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Boletín marista - Número 337

 

La pastoral vocacional en la vida marista actual
¿Estamos preparados para responder al desafío?
17/04/2008

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Seán D. Sammon, FMS

Mensaje del hermano Seán Sammon, Superior general, a los hermanos y laicos participantes en el encuentro de Pastoral vocacional celebrado en Les Avellanes (Lleida - España) del 3 al 8 de abril de 2008. El encuentro ha sido organizado por el Secretariado de Vocaciones para analizar la situación de la Pastoral vocacional de las Provincias maristas asentadas en países secularizados.

Antes de empezar, permitidme que os dé las gracias, a todos y cada uno de vosotros, por haberos reservado estos días para reuniros aquí a analizar el problema de la pastoral vocacional en la sociedad secularizada. Luis y los demás miembros del Consejo general comparten conmigo este agradecimiento por vuestra presencia y ganas de trabajar.
Quiero pediros disculpas por no haber podido acompañaros en el encuentro de Las Avellanas. Nosotros, en el Consejo, tenemos establecida la pastoral vocacional como una de nuestras grandes prioridades. De no haber estado comprometido con la visita que estoy realizando a la Provincia de Brasil Centro Norte junto con Luis, gustosamente me habría sumado a las sesiones que habéis venido celebrando a lo largo de esta semana.
Vuestro apostolado es ciertamente singular dentro del Instituto. Pocos asumen ese reto cotidiano de promover las vocaciones en los países marcados por la secularización, de la manera en que vosotros lo hacéis. Los que se empeñan en la evangelización dentro de esas mismas sociedades, probablemente son lo que más se identifican con vuestra misión. A decir verdad, hoy se nos da mejor la labor de la evangelización en medio de aquellos que viven en países en vías de desarrollo, que entre aquellos que pertenecen al mundo desarrollado, ese mundo que podemos definir como secularizado.
¿Cuál es la finalidad de estas palabras que os dirijo? Compartir tres cosas que me preocupan en relación con vuestra tarea, y hacer un comentario de cada una de ellas. Ciertamente, no son las únicas cuestiones que se dan en este terreno, y quizá tampoco son aplicables a todo el mundo marista. Pero creo que son características de las sociedades desarrolladas o secularizadas, y en ese sentido la reflexión puede serviros de ayuda en vuestra labor pastoral.

Tres motivos de preocupación
En primer lugar; parece que hoy nos encontramos al filo de un tiempo nuevo en el proceso de renovación de la vida religiosa. Es mucho más retador que todo lo que hemos venido viviendo en estos últimos años, y la respuesta que demos en estos momentos determinará nuestro futuro como Instituto y la eficacia de nuestra misión en los años venideros. Esto traerá también sus consecuencias en lo relativo a la pastoral de las vocaciones.
Segundo; en los países que llamamos secularizados, el fruto de nuestros esfuerzos de renovación se ha visto influenciado, hasta la fecha, por un tipo de pensamiento que pertenece más propiamente al período conocido como “modernidad” que al de la post-modernidad. Luego diré unas palabras sobre esto. No obstante, el hecho de habernos dejado guiar en nuestro empeño de renovación por los principios asociados a la modernidad nos ha llevado a unos resultados más bien tibios y ha hecho surgir un abismo generacional cada vez más hondo entre muchos de nosotros y el mundo real de los jóvenes. Todo esto incide en el tema que aquí nos ocupa.
Por último; la Iglesia da muestras de andar algo despistada en diversas partes del mundo. Esta situación se debe en parte a al fallo de la vida religiosa en renovarse a sí misma y asumir su propio papel en las relaciones con el Pueblo de Dios en su conjunto.
El papel de los religiosos y los sacerdotes no consiste en ser exclusivamente una fuerza de trabajo eclesiástica. Más bien, su función y su verdadera identidad radican en ser una presencia ardorosa, un fermento. La vida consagrada, en su mejor expresión, ha de ser entendida como la memoria viva de lo que la Iglesia puede y deber ser. Cuando no llega a dar esa medida, sufre la vida religiosa y sufre la Iglesia. Vuelvo a insistir, todo esto trae serias consecuencias para la pastoral de vocaciones.

