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Boletín marista - Número 269

 

Blog marista: metáforas bíblicas (H. Luis Sobrado)
09/11/2006

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La sección blogs de la página web www.champagnat.org, iniciada a partir del mes de mayo, ha aportado algunos temas de reflexión que han merecido el interés de los lectores. Pensamos que también merecerán la atención de los lectores del Boletín. Hoy recogemos aquí varias reflexiones del hermano Luis García Sobrado, Vicario general.
Al difundir estos contenidos por este medio pretendemos también animar a nuestros lectores a enviar sus comentarios a los blogs a través de la web.

Un canto nuevo (Salmo 97)
08/11/2006


Acabo de completar una semana de animación de un taller sobre “La misión marista hoy”, en Davao (Filipinas).
El primer grupo de hermanos voluntarios para el Proyecto de Misión Ad Gentes de Asia calienta motores. Tres meses más y ya se encontrarán en un país concreto, haciendo malabarismos con sonidos y alfabetos todavía inéditos en los centros de lenguaje de sus cerebros, entrando en contacto directo con culturas milenarias llenas de sabiduría y de sentidos de la vida.
Hemos compartido ininterrumpidamente: en grupos, en reflexión coelctiva, en prolongadas sobremesas, en entrevistas, en las horas chicas de las mañanas templadas de Davao y en la humedad de noches de lluvia tropical, vigorosa, rotunda y sonora. La conversación nos invadía el alma y el espíritu. Los ríos de nuestras vidas confluían inesperadamente en este tiempo de gracia antes de fundirnos en el océano profundo de un nuevo ser y hacer, de lo inesperado, de lo inédito.
Se me encogía el corazón escuchando preguntas que llevaba tiempo sin oír: ¿En qué país estaré en enero? ¿Cuál será nuestra misión, nuestro apostolado? ¿Quiénes formaremos la comunidad en ese posible país? ¿Por dónde vamos a comenzar? ¿Dónde vamos a situarnos? ¿Qué tipo de vivienda? ¿Nos haremos presentes entre los pobres de las zonas tribales y rurales o en los grandes barrios populares de estas áreas urbanas donde la gente y las motocicletas se confunden con el horizonte? Ésas eran preguntas del alma.
Pero más profundos llegaban los interrogantes del espíritu. ¿Dónde nos estará conduciendo la mano del Buen Padre Dios, en este momento de nuestra historia? ¿Por qué me siento lleno de paz en medio de todas estas incógnitas? ¿Por qué se me llena de fuego el corazón? ¿Por qué me da igual Bangladesh, Indonesia que Thailandia que Uzbekistán? ¿Cómo ha sido y como sigue siendo Dios tan bueno, tan lleno de ternura, tan lleno de detalles para mí y para el Instituto? ¿Por qué me estoy enamorando de la iglesia, del pueblo de Dios, como ya hacía mucho tiempo que no lo sentía?
Y en la oración surgía la necesidad de cantar un canto nuevo.
El salmo 97 nos invita a ello.
Es un salmo que se inspira fuertemente en el salmo 46, primero, y en el 95 después: casi idéntico lenguaje, idéntico estilo. Pero aparece algo nuevo en el 97 que define precisamente esa novedad: el Buen Padre Dios nos muestra su presencia de modo nuevo, nos hace experimentar su amor delicado, nos hace entrar en la dinámica de su fidelidad inquebrantable: el recuerdo, el amor y la fidelidad renovados. He ahí el nuevo canto.
El Magnificat retoma esta nueva canción con los acentos inimitables que surgen de esa alma y ese espíritu de María: virgo fidelis.
Muchos maristas hoy, hermanos y seglares, experimentamos de un modo creciente la necesidad de entonar un canto nuevo en nuestra alma, en nuestro espíritu, pero sobre todo en nuestras vidas y misión concretas. Davao ha entrado en esa corriente de inspiración.
Le pido a la Buena Madre que todos los maristas, estemos donde estemos, entonemos este nuevo canto. Que con ella lo podamos hacer surgir en nuestra vida diaria: “¡Mi alma glorifica al Señor, mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador!”



