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Boletín marista - Número 273

 

H. Séan Sammon - Encuentro entre los miembros del Consejo General y los jóvenes del continente africano
07/12/2006

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Los días 25 a 27 de noviembre se ha realizado en Nairobi el “Encuentro del Consejo general con jóvenes de África” tal como estaba previsto en la agenda elaborada por el Consejo general para la visita de animación pastoral a las Provincias de África marista. El hermano Superior general y su Consejo han querido ponerse a la escucha de un grupo de jóvenes africanos para reflexionar, dialogar y compartir sobre su vida cristiana y sobre la vocación marista hoy. Juntos han tratado de descubrir la realidad actual de África, comprender cómo el joven africano hace frente a esta realidad, compartir su rol y su compromiso como jóvenes cristianos en el contexto africano y responder a la realidad de cada país.
En el Boletín de hoy enviamos la reflexión final hecha por el H. Seán Sammon, Superior general.



“Agradezco la oportunidad que tengo de decir unas palabras al llegar al final de este tiempo que hemos pasado juntos. Mi plan es muy sencillo. Primero, quiero manifestaros a todos mis sentimientos de gratitud. Después os contaré un par de relatos, extrayendo una lección de cada uno. Y terminaré lanzándoos algunos retos.
Empiezo, pues, expresando mi agradecimiento a Lilian, Terry, Collins, Felix, James, Justus, Nicholas, Simeon, Willis, Wyclife, Godfrey, Emmanuel, Catherine, Eleanorah, Baraka, Edwin, Bernard, Denis, Claudine, Pamella, Christopher, Patrick, Virgile, Protogene, Prisca, Phillip, Kizito, Brian, Osvaldo, António, Jaona, Erick, Noble, Nnamdi, Sábado, y Nelson. Sí, quiero daros las gracias a todos y cada uno por vuestra presencia aquí y por todo lo que habéis aportado en estos días. Si estas jornadas que hemos tenido han resultado útiles, e incluso exitosas por lo que se refiere a los objetivos propuestos, ello se debe en no poca medida a vuestro interés y cooperación, así como al intenso trabajo que habéis desarrollado.
También quiero dar las gracias a mis hermanos del equipo de coordinación: Auxensio Dickson, Adriano Safuanda, Hosea Mugera, Albert Ongemba, y Teodoro Grageda. Ellos son los que planificaron el encuentro, organizaron el transporte, aseguraron que no faltara la comida en la mesa, y nos guiaron a través de las dinámicas del programa. No puedo agradecerles suficientemente todo el esfuerzo y trabajo que han realizado.
Gracias igualmente a mis hermanos del MIC que nos han ayudado en la logística informática de las sesiones y en el servicio de traducción, además de animar musicalmente la Eucaristía. Muchas gracias Hermanos Stephen Binikwa, Sylvanus Onwuanaku, Henry Uzor, Vicente Halle, Valerian Stephen, Kiven Muchibo, Anthony Siryeh, Valens Mushinzimana, Ebel Muleveri, Joseph Iheme, Paul Angulu y Emile Motanda.
Una palabra de gratitud también a los Hermanos que nos han acompañado en este fin de semana a través de las diversas actividades. Gracias, Hermanos Protais Rusanganwa, Modeste Randriamanalina, Ekene G. Osuji, y Sergio Vázquez. Y a mis hermanos de Roma: Luis Sobrado, Emili Turú, Peter Rodney, Maurice Berquet, Antonio Ramalho, Théoneste Kalisa, y Antonio Martínez Estaún. Mi agradecimiento especial al Hermano Ernesto Sánchez, que coordinó los preparativos desde Roma y se ocupó de muchos de los detalles del programa.