El reto de la renovación
Hace cuarenta años, nuestro Instituto se puso en marcha hacia la renovación. El 17º Capítulo general, celebrado a raíz del Concilio Vaticano II, nos dejó una documentación sobre la vida religiosa marista que no ha tenido parangón hasta el día de hoy. Los capitulares, junto con muchos otros hermanos, confiaban en que teníamos todos los medios para caminar hacia el futuro y florecer.
Por entonces el Instituto contaba con unos 10.000 miembros. Existía el convencimiento de que llevando a la práctica las decisiones del Capítulo y viviendo el espíritu del Concilio, teníamos la puerta abierta al crecimiento. Por motivos muy humanos, medíamos nuestro éxito en términos materiales, número de obras, porcentaje de alumnos aprobados en los exámenes de acceso a la universidad, reconocimiento en los contextos nacionales e internacionales.
Sin embargo, con el paso de los años, estos criterios se vinieron abajo y nos vimos obligados a replantearnos el significado y objetivo de nuestro estilo de vida. En ese proceso, muchos empezamos a darnos cuenta de que la vida religiosa se comprendía más adecuadamente como el seguimiento indiviso de Dios, centrado en Jesucristo y expresado a través de la castidad vivida en celibato.
Con esto no quiero dar a entender que nuestro modo de vida se fundamenta en una teología particularizada de “Dios y yo”. No; más bien trato de hacerme eco de la primera llamada del Mensaje del 20º Capítulo general, en la que se nos dice que nuestra misión como hermanos maristas es más efectiva, y nuestra motivación para emprenderla es menos egoísta, cuando Jesucristo constituye el centro y pasión de nuestras vidas. Al realizar ese necesario cambio de corazón, tenemos también la posibilidad de redescubrir el ministerio profético de la vida religiosa.
En nuestra impaciencia inicial por acometer la tarea de la renovación no comprendimos del todo la naturaleza del cambio. Aquel mundo que nos resultaba tan familiar se estaba acabando, y a toda costa queríamos ver en escena un nuevo comienzo de cosas lo antes posible. Para lo cual hicimos uso de todos los medios humanos que teníamos a nuestro alcance -consultores, planes estratégicos, programas de pastoral, retiros de renovación, por citar unos pocos-, dando por sentado que con ello avanzaríamos más rápidos y nos ahorraríamos parte del sentido de pérdida e inestabilidad que, de forma inevitable, nos habría de acompañar en la consecución de nuestros fines. Cuando vimos que no alcanzábamos los resultados deseados, hubo quienes se dejaron llevar del desaliento y empezaron a manifestar dudas sobre el futuro de nuestro estilo de vida.
Por mucho que alardeemos, son pocos los que acogen gustosos el cambio, porque rompe nuestros esquemas y nos deja como un poco perdidos. Casi todos preferimos las cosas estables y previsibles. El cambio se efectúa a través de tres fases distintas e interrelacionadas: primero se llega a un final, luego viene un tiempo bastante prolongado durante el cual no faltan dudas e incertidumbres, y por último se produce un nuevo comienzo.
De alguna manera, hemos pasado los últimos 50 años viendo rupturas y agrietamientos entre nosotros como grupo. Aunque haya sido una experiencia tan desestabilizadora, ese proceso nos ha permitido llegar a un punto en el que podemos plantearnos las preguntas y abordar los retos que hay en el fondo de una auténtica renovación. A lo mejor, incluso, estamos dispuestos a dejar que sea Dios quien nos conduzca por esa senda, en lugar de confiar tanto en nuestras soluciones humanas. Al embarcarnos en la segunda etapa de la travesía de la renovación, lo más aconsejable será que no llevemos con nosotros más que la fe en Dios y el equipaje sencillo de un peregrino.
Los jóvenes siempre se han sentido más atraídos por la aventura que por la certidumbre. En lugar de esperar a que termine el viaje de la renovación para invitarles a que se unan a nosotros, lo que tenemos que hacer es darles ahora la oportunidad de que nos acompañen en esta peregrinación.

