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Boletín marista - Número 56

 

H. Luciano
13.03.2003

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Luciano, 31 años, dice SÍ y emite sus votos perpetuos
HERMANO MARISTA, UN ESTILO DE VIDA



Carmen Yone Raiser da Cruz, coordinadora de informática educativa del Colegio marista “Frei Rogério de Joaçaba” (Santa Caterina - Brasil) nos cuenta la trayectoria de Luciano, un hermano joven que emitirá sus votos perpetuos el 15 de marzo, y le formula unas preguntas.

El hermano Luciano Osmar Menezes, 31 años, es un hermano marista de la Provincia marista Brasil Centro-Sur. Nació en Florianópolis (Santa Caterina, Brasil). Ingresó en la vida marista en febrero de 1989 en Casador (Santa Caterina). Los dos años siguientes los pasó en Jaraguá do Sul (Santa Caterina), en donde cursó los estudios de magisterio.
En 1992, realizó la etapa de formación marista en el postulantado de Florianópolis. En Passo Fundo (Río Grande del Sur) realizó el noviciado durante dos años y emitió los primeros votos el 8 de diciembre de 1994. De 1995 a 1996, el postnoviciado en Florianópolis, en donde se graduó en la facultad de Ciencias Religiosas (extensión de la Universidad Pontificia Católica del Paraná). En 1997, fue enviado a la comunidad apostólica de Sao Bento do Sul (Santa Caterina), en donde fue profesor de Enseñanza Religiosa de quinto y sexto de Primaria y coordinador de los grupos de adolescentes y de jóvenes del EDA (Embarcaciones de Amistad) y de REMAR (Renovación Marista). Al año siguiente, fue destinado a la comunidad del colegio marista Paranaense, en donde inició sus estudios superiores en el área de Pedagogía, especialidad en Orientación Educativa. En el año 2000, fue enviado como misionero a la remota ciudad de Ji-Paraná (Rondonia), en donde finalizó sus estudios universitarios, trabajó como agente pastoral y orientó la pastoral juvenil de la parroquia S. Juan Bosco. En el año 2002, llegó a la comunidad de Joaçaba, para trabajar como profesor de Enseñanza Religiosa en el colegio marista Frei Rogério y para cooperar con el equipo del Centro Marista de Formación Frei Rogério. Hoy coordina este centro que desarrolla los programas ‘VIDA FELIZ’ y el SOMAR (Servicio de Orientación Marista) para la educación de los adolescentes y jóvenes.

¿Cómo surgió la idea de ser hermano marista?
Yo, en mi adolescencia, quería siempre participar en los grupos de jóvenes, pero no había hecho aún la confirmación. Fue allí en donde conocí a los Hermanos Maristas a través de mi catequista y luego vine al grupo de jóvenes REMAR. Frecuentaba la casa de los Hermanos, los veía trabajando, enseñando, entusiasmando a la juventud y siendo una presencia significativa en medio de nosotros. Jugando al fútbol o al ping-pong con nosotros y al abrirnos su casa, fue entonces cuando me di cuenta que esas personas eran diferentes; en las charlas percibí que eran muy cercanos a nosotros. Veía sencillez, disponibilidad y acogida por parte de los Hermanos que animaban la juventud en los encuentros de confirmandos y en los grupos de jóvenes. Me dije a mí mismo: “Puedo ser un joven marista, que evangeliza a los otros jóvenes para la vida. ¿Por qué no ser uno de ellos?

¿Qué significa ser Hermano Marista hoy?
Ser un signo de la presencia de Dios. Es ser hoy S. Marcelino Champagnat” con entusiasmo y audacia frente al contexto social, político y económico que nos rodea. Ser referencia de vida y de esperanza en la liberación que significa la educación integral del educando marista. Como hermano marista, poder orientar, acompañar, proponer, enseñar, sugerir, encaminar y evangelizar a los niños y a los jóvenes, en especial a los más necesitados, en el seguimiento de Jesucristo y de María.

¿Y tú cómo ves la juventud de hoy?
Veo que es una fuerza significativa en nuestra sociedad. Pero, me parece que nuestra juventud anda un tanto desorientada, sin ideas, sin sueños, sin esperanza y sin optimismo. Faltan verdaderos líderes en el seno de la juventud, faltan modelos de referencia que recuperen la subjetividad, los valores humanos y cristianos. Pero no podemos generalizar y meter toda la juventud en el mismo saco. Pienso que nosotros, jóvenes, deberíamos usar nuestra gran capacidad de inteligencia, de voluntad y de libertad para sublevarnos y convertirnos en profetas que anuncian y denuncian, por encima de todo, lo que no promueve la paz, la justicia y la vida. Tener actitudes y gestos de amor y sentirse amados y llegar a ser competentes y creativos en nuestras acciones solidarias, consigo mismo y con los demás. El gran reto que tenemos hoy es buscar y construir con dignidad el Reino de Dios en la reconciliación, en la misericordia y en la fraternidad.

Hermano Luciano, vas a hacer los votos perpetuos. Y después de este bonito camino recorrido, ¿cómo ves la vida religiosa marista hoy?
Bueno, la formación es continua. Siento que ahora estoy un poco más maduro en las dimensiones personal, comunitaria y espiritual. Estoy en proceso de conversión, una conversión que es gradual y que dura toda la vida. Cuando parece que todo está listo, acabado, la vida nos enseña que es preciso retomar, reevaluar y recrear la opción inicial. Esto quiere decir: volver al primer amor, al enamoramiento de Cristo en la vida religiosa, como si fuese la única experiencia fundante de contemplación, como por ejemplo, un retiro espiritual, un paisaje o una imagen atrayente que me serena, el adquirir actitudes de situarse y lanzarse con todos los sentidos en esa contemplación que me aporta serenidad y armonía.
En esto consiste la vida religiosa: la experiencia de Dios es la relación de corazón a corazón, de intimidad a intimidad, de conocer a Jesús, tantas veces desconocido. Esa experiencia es como un éxtasis, es como un gozo eterno que no sabemos explicar humanamente.
Entregarme libre y voluntariamente a Dios, a la luz del evangelio y en el Instituto marista, en cuerpo y alma, para mejor amar y servir a Dios y a los hermanos (adolescentes, jóvenes y más necesitados).
Lo que me propongo, al pronunciar los votos perpetuos, es buscar esto: ser todo y siempre de Jesús y encontrar este Cristo “que me ama, que me llama y que me envía”: Me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir, en una lucha sin igual, me has dominado, Señor’ (Jr 20, 7).

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