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Boletín marista - Número 148

 

FESTIVIDAD DE SAN MARCELINO
07/06/2004

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Alocución del hermano Seán Sammón, Superior general (5.06.2004)
FESTIVIDAD DE SAN MARCELINO EN LA CASA GENERAL

El 1 de diciembre de 1955, en Montgomery (Alabama), una mujer llamada Rosa Parks violó la ley para conseguir la puesta en libertad de la prisión en que se encontraba. La señora Parks, afro-americana, que trabajaba como costurera, se sentó en uno de los asientos reservados para blancos en un autobús urbano. En una sociedad racista, esto era un gesto valiente y arriesgado.
La leyenda dice que, unos años después, un estudiante preguntó a la señora Parks qué la había movido a sentarse en aquel asiento. Ella respondió: Me senté ahí porque estaba cansada. Ciertamente, no eran sólo sus pies los que estaban cansados. No, lo que la consumía por dentro a esta mujer de mediana edad eran los años de promesas vacías que había vivido. Fueron promesas que dividieron su corazón, promesas que se habían hecho con una sola idea en la cabeza: el deseo de mantener a algunas personas en su puesto.
Pero aquel día de diciembre de 1955, la señora Parks tomó una importante decisión en su vida. Con este gesto de una sencillez pasmosa, declaró a todos los que quisieron entender, que ella ya no viviría más en contradicción con sus convicciones más profundas. A partir de ahora, viviría con un corazón indiviso. Y al hacerlo así, puso en marcha un movimiento en favor de los derechos civiles que cambió la faz de una nación y su legislación.
Y todo esto, ¿qué tiene que ver con la fiesta que hoy celebramos? A fin de cuentas, Marcelino nunca oyó hablar de Rosa Parks, o de ese suceso ocurrido en Montgomery, Alabama. Y, cuando por primera vez puso su pie en aquel autobús, hacía ya más de un siglo que el fundador había muerto.
Dos cosas: en primer lugar, tanto el gesto de Rosa Parks como la vida de Marcelino Champagnat estuvieron marcadas por la sencillez. Sentarse en un autobús urbano es un gesto sencillo. Pero, al hacerlo, Rosa Parks transformó su vida y la de los que vinieron después de ella.
Igualmente, Marcelino Champagnat fue célebre por su sencillez. No había engaño en él. Era directo, honesto, sin pretensiones, y animó a sus Hermanos a cultivar los mismos rasgos. El fundador tenía claro que, igual que la pobreza distingue a un franciscano, la virtud de la sencillez debería distinguir a todos y cada uno de los Pequeños Hermanos de María, y, por lo mismo, debería distinguir la vida de todos aquellos que hoy reivindican su carisma como propio. No debe haber lugar ni para la apariencia ni para el darse aires de en la vida de aquel que desee vivir plenamente la vida marista al estilo de Marcelino.
Las lecturas de la Eucaristía de hoy ponen de relieve esta misma virtud de la sencillez. Por ejemplo, el autor de los Hechos de los Apóstoles nos presenta una imagen de la vida que existía entre los miembros de la primera comunidad cristiana, la forma en que compartían todas las cosas según las necesidades de cada uno, su gozo y sencillez de corazón.
Y Mateo nos recuerda de nuevo que la lógica del reino de Dios está en contradicción directa con las prácticas del imperio. El evangelista nos facilita un instrumento asombroso para medir la grandeza. Sed los pequeños, nos recomienda, y seréis los más grandes en el Reino. Por consiguiente, la búsqueda de poder y prestigio, y la búsqueda de los puestos de honor no tiene sitio en el Reino, y no lo debería tener en nuestra Iglesia. Es triste decirlo, pero esto a veces se da. Y es por eso que la vida religiosa es tan importante en nuestro tiempo, como lo fue anteriormente. Porque la vida religiosa siempre ha estado llamada a ser memoria viva de aquello a lo que la Iglesia fue destinada, aspira a ser y debe ser.
Dicho esto, debemos recordar que la vida religiosa existe al servicio del Evangelio, y no de la Iglesia. Mientras que el Evangelio siempre necesitará una Iglesia, una comunidad de creyentes, la vida religiosa deberá siempre permanecer periférica de las estructuras básicas que constituyen esa Iglesia. Y es por eso que los Institutos religiosos se han centrado tradicionalmente en aquellos a quienes las estructuras estables de diócesis y parroquia son incapaces de llegar: los huérfanos, las prostitutas, los ‘sin-iglesia’, y tantos otros. Si la vida religiosa se deja domar en su libertad intrínseca, dejará de ser la presencia profética a que estaba destinada en la sociedad y en la Iglesia.