Modernidad y post-modernidad
¿A qué nos referimos cuando hablamos de modernidad? Es una corriente cultural que empezó con la Ilustración, siguió con la Revolución industrial, alcanzó su punto álgido en la Época victoriana, y llegó hasta nuestros días. Posteriormente, y de modo visible, el establecimiento de la modernidad se ha tambaleado en diversos países, debido en gran medida al desarrollo económico. ¿Qué rasgos caracterizan a esta corriente? La confianza en la razón científica, el individualismo, y la convicción de que el progreso material es ilimitado.
Este énfasis puesto en el avance científico y el progreso material ha llevado también a muchas sociedades a volverse más secularizadas. Los sociólogos señalan que la entrada de la modernidad parece coincidir con la marginación de la religión, que queda relegada a la esfera de las creencias privadas.
¿Cómo reaccionó en un principio la Iglesia ante estos acontecimientos? La verdad sea dicha; con temor y precaución alzó los puentes levadizos y creó un mundo interno cerrado en sí mismo, que sobrevivió, notablemente intacto, hasta los primeros años 60. A lo largo de este período, por ejemplo, todas las encíclicas, una detrás de otra, venían siempre insistiendo en que la doctrina católica debía protegerse contra los peligros del pensamiento moderno.
El Concilio Vaticano II acabó con este mundo cerrado. La Constitución pastoral sobre la Iglesia y el mundo moderno era una clara señal de que la Iglesia aceptaba, finalmente, la modernidad. Pero, curiosamente, por el tiempo en que la Iglesia decidía abrazar la modernidad, ésta estaba empezando ya a ser cuestionada por el pensamiento post-moderno.
Las catástrofes que han marcado la historia del siglo XX hasta el Vaticano II –las dos Guerras mundiales, la Gran Depresión, el Holocausto, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, por mencionar algunas- minaron seriamente la convicción de que la aplicación de la razón universal podía resolver las grandes cuestiones de la vida.
Mientras se iba extendiendo esta crítica de la modernidad, muchos seminarios y casas de formación del Occidente católico, en cambio, manifestaban un gran entusiasmo por adaptarse a ella. Los teólogos post-conciliares adoptaron el racionalismo científico que sus predecesores habían anatematizado. La explicación de las cosas estaba de moda, el simbolismo y el misterio no estaban de moda. Mirando ahora hacia atrás, vemos que en todos esos desarrollos había sus luces y sus sombras. Por ejemplo, en su anhelo por integrarse en el mundo secular, la vida religiosa perdió mucho de su anterior identidad.
Hoy vivimos las consecuencias de aquellos enfoques de la renovación. Pongo por caso, la liturgia, que estaba a falta de algunas reformas antes del Concilio Vaticano II, fue actualizada siguiendo ampliamente una línea racionalista. Sin embargo, parece que a medida que se sintetizaban los elementos rituales, la sociedad en general empezaba a revalorizar el rito y los símbolos. Este anhelo de lo trascendente se ha venido manifestando claramente entre los jóvenes en estos años. ¿Y dónde estaba la Iglesia y la vida religiosa? Mientras la religión regresaba por la puerta de atrás, la vida religiosa y la Iglesia en general se encontraban de espaldas a esa puerta. Harvey Cox, relevante tratadista de la visión de la Iglesia en un mundo secularizado, se sintió impulsado a expresar lo siguiente: “Hace casi tres décadas escribí un libro titulado La ciudad secular, en el que trataba de elaborar una teología para la ‘edad post-moderna’ que muchos sociólogos aseguraban ya que estaba viniendo. Desde entonces, sin embargo, la religión –o al menos algunas religiones- parecen haber conseguido una nueva renovación de contrato. Hoy da la impresión de que es la secularización, y no la espiritualidad, la que va camino de la extinción”. (Harvey Cox, Fire from Heaven 1996, p. xv).
Quizá resulte difícil dar una definición de la post-modernidad, pero una de sus características principales es el retorno a la religión y la espiritualidad. A lo mejor esto no se manifiesta en el número de personas que acuden a las iglesias, pero sí que es cierto que la gente se está planteando, de nuevo, interrogantes de signo religioso. Lo puramente racional y secular parece que ya no satisface. Pero no nos engañemos: la post-modernidad también trae sus inconvenientes. Por ejemplo, con ella hemos entrado en un tiempo de relativismo moral y de fragmentación social e individual. También es cierto que su ideario adolece de impaciencia al no prestar la debida atención a una explicación meticulosa de la realidad. De todos modos, el pensamiento post-moderno tiene aspectos positivos que no debemos pasar por alto.
La vida religiosa, en muchos países desarrollados, parece haberse quedado estancada en una fase moderna post-Vaticano II. Una vez más, con esto no quiero decir que yo intentaría resolver ese problema abrazando de buenas a primeras la post-modernidad. Sin ir más lejos, el pensamiento post-moderno tiene muy poca vinculación con todo lo que suene a compromiso. Nuestros votos religiosos, vividos plenamente, se contraponen abiertamente a esa actitud.
Como hermanos, sobre todo vosotros, los que estáis encargados de la pastoral vocacional, hemos de escuchar con atención las experiencias de los jóvenes de hoy, a pesar de que lo que nos digan pueda estar reñido con nuestra visión del mundo. Muchos de ellos se nos acercan en busca de espiritualidad, sentido de trascendencia, y calor de comunidad. Por eso mismo, algunos han sido etiquetados de reaccionarios, acusados de tener interés por restaurar las prácticas del pasado. Pero conviene recordar que ellos no vivieron el pasado. Con más frecuencia que al contrario, lo que han hecho ha sido redescubrir alguna tradición de la Iglesia, con ánimo de incorporarla a sus vidas.
Los términos de modernidad y post-modernidad son, por supuesto, conceptos elaborados que se nos dan para ayudarnos a entender mejor nuestra experiencia de vida. Son nociones complejas, y no es mi intención simplificarlas. Sin embargo, como Instituto, debemos examinar los valores que se encierran en esos contextos. De no hacerlo así, podríamos vernos condenados a vivir aferrados al pasado, justamente cuando se está verificando el comienzo de un tiempo nuevo.

