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Boletín marista - Número 201

 

Encuentro entre laicos maristas y los miembros de la Comisíon de Laicado del Consejo General
14.06.2005

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Se ha celebrado una reunión de consultores laicos de todo el Instituto en la Casa General (Roma), bajo los auspicios de la Comisión Internacional del Laicado. El objetivo de la reunión fue escuchar a los laicos maristas inmersos en la animación, conocer sus deseos y necesidades de apoyo y pedir su parecer sobre cómo podemos continuar juntos nuestro camino.
También les pedimos que estudiasen los planes y tareas de la Comisión de Laicado, y que nos dieran su opinión sobre esos temas. Los participantes laicos procedían de 10 provincias maristas de los cinco continentes.
* Asia: Andrés Magallanes (Filipinas).
* Pacífico: Anne Dooley (Melbourne).
* África: Adrienne Egbers (África Austral), Achi C. Godwin (Nigeria).
* Europa: Marta Portas (LHermitage), Encarna García (Mediterránea). Frank Aumeier (Europa Centro-Oeste).
* América: Joe Reganato (USA), Claudia Rojas (Norandina) y Edison Oliveira (Río Grande del Sur).
Se unieron los Hermanos Pedro Herreros, Presidente de la Comisión, Emili Turú y Antonio Ramalho, Consejeros Generales en la Comisión, y Michael Flanigan, Secretario de la Comisión.
Los días se completaron con la puesta en común de información. El jueves, cada uno de los participantes nos habló de su función y compromiso en su Provincia. La mayor parte del primer día se dedicó a poner en común las tareas que esperamos llevar a cabo durante estos días de reunión, el Plan de Acción de la Comisión y el calendario para las diferentes tareas. También se habló de las realidades de la misión en el mundo marista por medio de una presentación en PowerPoint, con el fin de obtener una visión global de la presencia marista en el mundo.
Al día siguiente, los participantes compartieron las realidades de sus respectivas Provincias y, donde era posible, de su propia región. Luego, nos dividimos en pequeños grupos por idiomas. También escuchamos los resultados del cuestionario sobre el laicado que se envió a las Provincias en 2004.
El sábado nos concentramos en los tres temas principales que surgieron del grupo y del cuestionario: 1. Programas para la formación de laicos; 2. La identidad y pertenencia del laico marista y 3. La espiritualidad marista (MChFM). Hubo una breve presentación de estos temas por parte de tres participantes (Marta, Anne y Claudia, respectivamente), a la que siguió una discusión por grupos, basada en lo que habían entendido los participantes y en la realidad de su propia Provincia. Naturalmente, el carisma marista también estuvo vivo y presente cuando nos tomamos un tiempo de nuestro trabajo, el sábado por la tarde, para irnos a las colinas de Frascati a disfrutar de un buen vino, porchetta y pizza.
Además del trabajo de estos cuatro días, también se forjaron fuertes lazos entre los participantes. Hermanos y laicos unidos en la misión, no fue solamente un tema que se discutió, sino una realidad vivida. Cada uno de los participantes sintió un fuerte sentido de pertenencia y de ser marista al final de la semana.
El H. Seán Sammon nos dijo al final de la reunión: El fundamento de la cooperación entre los laicos maristas, hombres y mujeres, y los Hermanos de Marcelino reside en la misión común y en la llamada profética que todos compartimos por el sacramento del bautismo. El cooperar es algo más profundo que el simple participar en un trabajo común. Consiste en compartir la fe, en estar enamorados de Jesucristo y en vivir colectivamente la experiencia de que Marcelino ha cautivado nuestro corazón y nuestra imaginación.
Se sintió la cooperación no solamente porque trabajamos juntos, sino también porque compartimos nuestra vida de oración, reflexión y ocio. Como dijo uno de los participantes en la evaluación final: Nuestro trabajo como grupo consultor empieza justamente ahora que hemos tenido la oportunidad de profundizar nuestra comprensión del proceso de ensanchar el espacio de nuestra tienda.