Primer relato
Toni Morrison, en su novela titulada Beloved, narra la historia de una predicadora afro-americana llamada Baby Snuggs. Esta mujer reunía a su congregación los sábados por la tarde, en un amplio espacio abierto dentro de la espesura del bosque -ella lo llamaba “El Claro”- e invitaba a sus fieles a reír, a bailar y a llorar.
Ella no les decía que purificaran sus vidas o que se fueran y no pecaran más. Ni insistía en que eran los bienaventurados de la tierra, los mansos de su heredad o los que serían hallados puros. No, sencillamente les exponía que la única gracia que podían tener era la gracia que podían imaginar. Y que si no la veían, jamás la tendrían.
Pues bien, ¿a qué vengo yo ahora con esta historia de Baby Snuggs y su rebaño? Mirad, os la cuento sencillamente para resaltar el hecho de que cada semana esta predicadora itinerante hacía a los miembros de su congregación un gran regalo: les enseñaba a soñar. Sí, realmente les enseñaba a tener grandes sueños.
Hemos pasado estos días juntos, hablando sobre la realidad de la vida entre los jóvenes del continente de África. Usando un lenguaje sencillo y directo habéis identificado algunos de los retos que vosotros y la gente de vuestra edad debéis afrontar. Son de todo tipo: la droga, la pobreza, la conducta sexual que no respeta la dignidad de la persona, la violencia, la guerra, la corrupción en los gobiernos y en otros sitios, la falta de oportunidades.
Habéis manifestado vuestras inquietudes en torno a viejos conflictos que se dan entre distintos grupos, así como los antiguos odios y resentimientos que contaminan este continente, lo mismo que sucede en otras partes del mundo.
A pesar de estos males que os causan preocupación, también encontráis motivos de esperanza. Sois conscientes de que África es una tierra de increíble belleza, compuesta de gentes de culturas, tradiciones y lenguas variadas y ricas. Podéis ver el potencial que tenéis. Sois una generación nueva, nacida en la última parte del siglo veinte y traéis a la vida de vuestros países una perspectiva fresca, ideas nuevas, grandes esperanzas, y, como el rebaño de la predicadora Baby Snuggs, muchos sueños.
Del mismo modo que respetáis el pasado, también deseáis que vuestra voz colectiva sea escuchada. Persuadidos de que es mucho más lo que une a los que habitamos este planeta que lo que nos separa, no sólo queréis formar parte del nuevo futuro que está emergiendo en el continente, sino ser también sus co-creadores. Y en lugar de serlo individualmente, uno a uno, queréis hacerlo juntos como comunidad, y teniendo a Cristo como centro.
En estos días os habéis llenado de nuevas experiencias y habéis conocido a personas distintas. Para algunos de vosotros, el viaje a Nairobi ha sido la primera ocasión que habéis tenido de aventuraros fuera de vuestros países y regiones. Para otros, era la primera vez que os subíais a un avión a volar. Varios os habéis visto inmersos en un clima muy distinto al que estáis acostumbrados. Os habéis reunido con gente que os era desconocida y es un dato muy positivo para vosotros como grupo que os hayáis mezclado tan bien a pesar de las diferencias de lengua, edad y experiencia. Habéis tenido la oportunidad de compartir algo de la riqueza de vuestra cultura y costumbres en las danzas y el lenguaje.
También hemos rezado juntos estos días: hemos rezado por la paz en el mundo y en esta región, por nuestras familias y amigos, por un futuro más risueño que el pasado, en el que podamos todos actuar como hermanos y hermanas los unos para los otros.
De todo lo que habéis dicho y reflexionado se deduce que la Iglesia es importante en las vidas de muchos de vosotros. La relación con Jesucristo os da fuerza y consuelo, y María, su madre, os sirve como modelo de lo que significa ser un joven cristiano lleno de vida y esperanza, abierto al deseo y el sueño que Dios tiene sobre cada uno de nosotros.
Y en el centro de todas nuestras reflexiones ha estado Marcelino Champagnat, el fundador de los Hermanos Maristas. Él vivió en unos tiempos que no eran muy diferentes de los nuestros. Por ejemplo, a Marcelino le tocó experimentar la guerra y el sufrimiento que acarrea.
Fue también un estudiante mediano, los libros no se le daban bien. Cuando decidió entrar en el seminario, le faltaba la preparación básica necesaria y por eso le mandaron un año a estudiar con un cuñado suyo, maestro titulado. Al final de aquel período de doce meses el cuñado recomendó a Marcelino que fuera pensando en hacer otra cosa distinta en la vida. A pesar de estos consejos, él se fue al seminario.
Después del primer año le pidieron que abandonara. ¿Motivo? Los estudios; sus notas eran flojas, y andaba demasiado a menudo por la taberna con un grupo de compañeros conocido como la “banda alegre”. Pero la madre de Marcelino se movió e insistió hasta que le dejaron volver al seminario. A su regreso se dedicó a estudiar con más aplicación, pero nunca llegó a ser lo que llamaríamos un “buen estudiante”.
Sin embargo, la cosa más importante que hay que conocer sobre Marcelino Champagnat es que era un hombre que amaba a Dios. No nació santo, sino que invirtió la vida entera en llegar a serlo. Y no llegó a ser santo porque fuera un hombre extraordinario. No; se convirtió en un santo porque hacía las cosas ordinarias excepcionalmente bien, y amaba a los demás con un amor apasionado. Ése es el desafío que él nos plantea hoy a nosotros.
También tenéis que saber que Marcelino amaba a los jóvenes. Con frecuencia decía: “No puedo ver a un niño sin que me asalte el deseo de decirle cuánto lo ama Jesucristo”. Él estaba firmemente convencido de que para educar a los jóvenes primero hay que amarlos y amarlos a todos por igual.
Marcelino Champagnat era también un soñador. Cuando fundó la congregación marista no tenía más que dos candidatos sin formación que compartían su interés, además de una vieja casa que necesitaba mucha reforma, y un sueño. Soñaba con cambiar el mundo a mejor, junto a otros y en el nombre de Jesús. Así que el primer reto que os lanzo esta tarde es éste: albergad grandes sueños y tened el coraje de trabajar para llevarlos a la realidad.


