos señalar también el egoísmo de quienes no «acogen» a los niños. Hay menores profundamente heridos por la violencia de los adultos: abusos sexuales, instigación a la prostitución, al tráfico y uso de drogas, ni-ños obligados a trabajar, enrolados para combatir, inocentes marcados para siempre por la disgregación familiar, niños pequeños víctimas del infame tráfico de órganos y personas. ¿Y qué decir de la tragedia del SIDA, con sus terribles repercusiones en Á-frica? De hecho, se habla de millones de personas azotadas por este flagelo, y de és-tas, muchísimas contagiadas desde el nacimiento. La humanidad no puede cerrar los ojos ante un drama tan alarmante.

4. ¿Qué mal han cometido estos niños para merecer tanta desdicha? Desde una pers-pectiva humana no es sencillo, es más, resulta imposible responder a esta pregunta inquietante. Solamente la fe nos ayuda a penetrar en este profundo abismo de dolor.

Haciéndose «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Filipenses 2,8), Jesús ha asumido el sufrimiento humano y lo ha iluminado con la luz esplendorosa de la resu-rrección. Con su muerte, ha vencido para siempre la muerte.

Durante la Cuaresma nos preparamos a revivir el Misterio Pascual, que inunda de es-peranza toda nuestra vida, incluso en sus aspectos más complejos y dolorosos. La Semana Santa nos presentará nuevamente este misterio de la salvación a través de los sugestivos ritos del Triduo Pascual.

Queridos hermanos y hermanas, iniciemos con confianza el itinerario cuaresmal, ani-mados por una más intensa oración, penitencia y atención a los necesitados. Que la Cuaresma sea ocasión útil para dedicar mayores cuidados a los niños en el propio am-biente familiar y social: ellos son el futuro de la humanidad.

5. Con la sencillez típica de los niños nos dirigimos a Dios llamándolo, como Jesús nos ha enseñado, «Abbá», Padre, en la oración del Padrenuestro

¡Padre nuestro! Repitamos con frecuencia a lo largo de la Cuaresma esta oración; re-pitámosla con profunda devoción. Llamando a Dios Padre nuestro, nos daremos cuen-ta de que somos hijos suyos y nos sentiremos hermanos entre nosotros. De esta ma-nera, nos resultará más fácil abrir el corazón a los pequeños, siguiendo la invitación de Jesús: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe» (Mateo 18, 5).

Con estos deseos, invoco sobre cada uno de vosotros la bendición de Dios por interce-sión de María, Madre del Verbo de Dios hecho hombre y Madre de toda la humanidad.

Vaticano, 8 de diciembre de 2003

JOANNES PAULUS PP II

3051 visitas