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Boletín marista - Número 295

 

Una identidad más clara para el laicado marista - Seán D. Sammon, Superior general
17/05/2007

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La expresión “laico marista” o “seglar marista” es nueva en nuestro vocabulario, pero la realidad del laicado comprometido es algo que ha estado entre nosotros desde los tiempos del Padre Champagnat. Lamentablemente, nos ha costado bastante a todos reconocer el fenómeno. Lo mismo que le ha costado a la Iglesia dar nombre y definición a los hombres y mujeres que siguen la vida religiosa, la vida matrimonial o la vida célibe, trabajando y orando juntos unidos por un ideal y un carisma común.
Dejadme que os cuente una historia. Edward Sorin era un sacerdote miembro de la Congregación de la Santa Cruz. Él fue el fundador de una universidad de Estados Unidos conocida como Notre Dame. El centro, famoso hoy sobre todo por su selección de fútbol, debe sus comienzos a la perseverancia, los ingentes esfuerzos y el trabajo físico de Sorin y sus compañeros, que emigraron de Francia llevando en la mente el sueño de levantar una gran universidad en honor de la Bienaventurada Virgen María. Llevaron a cabo su tarea sin tardanza y el centro empezó a florecer.
Pero cierto día infausto, el 23 de abril de 1879 por la mañana, se desató allí un incendio devorador. En pocas horas el edificio principal de la universidad había quedado reducido a cenizas. En aquellos momentos muchos pensaron que las llamas habían consumido no sólo el trabajo material sino también el sueño de Sorin y sus cohermanos.
Pues no fue así. Después de inspeccionar las ruinas y de escuchar los sentimientos de la comunidad universitaria ante la devastación, el veterano sacerdote, de 65 años de edad, invitó a todos a entrar en la capilla, y allí les dirigió la palabra: “Cuando vine aquí, yo era un hombre joven que llegaba a esta tierra con el anhelo de edificar una gran universidad en honor de Nuestra Señora. Pero la hice demasiado pequeña, y Ella ha hecho que ardiera completamente para recordármelo. Así que mañana, en cuanto se hayan enfriado los ladrillos calcinados, la levantaremos de nuevo, más grande y más esplendorosa que nunca.”
¿Quién sino el Espíritu Santo podía ser el inspirador de aquellas palabras y de los hechos que siguieron? A la mañana siguiente, trescientos trabajadores se unieron a Sorin, y se afanaron dieciséis horas diarias, de tal manera que el edificio estaba enteramente reconstruido para la apertura del curso siguiente.
Si el Espíritu Santo se mostró activo en el campus de la Universidad de Notre Dame en aquella primavera de 1879, seguro que también tuvo que ver con los cambios que se produjeron tras el Concilio Vaticano II.

¿Dónde estaba el laicado antes del Concilio?
Desde la Alta Edad Media hasta el Concilio Vaticano II, la mayoría de los fieles aceptaba como cosa natural la escala jerárquica de los tres niveles dentro de la Iglesia, a saber, el estado sacerdotal, el estado religioso y el estado laical. Los que pasamos ya de los cincuenta años, nos acordamos muy bien de los tiempos en que nos enseñaban que el sacerdocio era la “llamada más sublime” en materia de vocación. Después venía la vida consagrada. Comúnmente se admitía que sólo los miembros de las órdenes religiosas, con sus votos, podían alcanzar la perfección espiritual. El estado laical, lamentablemente, se quedaba en un modesto tercer lugar. Muchos seglares, hombres y mujeres, que no habían sido llamados ni al sacerdocio ni a la vida religiosa, se sentían como ciudadanos de segunda categoría dentro de su propia Iglesia.
El Vaticano II echó por tierra este modelo de los tres niveles. Los padres conciliares hicieron esta declaración sobre la vida consagrada: “Este estado, si se atiende a la constitución divina y jerárquica de la Iglesia, no es intermedio entre el de los clérigos y el de los laicos, sino que de uno y otro algunos cristianos son llamados por Dios para poseer un don particular en la vida de la Iglesia”.
Mirando hacia atrás, nos damos cuenta de que, efectivamente, los que participaron en el Concilio afrontaron con decisión la tarea urgente y necesaria de redefinir el verdadero lugar del laicado dentro de la comunidad eclesial. En cambio, no fueron tan afortunados en sus esfuerzos por describir claramente la naturaleza y finalidad de la vida consagrada. El decreto Perfectae Caritatis, que nació de una manera difícil y complicada, se quedó muy corto a la hora de brindar a los religiosos el vigoroso empuje teológico que la Lumen Gentium había dado a los laicos.
Más recientemente, en la exhortación apostólica Vita Consecrata, Juan Pablo II manifestó que cada uno de los estados fundamentales que hay dentro de la Iglesia expresa uno u otro aspecto del misterio de Cristo. Por ejemplo, los laicos asumen el compromiso de asegurar que el mensaje evangélico sea proclamado en la esfera temporal.
Por su parte la vida religiosa, llamada a adoptar el propio estilo de vida de Jesús, tiene, en palabras del Papa, la responsabilidad de testimoniar la santidad del Pueblo de Dios. Ha de proclamar y, en cierto modo anticipar, una edad futura, en la cual el Reino de Dios llegará a su cumplimiento final. Es una expresión más completa de la misión de la Iglesia, a saber, la santificación de la humanidad. Así que, como hemos dicho, los padres conciliares sólo reflejaron dos estados de vida dentro de la estructura de la Iglesia, el sacerdocio y el laicado. Pero la exhortación Vita Consecrata, a pesar de sus limitaciones, volvió a recordar que son tres los que se dan dentro de la comunidad eclesial: el laicado, el sacerdocio y la vida religiosa. A raíz de ese documento, la vida consagrada recuperó su lugar en la Iglesia y encontró de nuevo las herramientas necesarias para comenzar a repensarse a sí misma de cara al nuevo milenio.

