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Boletín marista - Número 280

 

Celebración del 190 aniversario de la fundación del Instituto
25/01/2007

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El hermano Seán Sammon compartió con los hermanos la siguiente reflexión después de las lecturas de la misa que se celebró en la Casa general el 2 de enero de 2007 con ocasión del 190 aniversario de la fundación del Instituto.

Durante los primeros meses del año 1845, Adrien Durand tuvo que hacer frente a una crisis de opción de vida. Adrien era un joven perspicaz, callado y metódico, que había empezado los estudios del seminario menor a los 12 años en Privas, su ciudad natal, bajo la tutela del abate Fayolle. Las cosas le fueron bien. Tenía buena relación con sus compañeros, fue llevando gradualmente sus cursos adelante, y finalmente pasó al seminario mayor de Viviers en 1843. También allí, según cuentan sus biógrafos, siguió trabajando diligentemente y dio muestras de auténtica santidad.

En el itinerario vocacional de todo seminarista llega un momento en que hay que optar seriamente por seguir el camino del sacerdocio o tomar otro rumbo de vida. Generalmente se empieza sintiendo una intranquilidad interior cuando a uno se le presenta delante una segunda elección. Cuando este desasosiego continúa durante un tiempo, hay que afrontarlo con honradez. Ésta era exactamente la situación personal de Adrien cuando fue a casa a pasar las vacaciones el año 1844. Su intención era serenarse y hacer un profundo discernimiento sobre la ruta que habría de seguir en el futuro.

La madre de Adrien estaba persuadida de que la intercesión de San Francisco Regis ayudaría a su hijo a obtener la luz que necesitaba en medio de sus dudas, así que le invitó a realizar una peregrinación al santuario de La Louvesc. A Adrien le pareció una idea excelente, y ambos salieron sin tardanza a recorrer a pie aquel trayecto de 40 kilómetros. Treinta y nueva años antes, casi por las mismas fechas, Marie Chirat Champagnat había emprendido el mismo viaje con su hijo Marcelino que también atravesaba por un momento crítico de su vida de seminarista.

¿A qué viene ahora esta historia de Adrien, que más tarde llegaría a ser el Hermano Teófano Durant, con su lucha interior en búsqueda de orientación en la vida? Os la cuento porque refleja muy bien qué es lo que sucede cuando Dios decide que hay que efectuar un cambio. Todos los que conocían a Adrien estaban persuadidos de que llegaría a ser un excelente sacerdote. Pero los planes de Dios eran otros, y el día 6 de septiembre de 1845, a los 21 años de edad, aquel joven entraba en el noviciado de los Pequeños Hermanos de María de Nuestra Señora del Hermitage para empezar allí su formación.

Tan sólo hacía cinco años que había fallecido el Padre Champagnat. Muchos de sus primeros discípulos vivían todavía, y algunos habían adquirido sólida fama de hombres virtuosos. Uno de ellos era el Hermano Buenaventura. El joven Adrien se sintió atraído por su carácter amable, su bondad natural y aquella humildad y generosidad que le caracterizaban. Eso le ayudó a aprender una lección importante: Dios no nos llama a una vida de mediocridad sino que utiliza las experiencias de nuestra vida y la realidad de todo lo que sucede a fin de modelarnos para la misión que nos tiene señalada.

Por tanto hoy, cuando se cumplen 190 años de la fundación del Instituto, lo que celebramos es un envío más que un comienzo. No sólo damos testimonio de casi dos siglos de fidelidad y trabajo abnegado por parte de los hermanos y los seglares maristas, sino que también damos prueba de lo que Dios es capaz de hacer con algunas piedras toscas cuando decide que ha llegado la hora.

Recordemos que el Hermano Teófano fue Superior General de 1880 a 1903. Eso significa que tuvo que hacer frente a no pocas medidas hostiles a los institutos religiosos, dictadas por gobiernos influidos por la masonería. Eran semillas que ya estaban plantadas cuando él empezó su generalato, pero cuyo fin premeditado, la destrucción sectaria de la educación cristiana, salió a la superficie en el tiempo de paso de siglo. A pesar de ello, las congregaciones siguieron creciendo en número y fuerza hasta 1903, año en que se tomó la decisión de exterminarlas de una vez por todas.