Significado y objetivo de la vida religiosa
En estos años he estado utilizando mucho la definición de la vida religiosa como memoria viva de lo que la Iglesia puede, anhela y debe ser. Antes del Concilio, la Iglesia estaba representada en la mente de muchos como una pirámide. El sacerdocio, considerado como la más insigne de las vocaciones, se situaba en la parte superior de esa estructura, en tanto que la vida religiosa encontraba su lugar en la zona media. La inmensa mayoría de los fieles, es decir los miembros del laicado, se congregaban en la base de la pirámide. Existía la idea de que sólo los sacerdotes y los religiosos tenían una vocación o una misión específica.
El Concilio, con su llamada universal a la santidad, puso el punto final a esta manera de pensar y expresó con entera claridad que todos aquellos que constituyen el Pueblo de Dios tienen una misión por la fuerza de su bautismo. Y esa misión no es otra que la propia de la Iglesia, esto es, amar a Dios y darle a conocer y hacerlo amar.
Sin embargo, así como el Vaticano II ayudó a clarificar el papel y el lugar del laicado en la Iglesia y en el mundo, no acertó tanto a la hora de ayudar a los religiosos a entender su identidad nuevamente o a encontrar su espacio correspondiente dentro del Pueblo de Dios. En consecuencia, muchos fieles empezaron a preguntarse por qué los miembros del laicado no podían hacer algunas de las tareas que realizaban los religiosos. Pero la respuesta a esa pregunta siempre ha sido clara: en lo que se refiere al trabajo, no hay nada que hagan los religiosos que los seglares, a su vez, no puedan hacer.
Pero, como antes he dicho, la vida religiosa no nació para ser una fuerza de trabajo eclesiástica. Si miramos bien las cosas, el Concilio hizo un gran favor a la vida consagrada, porque puso de relieve que ésta no surgió para formar parte de la estructura jerárquica de la Iglesia. Surgió como un movimiento carismático cuyo lugar adecuado estaba en la estructura carismática de la Iglesia. Nuestro estilo de vida nació con espíritu de libertad. No obstante, antes del Vaticano II, se dejó domesticar. Para conseguir cambiar las cosas, sus miembros tuvieron que experimentar la conversión personal, leer atentamente los signos de los tiempos y redescubrir la esencia del carisma fundacional.
El carisma que hay en el corazón de toda vida consagrada había de ser una de las claves requeridas para su renovación. El Papa Pablo VI nos recordó que el carisma es, nada más y nada menos, que la presencia del Espíritu Santo. El reto que se nos plantea a nosotros hoy es, por tanto, éste: ¿creemos de verdad que el Espíritu de Dios, que se mostró tan activo y vivo en Marcelino Champagnat, anhela vivir y alentar en nosotros hoy? Al invitar a los jóvenes a nuestro estado de vida, les damos la oportunidad de comprometerse con el Espíritu de Dios de una manera tal que sus vidas cambiarán para siempre. ¡Qué inmensa bendición para ellos, así como para la Iglesia y el mundo!

Conclusión
El diálogo sobre la pastoral vocacional en las sociedades secularizadas puede ser reconducido a través de un conocimiento mejor de los procesos de renovación que están teniendo lugar en la vida religiosa hoy, así como con la inclusión de las ideas post-modernas en nuestro análisis de la situación actual de la vida consagrada y su futuro, y la propia comprensión de nuestra vida de hermanos. Estos cambios nos ayudarán también a ver horizontes nuevos, llevándonos a ser innovadores en la labor, ya añeja, de invitar a los jóvenes de corazón generoso a hacer suyo el sueño y el carisma de Marcelino Champagnat.
Muchas gracias a todos.

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