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Boletín marista - Número 75

 

Seán D. Sammon, FMS - Superior general
07.06.2003

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INTERVENCIÓN AL FINAL DE LA MISA
EN HONOR DE SAN MARCELINO CHAMPAGNAT
Roma, 6 junio 2003


Cuando anochecía, el 6 de Junio de 1840, Marcelino Champagnat ya no estaba, al menos, en la forma en la que le habían conocido nuestros primeros hermanos. En los últimos meses, he reflexionado muy a menudo sobre los días que rodearon la muerte del Fundador y lo que debió pensar aquel grupo de jóvenes franceses de mitad del siglo XIX, después de tal acontecimiento.
Después de todo, Marcelino era como un hermano mayor para todos aquellos que se unieron a él. Sabían que era como un hermano mayor que les quería, que se preocupaba de ellos y que les deseaba lo mejor, aunque estoy convencido que no siempre estarían de acuerdo y que tendrían sus controversias. El amor y la apasionada lealtad que existían entre ellos, como en una familia, les ayudaba a superar todo lo demás.
Por eso, la pérdida que sintieron Francisco, Luis María, Juan Bautista y nuestros otros primeros hermanos debió de ser muy profunda. El padre Bélier, sacerdote misionero, presente en el Hermitage en el momento del fallecimiento de Marcelino, dijo lo siguiente: “Nunca hubo príncipe en este mundo que estuviese rodeado con tan tierno cariño en sus últimos momentos”.
Marcelino no nos dejó una biblioteca de teología sino únicamente su Último Testamento, unas cuantas cartas y otros pocos escritos y esta definición de nuestra vocación como Hermanitos de María. Impactante en su sencillez, sus palabras nos han mantenido humildes hasta estos días. Decía: “Amar a Jesús, sí, amar a Jesús y hacerlo conocer y amar, tal debe ser la vida de un hermano”.
Sin embargo, la vida de Marcelino tiene también un mensaje para la Iglesia, Su carisma, después de todo, no es propiedad de los hermanos, sino que es un don que llegó a la Iglesia por su mediación. Tengo que mencionar brevemente dos aspectos. Primero, los elementos de su espiritualidad: práctica de la presencia de Dios, confianza en la protección de María, y el desarrollo de las pequeñas virtudes de sencillez y humildad. La espiritualidad de Marcelino se basa en la Encarnación, es mariana y transparente.
Segundo, la idea que nuestro padre tenía sobre la educación y la evangelización de los niños contrastaba fuertemente con las normas de su tiempo. Decía: “Para educar a los niños, hay que amarlos, y amarlos a todos por igual”. En una ocasión, dijo a nuestros primeros hermanos de una manera muy directa que debían buscar al niño que gozara de menos oportunidades.
Sobre los niños decía: “No puedo ver a un niño sin decirle cuánto lo ama Jesús, y cuánto yo también lo amo”.
Al conmemorar el aniversario de su muerte, comprometámonos, una vez más, a imitar a este sencillo sacerdote de pueblo y padre marista, que tuvo el sueño de evangelizar a los niños y jóvenes pobres. Y demos también gracias a Dios porque, en su sabiduría, otorgó a Marcelino Champagnat y a la iglesia, el mismo sueño de evangelizar a los niños y jóvenes pobres, y tuvo a bien bendecir y promover ese sueño. Hoy, somos nosotros sus administradores. Administrémoslo sabiamente.
Una palabra de agradecimiento a Jan, Superior General de la congregación de la cual Marcelino fue miembro—los Padres Maristas, por presidir hoy esta celebración y las palabras de la homilía. Gracias también a los que han dirigido esta celebración, a Mónica y a nuestras Hermanas Maristas, a Judith y a nuestras Hermanas Maristas Misioneras y a nuestros hermanos del San Leone Magno y a todos los que hoy celebramos la vida, el sueño y el carisma de nuestro fundador. Bienvenidos todos.
Y ahora, permitidme que os invite a ir hacia el jardín interior para continuar la celebración de la Fiesta de San Marcelino Champagnat.

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