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Boletín marista - Número 203

 

Marcel Popelier, marista, misionero en Orore, Kenia
30.06.2005

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El Hermano Marcel Popelier es un Hermano Marista belga que esperó cincuenta años para poder realizar su sueño de ser misionero en África. ¡Cómo se recompensan a menudo la perseverancia y el entusiasmo! Después de una carrera de profesor de biología en Bélgica y de muchas actividades artísticas, cuando le llegó la edad de la jubilación, el Hermano Marcel comenzó una vida nueva acercándose a los más pobres con un corazón tierno y una sonrisa convincente. De paso por Roma, ha tenido la deferencia de concedernos esta breve entrevista.
Hno. Gilles Beauregard




¿Por qué dice que fue precoz su vocación misionera tardía?
Pues bien, nací en un pueblecito de Flandes Occidental (Bélgica): ARDOOIE. Cuenta apenas con 8000 habitantes, pero es una tierra muy rica en vocaciones misioneras. A los 8 años, en una breve redacción que escribí en la escuela y que todavía conservo conmigo desde hace 63 años, escribí lo siguiente: Más tarde, iré a África para ayudar a los negritos; por otra parte, era uno de los secretos que compartí con mi gran amigo de la infancia llamado también Marcel y que además era mi primo. Por esta razón conservé el nombre de Marcel, ya que mi nombre de pila es Denis Marcel.

Entonces, primero fue la vocación marista. ¿Cómo comenzó?
Primero, frecuenté la escuela de las Hermanas, pero a los 7 años, mis padres me enviaron a la escuela de los Hermanos Maristas. Me gustaba mucho la escuela, pero yo era un chiquillo travieso. Durante las horas de clase, estaba muy atento, pero, después de las clases, me perdía en la naturaleza para ir a pescar, a cazar las aves e insectos que coleccionaba, etc. Nuestra casa se parecía a menudo a un pequeño zoo. Debido a tanta actividad, mis resultados escolares no fueron muy buenos y a menudo me castigaron. En sexto de Primaria (11-12 años), un Hermano vino a hablarnos de las misiones y eso fue lo que despertó mi sueño. Dado mi carácter travieso, yo evitaba a la inmensa mayoría de los Hermanos que pasaban por la escuela, pero aquel día, tuve el valor suficiente para presentarme en la sala de visitas y decir: Quiero ser Hermano ¡No había cumplido todavía los 12 años! Entré en los Hermanos Maristas y mis padres estaban felices de tener un hijo consagrado a Dios. Mi padre se comprometió a escribirme regularmente para informarme de lo que pasaba por mi casa, y, sobre todo, para animarme.

Entonces, llegó a ser un hermano profesor. Supongo que usted ya era muy activo.
¡Sí, es cierto! Nunca me dio miedo el trabajo. Durante mi primer año como profesor, tenía 85 alumnos en la clase. Era, al mismo tiempo, director de la escuela primaria. Un día, el Hermano Charles-Raphaël, Superior General, me encontró, me dio una palmadita en el hombro y me animó diciéndome al oído: Hermano Marcel, ¡no le está permitido cansarse!. Estas palabras me gustaron y nunca las he olvidado.

Pero usted había dejado un poco al lado su vocación misionera.
No completamente. En 1958, quería irme al Congo. Las circunstancias no eran las adecuadas. Me tuve que resignar y mi carrera de hermano docente transcurrió tranquilamente en Bélgica, en el Flandes totalmente llano, con sus vientos violentos que vienen del Mar del Norte. Primero en Bruselas, luego en Pittem, luego en Zele. Viví 27 años de gran felicidad en esta última escuela. A pesar de que tenía un horario completo, tenía también la responsabilidad de la coral DE MINNEZANGERS, de un grupo de baile KOREO PIKO y de un conjunto musical ALLEGRO. Estos grupos existen aún y de ello estoy muy orgulloso. Además de la formación escolar, desarrollábamos la formación cultural y artística.

¿Cómo le surgió de nuevo el sueño misionero?
En 1994, yo era el único Hermano Marista que daba clases en esta escuela floreciente. La Provincia marista belga pensaba retirar a los Hermanos de Zele en favor de otra misión. Mi instinto misionero se despertó, pero buscaba una misión que me llenase plenamente. El Hermano Joseph De Meyer, Provincial, me propuso trabajar en el MIC de Nairobi. Para sorpresa suya, le dije inmediatamente que SÍ. ¡África! Todavía debí reflexionar sobre ello durante 3 meses. En mayo, el Provincial volvió a verme y mi respuesta también fue Sí.

