Inicio > Biblioteca > Boletín marista > Número 254 (06/07/2006)

Gracias, perdón, compromiso




Bicentenario del Instituto
2 de enero 2017

 




 



 

http://www.champagnat.org/000.php?p=432

Conectarse

Hermanos maristas

RSS YouTube FaceBook Twitter

 

Foto de hoy

Brasil: Laicos organizando de una nueva fraternidad del Movimiento Champagnat - Goiânia-GO

Hermanos maristas - Archivo de fotos

Archivo de fotos

 

Últimas novedades

Archivo de novedades

 

Calendario marista

23 marzo

Santos: Toribio de Mogrovejo, Victoriano y Fidel
Día meteorológico mundial (ONU)

Calendario marista - marzo

Boletín marista - Número 254

 

¡Ensancha el espacio de tu tienda! (Is 54,2)
06/07/2006

Bajar WORD

La sección blogs de la página web www.champagnat.org, iniciada a partir del mes de mayo, ha aportado algunos temas de reflexión que han merecido el interés de los lectores. Pensamos que también merecerán la atención de los lectores del Boletín. Hoy recogemos aquí un primer aporte de varias reflexiones del hermano Pau Fornells, Director del Secretariado para los laicos, acerca de los laicos maristas. Al difundir estos contenidos por este medio pretendemos también animar a nuestros lectores a enviar sus comentarios a los blogs a través de la web.

Hacia un nuevo ecosistema eclesial
Hoy se habla mucho del papel de los laicos en la Iglesia y, en el caso particular que nos interesa, de su relación con las congregaciones religiosas con las cuales comparten misión, espiritualidad y carisma. Los laicos maristas también se han hecho presentes de una manera nueva en la vida de los hermanos. Presencia que ha generado un sin número de sentimientos y actitudes, no siempre convergentes. Algunos hablan de confusión de identidades y de roles.
Hasta no hace muchos años, los laicos y laicas, que son más del 99% de la Iglesia Católica, no pasaban de ser un dócil rebaño guiado por sus pastores (obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas). En el mejor de los casos eran apreciados colaboradores. No estaban acostumbrados a pensar por sí mismos en materia religiosa, necesitaban ser orientados sobre qué hay que creer, cómo hay que celebrar la fe, cómo comportarse en la vida… Casi todo estaba previsto y sancionado. Y no hablemos de su nula participación en la toma de decisiones eclesiales.
Pero vino un Papa (Juan XXIII) y un Concilio (Vaticano II) que permitieron al Espíritu Santo volver a entrar con renovada energía en el corazón de la Iglesia. Al principio sólo se vieron algunos cambios externos: misa en lenguas vernáculas, altar de cara al pueblo, desaparecieron sotanas… Luego empezaron a publicarse muchos documentos, pero el pueblo cristiano todavía no se daba cuenta de las dimensiones del cambio. Parecía que sólo era cosa para técnicos de la religión.
Poco a poco – y han tenido que pasar cuatro décadas -, se ha ido tomando conciencia de la auténtica revolución que eso suponía, por más que a algunos todavía asuste y desestabilice. En la Iglesia, la misión es única, aunque se desarrolle en diversos ministerios. La dignidad y la vocación a la santidad son iguales para todos. Ya no existen determinados estados de perfección. Y, a partir de ahí, se origina una nueva relación entre todos los miembros de la Iglesia, que da origen a un nuevo “ecosistema eclesial” (Término usado por el H. Antonio Botana, FSC, en el documento “Asociados para la Misión Educativa Lasaliana” - Cf. www.lasalle.org), el cual apenas está comenzando a intuirse y a desarrollarse.
Los Laicos ya no son cristianos “menores de edad”, menos “perfectos” y no tan “fiables”. Ahora están en igualdad de condiciones. De tal manera que la Iglesia asume que no puede caminar sin su aporte: su estilo de vida, su implicación en la misión y su capacidad de participación y decisión eclesial. Y esto se traslada igualmente a los laicos y laicas que se sienten al lado de los hermanos maristas.
Es un auténtico terremoto para nuestras viejas concepciones de identidad, carisma, espiritualidad, misión, participación y capacidad de decisión. Juan Pablo II, en Christifideles Laici, dice todavía más: “En la Iglesia-Comunión los estados de vida están de tal modo relacionados entre sí que está ordenados el uno al otro… Son modalidades a la vez diversas y complementarias, de modo que cada una de ellas tiene su original e inconfundible fisonomía, y al mismo tiempo cada una de ellas está en relación con las otras y a su servicio (ChF 55.3).
Es decir, los estados de vida que se sienten llamados a seguir un mismo carisma, en nuestro caso el carisma marista de Champagnat, quedan influidos unos por otros: los hermanos ya no pueden entenderse sin los laicos y viceversa. Ha comenzado una reacción en cadena donde nada ni nadie queda al margen, donde ya nada será igual.
El Espíritu Santo nos está diciendo que no hay futuro para el carisma de Marcelino Champagnat si no “ensanchamos el espacio de nuestra tienda”, si no caminamos juntos, hermanos y laicos, para “compartir vida: espiritualidad, misión, formación…” (Optamos por la Vida, 26). Así nos lo recuerda el XX Capítulo General: “Estamos convencidos de que el Espíritu de vida nos conduce en este camino común” (Id, 29).
¡Abramos, pues, nuestro corazón al Espíritu y dejémonos transformar por Él!
Envía un comentario


