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Boletín marista - Número 230

 

Francia celebró el centenario de la separación de las iglesias y el estado
12/01/2006

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Recuerdo agradecido de la Congregación a los hermanos maristas franceses


Coincidiendo con el 40 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, el 12 de diciembre de 2005, se ha celebrado en Francia el centenario de la ley de separación de las Iglesias del Estado. Hace ya un siglo que la República se emancipó con brusquedad de un régimen de cristiandad después de varios siglos de incidentes en los que se implicaron Iglesias y Estado..
Para los maristas este acontecimiento tiene un referente significativo importante porque antes que se celebrara este centenario, varias provincias y países han celebrado también el centenario del inicio de la obra marista en sus tierras como consecuencia de la presencia de hermanos franceses que tuvieron que desplazarse fuera de las fronteras de su país obligados por los movimientos sociales de Francia que concluyeron con la promulgación de esa ley cuyo centenario se acaba de conmemorar.
Los años 1901 - 1904 no son, en Francia, más que una fase de la guerra abierta entre la enseñanza estatal o pública y la escuela libre o enseñanza congregacional, conflicto comenzado en 1880. La expresiónenseñanza libre o privada se inició en Francia entre 1800 y 1830 con el hecho único en la historia de la Iglesia del nacimiento de una veintena de congregaciones religiosas de hermanos laicos, consagrados exclusivamente a la escuela. Contemporáneamente a las congregaciones masculinas surgieron centenares de congregaciones femeninas, nacidas con la misma finalidad en numerosos pueblos y ciudades por iniciativa sobre todo de los párrocos, de tal manera que enseñanza libre y enseñanza congregacional eran la expresión de una misma realidad, y lo mismo hay que decir de las expresiones lucha contra la enseñanza libre y lucha contra las congregaciones de enseñanza.
Francia ha guardado en la memoria la ley de julio de 1901, en nombre de la cual quedaron sin vigor los estatutos de numerosas asociaciones. Pero ese texto liberal tuvo su lado oscuro: el título III promulgaba una legislación severa contra las Congregaciones religiosas cuya influencia política y social quería eliminar la República.. El gobierno de Emile Combes, formado en 1902, decidió aplicar el texto con rigor, antes de votar la ley de julio de 1904 que prohibía todo tipo de enseñanza a las congregaciones. Desde que la separación se llevó a cabo no ha habido oficialmente en Francia ni Jesuitas y Hermanos.
Fue el momento de una catástrofe sin precedentes para las congregaciones y las decenas de miles de sus miembros. Unos solicitaron una autorización que les fue rechazada; otros se sumergieron en la clandestinidad e incluso en el exilio. Centenares de conventos, colegios y escuelas, millares de religiosos y religiosas y un buen número de sus alumnos, llegaron a los países limítrofes de Francia, de las orillas del Mediterráneo e incluso Canadá, Estados Unidos, América latina e incluso Japón o Australia. Exilio planetario, vivido con dolor pero también con espíritu misionero.
Este conflicto se eternizó hasta 1959 en que se promulgó la ley Debré. A los pocos años (1962 - 1965) el Concilio Vaticano II ratificó el triunfo de una nueva concepción de la vida religiosa anunciada sesenta años antes por la secularización de los religiosos franceses.
Pero en la historia política y religiosa de Francia, marcada por revoluciones, golpes de Estado y emigraciones, se ha mantenido en el olvido el exilio de estos miles de religiosos y religiosas ocurrido a finales del siglo XIX y principios del XX. Un hecho que no puede silenciarse pues los exiliados llevaron consigo al extranjero su pedagogía, su lengua y sus libros. Nunca se midió el alcance de la medida que supuso este exilio ignorado, el último que ha marcado la atormentada historia político religiosa de Francia.