Otra cosa: Marcelino Champagnat se sirvió de la sencillez para afrontar el reto de innovación a que se enfrentaba la Iglesia de Francia de su tiempo. Supo leer los signos de los tiempos e interpretarlos fielmente. Cuando los movimientos revolucionarios que se habían extendido por toda Europa a principios del siglo XIX empezaron a declinar, la Iglesia se tuvo que enfrentar al siguiente reto: ¿Cómo ser imaginativos y creativos en este mundo transformado que nos ha tocado vivir? Por desgracia, una vez que se hubo asentado el polvo de la revolución, muchos dirigentes de la Iglesia buscaron formas de restablecer el pasado. El futuro no sería para ellos. En su lugar, lo forjarían personas como Marcelino Champagnat.
Este segundo punto tiene hoy una importancia crucial. La vida religiosa, en muchas partes del mundo, se encuentra en una encrucijada. Hemos sido testigos de casi medio siglo de demolición de esta forma de vida. Pero para cualquier estudiante de historia de la vida religiosa, la situación que se da es normal, y en realidad, necesaria, si se quiere que nazca una nueva vida.
Pero todavía no ha llegado el momento de que se produzca este nuevo amanecer, ese renacimiento que tantos esperan desde que concluyó el Vaticano II. Más bien, con el alba ya a la vista, debemos empezar la tarea de edificar algo nuevo. Y cuando lo hagamos, tendremos que contar con que cometeremos errores, experimentaremos desilusiones y que se harán presentes esos inevitables agoreros catastrofistas que nos han acompañado a lo largo de la historia de este tiempo de cambio y transformación en nuestra vida religiosa. ¿Acaso no fue esto lo que le sucedió a Marcelino en su tiempo? Estaba el Vicario General de la diócesis, el señor Bochard, que hizo todo lo que estuvo en sus manos para absorber el Instituto dentro de su propia Sociedad de la Cruz de Jesús; el cura Rebod, el párroco, que, envidioso por el éxito de su coadjutor, le creó innumerables problemas al fundador, y tantos otros retos.
Si de algo nos ha convencido este último medio siglo de confusión en la vida religiosa, debería ser sobre todo de lo siguiente: Que Jesucristo vino como Siervo sufriente y no como Rey conquistador. Es la lección que nos trae el evangelio de hoy; es la dura experiencia que hemos adquirido tras casi medio siglo de fatigas por renovarnos.
Nuestro Instituto se enfrenta hoy a muchos retos: la necesidad de convertirnos en un Instituto internacional y no en uno dominado solamente por el pensamiento occidental; la necesidad de renovar nuestras instituciones y, al mismo tiempo, de encontrar nuevas presencias para llevar la Buena Nueva de Dios a los niños y jóvenes pobres; la necesidad de transformar nuestras comunidades para que sean lugares en donde abunde el ungüento del perdón que cura las heridas y en donde se da la reconciliación, y tantos otros retos. Sí, tenemos por delante muchos retos, pero tenemos el ejemplo del fundador que nos ayudará a encontrar los medios para resolverlos cuando lleguen.
Rosa Parks, en su sencillez, se sentó en un autobús en Montgormery, Alabama. Marcelino Champagnat, un hombre que siempre tuvo problemas con los estudios, siguió en su sencillez el sueño de Dios para su vida y fundó una comunidad de Hermanos para llevar la Buena Nueva de Jesucristo a los niños y jóvenes pobres. Hoy se nos pide que, con toda sencillez, confiemos en la bondad y en el designio de Dios sobre el futuro de nuestro Instituto y estilo de vida y que nos rindamos al proceso de renovación y de cambio de corazón que conlleva.
Necesitábamos en nuestra vida religiosa actual este tiempo de renovación. Nos ha despertado del sueño y nos desafía a que nos preguntemos de nuevo en quién o en qué ponemos nuestro corazón. Aunque ha habido pérdidas y sufrimiento, también se nos ha dado la posibilidad de transformarnos. En medio de tantas fatigas por conseguirlo, haremos bien en recordar, que en el corazón de todo invierno, hay siempre una primavera que palpita”. Mientras lo buscamos, confiemos en que la fe nos guiará, la esperanza nos sostendrá y el amor nos apoyará en nuestro viaje.

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