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Boletín marista - Número 313

 

Mártir es aquel que no salva su vida a cualquier precio
25/10/2007

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Juan María Laboa Gallego (Pasajes de San Juan, Guipúzcoa, 1939), sacerdote diocesano, incardinado en la Diócesis de Madrid, es licenciado en Filosofía y en Teología y doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Gregoriana de Roma donde ha impartido clases durante doce años. Ha sido profesor durante quince años en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, profesor ordinario de la Universidad de Comillas durante treinta y cinco años y profesor invitado en diversas universidades europeas y americanas. Fundador y director de la revista “XX Siglos de Historia de la Iglesia”, entre sus libros cabe destacar “La larga marcha de la Iglesia” (1985), “Atlas histórico del cristianismo” (2000), “Historia de la Iglesia. Edad Contemporánea” (2002), “Atlas histórico del monacato” (2003) así como su colaboración en el libro Iglesia e intolerancias: La guerra civil con el capítulo “Motivos de la persecución”.
Mantenemos un diálogo con el P. Juan María en la sede de la Conferencia marista, en Madrid.


AMEstaún. La celebración de la beatificación de los hermanos Bernardo, asesinado en Barruelo de Santillán (Palencia) en 1934 y la del hermano Laurentino, Virgilio y otros 44 compañeros, asesinados en Barcelona, traen a la memoria los numerosos episodios de violencia que han marcado la historia del siglo XX. ¿Tiene alguna explicación la violencia institucionalizada en el siglo XX?
Juan María Laboa.
El siglo XX ha sido un siglo especialmente traumático por su violencia institucionalizada y por sus asesinatos masivos, indiscriminados o por sus asesinatos selectivos. Recordemos los más de un millón de muertos armenios, los innumerables muertos de la dictadura comunista en la URSS y en el terror estalinista, las dos guerras mundiales y el exterminio de judíos, los treinta millones de muertos en las carestías chinas de 1958 y 1962, las violencias de los regímenes autoritarios en América Latina y las guerras en África, la muerte de un tercio de la población china, los asesinatos en Yugoslavia y en Ruanda. Todos tenían una explicación, pero siempre la explicación era inaceptable.

La violencia que se vivió en España después de la 2ª República tuvo unos protagonistas destacados en los anticlericales. ¿Es el anticlericalismo una justificación de los errores de la Iglesia?
Desde la aparición de numerosos escritos de algunos ilustrados y desde la Revolución francesa, un anticlericalismo furibundo ha marcado buena parte de la política y de la cultura de los países europeos de origen latino que, a menudo, se ha entremezclado con el desarrollo de los movimientos sociales que han acompañado el proceso de la industrialización. No es razonable justificar indiscriminadamente este anticlericalismo con los posibles pecados de la Iglesia que, obviamente, los ha tenido. El anticlericalismo histórico ha sobrepasado en todos los sentidos estas causas aparentes.

¿Cuáles son las motivaciones de las actuaciones antirreligiosas en la España republicana?
En el siglo XX, la noche ha sido para el cristianismo muy larga y muy oscura. La persecución antirreligiosa no ha sido una cuestión política casual de un país o de unos políticos, sino un componente permanente de los países liberales y, de manera especial, de toda la política soviética en sus diversas versiones. Todos los cristianos han sido considerados enemigos por parte de los diversos regímenes comunistas.
Motivaciones antropológicas, ideológicas y simbólicas han nutrido el trasfondo de estas persecuciones. Para sus componentes, los clérigos y las comunidades religiosas debían desaparecer para dar paso a una sociedad nueva, sin alienación religiosa. Más allá de motivaciones histórico-políticas, que pueden discutirse, ha existido una motivación antirreligiosa específica e identificadora. Un dogma más o menos consciente, más o menos expreso, en cualquier caso operativo, consistía en que la religión debía ser erradicada de la sociedad.
En España tenemos el ejemplo de Alejandro Lerroux, quien, durante una época, tuvo tanto predicamento en algunos ambientes, exponente de un agresivo anticlericalismo radical: No hay nada sagrado en la tierra. El pueblo es esclavo de la Iglesia y hay que destruirla, fue su dogma mil veces repetido.
Los sucesos de Asturias mostraron el clima anticlerical existente, tanto en el campo social como en el político y cultural. No cabe duda de que las persecuciones de 1934 y 1936 se inscriben en el gran capítulo de la lucha contra la Iglesia. Atacaron una Iglesia cuya presencia deseaban erradicar.

Los hermanos maristas que murieron asesinados: Bernardo primero en Barruelo, Laurentino, Virgilio y otros 44 compañeros en Barcelona, ¿se puede decir que son mártires porque murieron por la fe?
Muchos de estos mártires no mueren directamente por la fe sino por las actitudes que han asumido como consecuencia de su fe, por la coherencia de vida mantenida en su apostolado. Su vida, generalmente, era sencilla, oculta y pasaba desapercibida, pero su solo estar constituía un recordatorio de una opción. Esto explica que se asesinara con igual rencor a pobre gente y desconocidos o a famosos predicadores. A beneméritos luchadores en favor de la justicia social como a cartujos.
Para algunos, a semejanza de cuanto sucedía en Rusia, los religiosos fueron percibidos como una amenaza que obstaculizaba el objetivo de conseguir el dominio ideológico del país.
En los mártires se combinan, con frecuencia, integridad interior y fragilidad, en el sentido de inseguridad interior. La Iglesia nunca ha aprobado la búsqueda del martirio y la heroicidad no exige una valentía llamativa. Se puede ser consecuente y ejemplar aun cuando el camino hacia la guillotina sea recorrido con temor y angustia. Llama la atención el que, a pesar de no pocos casos en los que se les ofreció la posibilidad de salvarse si se casaban o rompían el voto de castidad, no encontramos casos de abandono de sus ideales. A bastantes sacerdotes y religiosos y a algunos obispos se les dio la oportunidad de escapar, pero casi todos decidieron permanecer con el pueblo que les había sido confiado.