La memoria marista
Los hermanos maristas que han ido celebrando durante los veinte últimos años los centenarios de la llegada de los primeros hermanos, la mayoría de ellos franceses, a sus tierras, también han estado presentes en esta conmemoración con una presencia significativa.
Quiero destacar dos obras especialmente que hacen referencia directa a estos acontecimientos. En primer lugar, el libro Le grand exil des congregations religieuses françaises (1901 - 1914), en el que colabora el hermano André Lanfrey con un artículo titulado Expatriation et sécularisations congréganistes, publicado por editions du cerf (2005) (WWW.editionducerf.fr). Este volumen recoge la reflexión del Coloquio organizado por el Institut distorie du christianisme. Centre André-Latreille, el Laboratoire Diasporas, de la Universidad de Toulouse_Le Mirall, el Institut universitaire de Francia en colaboración con el Centre universitaire détudes québécoises de la universidad Laval, de Québec. En sus cinco capítulos, antes de invitar al lector a seguir a los religiosos y religiosas por las sendas del exilio, trata de comprender la legislación de 1901 - 1914 y las respuestas que las congregaciones dieron.
El hermano Gaetano Michele Vinai, a su vez, es autor de un libro de más de 300 páginas, en italiano, titulado: Un secolo di lotte per linsegnamento libero in Francia publicado por la Stampa Universitaria Nazionale, en abril de 2005.
El hermano Michele Caetano Vinai, ha escrito esta historia motivado por su propia experiencia. Cuando era joven profesor en Roma tuvo como colegas a una decena de estos hermanos exiliados de Francia en 1903.
Tenían todos poco más de veinte años y para mantener integra su promesa a Dios, culpables de nada, prefirieron el exilio. Recordará siempre aquellos rostros serenos, sonrientes, expresión de una disponibilidad para con todos, hecha de sencillez, hombres de un equilibrio humano envidiable y queridos por todos. Hablaban un italiano sin sombra de acento extranjero, tanto que los muchachos no dudaban de su italianidad. Todos regresaron a Francia en el año 1939, al iniciar la segunda guerra mundial.
Y concluye diciendo: Escribo para que vuestro recuerdo no sea olvidado por aquellos que os seguirán, porque es un patrimonio histórico que hay que conservar.

Coloquio sobre la misión marista en Europa
El Coloquio sobre la Misión marista en Europa, convocado por la Comisión de Misión del Consejo General, y celebrado en el Hermitage los días 27 a 30 de diciembre de 2003, fue un momento de reflexión de los maristas de Europa adelantándose así a la celebración que estamos comentando.
En coincidencia con la celebración de los 100 años de la ley Combes, que tuvo tan importantes consecuencias para la vida de nuestro Instituto, el Coloquio, bajo el lema Compartir historia, construir el futuro, se propuso celebrar de manera agradecida la aportación que los hermanos maristas de Francia han hecho al mundo entero y reflexionar sobre el futuro que se entrevé hoy para los maristas de Europa. Las conclusiones del encuentro tendrán un deshago en el proceso iniciado ya para preparar la celebración de la I Asamblea Internacional de Misión Marista (2007), en Mendes (Brasil), precedida de encuentros regionales.
El Coloquio contó con la participación de 40 personas (hermanos y seglares) representando a las actuales cinco provincias de Europa y a la Administración General. El hermano Seán Sammon, Superior General, presidió un acto de reconocimiento a los hermanos de Francia por su contribución al Instituto a partir de 1903. La expresión de gratitud quedó plasmada en una cerámica que ha quedado instalada en la casa del Hermitage. Ver más información en : http://www.champagnat.org/es/240106200.htm




