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Boletín marista - Número 261

 

Hermano Jean-Paul Desbiens (1927-2006)
07/09/2006

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El hermano Jean-Paul Desbiens, en religión Pierre-Jérôme, de la Provincia de Canadá, ha muerto en Château-Richer (Canadá) a la edad de 79 años. Se dio a conocer bajo el seudónimo de “Frère untel”, (“Hermano Fulano de Tal”) en sus escritos como editorialista de prensa durante dos años. Doctor en filosofía, pensador, conferenciante con estilo propio, escritor e iniciador de los estudios preuniversitarios, es uno de los padres de la Revolución tranquila en Québec. Lucho, a veces bravamente y con audacia, para darle a Québec una educación de calidad. Fue Provincial y director general en el Campus Notre-Dame-de-Foy. Recibió el reconocimiento de la Orden Nacional de Canadá y fue proclamado laureado de Québec. Deja una rica herencia literaria y educativa a las nuevas generaciones. En este Boletín recogemos la homilía pronunciada por el Cardenal Marc Ouellet en la misa de exequias.

Coheredero de Cristo


Hermano Pierre-Jérome, marista, Jean-Paul Desbiens, ¡ salve !. Quienes te han conocido, admirado y amado, hombres y mujeres, te saludan por última vez en esta iglesia patrimonial que simboliza los profundos valores de tu vida. Tú reúnes aquí a gente de toda categoría, a personas cuyas creencias religiosas, políticas y literarias son muy diversas. Sin embargo, en presencia de tus restos mortales, nos sentimos miembros de la misma gran familia, junto a tu familia terrena de Metabetchouan y a tu familia Marista, que son tus más entrañables raíces, acrecidas y asumidas según tus propias palabras “Bajo el sol de la piedad”.

Esta gran familia es un símbolo de la sociedad quebequense, que tú has tanto amado y a la vez criticado, y a la que has ayudado a entrar en el mundo moderno. Tu genio de educador y de escritor es ampliamente reconocido, lo mismo que tu desempeño profético a fines de los años sesenta, y tu contribución en la instauración de un nuevo sistema de educación en las décadas que siguieron a tu “Las Insolencias del Hermano Fulano de Tal”. Querías mejorar no sólo la calidad de la lengua francesa sino la calidad de la educación en todos sus niveles, una educación cimentada sobre valores estables y profundos, los que constituyen la fuerza y el orgullo de un pueblo. Al decirte adiós en nombre de esta gran familia, saludo en ti al hijo valiente de las tierras del Lago Saint-Jean, al hombre sediento de justicia y de libertad, y sobre todo al discípulo de Jesús, al hijo de la Iglesia, heredero de Dios y coheredero de Cristo, según las esperanzadoras palabras del Apóstol San Pablo a los Romanos.

Dejo a los historiadores del futuro la tarea de medir la importancia y el alcance de tu obra de educador, de escritor y de filósofo en el momento crucial que ha marcado el paso del Quebec de tiempos de cristiandad a la época actual de sociedad pluralista, democrática y emancipada del control de la Iglesia. Los juicios de los historiadores serán sin duda muy diversos y contrapuestos, pero hay algo que me parece ya una cosa reconocida sin contestación : el valor de símbolo que une tu grito de libertad con el amanecer de la revolución pacífica. Este grito no llamaba a la rebelión contra el orden establecido sino a una reacción de dignidad y de orgullo dirigido a vencer la mediocridad vinculada con esa mentalidad canadiense-francesa de ser dominado. La sucesión de los hechos han demostrado la pertinencia de tus “Insolencias”, tanto más cuanto que tú aprovechaste las ocasiones más oportunas para invertir lo mejor de tu espíritu crítico y de tu sentido de la organización pedagógica al servicio de una sociedad que tú soñabas con abrir al mundo desde una educación para la libertad. La reforma democrática de la educación en la que tú colaboraste estrechamente en calidad de consejero del Ministerio de Educación era francamente necesaria, aunque se puedan cuestionar ciertos resultados del plan sobre el idioma y ciertos cambios posteriores en el plan religioso que ya no garantizan los profundos valores de los que tu vida da testimonio.

