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Boletín marista - Número 199

 

Marcelino Champagnat creyó en Dios y confiaba en María
06.06.2005

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H. Seán Sammon


El mayor problema que tuvo Marcelino Champagnat fue que creyó en Dios. Sí, tal cual. Creyó en Dios, vivió siendo consciente de que Dios existía y estaba convencido que Dios le ama-ba y que se preocupaba de él.
Y además de esto, Marcelino Champagnat confiaba en María, hablaba con Ella como si fuese su hermana y confidente y siempre pensó que nuestro Instituto era obra suya.
Por último, Marcelino fue una persona sencilla y honesta a la que le tocó vivir en una época de cambios tremendos. No hubo engaño en él. Supo llamar a las cosas por su nombre.
La presencia de Dios, la confianza en María y su protección, y la transparente virtud de la sencillez, tales fueron los tres sillares -por decirlo así- que dieron sentido a la vida del fundador, que le sostuvieron en tiempos de bonanza y de tempestad y que le condujeron al Señor.
Pero hubo aún otra cosa más que le formó y modeló, que le dio la fuerza necesaria para asumir los riesgos que se le presentaban, que le animó a seguir adelante, a pesar de las pruebas a que tuvo que enfrentarse. Nosotros lo llamamos su carisma, a lo que Pablo VI se refería como la inhabitación del Espíritu Santo. El carisma ocupaba el centro de la vida de Marcelino Cham-pagnat; y también debería ocupar el centro de vuestra vida y de la mía y de todos los que han hecho suyo este sueño.
A lo largo de la historia, la palabra carisma ha sido definida de diferentes maneras. Algu-nos la han utilizado para describir ciertas personalidades; otros, para caracterizar a movimientos particulares. Y hay otros que afirman que el carisma se refiere a esas obras específicas que son conformes a la inspiración del Fundador. Por desgracia, ninguna de estas definiciones nos vale hoy para lo que intento decir.
Permítanme que les defina carisma como don gratuito del Espíritu que se da para el bien de la Iglesia y para uso de todos. Sí, lo repito: es un don gratuito del Espíritu, otorgado para el bien de la Iglesia y para uso de todos. No deberíamos confundirlo con la gracia. Dios otorga un carisma porque ama al mundo; en cambio, otorga una gracia porque ama a esa persona con un amor gratuito.
San Pablo escribió largo y tendido sobre los carismas. Le fascinaba su carácter singular y su presencia universal, y dijo que tanto el carisma que se otorga a una persona como el que se otorga a otra, son para el bien de todos. Pablo lo expresó con estas palabras: A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común” (1 Co 12, 7).
Para el Apóstol de los Gentiles, el carisma, que forma parte de la vida de cada uno de no-sotros, es un elemento importante del proceso de conversión en el que debemos entrar más a menudo. Para Pablo, la presencia del amor era el mejor indicador de que se había producido una conversión del corazón, un amor hecho visible en gestos y acciones más que en palabras huecas. Cuando escribió a la comunidad cristiana de Corinto, les insistió en la misma idea: el Amor es paciente, afable, no se engríe (cf. 1 Co 13, 4).
Por desgracia, hoy la mayoría de nosotros casi nunca pensamos que poseemos un don personal del Espíritu. Necesitamos captar mejor las variadas formas que Dios elige de hacerse presente entre nosotros para el bien común.
Así pues, el carisma ofrecido a la Iglesia y al mundo por medio de nuestro Fundador es mucho más que ciertas obras en línea de fidelidad a la visión original de Marcelino, es más que un estilo de oración o que una espiritualidad concreta -por importantes que ambas puedan ser- y es más que una amalgama de las cualidades que distinguieron a nuestro Fundador.
Si estamos convencidos de la existencia del carisma, deberemos también creer que el Espíritu, tan vivo y activo en Marcelino Champagnat, anhela hoy vivir y respirar en vosotros y en mí. Nues-tro carisma como Instituto es lo que nos da vida, es lo que nos saca de nuestro pequeño mundo y nos introduce en un mundo desconocido, es lo que nos ayuda a asumir los riesgos necesarios para llevar a cabo la misión. Cuando el Hermano Francisco pedía la gracia de ser un retrato del fundador, creo que lo que le estaba pidiendo a Dios era que hiciera visible en él y en sus herma-nos el mismo carisma del que hoy hablamos.
Si algo nos enseñó el Vaticano II, fue que no podemos encerrar al Espíritu Santo. El ca-risma de un Instituto no debe ser vivido y conservado solamente por sus miembros; también debe ser profundizado y desarrollado constantemente en unión con el Pueblo de Dios que está cre-ciendo sin cesar. En consecuencia, supone una espiritualidad específica con sus propias estructu-ras, con sus costumbres, con su forma de expresarse, con su tradición y su misión.
Con el paso del tiempo, hemos llegado a comprender que no podemos poner límites a la generosidad de Dios. El carisma que entró en nuestro mundo por medio de Marcelino Champag-nat está hoy tocando los corazones y cautivando la imaginación de Hermanos y laicos por igual.
Lo que sostuvo a Marcelino Champagnat fueron su fe, sus talentos personales y su caris-ma; y fue lo que hizo que su Instituto sobreviviera durante los años de su vida.
Hoy la Iglesia está atravesando un período de cambios extraordinarios, no muy distintos de los que experimentó en tiempos del Fundador; y debo decir con sinceridad que esta realidad está asustando a muchos. La vida religiosa hoy también se enfrenta a numerosas dificultades, y los religiosos y religiosas no están encontrando respuestas fáciles a sus preguntas. Nadie duda que tenemos retos como Iglesia y como Hermanos de Marcelino; lo que se cuestiona es la natura-leza de nuestra respuesta. ¿Será nuestra respuesta -como lo fue la suya- innovadora y progresis-ta, incluso hasta el punto de parecer imprevista o arriesgada? ¿O bien la historia dirá que nues-tras reacciones fueron algo así como un intento, una tentativa por restaurar el pasado, un pasado quizás glorioso pero pasado en cualquier caso?
Pienso muy menudo que el problema que tenemos hoy no es de identidad, ni de discernir la naturaleza de nuestra misión o apostolado. Ni tampoco es la espiritualidad el problema, ni el desarrollo de una intuición. El problema es -lo digo sinceramente- que nos falta valentía: ¿Tene-mos valentía para ser aquello que decimos ser? ¿Tenemos valentía para vivir plenamente lo que hemos escrito sobre nosotros mismos? ¿Tenemos valentía para hacer nuestro el mensaje de la Buena Nueva de Jesucristo y para hacerlo palpable en la vida de cada uno de nosotros de pala-bra y de obra?
No son cuestiones secundarias: según la respuesta que demos, determinaremos la orientación futura de la Iglesia y del Instituto. Pidamos hoy para que cada uno de nosotros pueda hacer sitio en él al mismo Espíritu de Dios que se posesionó y conmovió el espíritu y el corazón de este sen-cillo sacerdote de pueblo y padre marista a quien llamamos nuestro Fundador, y pidamos la gra-cia de ser valientes para dejar a ese Espíritu la libertad que necesita para trabajar por nuestro bien, por el bien de nuestro Instituto y por el bien de la Iglesia y del mundo.
Roma, 4 junio 2005

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