“Lágrimas escritas” (Salmo 55,9)
05/10/2006


Basta que cierres los ojos y grita en silencio: ¡lágrimas! Tu corazón se inundará de rostros transformados por intensos sentimientos: alegrías profundas y sufrimiento indecible; amor compartido y decepción irreparable; dolor agudo y gozo rebosante; confianza absoluta y miedo irreconciliable.
Así fueron las lágrimas de Jesús. Fueron las suyas lágrimas de compasión y ternura cuando vio a María llorar en Betania. Lloró lleno de compasión con la viuda de Naim que acompañaba a su único hijo a la sepultura: posiblemente se preguntara, como muchos de nosotros, cómo puede ser la vida tan dura para algunas personas. Frustrado, decepcionado, casi derrotado, lloró sobre su querida ciudad de Jerusalén. Con lágrimas y gemidos – lleno de miedo – pedía al Buen Padre Dios que le librara de la vergüenza de un juicio público, de un abandono y soledad dolorosos, de la muerte violenta.
Lágrimas tan nobles, tan bellas, tan llenas de dignidad y de ternura no pueden perderse en el olvido de la historia o en la indiferencia de la gente zarandeada por las mil y una preocupaciones de lo urgente. Presentimos que tiene que ser así cada vez que nos serenamos y recordamos lo que es importante en la vida: las personas que amamos y que ya no están con nosotros; sobre todo las personas que amamos y a las que hicimos llorar.
El salmo 55, uno de los salmos responsoriales de esta penúltima semana de septiembre, nos consuela y afina delicadamente nuestro sentimiento religioso:
“Tú me acompañas, Señor, en cada paso de mi vida errante;
Tú recoges cada una de mis lágrimas en el ánfora de tu corazón;
Tú las escribes en tu libro de la vida.”
Me conmueve pensar que Dios tiene mis lágrimas escritas en su libro. No puedo dejar de seguir caminando de su mano con una perseverancia humilde, buscando con lágrimas de gozo la luz de su rostro. En la hora de la prueba, en la hora de los temores que me paralizan sin remedio, siento la fuerza de la mano de Dios que me llama a una victoria cierta.


Las manos de Jesús
21/07/2006


Lectio:
En estas últimas semanas la lectura litúrgica del evangelio de Mateo me ha invitado, al menos en dos ocasiones, a contemplar las manos de Jesús. Jesús tocó la mano de la suegra de Pedro y enseguida le desapareció la fiebre. Jesús tomó la mano de la niña, que parecía muerta, entre sus manos y la niña despertó. Llevado de esta invitación, frecuentemente he tratado de contemplar las manos de Jesús: manos benditas que todo lo que tocan sanan; manos benditas que a quien rozan consuelan. Manos benditas de ese hombre bueno, sencillo, humilde de corazón. El hombre Dios.
Meditatio:
A San Marcelino le inspiraban las manos del Niño Jesús:
“Nos tiende sus manecitas y nos invita a acercarnos, menos para compartir su pobreza que para colmarnos de bienes y gracias.” ( Vida, H. Juan Bautista, edición 1989, p. 331)
“Nada más amable que un niño: su inocencia, sencillez y ternura, sus caricias y hasta su misma fragilidad son capaces de conmover y conquistar los corazones más duros.” (Ibid)
Oratio:
¡Si yo pudiera, Virgen María, tener sus manos entre mis manos!
¡Si yo pudiera, Virgen del Alba, tocar sus manos, rozarlas!
¡Si yo pudiera, hacer mis manos abrirse en cruz a mis hermanos!
Contemplatio:
Manos de Jesús, de compasión inquietas,
Diestras afináis con tal ardor mi alma,
Triste en soledad, que así rompéis su calma:
Pueda yo cantar con otro son mis penas.
Manos de Jesús, a toda herida abiertas,
Torpe al caminar os busco asir, incierto,
Lleno de inquietud por aliviar lamentos.
Roto todo afán, calmando voy reyertas.
Manos de Jesús, con toques de ternura
Rumbos nos marcáis en esta noche oscura.
Apenas me rozáis los labios agrietados,
Apenas al sentir el trato delicado,
Contento me dejáis y de esperanza vivo:
Solo seré ya, de tanto amor, testigo.