Al igual que el servidor del evangelio que permanece en vela para abrir la puerta a su señor en el retorno de las bodas, tú estuviste siempre en la brecha y resististe a la tentación del dinero, del poder y de una libertad en rebeldía ante la autoridad civil o eclesiástica. Tu vida nos enseña el apego indefectible a nuestras raíces, el rigor en el pensamiento y en la expresión, y la serena fidelidad a los compromisos adquiridos una vez para siempre. La presencia de tus despojos mortales en esta iglesia, la hermosa liturgia gregoriana que siempre anhelaste, y sobre todo el testimonio de tus sesenta años de vida religiosa, proponen un cuestionamiento a nuestra sociedad quebequense, el de nuestra herencia cultural y religiosa. ¿Qué vamos a hacer de nuestras raíces cristianas y de la cultura católica que nos ha sido transmitida? ¿Cómo vamos a cultivar en el futuro su memoria y conservar sus frutos y sus instituciones?

La cuestión de la vigencia del patrimonio religioso ilustra la actualidad del mensaje del Hermano Jean-Paul Desbiens y la pertinencia de sus múltiples intervenciones. Pues la herencia religiosa de Quebec es sin duda el punto más delicado del cambio de época evocado más arriba. La rápida y radical secularización de nuestra sociedad, ¿no justifica en cierto modo el dicho popular de que se ha “tirado el bebé con el agua del baño”? El excesivo control del clero sobre la sociedad es una cosa, la sustancia de la fe cristiana es otra muy distinta, pues no puede ser “exculturada” de nuestros modos de vida sin acarrear graves consecuencias sobre nuestra identidad colectiva y sobre nuestro futuro.

El Hermano Jean-Paul Desbiens supo bien distinguir entre las actitudes y las estructuras caducas de una época, y los valores fundamentales de nuestro patrimonio cultural y religioso. A la vez que adhirió firmemente a los valores de fe, de libertad y de democracia, criticó con vigor y exactitud las debilidades de los sistemas de educación, tanto en el campo civil como en las comunidades religiosas. Supo mantener firmemente su pertenencia a una comunidad religiosa que puede hoy sentirse orgullosa de haber dado a Quebec una figura de educador de primera línea, que valora la contribución, tantas veces desconocida, de estos grandes educadores y generosos misioneros.

Al final de su “Insolencias del Hermano Fulano de Tal”, el autor dirige a sus jóvenes Hermanos Maristas un mensaje inequívoco : Los hombres necesitan que haya hombres-roca. Hombres nombrados una vez para siempre. Necesitan saber que, a pesar del transcurrir de todas las cosas, subsisten islotes de fidelidad y de afirmación absolutas. El mayor servicio que podemos prestar a los hombres de nuestro tiempo es la afirmación del absoluto. Su negación es la peor enfermedad moderna. Los hombres necesitan saber que hay hombres que nunca pasan.

Jean-Paul Desbiens era un hombre de su terruño, un hombre profundamente enraizado, configurado por su fe católica llevada hasta el testimonio indefectible de su estado religioso, cimentada en un pensamiento filosófico y una sabiduría pedagógica heredada de sus maestros Maristas. ¡Un hombre-roca! Me viene a la memoria una imagen del diluvio de julio de 1996 en Chicoutimi : la casita blanca que resiste al furor de las aguas porque está construida sobre roca. Imagen emocionante que ha llegado a ser símbolo de la valentía de la gente de Chicoutimi para recuperarse ante la adversidad. Imagen que también expresa el testimonio de Jean-Paul Desbiens, hombre-roca cuya existencia estuvo fundada sobre la fe en Jesucristo y el amor a la Iglesia. Este hombre nos invita a la esperanza, nos muestra el camino del valor y de la sabiduría, nos remite a algo superior a uno mismo. Que Dios lo reciba en su mesa celestial donde, según el evangelio, Él mismo se hace el servidor de sus convidados !

Dios viviente, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Tú escuchas las plegarias de tus hijos, especialmente de los pobres ; Tú que recompensas infinitamente a aquellos y aquellas que permanecen en sus puestos de vigilia a la espera de la venida de tu Reino, acoge en tu misericordia a nuestro Hermano Jean-Paul, y haz que su herencia de fe y fidelidad fructifiquen al ciento por uno. Concédenos la gracia de acoger su última palabra de vida, su silenciosa presencia entre nosotros anunciando la resurrección de Jesucristo. ¡Amén!.

Marc Cardenal Ouellet
Exequias del Hermano Jean-Paul Desbiens,
Château-Richer,
29 de julio de 2006

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