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Boletín marista - Número 188

 

La buena noticia del Domingo de Resurrección - Seán Sammon
26.03.2005

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Para muchísimas personas, la mañana del Domingo de Pascua no logra cada año poner fin a las penitencias cuaresmales. Por ejemplo, habrá muchos pobres en el mundo que nos dirán que, esos 40 días anteriores al tiempo pascual, no son sino seis semanas más de esa experiencia de desierto que dura un año. Para ellos, el ayuno cuaresmal dura 52 semanas al año.
Nuestras costumbres cuaresmales deben resultar exasperantes sobre todo a los niños indigentes. Todas nuestras leyes y normas sobre el ayuno y la abstinencia son un lujo que ellos difícilmente se podrán permitir. Privarse de dos comidas al día no es una opción para ellos; es una dura y cruda realidad diaria a la que están acostumbrados.
Entonces, ¿qué significa la Pascua para quienes la Cuaresma continúa mucho más allá del acto de despojarse de las vestiduras sacerdotales moradas? Vayamos más al grano: aquí y ahora ¿qué significado tiene para nosotros esta antigua y sagrada fiesta?

Algo tenemos claro: Jesús vino a nosotros a poner las cosas en su sitio. Y cuando lo hizo, puso patas arriba el statu quo, puso furiosos a algunos y transformó nuestro mundo. Entonces, ¿cuál es el problema? A decir verdad, el problema está en que muchos de nosotros continuamos viviendo y actuando como si Él nunca hubiera venido.
El capítulo 25 de Mateo es un excelente ejemplo de nuestro fingimiento. Sin embargo, su mensaje no puede ser más claro: Dios nos juzgará según hayamos tratado a los hombres, mujeres y niños pobres. Sí, -es cierto-, no según las leyes y normas creadas por nosotros sino según las dictadas por el propio Dios: comida al hambriento, bebida al sediento, ropa al desnudo, un techo a los sin techo, benevolencia con el extranjero. Acciones sencillas y de sentido común, muy parecidas a las que tomó Marcelino cuando se enfrentó a situaciones de calamidad. Nosotros las llamamos obras de misericordia, pero ¿cuántas veces nos tomamos la molestia de comprobar que se hacen?

Cuando Jesús caminó entre nosotros, nunca dejó de sorprendernos. Dedicó, por ejemplo, mucho tiempo a los que entonces eran considerados pecadores: los recaudadores de impuestos, las prostitutas, los sorprendidos en adulterio, los publicanos. Y dijo que había venido a curar a los enfermos y no a los sanos. Nada que ver con la conducta o expresiones que se podrían esperar de alguien que se llamaba Hijo de Dios.
¿Y por qué no? Porque si hay algo que nos ha enseñado la vida de Jesús, ha sido esta enseñanza que dejó perfectamente clara una y otra vez: Dios tiene una pasión por ti y por mí, rico o pobre, pecador o santo, enamorado o no de él.
Este año, cambiemos completamente nuestra forma de entender la Cuaresma y la mañana del Domingo de Resurrección. Sí, dejemos a un lado ese sentimiento de orgullo que podamos tener por haber mantenido perfectamente los compromisos cuaresmales y empecemos, en cambio, a actuar como esas personas resucitadas que estamos destinadas a ser. Esto significa, en primer lugar, que renunciemos definitivamente a querer transformar a Dios a nuestra propia imagen y semejanza y dejémosle –por una vez- que sea Él mismo. También significa vivir el espíritu y la letra de las Bienaventuranzas, porque si lo hacemos así, llegaremos a descubrir que se dice lo mismo en Mateo 25, pero con otras palabras.
Jesucristo resucitó realmente de entre los muertos. Y nosotros debemos confesar que eso lo ha cambiado todo. No podría haber mejor Buena Nueva el Domingo de Pascua.

¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!

Seán Sammon

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