Segundo relato
En enero de 1994 los médicos me diagnosticaron un tumor cerebral. Me acuerdo muy bien de aquel día. Era viernes y caía una nieve suave sobre el barrio de Pelham, en New York, donde vivía entonces. Teníamos en casa a un amigo de California que había venido a vernos, y él se ofreció a acompañarme cuando me disponía a ir a mi especialista. Pero le dije que éste era un viaje que quería hacer solo.
Al llegar a la consulta observé la mirada de la doctora y supe al instante que las noticias no eran buenas. “Siéntese -me dijo-; le explicaré lo que hemos encontrado y luego le diré lo que debe hacer”. Entonces me contó que los análisis habían revelado que existía un tumor de grande proporciones. “Tiene cinco centímetros de diámetro –continuó-, y está localizado en el centro de la cabeza. Utilizaremos medicación para aminorarlo, pero no podremos evitar la neurocirugía”.
Ella añadió seguidamente algunos consejos prácticos, me extendió diversas recetas, y me dio el nombre de un neurocirujano al que tenía que acudir. Luego me miró y me dijo: “Debo comentarle otra cosa; si este tumor sigue ahí un año más, a usted le costará la vida”. Yo tenía entonces 46 años.
¿Por qué os cuento esta segunda historia? Pues porque aquel día y los días que siguieron emprendí un viaje personal cuyas implicaciones todavía estoy tratando de entender a fecha de hoy. Fue un viaje de la cabeza al corazón. Yo había vivido una gran parte de mi vida anterior con la cabeza, pero ahora veía que el corazón es un lugar más revuelto para vivir pero en última instancia más satisfactorio. La esposa de un amigo mío bromea con las expresiones “Seán pre-tumor” y “Seán post-tumor” para explicar la diferencia.
La espiritualidad de Marcelino es una espiritualidad del corazón. Marcelino creía en la presencia de Dios y estaba convencido de que Dios le amaba incondicionalmente. La historia del hijo pródigo es una buena ilustración de lo que quiero decir. Ya conocéis los detalles. Un hijo pidió a su padre la parte de la herencia que le correspondía y se fue a malgastarla en un país extranjero. Lleno de remordimientos, regresó a su tierra natal, sin saber cómo le recibirían, pero esperando poder tener al menos un techo bajo el que cobijarse, comida y un sitio para dormir.
La Escritura nos dice que cuando este hijo volvía para casa, allá a lo lejos, el padre le vio y empezó a dar órdenes para prepararle una bienvenida regia. Si el padre vio llegar al hijo desde la distancia era porque todos los días escrutaba el horizonte esperando su retorno.
Éstas son cosas que ya sabemos. Pero hay un dato importante que se suele pasar por alto en la narración habitual del relato. Y es que el pecado del hijo no fue haber dilapidado la herencia llevando una vida disoluta en un país extranjero. No, su pecado fue más grave.
En aquellos tiempos, un hijo podía pedir su herencia aun en vida del padre de familia. El trato era éste: el padre debía recibir a cambio los intereses producidos por la parte transferida al hijo. Al malgastar todo el dinero recibido, el hijo dejaba entrever que deseaba la muerte del padre. Ése fue el verdadero pecado del hijo pródigo, mucho más grave que el de llevar una vida disipada en tierra extraña.
