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Boletín marista - Número 251

 

Tres facetas revolucionarias de San Marcelino - H. Seán D. Sammon, Superior general
15/06/2006

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Las comunidades de hermanos de la Casa general, junto con los laicos, han celebrado gozosamente la fiesta de San Marcelino Champagnat. La celebración principal se trasladó al sábado día 10 de junio para abrir espacios de acogida y participación. El hermano Seán Sammon, Superior general, destacó en su homilía tres facetas revolucionarias de Marcelino: su relación con el Espíritu Santo, cargada de riesgo, que se transformó en carisma; la fundación de una institución de enseñanza para la evangelización mediante un tipo de relación con los educandos basada en el amor y, finalmente, la fundación de un instituto religioso cuyo estilo de vida es la memoria viva de lo que la Iglesia quiere.

“El 2 de enero de 1817, al atardecer, Marcelino Champagnat ponía los cimientos de una revolución. Como muchos movimientos semejantes, éste también empezaba de manera humilde: una casa pequeña, dos aspirantes, dinero escaso. Pero aquel cura de aldea contaba con el factor de la juventud en su favor, porque sólo tenía 27 años y pocos meses cuando fundó a sus Hermanitos de María.
Entre esa fecha y la muerte que le llegaría 23 años más tarde, el día 6 de junio de 1840, el fundador iba a tener no pocos momentos de desaliento y a veces de serias dudas y de puesta a prueba de su fe. Pero este hijo de la primera república francesa, este sacerdote que luego fue un animoso miembro de la Sociedad de María, este santo de nuestra Iglesia, tenía lo que sostiene a todo verdadero revolucionario: un sueño, junto con la pasión y el celo necesarios para convertirlo en realidad. Y además estaba convencido de que lo que albergaba en su mente era el deseo de Dios.
Pues bien, ahora se me ocurre que quizá el fundador se sentiría perplejo al verse a sí mismo descrito como un revolucionario. Él sin duda admitiría que vivió durante un período tumultuoso de la historia, marcado por la agitación religiosa y política y por hondas transformaciones culturales y económicas. ¿Pero eso de revolucionario? Quizá preguntaría: “¿Esa palabra, no suele ir asociada con la lucha armada, las guerras independentistas, el cambio violento?”.
Y tendríamos que admitir que, a veces, el término revolucionario significa todas esas cosas. Sin embargo también se usa esa palabra para definir a alguien que introduce un modo nuevo y radical de ver la vida e inspira un cambio fundamental, una persona que nos induce, de palabra y de obra, a adquirir otros modos de pensar y de actuar, alguien que está abierto al Espíritu de Dios, que desafía el status quo, que es visionario, innovador, valiente y audaz. Sí, el término de revolucionario resulta muy adecuado cuando se usa para describir algunas facetas del carácter de un hombre como Marcelino Champagnat.
Por eso, al celebrar su fiesta esta tarde, no podemos por menos de fijarnos en tres aspectos en los que nuestro fundador fue revolucionario y lo que eso supone para nosotros hoy.
Primeramente, Marcelino empezó a tener algunos problemas cuando se comprometió seriamente con el Espíritu Santo. Porque parece que tomar a Dios en serio no es una cosa fácil. Por ejemplo, en el transcurso de su relación con Él, Jacob luchó, Moisés regateó, María preguntó, Pedro negó y Tomás dudó. Eso demuestra que la relación con Dios puede venir cargada de riesgo, y que dependiendo de lo que el Todopoderoso tenga en la mente, puede provocar un vuelco en nuestras vidas.
Pero el fundador no estaba satisfecho con la sola relación. No; él dejó a Dios campo libre. Con el paso de los días, esta vida del Espíritu de Dios dentro de sí se convirtió en un carisma y empezó a hacer cosas que sorprendían a todos. Dejó la casa parroquial y se fue a vivir con los primeros hermanos. Al cambiar de sitio, bajó algunos peldaños en su nivel de vida, ya que aquellos jóvenes tenían pocas comodidades materiales: un tejado encima de sus cabezas, un rincón para dormir, algo que llevarse a la boca, y poco más.
Luego, el fundador se puso a trabajar en la construcción. Algunos de sus colegas sacerdotes, persuadidos de que esa labor no era digna de su estado, estaban extrañados por su conducta; pensaban que Champagnat se estaba volviendo loco. Más de uno vería indicios de que pudiera ser así. Después de todo, ¿a qué venía levantar un edificio tan grande a la vista del menguado número de candidatos y sin tener dinero para pagarlo? Pero es que la gente que se compromete con el Espíritu Santo actúa de esa manera.
Hoy, en cambio, muchos de nosotros no lo hacemos. No; nosotros, que hemos expresado públicamente nuestro firme compromiso de vivir con radicalidad el mensaje evangélico como fin y objetivo de nuestra vida, hablamos de prudencia, aconsejamos cautela, discreción, sentido común, prestamos atención a las realidades económicas, nos preocupamos por nuestra jubilación. Uno se preguntaría, ¿quién es el que se ha vuelto loco? Eso es lo que podemos hacer esta tarde, plantearnos esta cuestión: ¿Creemos realmente que el Espíritu de Dios, tan activo en la vida de Marcelino Champagnat, suspira por vivir y alentar dentro de nosotros hoy? Y si lo creemos, ¿estamos dispuestos a dejarle el terreno libre?
En segundo lugar, Marcelino fundó sus Pequeños Hermanos para dar a conocer a Jesús y hacerlo amar en medio de los niños y jóvenes, especialmente los más desatendidos. Habiendo experimentado en sí mismo el amor de Jesús y de María, el fundador quería dar ese regalo a todos los que encontraba en su camino, particularmente los que estaban comenzando el itinerario de su vida.
