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Boletín marista - Número 259

 

La devoción del Padre Champagnat a la Santísima Virgen
10/08/2006

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Las Constituciones de los Hermanos Maristas dicen en el artículo 74 « A ejemplo del Padre Champagnat, acudimos a María como el niño acude a su madre. Estrechamos nuestra relación con ella por la oración y el estudio de la doctrina mariana. Sus principales celebraciones, en particular la Asunción, fiesta patronal del Instituto, son tiempos privilegiados para intensificar la devoción a nuestra Buena Madre ».
Aquí proponemos la lectura de algunas páginas de la vida del Padre Champagnat.

Podemos decir de nuestro amadísimo Padre que había mamado esta devoción con la leche materna. En efecto, su madre y su piadosa tía, ambas muy devotas de la Santísima Virgen, se habían esmerado en inculcársela desde la más tierna infancia.
En su juventud y mientras estuvo en el hogar familiar se limitó a a honrar a María con el rezo de las breves oraciones que le habían enseñado. Pero cuando se decidió a abrazar la vida sacerdotal y entrar en el seminario, aumentó sensiblemente su devoción hacia la Madre de Dios, y se impuso numerosas prácticas para merecer su protección y mostrarle su afecto. Por entonces se propuso rezar diariamente; resolución que cumplió con fidelidad toda su vida. También le gustaba visitar con frecuencia a María; y fue en sus largas conversaciones con ella, al pie del altar, donde comprendió que Dios quería santificarlo y prepararlo para trabajar en la santificación del prójimo por medio de una devoción especial a esta divina Madre. Desde entonces tomó por divisa: Todo a Jesús por María, y todo a María para Jesús. Esta máxima nos manifiesta el espíritu que le guió y que fue la norma de conducta durante toda su vida.
Considerando a María como a Madre y camino que debía llevarlo a Jesús, puso bajo su protección estudios, vocación y proyectos todos. Diariamente se consagraba a ella y le ofrecía todas sus acciones, para que se dignara presentárselas a su divino Hijo. En una de esas frecuentes visitas a la Santísima Virgen tuvo la inspiración de fundar una congregación de maestros piadosos, y darles el nombre de la que le había inspirado dicho proyecto. Al sentir gusto especial en honrar a la Santísima Virgen, y suponiendo que todos sentirían lo mismo, pensó que el solo nombre de María bastaría para atraer candidatos a la congregación que pensaba fundar. No se equivocó.
Fiel a su consigna de ir siempre a Jesús por María, al terminar el seminario mayor, una vez recibidas las sagradas órdenes, subió a Fourvière para consagrar su ministerio a la Santísima Virgen. Y cada vez que algún asunto lo llevaba a Lyon, renovaba su consagración a los pies de María, en dicho santuario.
Nombrado coadjutor de Lavalla, hizo su entrada en la parroquia en sábado, e inició su sagrado ministerio el día de la Asunción para que María bendijera sus primicias, y se las presentase a su divino Hijo. Ésa fue la pauta de toda su vida; ofrecer y confiar todos los proyectos y tareas a la santísima Virgen y no realizar obra alguna sin habérsela encomendado. Diariamente, en las visitas al Santísimo Sacramento, tributaba también homenaje a la Santísima Virgen. Pero como esto no le bastaba para satisfacer su piedad, levantó en su aposento un altarcito en el que colocó su imagen, y allí le dirigía fervientes oraciones, permaneciendo a menudo largo rato postrado a sus pies. Al ver que el altar dedicado a María en la iglesia parroquial estaba destartalado, mandó hacer uno nuevo a sus expensas, e hizo restaurar toda la capilla. No lejos del pueblo existe un santuario dedicado a la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de las Misericordias. El buen Padre lo visitaba con frecuencia; y varias veces a la semana, acompañado de algunos fieles devotos, subía en procesión a celebrar el santo sacrificio de la misa. A la ida cantaban el Miserere, y al regreso, las letanías de la Santísima Virgen.
Ya desde el primer año de su ministerio estableció en la parroquia el piadoso ejercicio del mes de María, por entonces poco difundido, y que años más tarde produciría tan copiosos de salvación en Francia y en todo el mundo cristiano.
Cada mañana dirigía él mismo este santo ejercicio. Con tal motivo distribuyó por la parroquia numerosos ejemplares de un librito titulado Mes de María y otras obras propias para inspirar devoción a la augusta Madre de Dios. De este modo, muy pronto el ejercicio del mes de María se celebraba en todos los caseríos, e incluso cada familia erigió su oratorio donde se reunía al caer la tarde ante la imagen de la reina del cielo para implorar su protección, cantar sus alabanzas y meditar sus privilegios y bondades.
Al fundar el Instituto, hizo del mes de María un acto comunitario; e incluso implantó su celebración en las escuelas, consignándolo en un artículo de Regla en estos términos: «Todos los Hermanos se esmerarán en hacer cuidadosamente el mes de María, y procurarán que sus alumnos lo hagan también con gusto y devoción ».

Vida del Padre Champagnat, págs. 342-344

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