¿Podemos ser hermanos y, en cierto sentido, clericales?
Muchos hermanos nos quejamos del fuerte clericalismo que sigue imperando, todavía hoy, en la Iglesia. La mayoría nos sentimos heridos o, al menos, apesadumbrados cuando, en la Jornada Mundial de las Vocaciones o en otros eventos, sólo se habla de la vocación sacerdotal y de la vocación de las religiosas. Los hermanos parecemos no existir, no somos tomados en cuenta, nos hacen sentir una especie de bichos raros. Sobre todo, cuando a renglón seguido se establecen rangos: primero, la vocación sacerdotal; luego, la de las religiosas; y, por último, la de los laicos y laicas. ¡No es de extrañar que tengamos problemas de identidad!
Pero, a menudo, ocurre también que muchos de nosotros (los hermanos) miramos “por encima del hombro” a los laicos, con quienes compartimos el carisma, la espiritualidad y la misión. A veces desconfiamos de ellos porque creemos que les mueven intereses extraños a la causa común: ser testigos de la Buena Noticia entre los niños y los jóvenes, especialmente entre los más desatendidos. Claro que también mucha gente nos mira con recelo a nosotros, preguntándose si en verdad somos testigos de lo que anunciamos. Tendríamos que recordar que la coherencia es siempre una asignatura difícil para todo ser humano.
Otras veces los minusvaloramos: nos parecen sin la capacidad suficiente para poder hacer aquello que nosotros hacemos con tanta excelencia. También aquí tendríamos que aclarar de qué tipo de “excelencia” hablamos. Hay casos en que los tratamos con un cierto paternalismo indulgente: debemos acompañarles y orientarles porque no han estudiado tanta “religión” como nosotros o porque les queremos mucho y nos da miedo que se equivoquen. Y, claro, el hermano llega a volverse imprescindible en algunos grupos de laicos y laicas Maristas; de tal manera que éstos desaparecen si se produce un cambio de destino. Inconscientemente, a veces no dejamos que surjan líderes o nos cuesta dejar que tomen decisiones.
Pudiera ser que en algunos hermanos exista el miedo a sentirse desplazados por los laicos. Es un miedo legítimo, en el sentido psicológico de sentirse “hijos de la casa” y no acabar de entender qué nos quieren decir hoy los signos de los tiempos. Puede ser también un miedo a los cambios que todo esto deja entrever para nuestras vidas en los próximos años. ¿Nos estamos sabiendo educar para el cambio en una sociedad tan cambiante como la nuestra? ¿Cómo podríamos mejorar nuestro puntaje en esta asignatura de siempre? ¿Corremos el riesgo de volvernos, en un cierto sentido, un poco clericales al no dejar el espacio que Dios está pidiendo para los laicos maristas?
Y quiero citar, para terminar, al H. Benito Arbués que me decía hace poco: “Podemos caer en un cierto ‘clericalismo marista’. Es decir, pensar nosotros qué han de hacer los laicos… darles documentos, darles orientaciones. No sé qué habrá que hacer para que la vida surja en la base de la tierra. Y si para lanzar semillas, hay que estar presentes, necesitaremos tacto para dejar que los seglares cultiven su campo como cristianos normales y que opten por un cristianismo de color marista.”
A todos nos conviene volver siempre a los “últimos lugares” del Evangelio y a los “primeros lugares” del P. Champagnat, para que queden como lecciones bien aprendidas, no sólo en nuestras cabezas sino, sobre todo, en nuestros corazones. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a comprender eso del “anonadamiento” de Jesús, la “pequeñez de la humilde esclava”, el “silencio” del justo José y los “tres primeros lugares” de Marcelino. El Dios de las sorpresas sigue queriendo entrar en nuestras vidas.
¡Sigamos dejando a Dios ser Dios!
Envía un comentario