Marcelino llegó a conocer y amar a este mismo Dios que perdona y acoge. Esa relación era el sólido basamento de su espiritualidad. También trataba a María como hermana en la fe. Ella ya había hecho ese viaje de vida antes que él y antes que nosotros, por eso acudía a Ella en busca de guía y orientación. Y a nosotros nos anima a hacer lo mismo.
Finalmente, la espiritualidad de Marcelino estaba marcada por la sencillez. Él era, dicho llanamente, un hombre que pisaba tierra, una persona práctica que vivía un cristianismo práctico, como decía ayer Théoneste. Su vida marcó una diferencia para bien en las vidas de muchos otros. Hoy nos desafía a nosotros a seguir sus pasos, a gastar nuestras vidas en el servicio a los demás.
Un último reto: hablemos de las vocaciones. Siempre que alguien me pregunta cómo es la vocación a la vida religiosa, yo contesto que es, en cierto modo, igual que un enamoramiento. Conoces a alguien y te das cuenta de que esa persona te gusta; con el tiempo pasáis más tiempo juntos, hasta que termináis siendo grandes amigos. Y de pronto, un buen día, te das cuenta de que esa persona que primero te resultaba conocida, pasó a ser luego una amistad y ahora se ha convertido en alguien muy especial para ti.
Pues una vocación es algo parecido. Al principio sientes un ligero tirón en una dirección. Tú te resistes, e incluso esperas que esa sensación desaparezca. Pero no se va. Con el tiempo empieza a arraigar y a crecer. Dios nos ama incondicionalmente y quiere lo mejor para cada uno de nosotros. A algunos de entre nosotros, Dios nos llama a la vida religiosa. Como os dije anoche, es una manera magnífica de invertir la vida, una gran bendición en muchos aspectos.
Unas palabras para terminar. Debo decir que estoy admirado por todo lo que queréis hacer para construir el futuro de este continente y sus gentes. Quizá no os deis cuenta de que tenéis ya en las manos los medios para conseguir vuestras metas de paz, igualdad para todos y el fin de las injusticias. Me gustaría terminar estas observaciones con una oración, una oración de ánimo y celo para que vosotros, y yo, y todos juntos, podamos traer a la vida los sueños que se albergan en nuestros corazones y mentes hoy.

Oh Dios nuestro, no podemos contentarnos con rezarte para detener la guerra;
porque sabemos que Tú nos has hecho de tal modo
que debemos encontrar nuestro propio camino
para llegar a la paz
dentro de nosotros mismos y con nuestro vecino.

Oh Dios nuestro, no podemos contentarnos con rezarte para acabar con el hambre;
porque Tú ya nos has dado los recursos
para alimentar al mundo entero
si los utilizamos debidamente.

Oh Dios nuestro, no podemos contentarnos con rezarte para erradicar la injusticia;
porque ya nos has dado el poder
de combatir el mal y vivir en solidaridad,
basta que lo empleemos en favor del bien.

Por lo tanto, Dios nuestro, lo que te pedimos es,
fuerza, decisión y el poder del deseo,
para que nos cuestionemos, y soñemos, y actuemos en tu nombre.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


Gracias a todos de nuevo y que tengáis un buen viaje de regreso a casa.”

Seán Sammon, FMS
27 de noviembre de 2006

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