Muchos de los muertos lucharon por una causa humana justa o por valores no siempre entendidos por la ideología dominante. ¿Es el martirio una confrontación de ideas?
En el concepto de martirio entran las expresiones de solidaridad y la implicación en la causa humana, en defensa de valores tales como la justicia, el amor y la solidaridad, no siempre entendidos de la misma manera por las ideologías dominantes del momento. Resulta sugerente y clarificador el planteamiento del martirio como un intento de eliminar el cristianismo, en cuanto reserva de fe y de interpretación de la humanidad, no compartida, obviamente, por quien persigue. Estos martirios habría que integrarlos, también, en la lucha del siglo XX en defensa de los derechos humanos y de la libertad.

¿No son los mártires las víctimas de la historia que han elaborado otros, víctimas de las inconsecuencias y de los pecados de la Iglesia?
Es verdad que todos somos cómplices del mal existente en el mundo y, en este sentido, el martirio podría ser interpretado como juicio a una Iglesia. Se podría considerar, así, que los mártires son con frecuencia víctimas de la historia, historia que han elaborado otros con sus decisiones y sus palabras. Este es un tema bellísimo, pero que se quiebra si lo afrontamos con complejos, masoquismo o malabarismos. En efecto, a pesar de todos los intentos de racionalización, no existe justificación para crímenes cometidos contra personas que, en la inmensa mayoría de los casos, no solo no eran culpables de ninguna culpa sino que tampoco se habían mezclado en ninguna actividad política.

Los cristianos han aprendido de Jesús a perdonar. “Perdónales porque no saben lo que hacen”, dijo en la cruz. Muchos de los asesinos pertenecían a grupos incontrolados: ¿eran ignorantes?, ¿no sabían lo que hacían? ¿a quién hay que ofrecer el perdón?
Es verdad que muchos martirios han sido realizados por incontrolados, pero no se puede olvidar una prolongada y controlada campaña de publicidad negativa, de mitos y propaganda escandalosa, que acusaba a los religiosos de toda clase de culpas y crímenes falsos. El carácter absurdo de una publicidad prolongada y de unas acusaciones maliciosas en los momentos más dramáticos, no impidió que fuesen creídos. El odio demostrado en muchos asesinatos solo puede explicarse por una gran incultura y por un bombardeo de propaganda negativa. Los folletos anticlericales prerrevolucionarios y los existentes durante la revolución francesa, con enorme éxito en aquellos sucesos, permiten explicarnos lo sucedido a lo largo de los siglos XIX y XX.

Tradicionalmente la Iglesia ha dado el apelativo de “mártir” al que muere por la fe. ¿No es una osadía y un martirio vivir la fe en medio de un mundo con fuerte oposición, desprecio o marginación de la fe? ¿Cuál es hoy el sentido de un mártir para la Iglesia?
Mártir es también quien perece en su lucha activa para que se afirmen las exigencias de sus convicciones cristianas, escribió Rahner, convicciones que se contraponen con algunas de las ideologías dominantes en la época contemporánea. El martirio de la época contemporánea ha ampliado sus motivaciones y sus características y, naturalmente, no puede ser comprendido sin los exponentes ilustrados o culturales del XIX o sin la propaganda anarquista o socialista.
A lo largo del siglo, encontramos una interminable lista de sacerdotes, religiosos y religiosas asesinados por su defensa de los más pobres, marginados y abandonados. Son los mártires de la caridad, de aquellos que han mantenido una vida coherente con su vocación, los mártires de la injusticia de una situación establecida que no puede soportar que se pongan límites a su impunidad; los mártires por su fidelidad a una Iglesia que mantiene unos valores contradictorios con quienes dominan un país o una región en un momento determinado.
Mártir es aquel que no salva a cualquier precio su vida. Es alguien que cree y espera, que anuncia el Evangelio y ama a la Iglesia, y continúa su trabajo y su testimonio, incluso con peligro de su vida, porque se sobrepone al temor. Se trata de creyentes que no renuncian a creer y a vivir su fe, incluso en circunstancias de incomprensión y de rechazo. Muchos hubieran salvado su vida si hubieran renunciado a su fe o a trabajar en los campos educativos o caritativos de la Iglesia. El modo con el que vivían su fe y su vocación cristiana, con el que generosamente trabajaban por el bien común, ayuda a comprender su aceptación del martirio, no porque lo buscasen sino porque era coherente con su forma habitual de vida. Han sido perseverantes en su vocación hasta la muerte.

Desde su punto de vista, ¿de qué manera las beatificaciones de nuestros hermanos pudieran convertirse en un estímulo para los maristas de todo el mundo?
En nuestros días, la mentalidad dominante en un mundo cómodo y aburguesado, que abarca los creyentes, se inquieta con las últimas consecuencias de la fidelidad al amor, a una doctrina y a unos ideales. Estamos acostumbrados al café sin cafeína, al dulce sin azúcar, a la cerveza sin alcohol, etc. El martirio nos introduce de golpe en el ámbito de la coherencia personal, en el de las consecuencias del amor y la generosidad, en el de las exigencias de la propia vocación. El martirio nos replantea con crudeza el misterio de la cruz, y no hay cruz ni martirio sin amor. Para cualquiera de nosotros, la entrega de la propia vida constituye un aldabonazo y una interpelación.

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