¿Cómo se comienza una vida misionera a los 60 años?
Hay que lanzarse. En agosto de 1994, tomaba el avión para Nairobi. No sabía ni una palabra de inglés. Pero allí me metí de lleno... y hoy la comunicación en inglés me resulta más fácil. Llegué un sábado hacia la una de la madrugada. Las carreteras se volvían cada vez peores a medida que nos alejábamos del aeropuerto. En cierto momento me pregunté: ¿Marcel, ¿qué has venido a hacer aquí? Al día siguiente por la mañana, estaba rodeado de caras africanas, muy simpáticas y hospitalarias. Suena extraño decirlo, pero nunca había encontrado tanta simpatía en mi vida. Comencé a dar clases de arte, de decoración, pero mi tarea más importante fue la de mantenimiento y cuidado del entorno y el florecimiento de la granja.

¿Qué es lo que le ha animado en su trabajo?
Me gustaba particularmente el trabajo con las madres pobres. Son generosas y saben expresar muy bien sus alegrías y sus penas. Tenía también algunos buenos cohermanos que me ayudaban mucho. El Hermano Paul-André Lavoie me escogió como conductor. Él era el director de la comunidad y gracias a él mi conocimiento de Nairobi (del que todavía me queda mucho por aprender) avanzaba rápidamente. El Hermano Giovanni Bigotto era mi brazo derecho para prestar asistencia a los pobres. Sin él, yo nunca habría tenido la dicha de trabajar con ellos. ¡Fue maravilloso! El Hermano Powell Prieur me empujó sobre este camino de la felicidad y siempre le estaré muy agradecido por ello. Pero no vaya a creer que este camino es siempre llano y fácil; a veces, es muy escarpado y pedregoso, pero los sencillos gestos de alegría que uno encuentra lo hacen más soportable. Nunca olvidaré al Hermano Charles Howard que hizo el esfuerzo de bajar a donde yo estaba para venir a charlar conmigo y para animarme en mi trabajo.

Pero hoy usted no vive ya en la ciudad, se ha ido a vivir al interior del país, a la zona montañosa. ¿Por qué?
La duración normal del contrato en el MIC es de seis años. Yo tuve la dicha de alargarlo hasta los ocho años. Pero tenía que irme. Ya había visitado las tres misiones maristas en Kenya: Roo, Ramba y Orore. Ruanda y Tanzania me tentaban también. Orore me parecía la flor más bella que debía escoger. Me encontraba cada mes con el Hermano Gilles Beauregard, el cual venía a hacer las compras para esta comunidad y yo le envidiaba un poco en secreto. Cada vez me seducía más esta idea; yo me ofrecí... y el Buen Dios me envió allí. Allí soy feliz. Doy clases de francés a los aspirantes y, el resto del tiempo, trabajo en la mejora de las condiciones de vida de la gente y los pobres colaboran conmigo. ¡Son tan buenos, tan felices y sencillos!

¿Cómo nos podría describir Orore en unas frases?
Es un pequeño pueblo de pescadores situado a orillas del lago Victoria. Cuenta con casi un millar de habitantes muy pobres. No hay electricidad, ni teléfono, ni agua potable, ni coche, y muy pocas bicicletas. La inmensa mayoría de la gente se desplaza a pie sobre las polvorientas piedras. Es un clima caluroso, árido y seco. Sin embargo, las lluvias pueden ser torrenciales y a veces peligrosas, llegando a destruir las viviendas y los cultivos. Si la estación de las lluvias se acaba demasiado temprano, se da el hambre durante varios meses. Hay muchas enfermedades, como el sida, que matan a la gente. Con frecuencia y durante semanas, escuchamos los cantos fúnebres procedentes de las colinas próximas. La gente debe utilizar el agua contaminada por animales y cadáveres para preparar su comida y para beber.

¿Que puede hacer para ayudar a esta gente?
Un proyecto en el que he puesto el corazón es el de proporcionar agua potable a la gente. Hicimos grandes esfuerzos para traer el agua del lago a la comunidad de los Hermanos y a la escuela. También excavamos una cisterna de 6 metros de profundidad, pero esto no basta. Haría falta una estación depuradora de agua para que los Hermanos, los alumnos y la gente tuvieran agua potable. Podríamos así salvar muchas vidas humanas. Estoy seguro que la Divina Providencia nos dará los medios necesarios para realizar este proyecto.

Hermano Marcel, se diría que usted hizo el voto de ser feliz. Sin embargo, usted trabaja en un medio difícil y exigente. ¿Cuál es su secreto?
Este es mi sueño, mi vocación, mi vida en África. Era mi sueño de pequeño. Cada mañana, enciendo una vela para agradecer al Buen Dios, a la Santísima Virgen y a todos mis amigos del cielo la gracia de contarme entre los llamados. Sigo estando muy feliz y muy agradecido por todos los dones recibidos en la familia marista.

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