PALABRAS DEL H. SEÁN SAMMON AL CONCLUIR EL ENCUENTRO

El Concilio Vaticano II fue un hito trascendental para los laicos católicos y para los miembros de los institutos de vida consagrada. Cuando el Concilio, dirigiéndose a ambos grupos, proclamó la llamada universal a la santidad, declaraba sin ambages que todos los cristianos, por su bautismo, están llamados a la misión: la misión de proclamar el Reino de Dios y su trascendencia.
Antes del Vaticano II, los laicos y laicas eran considerados como personas al servicio de los auténticos siervos de la Iglesia: los obispos, los sacerdotes y los religiosos. Y esto tenía una cierta lógica: ya que los laicos no tenían una misión específica, se les permitía ayudar a quienes sí la tenían.
Un elemento central de la misión de la Iglesia es la profecía. Los profetas, llamados por Dios, son enviados para recordarnos las intervenciones salvíficas de Dios en el pasado, para llamarnos a la conversión en el presente y para instarnos a construir una nueva comunidad humana según el plan de Dios. Como consecuencia del Concilio, los laicos y las laicas han pasado de ser simples ayudantes a ser colaboradores de pleno derecho en la misión; y esto incluye la dimensión profética.
Antes del Concilio, también la vida religiosa estaba colocada en una perspectiva distinta de la que tiene hoy. Si miramos hacia el pasado, la vida religiosa preconciliar tenía una identidad un tanto elitista: existía como una sociedad cerrada sobre ella misma, con el objetivo de conseguir la perfección individual; y esto constituía en muchos casos la razón de su existencia. Los que hemos hecho el noviciado a mediados de los años sesenta, recordamos que se nos enseñaba que el fin del Instituto era la gloria de Dios y la santificación de sus miembros. Tras esa definición seguían algunos comentarios sobre nuestras obras y sobre el apostolado para el que habíamos sido fundados.
En nuestra Iglesia posconciliar, ya no se presenta la vida religiosa como un estado de perfección en sí, sino más bien como un camino en el que los creyentes pueden crecer en el amor y en la santidad. Aún más, el seguimiento de Cristo aparece con claridad como la norma última y suprema de todas las comunidades religiosas, y no el simple hecho de observar una serie de normas.
En la base de la colaboración que existe entre los laicos y laicas maristas y los Hermanos de Marcelino, está el hecho de compartir una misión común y una llamada profética, como consecuencia del sacramento del Bautismo. Este tipo de asociación es algo mucho más profundo que el simple hecho de participar en un trabajo común. Se trata de compartir la fe, de amar a Jesucristo y de realizar la experiencia colectiva de ver cómo Marcelino cautiva tu corazón y se adueña de tu imaginación.
Nada de esto debe sorprendernos. Como he dicho antes, entre los muchos regalos del Vaticano II está la constatación siguiente: el carisma de Marcelino es un don para la Iglesia; no sólo para los Hermanos. Por eso es normal que, al tratar de la espiritualidad del Fundador, muchos laicos y laicas cuestionen la idea de que son sólo los Hermanos quienes conservan este tesoro en un cofre y que, en este momento de la historia, están dispuestos a compartirlo con sus compañeros laicos.
Cada uno de los laicos y laicas maristas tiene su propia historia que narrar, su camino personal de fe, su propia e irrepetible experiencia del Fundador y de su espiritualidad. Lo mismo puede decirse, evidentemente, de cada uno de los Hermanos de Marcelino.
Si escuchamos todas esas historias, todos esos relatos de fe y si conseguimos valorar las muchas experiencias de Marcelino y de su espiritualidad que existen entre nosotros, estaremos mejor preparados para compartir lo que tenemos en común y para respetar las diferencias que existen entre la identidad de un Hermano de Marcelino y la de un laico marista.
