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Boletín marista - Número 190

 

No un Papa joven, sino el Papa de los jóvenes - Sean D. Sammon, FMS
08.04.2005

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La muerte de un Papa no es un asunto intrascendente. Debemos recordar el torrente de dolor que siguió al papado, de un mes de duración, de Juan Pablo I. Durante su breve mandato, Albino Luciani consiguió tocar los corazones y el espíritu de muchas personas del mundo.

¡Qué diferente resulta la muerte de un Papa al que se ha conocido durante sus largos años de pontificado! Para quienes cuentan con menos de 30 años, Juan Pablo II ha sido el único y verdadero sucesor de Pedro que han conocido. Durante muchos años, el corazón generoso de este hombre, su espíritu de oración y amor a la Iglesia y a las personas han sido las cualidades que más han atraído a la joven generación. Durante la visita a sus países, durante las audiencias de los miércoles en la Plaza de San Pedro y las Jornadas Mundiales de la Juventud convocadas regularmente durante su papado, han sido los jóvenes los que han venido a verlo, a cantar con él, a celebrar con él. Poseía esa envidiable capacidad que sabe inflamar los corazones y captar su imaginación.

En sus últimos días, enfermo y con un deterioro físico evidente, Juan Pablo II se resistió a cualquier insinuación de dimisión proveniente de quienes se inquietaban por su capacidad para conducir la Iglesia. Al haber optado por dar la prioridad a la vida en vez de a la eficacia, se mantuvo al pie del cañón hasta el final. Sea como sea, los jóvenes entendieron sus motivos mejor que muchos de nosotros, nerviosos como estábamos preguntándonos si la Iglesia estaba ahora realizando adecuadamente su misión.

Así que cuando llegó la noticia, el pasado jueves por la noche, de que Juan Pablo II se estaba muriendo, fueron los jóvenes los que se dirigieron hacia la Plaza de San Pedro. Como lluvia saludable en tiempos de sequía, los jóvenes fueron llegando en número constante y en silencio hasta inundar la Plaza y derramarse por las calles adyacentes.

Finalmente, un silencio profundo se apoderó de ese sagrado espacio que hay delante de la magnífica basílica imaginada muchos siglos antes por Miguel Ángel; y para asombro de los periodistas reunidos en gran número, los jóvenes comenzaron a orar. Oraban en silencio con y por el único Papa que ellos habían conocido: un hombre que invitó constantemente al mundo a vivir unos valores que no eran la norma habitual; un ciudadano de otra generación que había logrado, a pesar de la diferencia de edad, tocar sus corazones; un Papa que, al menos a sus ojos, era natural cuando se introducía en el mundo de los jóvenes.

Como sucede cuando muere un abuelo querido, cuya bondad no se pone nunca en tela de juicio ni se pone en duda su amor, éstos y éstas jóvenes oraron por alguien que les era de verdad muy querido. Sí, durante su tiempo de angustia y aflicción, los jóvenes se confortaron con la secular práctica de la oración, tal como él les había enseñado a hacer con su ejemplo. ¡Descanse en la paz bienaventurada de nuestro Dios este hombre bueno y pastor de la gente joven y menos joven del mundo!

Sean D. Sammon, FMS,
5 de abril de 2005

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