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Boletín marista - Número 314

 

El regalo de la vida - Beatificación de 47 hermanos mártires en España
29/10/2007

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Mensaje del H. Seán D. Sammon, superior general de los Hermanos Maristas, durante la celebración marista en el santuario de la “Madonna del Divino Amore”, Roma.

El día 20 de septiembre de 1936, un joven que se llamaba Julio García Galarza fue arrestado y conducido a una prisión de Barcelona. Julio, natural de Burgos, una provincia de España, tenía entonces 27 años. Aquel mismo día, junto con él, fueron puestos bajo custodia otros dos hombres: Santiago María Sáiz, de 23 años, y Félix León Ayúcar, de 24. Por muy terrible que fuera para ellos el encarcelamiento, probablemente ninguno de los tres se imaginaba que dos semanas más tarde les habría llegado la muerte.
Tener 27 años tiene su encanto, lo mismo que 23 ó 24. A esas edades uno siente que le queda todavía una gran parte de la vida por delante. De ese modo, rebosando de tiempo y energías, vamos danzando de una cosa que nos interesa a otra, luchamos por hacernos un hueco en este mundo, y nos preguntamos por el papel que juega la fe en todo lo que acontece. Pero ése no era el caso de aquellos hombres. Ellos, como los jóvenes de su edad, llevaban consigo los gozos y las cargas que se viven en la veintena. Pero como eran también hombres íntegros, les había sido reservada la grandeza. No de una manera pasiva, sino por la libre aceptación de lo que sus creencias y acciones traerían en consecuencia. Jesucristo significaba para ellos más que su propia vida.
Pero no nos pongamos ahora románticos con la cuestión del martirio, porque el precio que éste exige es la vida, y ninguno de nosotros anda buscando la muerte. Cuando Tomás Moro, Lord Canciller de Inglaterra, noble y santo, fue encarcelado en la Torre de Londres por haberse negado a prestar el juramento de supremacía del rey sobre el Papa, como le exigía Enrique VIII, él trató de resolver su situación por todos los medios legales posibles. Pero cuando hubo agotado todas las vías, se mantuvo firme y dispuesto a dar su vida por aquello en lo que creía. Los mártires, puestos en la tesitura de tener que elegir entre la defensa de su fe y la vida, siempre consideraron de menos valor la segunda.
Recordemos también que los hombres cuya vida y sacrificio estamos honrando en este fin de semana, eran personas sencillas y corrientes, semejantes a nosotros. Por ejemplo, Santos Escudero era hijo de labradores, y Juan de Mata venía de una familia de molineros. Santos ingresó en el juniorado a la edad de 12 años, en tanto que Juan era lo que entonces se llamaba una vocación tardía, ya que entró en el noviciado de Les Avellanes con 27 años cumplidos.
El más joven de nuestros mártires fue Carlos Rafael Brengaret, de 19 años. Este hermano siempre se distinguió por su optimismo y candor. El más veterano del grupo, Epifanio Suñer, tenía 62 años. Epifanio tuvo, desde el principio, el presentimiento de que algo fatal acabaría sucediendo a todos los que subieron al barco Cabo San Agustín, aquel 7 de octubre de 1936. Él era un hombre de reconocida valía como profesor, y había ocupado puestos de responsabilidad en varias comunidades y colegios. En el momento de su muerte era consejero provincial.
Ciertamente, estos hermanos eran personas sencillas y corrientes, pero acertaron a vivir los acontecimientos ordinarios de manera extraordinaria. Y pudieron conseguirlo porque tenían un gran amor a Dios. Al igual que su fundador, Marcelino Champagnat, habían llegado a comprender que Jesús debía ser el centro de toda vida bien orientada, y que la pasión por Él y la Buena Noticia eran las características esenciales del estilo de vida que habían elegido.
Lo mismo que el pastor luterano Dietrich Bonhoeffer, de quien muchos afirman que murió como un verdadero mártir en la segunda guerra mundial, estos hermanos nuestros fueron hombres que sentían a Dios cercano y real. El hermano Diógenes, Superior General en aquella época, diría más tarde: “Cuando Dios les pidió sus vidas, ellos se la dieron con plena conciencia y humildad”.
Mientras leía el relato de las últimas horas vividas por el mártir más joven, Carlos Rafael, no pude por menos de pensar en Bonhoeffer, en sus momentos finales. El 8 de abril de 1945, domingo, cuando el pastor terminaba su servicio religioso en la cárcel donde estaba preso, la puerta del barracón se abrió bruscamente y entraron dos hombres de paisano. Éstos le ordenaron: “¡Recluso Bonhoeffer, venga con nosotros!”. Todos los que estaban allí sabían que aquellas palabras sólo tenían un significado, la horca. Por eso se despidieron de él; pero antes de abandonar el lugar, Bonhoeffer tomó a uno de los presentes aparte y le dijo: “Esto parece el final, pero para mí es el comienzo de la vida”. Fue ahorcado al día siguiente.
