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Boletín marista - Número 227

 

El sentido de la navidad
27.12.2005

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H. Seán Sammon, superior general

Las fiestas de la Anunciación y el Nacimiento de Jesús están puestas como dos marcadores de página colocados exactamente a una distancia de nueve meses, a lo largo de los cuales se sucede una serie de hechos, algunos conocidos y otros definitivamente perdidos para la historia. Por una parte, tenemos el relato de la visita de un ángel llamado Gabriel a una joven cuyo nombre era María. Por la otra, están los acontecimientos que vamos a realzar esta noche: el nacimiento de Jesús, en circunstancias humildes y lejos de casa. ¿Cuál es el sentido que damos a estas narraciones extraordinarias de ángeles, nacimientos virginales, pastores, sabios orientales, y en el centro de la escena una mujer joven judía y un niño recién nacido?

El relato de la Anunciación que trae Lucas nos ofrece el ejemplo poderoso del “sí” que da una doncella a la invitación que le viene de parte de Dios. Nos dicen que María llevaba una vida oscura y sencilla en la aldea de Nazaret. Y allí es donde se dirige el ángel. Aunque los dos están asustados, la mirada de Gabriel se encuentra con la de María cuando él comienza a entonar su canto.

La interpretación que suele hacerse del texto de Lucas nos lleva a considerar la respuesta de María como un paradigma de humildad, sacrificio y sumisión a la voluntad de Dios; es la obediencia entendida como plena aceptación. Pero esa visión no se corresponde con la fuerza de esa mujer que habló con tanta claridad a su hijo en Caná, que permaneció con entereza al pie de la cruz, y fue una fuente de consuelo para los apóstoles en Pentecostés. Cabría preguntarse cómo pudo ser que aquella muchacha tímida y retirada, de la que habla el evangelista, llegara a convertirse en el modelo de lo que significa ser Iglesia, primera discípula, ejemplo de vida cristiana por excelencia.

Sí, podemos ver en este relato y en el de Navidad dos claros ejemplos de obediencia al deseo de Dios, pero entonces es mejor que contemos la historia como es debido. Porque la respuesta dada al mensaje que traía Gabriel fue una decisión libre y radical por parte de una mujer joven que no temía arriesgar su vida en una aventura mesiánica. Ella dio una respuesta de discípula, no de sierva.

La obediencia siempre tiene un precio. Cosa que parece justa, porque somos libres de decir “sí” o “no” a lo que Dios nos pide. Si decimos “sí”, aceptamos la invitación a tomar parte en esa aventura llamada historia de la salvación. En el momento de emprender ese viaje, desde el propio punto de partida, tenemos que ser conscientes de que no existen garantías, desconocemos el coste de ese riesgo, no sabemos adónde nos puede llevar esa decisión.

Hoy en día, cuando se trata de la obediencia, muchos queremos saber con absoluta seguridad dónde nos metemos, antes de firmar al pie del papel. Por eso hacemos preguntas y más preguntas, sopesamos los pros y los contras de decir sí o no, y calculamos el coste. No somos nada ingenuos y menos todavía locos. Qué distintos de María de Nazaret. Porque el mensaje de la Anunciación y de la fiesta que hoy celebramos nos habla precisamente de ingenuidad y locura a los ojos humanos.

Lo que Dios pide de nosotros es que arriesguemos nuestra vida en una aventura mesiánica. Exactamente como hizo con María. Lucas nos dice que ella “se quedó turbada ante el anuncio de Gabriel”, pero a pesar de ello siguió adelante, actuó con audacia y valentía, puso su vida en juego. El reto que hoy se nos plantea es si estamos nosotros dispuestos a hacer lo mismo. Ya sabemos cuál es el resultado: una abundancia de vida, aquí y en el más allá. Feliz Navidad.

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