Deprisa (Lucas, 1,39)
06/06/2006


Lectio:
María camina deprisa, trayéndonos el don de Dios.
Meditatio:
¡Todos estos años agarrado de sus brazos!, y aun no sé hacerlo conocer y amar.
Oratio:
Señor, date prisa. Mira que se nos pasa el tiempo. (Salmo 69 / 70)
Contemplatio:
Yo:
Querer, querer, yo te quiero.
Pero, ¡ay!, que no sé querer.
Ellos:
¡Quiérenos!


Un blog que invita a la oración contemplativa
12/05/2006


La Biblia contiene un sinfín de metáforas. No hay salmo ni libro de la Biblia sin ellas. Es raro el pasaje de la Escritura Santa en que estén ausentes. Y es porque necesitamos de ellas para hablar a Dios y para hablar de Dios.
Nos ayudan a descubrir significados inéditos.
En la metáfora, la expresión literal encierra significados múltiples llenos de contenidos y de resonancias significativas siempre nuevas. Hay metáforas maristas que en las diferentes etapas de la existencia del hermano y del laico, en cada cultura y en cada circunstancia de la vida, nos tocan el corazón con una caricia renovada y nos dan nuevo sentido en nuestro caminar. Vale la pena recordar algunas: “Hermanos de Maria”, “Las tres violetas”, “La Buena Madre”, “Hermanitos”, “Los Montagne de hoy”…
Pero en este blog no vamos a tratar de metáforas maristas, sino de metáforas bíblicas.
Para que una metáfora
bíblica llegue a tocarnos el corazón y entregarnos su significado espiritual, necesitamos una cierta disciplina. Esta nos permite establecer un ritmo diario de reflexión, de estudio religioso, de meditación, de lectio divina. Se trata de un ritmo de apóstol marista donde el servicio a los niños y jóvenes se fortalece y crece en extensión y en intensidad y se renueva en el fervor con y en la oración. Es una disciplina de vida que nos abre al don de la paz del corazón, del compromiso renovado a la llamada que Dios nos hace cada día.
Hay metáforas en las Escrituras que solamente nos revelan sus contenidos cuando comenzamos a leerlas con ojos limpios del corazón y acompañados de las miradas cuestionantes de jóvenes y niños pobres. Para abrirnos a esta revelación necesitamos ser iluminados por la luz del perdón y de la reconciliación de nuestros hermanos y hermanas. Su significado más profundo aflora solamente cuando nos comprometemos en la acción propia del que tiene hambre y sed de justicia.
No podemos forzar las metáforas bíblicas. La disciplina del tiempo, de la vida, del estudio y del servicio son los espacios donde ellas nos revelan el corazón de Dios. Esa revelación precisa de espacios y tiempos de Dios. Nuestro arte consiste en agudizar la escucha y afinar la visión. Y es seguro que, como el alba de cada mañana, el corazón de Dios aparecerá en cada metáfora, día tras día.
Yo las encuentro preferentemente en las lecturas que la Iglesia – madre y maestra – nos va entregando en pequeñas dosis, a través de la liturgia diaria: una primera lectura que contiene unos pocos versos del Antiguo Testamento o del Nuevo Testamento, un salmo responsorial, un pasaje de los evangelios.
En este blog, propongo compartir, cada quince días, una de las metáforas que haya iluminado mi vida y me haya encendido el corazón.
Y, como en todo blog, ojalá haya comentarios, intercambio de metáforas, sugerencias. A lo mejor hasta nos ayudamos a crecer en la fe y en el arte de la contemplación.
Y si lo hacemos con un poco de estilo y sentimiento poético, mejor que mejor.

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