Fundación de Mendes
Impericia y desorganización


El lunes, 15 de junio de 1903, el hermano Marciano y yo, en compañía de algunos hermanos recién llegados, vamos a Mendes para recibir a diecinueve cohermanos que llegaban ese día. Estábamos preocupados por el desembarque de los paquetes y por el recorrido de tantas sotanas blancas por la ciudad. La rebelión de un padre benedictino contra sus superiores había suscitado un movimiento popular contra todos los religiosos extranjeros. Este benedictino infeliz, de nombre Ramos, por causa del dinero, había provocado este estado de animadversión. Los acontecimientos ocurridos en Francia favorecieron este movimiento antirreligioso.
Los conventos estaban custodiados por la policía. Los benedictinos tuvieron que huir ante las iras del populacho, que se posesionó de su convento. Desembarcar veinte hermanos en tales circunstancias, en plena ebullición de la ciudad, habría sido imprudencia seria. Era necesario, a toda costa, evitar atraer la atención pública y por consiguiente, preparar para los hermanos un traje de civil. La mayor parte del día se dedicó a este mal organizado y desagradable trabajo.
La nave lanzó el ancla lejos del embarcadero. No podrían multiplicar los viajes de modo que cada uno tuviera un taje a su medida. La situación era pintoresca: mientras que algunos desaparecieron en la amplitud de su traje, otros tuvieron que corregir la escasez con cuerdas. A pesar de la indumentaria, todavía conservaban cierto parecido con nosotros. Tenían aire familiar. Habíamos dado media solución solamente al problema. Para llegar a la estación sin inconvenientes, es necesario distribuirlos en distintos grupos y seguir caminos distintos. El programa demostró no coincidir con las exigencias del problema.
Los buenos hermanos que nos llegaban se sentían felices de desembarcar en un país de libertad, donde salvaguardar su vida religiosa. Habrían podido permanecer en Francia, haciendo el sacrificio de prescindir de la sotana, para continuar su vida de apostolado, tomando ciertas precauciones y actuando con mucha prudencia. Pero no quisieron ese régimen bastardo al cual se apegó la mayoría de las congregaciones. Para ellos, la integridad de la vida religiosa y la huída de los peligros de la secularización merecían cualquier sacrificio. El adiós a la familia, a los amigos y a la patria no dejaba de ser importante. Brasil está lejano; pero Brasil es país de libertad.
Llegan a la bahía del Guanabara. El panorama de la ciudad que se ofrece a sus ojos es maravilloso. Esperan a sus hermanos con impaciencia; gozan ya de la sorpresa agradable que les va a ofrecer el cuadro magnífico de diecinueve hermanos maristas, admirablemente dispuestos a misionar. Desgraciadamente, en el primer abodaje, habían recibido informan inadecuada.
El hermano João Alexander, la persona encargada de recibirlos, subió a bordo. Se quedó sorprendido al verlos a todos vestidos con sotana. En pocas palabras les dice que sería imprudente desembarcar un grupo tan numeroso de religiosos con sotana y que se había entendido con un comerciante de la ciudad para que se pudieran vestir de civil. Ese lenguaje los desconcierta. Dejan Francia para poder conservar su sotana, y en el momento que ya se consideran al abrigo de cualquier peligro, se les dice que no deben exponerse a los insultos del populacho yendo vestidos de sotana.
Hemos sido engañados, rumian entre sí. Lo de Brasil es peor que lo de Francia. Las impresiones se transforman en pesimismo, todo favorece los pensamientos tristes. El sueño de su vida libre en los esplendores del nuevo mundo desaparece en un instante. No se dan cuenta de si, en este momento, se encuentran ante la incomparable bahía del Guanabara, delante de la gran ciudad de Río, que se asienta escalonada sobre las colinas que la rodean. La tarea cómica de cambiarse de ropas, lo pintoresco del espectáculo que cada uno ofrece a sus cohermanos hace olvidar, por un momento, la amargura de sus pensamientos. Reír les hace bien; es un sucedáneo. Después filosofan: No suframos antes de que los acontecimientos sucedan; para juzgar nuestra situación, esperemos a conocerla mejor. Era lenguaje de sabiduría. La medida tomada con relación a nuestros queridos viajeros se determinó en consejo. Preveía de antemano la sorpresa que causaría y la imposibilidad de explicar en pocas palabras que el estado de ánimo de la ciudad era apenas accidental e inusual. Sufrimos causando este trastorno. El consuelo fue que sería pasajero.