¿Qué pasa con los jóvenes laicos maristas?
Mi reflexión no sólo va dirigida a los jóvenes, sino que quisiera involucrar en ella a todos los que se sienten llamados a ser maristas según Champagnat. Quiero también precisar que, con el término “jóvenes laicos maristas”, me estoy refiriendo a los jóvenes comprendidos entre los 25 y 35 años, denominación que en los países anglosajones se conoce con el nombre de “jóvenes adultos”.
Gracias a Dios, en la mayoría de las provincias del Instituto el trabajo pastoral con los jóvenes sigue siendo una tarea privilegiada. Aquí me estoy refiriendo a “los jóvenes jóvenes” (15-25 años). Decenas de miles de ellos –no exagero- están en nuestros grupos juveniles, repartidos en más de 70 países. Estoy convencido que la mayoría son grupos comprometidos en la vivencia de la fe y en un compromiso solidario concreto. Entre nosotros abundan, cada vez más, jóvenes animadores de otros niños y jóvenes. Algunos entregan generosamente tiempos semanales a tareas de voluntariado e, incluso, viven experiencias más o menos largas en lugares muy necesitados. Sí, Dios nos ha regalado unos jóvenes estupendos, encariñados con Champagnat y orgullosos de ser maristas. Y estoy seguro que esto formará ya parte indisoluble de su ser ciudadano y cristiano, como quería San Marcelino.
Sin embargo, hay una cuestión que me preocupa desde hace mucho tiempo. Hoy solamente voy a intentar precisarla, pidiendo a todos la ayuda necesaria para encararla con audacia y esperanza cristianas. La cuestión es la siguiente: Tengo la impresión que se está dando actualmente un cierto vacío en el compromiso laical marista de “jóvenes adultos” (25-40 años). ¿Por qué?
No me refiero a un compromiso más, sino a un compromiso que sea realmente opción de vida. Hay multitud de laicos y laicas que dan lo mejor de sí mismos en nuestras obras apostólicas o en otras obras, ya sean civiles o eclesiales; algunos de ellos lo hacen incluso hasta el límite de sus posibilidades. También en el corazón de muchos de nuestros exalumnos, sigue anidando el cariño y la preocupación por todo lo marista. Pero encuentro a faltar un salto cualitativo: llegar a experimentar que la vida marista según Champagnat pueda ser una opción irremplazable en su vida; sentirse llamados por Dios a ayudar a los niños y jóvenes, especialmente a los más abandonados, según el carisma y la espiritualidad de san Marcelino, en fraternidad de esfuerzos, vida y oración (que no quiere decir necesariamente vivir bajo un mismo techo).
Este salto cualitativo tiene más que ver con la percepción de una llamada que implica toda la vida y no solamente una opción temporal. Y dicha llamada implica una respuesta que va más allá de los avatares que nos va trayendo la vida. Es decir, si el Espíritu Santo suscitó (y suscita) en el corazón de muchos jóvenes una llamada radical al seguimiento de Jesús, según el carisma, misión y espiritualidad de Marcelino, como hermanos maristas, ¿por qué no puede darse lo mismo como laicos maristas? No creo que las llamadas radicales sean sólo para unos estados de vida especiales. ¿Pueden existir vocaciones no radicales? Ser cristiano, ¿no es de por sí suficientemente radical?
No se trata sólo de buscar las causas del problema, sino ofrecer, al mismo tiempo, posibles pistas que ayuden a viabilizar, también en esas edades, las respuestas a la invitación –a mi parecer muy clara- que está haciendo el Espíritu Santo en ese momento de la vida (25-35 años) en que deben cristalizar las grandes opciones. Si no, corremos el riesgo de que se produzca una fractura generacional, casi irreversible, en la transmisión del carisma, espiritualidad y misión de Marcelino Champagnat. Sabemos que el Espíritu Santo todo lo puede, pero a la vez debemos ser conscientes de que siempre actúa a través de nuestras pobres mediaciones.
Les invito, pues, a aportar en este blog lo que ustedes piensen al respecto. Me comprometo también a contribuir con mis opiniones en el próximo aporte.
Unidos en la oración, madre de todas las creatividades y audacias, junto a Jesús, María, José, Marcelino y todos nuestros hermanos y laicos maristas santos.
Envía un comentario

3276 visitas