Inicio > Biblioteca > Boletín marista > Número 333 (20/03/2008)

 

 


 



 


Emili Turú - La Valla: casa de la luz

Emili Turú
Superior general



 

FMSI

Conectarse

Hermanos maristas

RSS YouTube FaceBook Twitter

 

Foto de hoy

Ruanda: Bukomero School,Byimana

Hermanos maristas - Archivo de fotos

Archivo de fotos

 

Últimas novedades

Archivo de novedades

 

Calendario marista

17 agosto

Santos: Jacinto, Juliana, Beatriz de Silva

Calendario marista - agosto

Boletín marista - Número 333

 

Testimonio marista - Pep Buetas i Ferrer
20/03/2008

Bajar WORD

Mis primeras experiencias como marista se remontan a mi infancia. Mi hermano mayor ingresó en el colegio Maristes Les Corts al poco de ser inaugurado y abrió el camino a los demás. Soy el tercero de cuatro hermanos y hubo un año en que estábamos los cuatro escolarizados en el colegio. Mis padres estaban vinculados a la asociación de padres y tenían mucha relación con los hermanos del momento. Digo todo esto porque, en mi caso, la vivencia de lo marista ha tenido una dimensión familiar muy importante, de forma que mi casa era una prolongación de la escuela y viceversa. Aún hoy, todo lo marista tiene gran resonancia entre nosotros.

En mi paso por el colegio tuve a varios hermanos como maestros. Pero fue en los cursos de 6º y –en aquel momento- 7º y 8º de EGB (12-14 años) donde se concentra mi mayor conciencia de estar siendo cautivado por el carisma marista.

En 6º de primaria tuve al hno. Feliu Martín como tutor y en varias ocasiones, hablando con mis padres y conmigo, de una forma alegre e informal, les decía que a mí me llevaría al seminario, para ser marista. En aquel momento, y dándose el caso que un amigo de un curso superior había seguido esos pasos, aquello me llegó muy hondo y recuerdo mis lloros ante la negativa de mis padres ante la propuesta: “Cuando tengas 18 años –mayoría de edad- si quieres ir, podrás ir.” Así que había que esperar.

Recuerdo, en 7º, el concurso escolar sobre la vida de Marcelino, lo cual supuso enfrascarme en la lectura de la biografía de Marcelino y el nacimiento de los maristas. En aquel entonces el hno. Agustí Cassú hizo una invitación a toda la clase de profundizar en la vida de Marcelino y nos ofreció la posibilidad –a quienes quisieran- de leer la biografía escrita por Juan B. Furet. Y allí estaba yo, junto con otro compañero, pidiéndole el libro, a mis 13 años. Yo creo que en esos dos años caló hondo en mí el amor por lo marista.

¿Qué descubrí en Marcelino y los primeros hermanos que tanto me seducía? La personalidad de Marcelino que emanaba de los escritos, su cercanía a los niños, jóvenes y a los hermanos, su amor por ellos, su comprensión y afabilidad, su capacidad de conmoción ante la necesidad y sus respuestas... y me seducía también su proyecto, -que no era “suyo”- tenía un tesoro y no dudaba en querer hacerlo llegar a los demás. Supongo que todo lo que descubría lo veía hecho realidad en los hermanos que me rodeaban.

A partir de ahí, seguí la escolaridad con normalidad, pero siempre con la presencia de hermanos. Empezamos grupos de movientos juveniles, mi hermano mayor y mi hermana mayor estaban en los scouts y el pequeño seguía nuestra estela.

Al llegar a los 17 años varios hechos –casuales?- hacen renacer en mí, con mucha fuerza, todo lo que surgió a los 12-13 años. Los resumo: posibilidad –inesperada- de ser monitor de un campamento, a lo que sigue la participación –inesperada- en el cursillo para obtener el título de monitor, y en este encuentro nace una amistad –inesperada- con un joven de Lleida con quien compartimos nuestras inquietudes maristas. Planteo en mi familia la posibilidad de ingresar en el noviciado y esta vez fue aceptada. Estuve, pues, prácticamente 2 años en el noviciado marista aunque finalmente no hice la profesión de los votos, ya que algo debería haber en mi interior que me hacía ver que mi camino no era el de ser hermano marista. Siempre he manifestado que aquellos 2 años han sido fundamentales en mi ser marista y ser cristiano.

Al dejar el Instituto sigo con la idea de hacer magisterio para dedicarme a la educación. Eso sí que quedó claro: dedicarme a niños y jóvenes.

Al cabo de un tiempo, convencido de que la fe hay que vivirla en comunidad, entro a formar parte de un grupo marista de jóvenes universitarios de revisión de vida. Termino mis estudios y empiezo a ejercer de maestro en una escuela laica.