Ahora digamos que el religioso benedictino de nombre Ramos, poseedor de los 600.000 francos de la renta de que gozaba el convento, quedaba amenazado en su desarreglada vida con la llegada de verdaderos religiosos que tendrían que regresar a las viejas tradiciones de S. Benito. Periódicos bien pagados intentaron crear una corriente de oposición a la entrada de religiosos extranjeros en Brasil. Felizmente para nosotros, el gobierno tomó partido a favor de la buena causa y favoreció el regreso al convento del grupo de benedictinos venidos para vivir en comunidad. Habían venido acompañados de su superior general. En el capítulo que tuvieron, dimitieron al pobre religioso que no supo ejercer dignamente su cargo y se restableció la observancia.
Vamos rápidamente a la estación. Los hermanos estaban ya allí. Emprendieron el camino en grupos pequeños con el aire desconcertado que los hacía todavía más extraños. Intentan tomar actitudes de hombres que se sienten en casa. Pero todo les traiciona: ofrecen casi el mismo espectáculo que si vistieran el hábito religioso. Los más curiosos preguntan a un empleado del colegio que parece acompañarlos:
- ¿Quién esa gente? ¿Dónde van?
- Son alemanes que van a trabajar en la fábrica de cerveza de Mendes.
Esta contestación dio satisfacción cumplida a los curiosos más exigentes. Mientras ocurría esta escena en Río, nosotros preparábamos un buen recibimiento a nuestros hermanos. Poco tiempo después, llegaban a la granja para tomar posesión de ella. Carecíamos de todo y esperamos a veinte hermanos. Nuestra mayor preocupación era organizar las camas. Pero apenas teníamos unas camas de hierro y colchones de la mala calidad; no había sábanas ni mantas en la casa. En esa noche de invierno disponíamos de buena voluntad, pero sin orden ni concierto.
Después de mucho buscar, encontramos, en un viejo armario, algunas toallas de baño. Las utilizamos como sábanas, una para cada cama. Era todo lo que podíamos ofrecer en pleno invierno. Como les esperábamos ya entrada la noche, al no tener provisiones, nos consolábamos pensando que vendrían cenados. Los trenes de la tarde llegan escalonadamente de hora en hora, a partir de las siete. Como no teníamos referencias sobre la hora de su llegada, quise estar en la estación a la llegada del primer tren, para evitarles cualquier inconveniente, si se presentaba la ocasión.
El primer tren pasa sin traer a nuestros hermanos. Igual sucede con el segundo. No podría salir de la estación sin esperar a que pasase el último tren. Seguramente vendrán en él. ¿Dónde dormirían? Espero el tren con el corazón palpitando de emoción. Llega a toda velocidad. Para bruscamente. Pronto veo una profusión de trajes blancos, una agitación general en cierto vagón y un montón de numerosos equipajes que salen por las puertas y son colocados en la plataforma de la estación.
La hora tardía y la oscuridad nos ponen al resguardo de miradas indiscretas. Nos saludamos rápidamente, reservándonos para hacerlo con más efusión al llegar a casa. Armado de una linterna, abro la marcha. Se hace necesaria una pequeña instrucción: Tenemos por delante tres kilómetros hasta la entrada de la propiedad, hay muchos baches por el camino, encontrarán piedras gruesas, agujeros, ramitas de zarzas que se adentran traicioneramente en el camino. Vayan con cuidado y síganme de cerca. Carguen en una maleta lo estrictamente necesario. Las otras se quedarán aquí, en la estación. Emprendimos la marcha en medio de la oscuridad de la noche. Debíamos formar una caravana de un aspecto muy peculiar.
