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Boletín marista - Número 144

 

CONSEJO GENERAL AMPLIADO – REGIÓN DE OCEANÍA
17/05/2004

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Mittagong, Nueva Gales del Sur, Australia – 14 mayo 2004
CONSEJO GENERAL AMPLIADO – REGIÓN DE OCEANÍA (III)

La tercera jornada de la reunión en Mittagong ha tenido tres ejes principales: la conferencia del hermano Seán, la reflexión y el diálogo sobre la viabilidad y la vitalidad de la vida y misión maristas en la Región de Oceanía y un encuentro fraterno con aire festivo.

EXTRACTO DE LA ALOCUCIÓN DEL HERMANO SEÁN SAMMON A LOS PROVINCIALES Y CONSEJOS DE OCEANÍA
Se presenta aquí una selección de fragmentos del discurso que el hermano Seán ha pronunciado en la primera sesión de la mañana y que ha constituido un claro punto de referencia para los participantes.


“Hermanos, si de algo salí convencido de nuestro XX Capítulo General fue del hecho de que la vida religiosa y nuestro Instituto, en particular, se encuentran hoy en una significativa encrucijada. ¿Por qué lo digo? Porque son enormes los riesgos y las consecuencias. Los capitulares lo entendieron como una opción entre la vida y la muerte.

Y por eso, al clausurar la asamblea capitular en Roma a finales de 2001, los capitulares nos dejaron este mensaje: Se está abriendo un nuevo capítulo en la vida marista, un capítulo que estará marcado por la pasión por Jesús y su misión, por un espíritu de sacrificio que nos llevará a una transformación y a una nueva entrega a los ideales que siempre han constituido el meollo de la vida religiosa. Expresándolo de manera sencilla, podríamos decir que nuestro XX Capítulo General nos recordó lo que somos y a lo que estamos destinados a ser.

Adhiriéndome a los miembros del Capítulo y a su desafiante Mensaje, tengo que decir que cada vez creo más que la tan ansiada renovación llegará a nuestra vida y misión cuando seamos de nuevo aquello para lo que fuimos fundados: ser hermanos, hombres de Evangelio, heraldos de la misericordia y de la Buena Nueva de Jesucristo.

También estoy persuadido de que hoy nos hallamos en la situación en que deberíamos estar dentro del proceso de renovación. En los últimos cuarenta años, hemos sufrido muchas salidas, y como muy bien se dijo ayer, a veces nos hemos sentido humillados. Es posible que nos hubiéramos vuelto demasiado autosuficientes y que necesitáramos que nos recordaran que Jesucristo entró en este mundo como el Siervo de Dolores y no como un rey victorioso.

¿Pero por qué digo que nos hallamos en la etapa en la que se supone que debíamos estar dentro del proceso de renovación? Porque con las pruebas que disponemos de otros tiempos anteriores de conmoción en nuestra vida, podemos decir que todo grupo necesita al menos de 40 a 50 años para llegar a “tocar fondo” antes de entrar en el meollo del proceso de renovación. Hoy nos hallamos en ese umbral: está a punto de abrirse el segundo de los tres capítulos que constituyen el libro de la renovación.

Todos recordamos bien el lema de nuestro XX Capítulo General: ¡Optamos por la vida! Con todo, lamento de verdad que, al proponer el versículo del Deuteronomio del que se tomó, no prestáramos la suficiente atención al texto precedente. Porque ese texto nos habla de que Yahvé circuncidará, en primer lugar, nuestros corazones. Es una imagen fuerte, que nos recuerda que, como David, joven pastor, pronto a ser Rey de Israel, debemos vaciarnos antes que el Espíritu de Dios corra por nuestras venas.

... y de esta manera, en los próximos años, tendremos que tomar algunas decisiones difíciles, pero son decisiones que siempre han estado en el centro de la vida religiosa. Tendremos que leer los signos de nuestro tiempo con valentía y fidelidad, redescubrir el sueño y carisma de Marcelino para nuestro tiempo y realidad y, sobre todo, centrar nuestra vida en Jesucristo y en su evangelio. Este profundo cambio de corazón es la base sobre la que se construye todo lo demás, porque, sin ella, corremos el riesgo de leer los signos de nuestro tiempo a través del prisma de nuestros propios miedos y preocupaciones, en lugar de leerlo con los ojos de Dios, y de adaptar para nuestros propios fines el carisma que entró en la Iglesia a través de un sencillo sacerdote rural y padre marista llamado Marcelino Champagnat.

Hermanos, con este programa de acción sobre la mesa, tengo que decir que no me imagino que exista un mejor tiempo que éste para seguir vivos, para ser religiosos hoy y ser religiosos maristas. Pero ante nosotros se abren grandes retos, un trabajo enorme y significativos sacrificios. No prestéis atención a los agoreros catastrofistas que existen en el mundo, en la Iglesia y en nuestro Instituto. Algunos ya nos están animando a que nos “muramos pacíficamente”. Yo os ofrezco otro punto de vista: si no renovamos nuestro Instituto y su misión, no tendremos que echar a nadie más la culpa de lo que nos suceda sino sólo a nosotros, pues Dios está haciendo horas extras para suscitar ese cambio de corazón tan necesario.

El otro día os dije que muy a menudo me pregunto lo que pasó por la mente del fundador aquella tarde de 2 de enero de 1817 cuando regresaba a la casa parroquial desde esa pequeña casa de Lavalla. Se había pasado semanas arreglándola y se había endeudado con el padre Courveille porque le había concedido un préstamo para que pudiera comprarla. De regreso a la casa parroquial, se encontró con el párroco Rebod que bebía y que ya estaba molesto por las actividades de su joven coadjutor. Entre aquellos dos primeros fichajes se encontraba Jean Marie, un ex miembro de la Guardia Imperial de Napoleón que, más tarde, se volvería bastante excéntrico y abandonaría el Instituto.

Esa tarde, a Marcelino le quedaban pocos bienes materiales en propiedad. Tenía una casa que, bien podríamos decir, necesitaba urgente reparación. En esa casa había dos muchachos de pueblo bastante ignorantes, y tenía algunas deudas. Pero lo que también tenía el fundador era un sueño y ese sueño le consumió, como nos debe consumir a cada uno de nosotros. Era un sueño en cuyo centro estaban estos tres elementos: amor por Jesús y su evangelio, ganas para evangelizar a los niños y jóvenes pobres y determinación para establecer una comunidad de hermanos que sea testigo vivo del Evangelio de Jesucristo. Durante años, ese sueño se ha extendido en todo el mundo y ha “tocado” las vidas de innumerables jóvenes; les ha marcado y ha cambiado las vidas de muchos.

Por ello, pasemos a la acción. El nuevo amanecer del que hablaba tan a menudo el hermano Basilio está a punto de despuntar. Tenemos trabajo por hacer y, con la gracia de Dios, lo realizaremos con actitud humilde y lo haremos bien.

Gracias.


LA VIDA Y MISIÓN MARISTAS EN LA REGIÓN DE OCEANÍA

La reflexión y el diálogo sobre la viabilidad y la vitalidad maristas en la Región de Oceanía han ocupado las tres sesiones restantes del día. La asamblea plenaria, el trabajo en grupos, la reflexión individual y la plegaria personal han sido distintos caminos para adentrarse en este tema de actualidad y de futuro.
El hermano Darren Burge, Provincia de Sydney, ha dirigido la síntesis del día con la cual se han finalizado los trabajos de la jornada.
Después de la cena, se ha dedicado un tiempo al social, expresión que en el ámbito de cultura inglesa tiene un carácter de conversación informal y espontánea, mientras se toma alguna bebida.

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