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Boletín marista - Número 322

 

Navidad 2007 - Hno. Seán D. Sammon, Superior general
27/12/2007

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Quedan ya pocos días para que demos comienzo al octavo año del tercer milenio. Hace casi una década, celebrábamos el amanecer de esta franja milenaria de la historia en medio de grandes fastos y albergando muchas esperanzas. Si volvemos ahora la vista atrás y analizamos estos años pasados, es posible que nos preguntemos: ¿Está en estos momentos la humanidad mejor de lo que estaba en enero del año 2000?

Tendremos que reconocer, con harto dolor, que no hay datos suficientes para responder con un “sí” clamoroso. Las guerras asolan muchos puntos del planeta, los genocidios se suceden a la luz del día sin solución aparente. Si damos un repaso a las naciones, vemos que aquéllas que poseen medios amasan la gran parte de la riqueza, en tanto que las pobres tienen que resignarse a vivir con bastante menos. Pero lo más escandaloso de todo es la animadversión, cada vez mayor, que se está produciendo entre pueblos que profesan distinta fe, el tráfico humano que alcanza unas cotas de increíble violencia, la lacerante explotación de los menores.

¿Cómo podemos encontrarle sentido a la fiesta de Navidad, en un mundo que parece estar sembrado de tantos males? Cuando celebramos la encarnación de Jesucristo, el Hijo de Dios, ¿cambian realmente las cosas, o sencillamente se trata de una distracción agradable en medio de los trabajos de la vida, un paréntesis para acordar un alto el fuego durante un breve lapso de tiempo, un envío recíproco de buenos deseos que no pasan de la superficie, y una ocasión de hacer negocio para no perder la costumbre?

Permitidme que diga dos cosas. Primera; la entrada del Hijo del Hombre en la historia merece una respuesta mejor que un sentimentalismo difuso. Después de la crucifixión, el nacimiento de Jesús, tal como viene narrado en el evangelio de Lucas, es el relato más ampliamente divulgado en la cristiandad. Conocemos perfectamente sus detalles, tantas veces leídos y escuchados. Miriam de Nazaret da a luz a su unigénito en un establo de Belén, y lo acuesta en un pesebre, mientras los ángeles entonan un cántico de gloria, anunciando que este niño es el Salvador esperado desde el principio de los tiempos, Cristo el Señor. Los pastores vienen a verlo, y se marchan del lugar maravillados, alabando a Dios.

Sin embargo, al contar la historia del nacimiento de Jesús, Lucas hace una descripción notablemente aséptica, desposeída de sangre, resumiendo la experiencia del alumbramiento del niño con estas escuetas palabras: “y dio a luz”. Lo cierto es que todo nacimiento, siendo como es un motivo de íntimo gozo, viene acompañado de pasión y sufrimiento. María había estado entretejiendo este hijo suyo en su vientre durante nueve largos meses. Cuando llegó la hora de traerlo al mundo, no podía estar ajena a la posibilidad de que hubiera muerte en el momento de dar a luz, una realidad bastante corriente en el antiguo Israel. Hubo sangre verdadera en el alumbramiento de Jesús, sangre derramada por una pobre mujer campesina que se encontraba lejos de casa y afrontaba un parto por primera vez.

En segundo lugar, el relato del nacimiento de Jesús nos recuerda que Dios es el que toma la iniciativa en toda relación. Es Él quien nos sorprende con su presencia. Eso es lo que sucedió con la venida de Jesús. Desde los orígenes de la humanidad, Dios había estado intentando atraer nuestra atención. El ejemplo más revelador de ello fue mandar a su Hijo a la tierra. Y el mundo ¿cómo le recibió? De la misma manera en que seguimos recibiendo a Dios en nuestras vidas hoy. Con indiferencia, con pocas intenciones de cambiar, mostrándonos reacios a saber cuál es su voluntad y cuáles son sus caminos. Sí, desde la creación del hombre, Dios se ha acercado a nosotros una y otra vez. En cambio nosotros, con mucha frecuencia, hemos estado distraídos, demasiado ocupados en otras cosas para darnos cuenta.

Hay una historia encantadora que se cuenta sobre san Agustín, cuando éste andaba tratando de entender el misterio de la Trinidad. Un día, fatigado tras largas horas de reflexión y estudio, decidió salir a dar una vuelta por la playa para despejar la cabeza. Cuando estaba paseando se encontró con un niño que, con paciencia infinita, derramaba agua en un agujero hecho en la arena. El niño recogía el agua del mar, formando una cavidad con las manos, y vaciaba el contenido en el pequeño pozo que había excavado.

El santo observaba cómo el niño repetía este movimiento constantemente. Finalmente se acercó a él y le preguntó qué estaba haciendo. “Estoy echando aquí el agua del océano”, le contestó el niño. “Pero eso es imposible”, le dijo Agustín, “nunca podrás meter el océano en ese agujero”. “Tampoco tú podrás abarcar el misterio de la Trinidad dentro de tu mente”, respondió el niño. Agustín pensó que había estado hablando con un ángel.

Dejando a un lado si se trataba de un ángel o no, esta piadosa leyenda encierra un mensaje para nosotros hoy. Marcelino Champagnat decía, a menudo, que hacerse hermano era comprometerse a hacerse santo. Es una invitación que actualmente va dirigida también a los seglares maristas. Pero si queremos llegar a ser santos, tendremos que empezar a prestar atención a Dios, en todos los modos en que se nos hace presente. Los caminos de Dios no son los nuestros, eso es lo que el niño del relato estaba dando a entender al santo a la orilla del mar. Ése era el dilema de Agustín cuando trataba de comprender el misterio trinitario, y es el reto que se nos plantea a nosotros al celebrar la fiesta de la Navidad, en este mundo tan convulso en que vivimos.

Por tanto, si hemos de pedir algún regalo en esta Navidad, recemos para que se nos conceda un cambio de corazón. Sí, pidamos una apertura de corazón suficiente para que sepamos acoger con sencillez la palabra de Dios, como María, sin exigir la respuesta a nuestras preguntas desde el primer momento. Pidamos que nuestros corazones, como el de Ella, sean fecundos, apasionados, ardientes, llenos de amor a Jesús y su Buena Noticia. De esa manera, podremos celebrar las futuras Navidades de este milenio en un mundo más acorde con lo que Dios tenía pensado para nosotros desde el principio de los tiempos.

¡Feliz Navidad!

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