Algunos cargaron dos equipajes y el camino se les hizo muy largo. Es que los pobrecillos estaban en ayunas. Después de algunas paradas para tomar ánimos, riéndonos del cansancio y de la situación, llegamos a la entrada de la propiedad. Lo exquisito del paisaje nocturno, el misterio de la noche, las mil y una impresiones del día, los sobresaltos físicos y morales del traslado en las condiciones en que se realizó y, sobre todo, el atractivo de lo desconocido que les esperaba, todo eso catalizó en el alma alguna extraña sinfonía. Gusto recordar esa marcha nocturna, impuesta por los acontecimientos que no esperábamos y a los que no supimos sobreponernos en nombre de una mejor organización y de la propia caridad.
Tras un pequeño descanso entramos en la avenida. Cuando digo avenida no hay que imaginarse un camino recto, con grandes árboles alineados con cuerda de agrimensor. No. Se trata de un camino tortuoso que sigue las rugosidades del terreno. Por un lado se apoya en la montaña, y por el otro se cierra con una plantación de bambúes enormes. Un riachuelo, cuyas aguas murmuran y cantan sobre las piedras, corre paralelo a la avenida desde el indicio, y va a formar un cascada cerca de casa. El ruido metálico de las hojas que agita el viento. El roce de las apretadas cañas de bambú que gimen.
Nuestros hermanos están emocionados, caminan en silencio. De repente, después de la última curva, aparece la luz detrás de una ventana anunciando que ya hemos llegado. La caravana se vuelve bulliciosa por un instante. La curiosidad de todos queda prendida ante un caserón perdido en el bosque, muy propicia para nuestra vida religiosa. Cansados por el sobrepeso de las maletas, mojados de sudor, nuestros visitantes manifestan emocionados su alegría en el intercambio de los saludos fraternos.
Antes que nada, con la linterna en la mano, desean visitar la casa. La impresión es excelente. La encuentran grande, bonita y bien distribuida. Algunas salas son amplias y bien amuebladas; la cocina tiene un gran fogón. Hay cuarto de baño, duchas, etc. En el comedor caben unas ochenta personas. Las mesa para los huéspedes aguardan el servicio, el pobre servicio. Los hermanos estaban muertos de hambre y no teníamos para recibirlos mas que un poco de pan, algunas naranjas y agua fresca. Recurrimos al administrador. Consiguió seis huevos. ¿Qué representan seis huevos para tanta gente? ¡Qué falta nos hacían cien huevos, un cesto de pan y tres kilos de jamón! El desconcierto y el desasosiego que imperaban eran antológicos. Y para completar el caos reinante faltaban dos hermanos.
Esa austera recepción fue condimentada con tan buen humor que no se notó la falta de casi todo. Con el intercambio de las diversas impresiones no se reparó en la falta de los hermanos Julio Regis y Alfonso Regis. ¿Dónde están? ¿Qué les ha sucedido? Nos pusimos nerviosos. Decidimos buscarlos en todas direcciones. El administrador, varios empleados y uno de sus hijos emprenden la búsqueda. Era la una de la madrugada. Probablemente continuaron por el camino en lugar de girar hacia la avenida.
Después de una hora de búsqueda, los conducen a casa, muy afectados por la aventura. Se detuvieron detrás del grupo para descansar un poco y nadie lo notó; llegados al punto en que debían dejar el camino para tomar el atajo, los otros hermanos ya había accedido a la avenida de los bambúes y ellos continuaron en dirección equivocada. Caminaban con un desconocimiento total del camino cuando fueron encontrados y socorridos.
El administrador, que tomó la dirección de Mendes, se fue hasta la estación, recorrió la ciudad; hizo tantas búsquedas que llegó a casa a las cuatro de la mañana. Este episodio, desde el punto de vista artístico concuerda con un viaje bien dramatizado. No me quejo. Agregaré, para completarlo que no pudiendo cargar con los equipajes, los habían lanzado a unos matorrales. Luego se encontraron con facilidad. La historia de sus aventuras nos hizo reír mucho. Así fue nuestro primer día en Mendes.


H. Adorátor Vinte anos de Brasil,
Editora universitaria Champagnat, Curitiba, 2005, p. 202-206.

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