Carlos Rafael, el benjamín del grupo, al ver que los que salían de la cárcel de San Elías ya no regresaban, se dio cuenta del destino que les esperaba, a él y a los demás hermanos. Con este pensamiento en la mente y la inocencia de sus 19 años, se volvió hacia su vecino y le comentó: “Nosotros también vamos a morir como mártires, y así iremos al cielo. ¡Qué dicha!”.
Pero ¿cuál es la lección que sacamos nosotros hoy de la vida y la muerte de estos hermanos? Tenemos, sí, la certeza de que ellos ya han ocupado su lugar en la comunión de los santos, y que forman parte de la larga lista de mártires de España, incluyendo los hermanos que murieron en Bugobe. Pero, ¿qué es lo que nos están enseñando con su vida y con su muerte? Varias lecciones. La primera; nuestros hermanos eran educadores docentes, en el pleno sentido de la palabra. Enseñaban con el ejemplo de sus vidas. Siguiendo a nuestro fundador, ellos se habían dedicado con todo su corazón a dar a conocer a Jesucristo y hacerlo amar entre los niños y jóvenes pobres. Al igual que todos los mártires, estos hombres se habían tomado en serio el evangelio.
En segundo lugar; a través de su vida y de su muerte, ellos nos enseñan el valor de la reconciliación, ya que, para ser mártires, primero tenían que perdonar a los que les iban a quitar la vida. Todas las guerras son crueles, y las guerras civiles más que ninguna. Porque vuelven al padre contra el hijo, a la madre contra la hija, al hermano contra el hermano. En el tiempo de post-guerra, la tarea de la reconciliación puede resultar tan dolorosa como la propia contienda.
En todas las naciones sucede que las heridas que deja una guerra nunca cicatrizan solas. El perdón es el único remedio posible. Porque el perdón lleva a la curación, la curación trae la reconciliación, y la reconciliación hace florecer nueva vida. Si algo tenemos que aprender de la vida y muerte de estos hombres cuyo testimonio celebramos hoy, es la lección del perdón, de la curación y la reconciliación, aplicándola a nuestras propias vidas.
Los mártires son peligrosos. No por sus creencias, porque también los demás tenemos creencias. Sino porque están dispuestos a pasar a la acción a causa de sus creencias. Todos ellos sabían muy bien que el evangelio no significa gran cosa si no se hace visible en las palabras y obras de los que lo consideran como suyo.
A menudo hablamos del siglo XX como de una era de extraordinarios progresos en la ciencia y la tecnología. Sin embargo, visto a través del prisma de la historia, también habrá que calificarlo como un período de grandes matanzas y de exterminio masivo de pueblos, sólo por ser lo que eran o por aquello en lo que creían. Los hermanos que murieron en España en 1934 y 1936 serán contados entre aquellos que dieron sus vidas por una causa más importante que la vida misma: la de nuestro Señor Jesucristo. No podemos sino admirarlos, y, mejor aún, imitarlos.
La vida es un regalo precioso. Sólo tenemos una, que se compone de un número limitado de años. Y así como la vida se nos da gratuitamente para hacer de ella lo que queramos, la duración de sus días ya no nos toca a nosotros determinarla. Algunos la pierden tempranamente, debido a un accidente o una enfermedad mortal. Y entonces todo lo que la vida prometía se queda sin realizar.
Otros viven muchos años más de lo que esperaban en principio, y son testigos de los notables cambios, innovaciones y avances que se producen en la sociedad. Pero en todas las generaciones hay unos pocos que alcanzan la grandeza, al entregar libremente sus vidas. Al tener en más estima a Dios que a la propia vida, dejan tras de sí una herencia que sobrepasa los siglos. El 6 de octubre de 1934, Plácido Fàbrega Julià, más conocido como hermano Bernardo, pasó a ocupar su puesto entre aquellos elegidos. Dos años más tarde, Mariano Alfonso Fuente, más recordado con el nombre de Laurentino, y otros 45 hermanos, hicieron lo mismo. Demos alabanzas al Señor por las vidas y el testimonio de todos ellos: Beato Bernardo, Beato Laurentino, Beato Carlos Rafael, Beato José Federico, Beato Ramón Alberto, Beato Juan Crisóstomo, Beato Gabriel Eduardo, Beato Santiago María, Beato Félix León, Beato Alberto María, Beato Ismael, Beato Frumencio, Beato Vulfrano, Beato José Carmelo, Beato Hermógenes, Beato Victorino José, Beato Vivencio, Beato Santos, Beato Gil Felipe, Beato Dionisio Martín, Beato Martiniano, Beato Lino Fernando, Beato Miguel Ireneo, Beato Porfirio, Beato Isaías María, Beato Ángel Andrés, Beato Jaime Ramón, Beato Juan de Mata, Beato Víctor Conrado, Beato Fortunato Andrés, Beato Santiago, Beato Licarión, Beato Gaudencio, Beato Vito José, Beato Virgilio, Beato Felipe José, Beato Antolín, Beato Teódulo, Beato Laureano Carlos, Beato Prisciliano, Beato Baudilio, Beato Leopoldo José, Beato Salvio, Beato Leónides, Beato Anselmo, Beato Bernabé, y Beato Epifanio. Ruega por nosotros. Amén.

H. Seán D. Sammon
27 de octubre de 2007

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