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Boletín marista - Número 332

 

Los Antiguos Alumnos Maristas: Una palabra sobre nuestros orígenes (Blog marista – H. Pau Fornells)
13/03/2008

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La Asociación de Antiguos Alumnos Maristas (ADEMAR) de Málaga, ciudad del sur de España cuya presencia marista pertenece a la provincia Mediterránea, ha publicado un pequeño documento, muy sugerente, que han querido entregar al H. Seán Sammon, en su reciente visita a dicha provincia. Aquí transcribo inicialmente sólo una parte de este escrito. El tema de los Antiguos Alumnos Maristas ha sido un tema que casi no hemos tratado en este blog. Para mí, que soy antiguo alumno del colegio La Inmaculada de Girona (Catalunya – Provincia de L’Hermitage), es un tema muy querido. En mis visitas a las diferentes provincias del Instituto, me ha sorprendido positivamente encontrar algunas Asociaciones de Antiguos Alumnos muy activas y que luchan también por encontrar “nuevos caminos” para desarrollar el don que un día recibieron al pasar por las aulas maristas. Dejo abierta, pues, una reflexión conjunta sobre el presente y el futuro de las Asociaciones de Antiguos Alumnos.

Algunos dicen que aquellos eran… “otros tiempos”.

Los Hermanos Maristas que conocimos los antiguos alumnos que rondamos los 50, eran hombres normales, generalmente de origen rural, hijos de familias numerosas con escasos recursos. Sin embargo, estaban dotados de un carisma singular y atractivo.

La mayoría de ellos había recibido la formación básica necesaria para dedicarse a la enseñanza. Los más jóvenes estaban cursando el Bachiller Eclesiástico, algunos tenían el título de Magisterio y muy pocos eran Licenciados. A nosotros, todos nos parecían “sabios”.

Con unos recursos muy limitados, unos libros de texto “enciclopédicos” y una pedagogía diferente a la que se empleaba en otros centros educativos, iban, a golpe de “chasca”, forjando nuestro intelecto.

Sus vidas eran humildes y no disponían de muchas comodidades. Su atuendo: sotana y cruz al pecho. Siempre puntuales a la hora de la clase. Sobrios pero cariñosos; estrictos pero comprensivos. Su presencia entre nosotros en los patios, y a la entrada y la salida de clase, era constante.

Eran hombres de fe. Se notaba. Vivían en comunidad y trabajaban con un mismo estilo. Más adelante supimos que era ahí, en la vida comunitaria, en la oración y en el apostolado, de donde sacaban toda su fuerza. En sus vidas se notaba la experiencia del amor y la fidelidad de Dios y la confianza en la protección maternal de María.

Algunos de ellos, años atrás, habían sido perseguidos por su fe y tenían hermanos o amigos que habían sido martirizados; pero, pese al estigma del dolor, nos enseñaron que aquellas “flores de martirio” eran germen de nuevas vocaciones, que la fe, cuando es inquebrantable, mueve montañas.

Esos hombres nos enseñaron a sacar lo mejor de nosotros mismos, a trabajar con espíritu de superación, a disfrutar del deporte, a hacer amigos… Y también nos enseñaron a rezar, a amar a Jesús y a María, nos ayudaron a preparar nuestra Primera Comunión, nos hablaban del entonces Beato Marcelino y nos inculcaron que María, a la que hoy llamamos Buena Madre, era nuestro “recurso ordinario”.

Nos enseñaron a ser caritativos con los más necesitados, a colaborar con el DOMUND o la Infancia Misionera; nos invitaban a acompañarles en las catequesis que, por las tardes, una vez a la semana, impartían en zonas marginales de la ciudad. En Navidad, preparaban con entusiasmo la Campaña de Caridad para “despertar nuestra generosidad, dentro y fuera del ámbito colegial”.

Con el paso de los años, algunos profesores seglares se iban incorporando a la plantilla del centro. Al principio nos parecía raro, pero pronto comprendimos que Hermanos y profesores compartían una misma misión.

Dotados de un ánimo excepcional y con una vocación que nos parecía “heroica”, esos educadores, hermanos y seglares, hicieron de nosotros hombres —y algunos años más tarde, mujeres— al estilo Marista: Buenos cristianos y honrados ciudadanos.
Cuando miramos a nuestros orígenes no albergamos duda alguna: los antiguos alumnos somos fruto de la constancia, la generosidad y el trabajo bien hecho. Somos fruto del ejemplo de nuestros educadores, de su entrega y su presencia.

Somos fruto de la labor evangelizadora de unos Hermanos que nos enseñaron que Jesús y María nos quieren y nos enseñaron a quererlos. Y también somos fruto de unos maravillosos años llenos de experiencias compartidas, de juegos, de anécdotas inolvidables y de amistades que aún continúan.

Una constante durante aquellos años era la presencia de los antiguos alumnos en la vida del colegio. Unas veces era porque en tu clase había compañeros cuyos padres o hermanos eran antiguos alumnos; otras, porque, de vez en cuando, aparecía por el colegio algún antiguo alumno al que los Hermanos y profesores saludaban con especial cariño.

También la revista colegial nos recordaba con cada número que existía una Asociación de Antiguos Alumnos. Nosotros leíamos, con cierta envidia, las maravillosas actividades que organizaban y las fotos de los encuentros de las promociones, y soñábamos con llegar pronto a Bachillerato para que algún antiguo alumno nos diera una conferencia que nos ayudara a planificar bien nuestro futuro. También había, en casi todas las clases, algún compañero cuya familia recibía una beca de la Asociación, gracias a la cual sus hijos podían estudiar en el colegio.

Si la presencia de los Hermanos y profesores entre nosotros era un rasgo distintivo de nuestro colegio, no lo era menos la de los antiguos alumnos.

Los alumnos sabíamos perfectamente que los Hermanos tenían una vocación a la vida consagrada y que la mayoría de los profesores seglares trabajaban en el colegio por su vocación de educadores, pero… ¿Y los antiguos alumnos? ¿Qué les movía a estar ahí? ¿Por qué dotaban becas? ¿Por qué daban charlas? ¿Por qué —como hemos sabido años después— ayudaban económicamente a la Comunidad y al colegio? ¿Por qué ofrecían altruistamente sus servicios?

Sólo hay una respuesta: la gratitud.

Cuando los antiguos alumnos maristas fundaron ADEMAR (Asociación de Ex Alumnos Maristas), lo hicieron movidos sólo por su gratitud. Querían, de alguna manera, devolver gratis, lo que gratis habían recibido.

Tras contemplar nuestros orígenes y valorar la riqueza de las personas y las experiencias que nos han forjado, cuando desde nuestra condición de antiguos alumnos observamos la vida de nuestra asociación, las actividades que organizamos, los motivos que tenemos para formar parte de ella y la fe que nos alienta, nos preguntamos: ¿Eran de verdad, “otros tiempos”?
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ADEMAR-Málaga: “Nosotros los antiguos alumnos”, pp. 6-7, Málaga, febrero 2008

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