La colaboración continua entre religiosos y laicos constituye un testimonio vivo de que nuestra Iglesia es capaz de una eclesiología de comunión. Este testimonio es hoy día más importante que nunca. Con demasiada frecuencia, en el pasado, las acciones de la Iglesia revelaban una eclesiología controlada por la autoridad, en clara antítesis con los principios evangélicos. Al compartir un carisma común, los Hermanos de Marcelino y los laicos maristas debemos testimoniar, con nuestra vida y trabajo juntos, que las cosas pueden y deben ser de otra manera.
Dicho esto, debemos también reconocer que los esfuerzos por aclarar la identidad de los Hermanos y de los laicos maristas, nos hacen constatar inevitablemente que, si bien tenemos muchas cosas en común, también existen diferencias. Y esta constatación se casa perfectamente con una eclesiología de comunión que pone el acento en las diferentes funciones dentro de una igualdad básica que nace de nuestro bautismo común.
Hay, sin embargo, algunos entre nosotros que se sienten incómodos cuando hablamos de diferencias. Les preocupa que la palabra diferencia pueda llegar a tener mayor alcance del que se le da, y que pueda llevar a hacer comparaciones. Negar las diferencias, cuando éstas existen, nos priva de la naturaleza única y complementaria que tiene la vocación de los Hermanos y la vocación de los laicos y laicas, y debilita nuestra capacidad de llegar a comprender plenamente la identidad de cada uno.
Estoy convencido de que esta colaboración marista es un signo de lo que va a ser la Iglesia del futuro. Hemos de trabajar juntos y convertirnos en memoria viva de lo que la Iglesia puede ser, desea ser y debe ser.
Estos días que hemos pasado juntos han sido de una gran riqueza. Quiero daros las gracias a cada uno de vosotros y a los miembros del Consejo, por todo lo que habéis compartido durante las muchas horas de trabajo y durante los momentos de tiempo libre que habéis disfrutado. Un viaje de mil kilómetros empieza siempre con un primer paso. Aunque este encuentro no haya sido el comienzo, creo que ha sido muy significativo a nivel de todo el Instituto. Sigamos trabajando codo a codo para asegurar que, cuando se escriba la historia de este período, se pueda recordar este encuentro como un nuevo comienzo, como una etapa importante de la creciente colaboración entre los Hermanos de Marcelino y los laicos maristas.
Mi agradecimiento igualmente a Pedro, Antonio, Emili y Michael, por haber organizado este encuentro. Siempre hay que estar atento a mil detalles y me siento satisfecho de ver que todo ha funcionado bien. Gracias, finalmente, a nuestros traductores, Miguel Ángel y Teófilo, que nos han ayudado a comunicarnos; su función no puede ser subestimada. Sin ellos no hubiera sido posible tener este encuentro: gracias de nuevo.
Necesitamos entrar en la mente y el corazón de este sencillo cura de pueblo y padre marista que fue nuestro Fundador. Marcelino fue sin duda un gran soñador. Su fe en Dios y su confianza en María le dieron el valor de convertir esos sueños en realidad. Si tenéis ocasión de visitar La Valla os daréis cuenta de esa fuerza. Lo que hoy es un museo y que llamamos la cuna del Instituto, era en su tiempo una casa medio en ruinas. Con apenas 28 años, con esa casucha y dos aspirantes, se lanzó a fundar un Instituto que hoy engloba a Hermanos y a hombre y mujeres seglares, que transmiten la Buena Noticia de Dios a jóvenes pobres de 76 países.
El Fundador se quedaría maravillado al ver los recursos de que hoy disponemos para la misión. Y creo también que perdería su paciencia con los profetas de mal agüero que hay entre nosotros. Creo que nunca imaginó que su sueño pudiera llegar a tener el alcance que hoy ha conseguido. Así que, ¡ánimo y a seguir adelante! Nuestra misión hoy es urgente. Que necesitamos entusiasmo para llevarla adelante, es evidente. Pidamos la gracia de tener el valor necesario para afrontar juntos este reto. Gracias.

Seán D. Sammon, fms

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