En el grupo, animados por los hnos. Pere Ferré i Emili Turú, iniciamos un proceso para formar una Fraternidad del Movimiento Champagnat de la Familia Marista. Allí también encuentro a Mercè, la persona con quien al cabo de poco tiempo iniciamos nuestro proyecto de vida familiar. Ella también es maestra y de tradición marista familiar, con una gran sensibilidad por todo lo social. Participó en el primer campo-misión que se hizo en Paraguay, en el año 1992.

Tras dos años en mi primera escuela, veo claro que mi sitio está en una escuela marista y ante la posibilidad de entrar a formar parte del claustro de profesores de Maristes la Immaculada, Barcelona, no dudo en mi decisión.

Habiéndose constituido ya la Fraternidad, Mercè y yo oímos las palabras del hno. Benito Arbués, Superior General entonces, pidiendo voluntarios para ir a Ruanda. No cumplíamos los requisitos exigidos, pero ello sirve para dar cuerpo a una inquietud que habíamos ido alimentado con el paso de los años: tener experiencia en el 3r mundo. Así que, después de participar en un campo misión con refugiados bosnios (verano 1995), nos ofrecemos a los hermanos para hacer labor de cooperantes internacionales durante 1 año. Fuimos “destinados” a Mariscal Estigarribia, Chaco paraguayo, y vivimos allí nuestra mayor experiencia como matrimonio marista (1996-97). Formamos parte de la comunidad de hermanos y seguimos su ritmo en todo: plegarias, celebraciones, proyectos pastorales, etc. Pudimos gozar de la vida comunitaria –de sus lindezas y sus dificultades- en un contexto –el paraguayo- que parece que todo lo facilita. Allí compartimos realmente un “mini-noviciado” y creció aún más nuestra estima por todo lo marista.

Con posterioridad a esa experiencia, continuamos nuestra labor educativa cada uno en su respectiva escuela con un “pequeño” cambio. Ahora éramos padres.

En Maristes la Immaculada asumo responsabilidades en la animación y coordinación de la etapa de primària durante 8 años. También participo en equipos de gestión y animación a nivel provincial. Mi ser marista en el día a día se concreta en intentar vivir la realidad con una mirada profunda y confiada, en la sencillez, el espíritu de familia, la alegría y el amor al trabajo.

Durante este tiempo, la Fraternidad dejó de “funcionar” y Mercè y yo buscamos un lugar donde compartir nuestra fe. Encontramos ese sitio, afortunadamente, en nuestra propia parroquia, en espacios como la Pascua Familiar y en el grupo Kairoi con el que hemos tenido bellas experiencias.

Paralelamente se cuenta con nosotros para participar en el equipo provincial de reflexión sobre identidad marista. Fuimos invitados, también, a participar en un Capítulo Provincial. Fruto de ese tiempo de reflexión, junto con otros laicos decidimos empezar a dar pasos para lograr “conectar” toda la vida marista que existe a nivel seglar en Catalunya. A este proyecto le damos el nombre de Movimiento Laico Marista y a él dedicamos buena parte de nuestras energías, acompañados por los hermanos. Entendemos que el laicado tiene múltiples formas de expresión y que el carisma marista está en muchos corazones que laten en esa sintonía.

La realidad es que el proyecto de Marcelino tiene plena vigencia y está lleno de sentido. Mi sueño, pues, es que la vitalidad del carisma, la vitalidad de la misión marista, resida tanto en hermanos como en seglares. Ahora bien, debemos afrontarlo con la misma actitud de Marcelino: haciendo lo máximo para que fructifique el sueño, pero siendo conscientes de que no es “nuestro” proyecto, sino el de Dios. El momento actual debe pretender que el laicado marista tome conciencia de su identidad y que haya una identificación con la misión que haga posible ese sueño. También es necesario que los hermanos sigan profundizando en su relación con los laicos de forma que este proceso sea fuente de enriquecimiento mútuo entre hermanos y laicos.
Si bien la prioridad es indudablemente la misión, pienso que no hay que dejar de lado los “tesoros” que se han ido depositando en los corazones de tantas personas en el ejercicio de la misión (exalumnos, padres y madres, etc.). Esos tesoros son –seguro- fuente de vitalidad y de aliento para todos los que estamos en contacto directo con la misión de educar y hay que canalizarla y aprovecharla. Igualmente, es una forma de vivir los valores del evangelio desde el filtro marista allí donde el laico se encuentre.

Pep Buetas i Ferrer, Barcelona, Catalunya, España
Provincia Marista L’Hermitage

3279 visitas