Marcelino era un hombre de visión práctica, un innovador. Por eso para él la educación era más que un proceso utilizado para transmitir datos y conocimientos o incluso elementos de nuestra fe. Él la entendía, sobre todo, como una herramienta poderosa para formar y transformar las mentes y los corazones de los niños y jóvenes. La educación era un medio de evangelización, no un fin en sí misma.
Y su noción de la educación era revolucionaria. En el deseo de que sus primeros hermanos dejasen una huella significativa en las vidas de los jóvenes confiados a ellos, él los animaba a establecer un tipo de relación con los que estaban a su cuidado que no era común en la Francia de principios del siglo XIX. “Amad a vuestros alumnos –les decía-, rezad por ellos y trabajad para ganaros su respeto”. En un país donde un historiador de la época describía a los maestros de escuela con los calificativos de “irreligiosos, borrachos, inmorales, la escoria de la raza humana”, lo que Marcelino predicaba a sus Hermanos era ciertamente revolucionario.
Esos mismos desafíos vienen dirigidos hoy a todos los que nos congregamos en el Instituto, hermanos y seglares maristas. En ese sentido, debemos hacernos a nosotros mismos estas preguntas: las instituciones y obras con las que asumimos nuestro compromiso de atender a los jóvenes ¿están realmente orientadas a que Jesús sea el centro y pasión de sus vidas? ¿Y además lo están en tal medida como para que se tomen el mensaje evangélico en serio? Sólo podremos alcanzar esa meta si estamos en medio de los jóvenes, dispuestos a darles nuestro tiempo sin calcular el coste, y hacerlo al modo de María, con sencillez.
Finalmente, el fundador se propuso establecer un Instituto religioso. Para él, nuestro modo de vida no era parte de la estructura jerárquica de la Iglesia sino algo carismático en su naturaleza. Y ese carisma no nació para ser domesticado. Llevado a sus últimas consecuencias, nuestro estilo de vida es la memoria viva de lo que la Iglesia quiere, puede, y debe ser. Ése es el papel profético de la vida religiosa.
Pero seamos sinceros, nadie da lo que no tiene. Y en estos años recientes algunos de entre nosotros se han convertido en espejos de los mejores y peores valores de nuestras culturas respectivas, en lugar de ser el fuego sobre la tierra que estamos llamados a ser.
Edward Sorin, sacerdote de la Congregación de la Santa Cruz, emigró de Francia a los Estados Unidos con un grupo de compañeros a principios del siglo XIX, teniendo en la mente el sueño de levantar una gran universidad en honor de la Bienaventurada Virgen María. Llevaron a cabo su tarea sin tardanza y la Universidad de Notre Dame pronto empezó a florecer.
Pero cierto día infausto, el 23 de abril de 1879 por la mañana, se desató un incendio devorador. En pocas horas el edificio principal de la universidad había quedado reducido a cenizas. En aquellos momentos muchos pensaron que las llamas habían consumido no sólo el trabajo material sino también el sueño de Sorin y sus cohermanos.
Pues no fue así. Después de inspeccionar las ruinas y de escuchar los sentimientos de la comunidad universitaria ante la devastación, el veterano sacerdote, de 65 años de edad, invitó a todos a entrar en la capilla, y allí les dirigió la palabra: “Cuando vine aquí, yo era un hombre joven que llegaba a esta tierra con el sueño de edificar una gran universidad en honor de Nuestra Señora. Pero la hice demasiado pequeña, y Ella ha hecho que ardiera completamente para recordármelo. Así que mañana, en cuanto se hayan enfriado los ladrillos calcinados, la levantaremos de nuevo, más grande y más esplendorosa que nunca.”
¿Quién sino el Espíritu Santo podía ser el inspirador de aquellas palabras y de los hechos que siguieron? A la mañana siguiente, trescientos trabajadores se unieron a Sorin, y se esforzaron dieciséis horas diarias, de tal manera que el edificio estaba reconstruido para la apertura del curso siguiente.
En este relato están ilustrados algunos de los mejores elementos de la vida religiosa apostólica: el celo, el espíritu de fe, la paciencia, y una gran audacia para afrontar los mayores desafíos. Estas cualidades eran evidentes en Marcelino y tienen que estar visibles también en nosotros, hermanos y seglares maristas, hoy.
En los últimos 40 años hemos utilizado muchos medios humanos, uno detrás de otro, en nuestros afanes por renovar nuestro modo de vida. Pero el acompañamiento, los planes pastorales y los estudios de viabilidad no son más que eso: medios que deben llevar a un fin. Porque lo único que hace falta para cumplir esa tarea es una revolución del corazón y mucha fe. La vida religiosa no nació para ser reglamentada, profesionalizada, con su horario establecido, claros perfiles de funciones y todo tipo de garantías. Cuando surgió traía consigo un horizonte de sacrificio suficiente como para merecer el don de nuestras vidas.
Por eso, hoy, al mismo tiempo que realzamos la fiesta de nuestro fundador, os invito a rezar para que el Espíritu de Dios encienda en nosotros el fuego de la renovación. Recemos también para que lleguemos a ser tan audaces, valientes y enamorados de Dios como aquel sencillo granjero y buen hijo de María. Que nosotros también seamos, como él, fuego sobre la tierra para dar a conocer a Jesús y hacerlo amar en medio de los niños y jóvenes desfavorecidos.”

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