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Boletín marista - Número 209

 

Agradecimiento por el año vocacional marista
19.08.2005

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¿Te has mirado alguna vez en un espejo, preocupado por encontrar allí signos de envejecimiento? Habiendo encendido la luz y mirándote atentamente, te preguntas: ¿es sólo mi imaginación o han aparecido más canas de las que tenía hace un mes, o ciertamente habrá menos? Y esas arrugas, ¿estaban ya hace un año? ...y otras preguntas por el estilo. Cuando los años van pasando, las inquietudes sobre el envejecimiento, las enfermedades, y finalmente sobre la muerte, con frecuencia nos preocupan. Miramos a los signos físicos exteriores para confirmar nuestros temores o bien para asegurarnos que posiblemente no parecemos tener la misma edad que nuestros contemporáneos.

Sin embargo, si tú y yo queremos descubrir si realmente la vida se nos está o no escabullendo lentamente, necesitamos mirar a nuestros corazones. Tu corazón o el mío, ¿ha crecido en pasión cada año?, ¿mantiene hoy el fuego ardiente como lo mantuvo antes? En mi corazón o en el tuyo, ¿permanece la capacidad de maravillarse, de sorprenderse, de inocencia? Estas son las verdaderas medidas de vitalidad, de vida, o como desees llamarlas.

Hoy nos reunimos para agradecer a Dios por sus bendiciones recibidas a lo largo de este año en el cual nos hemos dedicado a promover las vocaciones en la Iglesia y de manera especial a la vida de los Pequeños Hermanos de María. Ha sido un año de sacrificio y de fuerte trabajo. Un año de encuentros agradables con gente joven y adulta. Un año en el cual se intensificó la oración. Un año de gracia, un tiempo de promesa.

Hemos comenzado la celebración de este Año vocacional el 8 de septiembre de 2004, día de la fiesta conocida tradicionalmente como la Natividad de María. Y si algo nos enseñaron estos 12 meses fue el llegar a convencernos de muchas cosas, entre otras que los jóvenes de hoy son tan generosos como lo han sido siempre; que son capaces de aceptar seriamente el desafío del discernimiento de su propia vocación; que cuando se trata de una elección, ellos están buscando algo valioso por lo cual entregar su vida.

Por ello es que la pasión, el fuego y la capacidad de sorpresa permanecen como algo muy importante cuando el discernimiento viene hecho sobre la vida religiosa y particularmente sobre la vida de los Hermanos Maristas. Todos estos son signos de vida, y de vida en abundancia.
Ronald Rolheiser, un sacerdote y maestro, escribió recientemente sobre una conferencia que dio a un grupo de jóvenes que planeaban casarse. El estaba tratando de desafiarlos respecto a algunas enseñanzas Cristianas sobre el amor y la sexualidad pero ellos lo objetaban constantemente.

Finalmente, cuando Rolheiser terminó de hablar, un joven se levantó y dijo: “Padre, admiro su idealismo, pero ¿es usted consciente de lo que sucede allá fuera? Ya nadie vive las enseñanzas que usted nos presenta. Necesitaría usted ser una excepción entre mil para vivir lo que usted está sugiriendo. Todo mundo está viviendo en forma diferente ahora.

El sacerdote miró al joven, quien ahora estaba sentado junto a una joven a la cual seguramente amaba y con quien tenía planes para casarse. Le preguntó: “Cuando te cases con la joven que está a tu lado, ¿qué tipo de matrimonio deseas vivir? ¿Un matrimonio como el de todos, o uno que se distinga entre mil?

“Uno que se distinga entre mil”, respondió el joven sin dudar. “Entonces –sugirió Rolheiser- harás el esfuerzo que haría una persona entre mil. Si haces lo que todo mundo hace, tendrás un matrimonio semejante al de todo mundo. Pero si realizas lo que solamente hace uno entre mil, entonces podrás tener un matrimonio entre mil”. Los jóvenes y las jóvenes que consideran la vida religiosa, de hecho están considerando una opción de vida entre mil. Es por ello que es tan importante lo que vean en nosotros, los Hermanos. Ver si nosotros tenemos todavía fuego y pasión en nuestros corazones, si somos capaces de maravillarnos, de inocencia y de sorprendernos.

Si hemos vivido nuestra vocación con autenticidad, llevando una vida de fidelidad –como acostumbramos decir- en medio de nuestra humanidad, deberíamos pertenecer al grupo con las características arriba mencionadas. Después de todo, la palabra “vocación”, tiene la misma raíz latina que la palabra “voz”. Así pues, vocación tiene algo que ver con la escucha. Escuchar mi vida, escuchar a las personas con quienes me relaciono, escuchar a Dios. Pero definitivamente escuchar. ¿Y qué escuchar? A veces parecerá una terrible quietud, mientras que en otras ocasiones nos moverá profundamente el encuentro con alguna persona, o algo que leímos, o un momento de oración. Discernir una vocación significa más bien escuchar lo que la vida te está diciendo y no tanto decirle a la vida cómo la vivirás. Y algunas veces encontrarás que cuando escuchas bien no oirás precisamente aquello que deseabas. Esto sucede cuando se discierne poniendo la voluntad de Dios en primer lugar. La llamada vocacional que percibes en tu corazón te invita a llegar a ser la persona que Dios ha pensado de ti.

Así pues, ahora que concluimos este año vocacional y, a la vez miramos hacia adelante sobre cómo continuar nuestros esfuerzos en la pastoral vocacional, comencemos por agradecer al Señor por su presencia y su vida de gracia recibida durante este año y también por la clara presencia de su Espíritu entre nosotros. Agradezcamos también a María y a Marcelino. Ambos fueron personas de escucha. Ambos llevaron a cabo en sus vidas lo que Dios había soñado para ellos.

También deseo expresar una palabra de agradecimiento a los Hnos. Théoneste Kalisa, Consejero general, y Ernesto Sánchez Barba, Secretario de la comisión de vocaciones del Consejo, por su gran empeño diseñando y poniendo en marcha este proyecto de Instituto en nombre de todos nosotros. Ambos dedicaron muchas horas, generaron muchas ideas creativas y nos motivaron para mantener vivo un espíritu de entusiasmo a lo largo de este año. Su contribución a nuestro Instituto y a nuestra Iglesia ha sido muy importante.
Para terminar, deseo agradecer a cada uno de vosotros -Hermanos y Laicos Maristas, jóvenes y jóvenes de corazón- por vuestra participación en este Año vocacional Marista. Vuestras oraciones, vuestra energía, vuestros esfuerzos realizados en diversas formas, tanto a nivel del Instituto, como a nivel Provincial o local, contribuyeron grandemente en la realización y éxito del proyecto. Necesitamos continuar trabajando el tema de las vocaciones. Seguramente continuaremos realizando nuevos esfuerzos basándonos en lo vivido durante este año vocacional.

Y dirigiéndome a mis hermanos en el Instituto, os digo que nos queda un desafío a todos nosotros: Lo que este año nos ha enseñado, en parte, es que la mejor manera de invitar a un joven a ser Hermano Marista es manteniendo el fuego en nuestros corazones, teniendo una clara pasión en todo lo que hacemos, y mostrando un evidente amor por el Señor y su Buena Noticia en nuestra vida de cada día. Comprometámonos a ser y a vivir justamente esto.

Muchas gracias.

Seán D. Sammon, fms
Roma, 15 agosto 2005

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