Un momento definitorio
El Concilio Vaticano II fue, por tanto, un momento determinante para el laicado católico al igual que para la vida religiosa. La proclamación de la llamada universal a la santidad que resonó en la asamblea estaba dirigida tanto a unos como a otros Por fin había una declaración expresa de que todos los cristianos están bautizados para una misión: la de proclamar el Reino de Dios y su inmanencia. Como resultado de las decisiones tomadas en el Concilio los laicos fueron moviéndose desde la posición de auxiliares a la de plenos asociados a la misión.


Laicado marista
El finado Juan Pablo II tenía la convicción de que la Iglesia de esta era acabaría siendo conocida como la Iglesia del laicado. Suponiendo que estaba en lo cierto, haremos muy bien en preguntarnos cómo podemos trabajar juntos los hermanos y los seglares para llevar mejor a cabo la misión del laicado en la Iglesia y el mundo de hoy.
El laicado marista no es sino una respuesta a esta pregunta. Reconocido más plenamente desde los años posteriores al Concilio, su fundamento descansa en la misión común y en la llamada profética que todos compartimos por el sacramento del bautismo. Pero esta vinculación va mucho más allá de la sola participación en el trabajo común; consiste en compartir la fe y el conjunto de valores comunes, centrados en el amor a Jesús y unidos en la experiencia colectiva de tener a Marcelino Champagnat que gana nuestros corazones y se adueña de nuestra imaginación.
Más aún, la estrecha asociación con los que comparten nuestra vida apostólica es una característica de la identidad marista, y damos así testimonio de que nuestra Iglesia puede tener una eclesiología de comunión. Ese testimonio es hoy más importante que nunca.
Con demasiada frecuencia en el pasado, las acciones de la Iglesia han reflejado una eclesiología basada en el poder y la categoría, verdadera antítesis de los principios evangélicos. Como hombres y mujeres que compartimos un carisma común, estamos llamados a testimoniar con nuestra vida y trabajo que las cosas pueden y deben ser distintas.
A nadie tiene que sorprenderle esto. Como antes he dicho, entre los muchos dones que nos vinieron de la mano del Concilio uno era la constatación de que el carisma del fundador pertenece a la Iglesia y no sólo a los hermanos. Por consiguiente, nuestros seglares hoy son un reto a la noción de que el carisma es un tesoro que pertenece sólo a los hermanos. Cada uno de los miembros del laicado marista tiene su historia personal que contar, ha recorrido su propio itinerario de fe, y cuenta con una experiencia única del fundador y de su espiritualidad.
Si hemos de escuchar esas historias, oír esos relatos de fe, y llegar a apreciar con más plenitud las muchas experiencias de Marcelino y su espiritualidad que se dan alrededor de nosotros, será bueno que compartamos lo que tenemos en común y respetemos las diferencias que hay entre un hermano de Marcelino y un marista seglar.