El evangelio que hemos escuchado tiene relación con el aniversario que celebramos hoy, así como con la vida de este hermano extraordinario, Teófano Durant, que dirigió nuestro Instituto durante uno de los períodos más difíciles de su historia. Juan el Bautista era un hombre que sabía muy bien cuál era su misión. El hijo de Zacarías e Isabel lo expresa con claridad cuando dice a los que se le acercan que él no es el Mesías sino uno que está para ayudarles a reconocerlo en medio de la gente. Y eso es lo que hizo, con la palabra y con los hechos.

Las palabras de Juan y los hechos de su vida nos recuerdan que ninguno de nosotros puede alardear de anunciar la Buena Noticia de Jesús si primero no cumple con una tarea importante por su parte. Porque si queremos dar a conocer a Jesucristo y hacerlo amar sobre todo entre los niños y jóvenes pobres, nuestras vidas y todo lo que hacemos y decimos deben testimoniar de modo radical aquello a lo que nos comprometimos cuando emprendimos el camino de la vida religiosa.

No nos engañemos en esto. Las circunstancias en que vivía Juan el Bautista no eran las mejores que cabría esperar. La comunidad judía de Palestina estaba bajo la opresión en aquel momento de la historia, y vivía en el temor y la intimidación. Pero había uno que asustaba a los poderosos. Aquel hombre formaba parte del pequeño resto de que hablaban los profetas.

El resto eran los fieles, los anawim, los que no representaban nada en los escenarios del poder, los que no tenían relieve en la vida. Ellos daban un testimonio inequívoco de que los designios de Dios no son los nuestros. Porque fue en medio de ellos donde nació Juan y donde nació Jesús, el Mesías largamente esperado. Ellos le reconocieron como el siervo sufriente que era porque no esperaban que llegara como rey conquistador.

Juan predicó la penitencia, la renovación, el sacrificio, el cambio del corazón. Éstos no son conceptos muy populares en muchos sectores de nuestro mundo de hoy, pero es necesario que se manifiesten claramente en nosotros si queremos renovar el modo de vida al que hemos sido llamados.

Durante la crisis de 1903, hubo 118 hermanos profesos y un número aún mayor de hermanos jóvenes que abandonaron el Instituto. ¿De qué manera hizo frente a esta crisis el Hermano Teófano? Lo primero de todo, dando pasos para fortalecer el espíritu religioso del grupo y de los que en él se quedaron. Para ello tomó decisiones valientes. Estableció lo que actualmente conocemos como “segundo noviciado” y dio a los hermanos la posibilidad de hacer los Ejercicios de San Ignacio, cada año con mayor número de participantes. Se negó en todo momento a retirar la enseñanza de la religión que se impartía en los colegios hasta que le llegó la orden oficial de hacerlo. Constantemente se empeñó en mantener el catecismo incluso en las escuelas que habían sido despojadas de su carácter religioso.

Conocemos bien la historia de los 900 hermanos que salieron de Francia en 1903, más otros que lo hicieron en años sucesivos, y que extendieron el Instituto por el mundo entero. No nos han contado tantas cosas de los que se quedaron en Francia. Éstos eran tan valientes y audaces como los que se fueron en busca de nuevas tierras, y siempre se negaron a colaborar en el desmantelamiento de la obra de la evangelización. En medio de ellos, el Hermano Teófano dirigía el rumbo de la nave con determinación, fuerza, creatividad y, por encima de todo, con la fe puesta en Dios.

En el día de hoy, al conmemorar los 190 años de historia del Instituto de Marcelino, recordemos el sueño de aquel cura de aldea y padre marista que fue nuestro fundador. Él empezó pobremente pero tenía mucho en su haber: su fe, su relación con María, su convicción de que correspondía a Dios y a ella, no a él, asegurar que la Buena Noticia fuese predicada a los jóvenes que tenían necesidad desesperada de oírla. Recemos para que se nos otorgue el espíritu de Marcelino, la fe y disposición al sacrificio que caracterizaron la vida de Juan el Bautista, y también la creatividad, decisión e intrepidez de Teófano Durant, aquel joven seminarista que tuvo que elegir su ruta en un cruce de caminos de la vida. Dios le mostró con claridad lo que tenía destinado para él. Pidamos que se nos conceda a nosotros la misma gracia.

Amén.

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