Diferencias
Hay quien se siente incómodo cuando se habla de distinciones y teme que la palabra “diferencia” pueda llegar a significar más de lo que parece a primera vista y que nos lleve a establecer comparaciones. Y mantienen esta postura no sólo al referirse a los que son o no son laicos asociados sino también cuando se alude a la diferencia entre la vocación de un seglar y la de un hermano.
Pero negarse a ver las diferencias donde realmente las hay, nos priva de la naturaleza única y complementaria de ambas vocaciones, la del hermano y la del laico marista, y mina nuestra capacidad de comprender con claridad la identidad de cada uno.
Las diferencias existen y se ven en la Iglesia en general. Por ejemplo, el Espíritu de Dios inspira una diversidad de vocaciones, carismas y apostolados. La distinción de funciones es propia del modelo orgánico de la Iglesia. San Pablo lo expresaba de esta manera: “El cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos”.
La diversidad también se da en la vida religiosa. Y sin embargo nadie sostiene que los institutos cuyos miembros se dedican a la enseñanza sean mejores que los que orientan su apostolado al cuidado de los enfermos. Lo mismo vale cuando nos referimos a institutos religiosos de origen antiguo o moderno, mendicantes, contemplativos, apostólicos, clericales, laicales, o mixtos.
Al discutir sobre las semejanzas y diferencias que hay entre los Hermanos de Marcelino y los seglares maristas, es preciso que acojamos no sólo lo que compartimos en común, sino también las cosas en que diferimos.

Corresponsabilidad
Para impulsar el laicado marista hoy tenemos que ser hermanos entre nosotros y con los que participan en nuestra misión. Lo cual nos lleva a escucharnos y aprender los unos de los otros, compartir nuestra herencia espiritual y apostólica, y fomentar la actitud de cooperación.
Por lo tanto, cuando hablamos de “nuestros” apostolados , nos estamos refiriendo a una estrecha vinculación entre los hermanos de Marcelino y el laicado marista. Ya es hora de que demos un paso adelante, y en lugar de a invitar a los seglares a que nos ayuden en la tarea lleguemos por fin a considerarlos verdaderos corresponsables de ella.
No son pocas las Provincias en las que, en estos últimos años, algunos laicos, tanto hombres como mujeres, han asumido puestos de responsabilidad en ese trabajo. Nosotros los hermanos estamos llamados a prestarles nuestro apoyo mediante una formación marista, con el testimonio de nuestra vida religiosa, y con el impulso de nuestros valores apostólicos. Al acompañar a los laicos para sigan más plenamente su llamada personal en la vida, seremos más conscientes de la gracia de nuestra propia vocación como hermanos.

Planificación futura
Cada vez en mayor medida, nuestros compañeros en la escuela y en otros campos, los ex alumnos, los que fueron miembros comprometidos del Instituto durante un tiempo junto con sus familias, los hombres y mujeres que pertenecen al Movimiento Champagnat de la Familia Marista, los voluntarios seglares, nuestros estudiantes, y otros muchos, están redescubriendo la espiritualidad de Marcelino. El hecho de que haya tantos que siguen encontrando en esa espiritualidad una fuente de inspiración, testifica su continua vitalidad y la fuerza que tiene para animar nuestros apostolados.
Hoy, sin embargo, podemos dar un paso más allá empezando a establecer redes entre los que llevan a cabo un apostolado marista. Ya se trate de la educación en un centro escolar, o el desarrollo de un plan de alfabetización entre marginados, o la labor con los niños de la calle, o la enseñanza del catecismo, o la participación en cualquier otra tarea marista, esa red proporcionaría a todos los que tienen esa vinculación un gran apoyo personal y espiritual.
La forma de estas redes maristas variará dependiendo de los lugares. Llegar a conseguir el modelo más adecuado exigirá amplia consulta, debate sincero y una cuidadosa toma de decisiones, pero estoy convencido de que la existencia de dicho modelo nos ayudará a contribuir con una peculiar aportación marista peculiarmente marista a la nueva evangelización de los jóvenes que ahora estamos emprendiendo.
Así que, pongámonos en pie y a caminar. No me imagino un tiempo mejor en la historia para vivir, ni una época más interesante en nuestra Iglesia que ésta. Tenemos que contemplar el mundo con la mirada de aquel sencillo cura de aldea y padre marista que fue nuestro Fundador. Mientras otros se preguntaban por qué las ideas innovadoras que ellos tenían no llegaban a realizarse, él en cambio soñaba y asumía todos los riesgos para llevar esos sueños a la vida.
Que Dios os bendiga a todos. Y que María y Marcelino sean vuestros compañeros ahora y siempre.

Encuentro con los laicos durante la
visita del Hno. Seán Sammon a la Provincia Norandina

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