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Lluís Serra Llansana - 1983

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Rosey era una aldea de las muchas que componían el ayuntamiento de Marlhes, que agrupaba 2700 habitantes. El lugar, muy atractivo, daba escaso margen a la fertilidad; las condiciones eran poco fáciles; la vida, ruda. El calendario señalaba el año de la Revolución Francesa: 1789. Catorce años antes, Juan Bautista Champagnat, 19 años, había contraído matrimonio con Mª Teresa Chirat, de 29 años, de la aldea de Malcoignière. Ella pasó a vivir a Rosey, donde se dedicaba al comercio de telas y encajes, debiendo ampliar el negocio con la agricultura y los trabajos del molino.

1. ROSEY: INFANCIA Y ADOLESCENCIA (1789-1805) Rosey era una aldea de las muchas que componían el ayuntamiento de Marlhes, que agrupaba 2700 habitantes. El lugar, muy atractivo, daba escaso margen a la fertilidad; las condiciones eran poco fáciles; la vida, ruda. El calendario señalaba el año de la Revolución Francesa: 1789. Catorce años antes, Juan Bautista Champagnat, 19 años, había contraído matrimonio con Mª Teresa Chirat, de 29 años, de la aldea de Malcoignière. Ella pasó a vivir a Rosey, donde se dedicaba al comercio de telas y encajes, debiendo ampliar el negocio con la agricultura y los trabajos del molino. El día 20 de mayo, miércoles de rogativas, Mª Teresa dio a luz a su noveno hijo: Marcelino. Tres habían fallecido en edad temprana, al igual que sucedería después con el décimo y último. Dos semanas antes, el 5 de mayo, se habían inaugurado en Versailles los Estados Generales. Se alumbraba una nueva época: la Edad Contemporánea.Al día siguiente, jueves de la Ascensión, el bebé fue llevado a la pila bautismal de Marlhes, actuando de madrina su prima Margarita Chatelard, y de padrino, su tío Marcelino Chirat, que le legó su nombre. Pasó a llamarse Marcelino José Benito.Mientras Marcelino vivía sus primeros meses y su madre le proporcionaba con esmero los cuidados necesarios, los acontecimientos nacionales se sucedían con rapidez. En junio, el Tercer Estado se proclamó Asamblea Nacional y, en julio, se transformó en Constituyente.La Bastilla, símbolo de la autoridad real y del absolutismo, caía el 14 de julio. El miedo se apoderó de Francia. El temor flotaba en el ambiente. Juan Bautista, su padre, hombre abierto, acogedor, comprensivo y con espíritu de iniciativa, tomó el pulso de la historia participando en primera fila. Poseía elevado nivel de instrucción. Su escritura impecable, su facilidad de hablar en público, así como su capacidad de dirección, son prueba de ello. Ejerciendo ya entonces funciones de cargo, fue nombrado coronel de la Guardia Nacional del departamento de Marlhes.Se vislumbraba la aurora de una nueva época. El Antiguo Régimen se deshacía en jirones.En 1791, Juan Bautista aceptó el cargo de secretario del ayuntamiento de Marlhes, a la sazón cabeza de partido. Casi un año antes se había promulgado la Constitución Civil del Clero, por la cual los sacerdotes y obispos pasaban a ser funcionarios del Estado. Además de suprimir una clase social privilegiada, se pretendía formar una iglesia nacional, sometida al Estado, independiente de Roma. El clero quedó escindido en juramentados y refractarios. Para sustituir a estos últimos, leyó desde el púlpito, ante la negativa del sacerdote Allirot a hacerlo, la convocatoria de elección en Saint-Étienne.Debió prodigarse en actuaciones públicas: discurso de exaltación de la Constitución; inspección de pesas y medidas; lectura de la carta pastoral de monseñor Lamourette, obispo constitucional del Ródano y Loira, penetrado de ideas progresistas; redacción del proceso verbal correspondiente a una negación de mosén Allirot; prohibición de que las fondas dieran de comer y beber durante los oficios religiosos...Obtuvo el primer lugar en la votación como delegado para elegir a los diputados de la Convención. Con la caída de la Monarquía, hubo cambios en el ayuntamiento de Marlhes, pero Juan Bautista conservó su cargo de secretario, asumiendo, además, otras funciones de menor rango. Durante la Convención fue nombrado Juez de Paz.Pese a servir a los ideales revolucionarios, encuadrado dentro de los jacobinos, partido de extrema izquierda, dio prioridad a las realidades concretas de su pueblo, salvaguardando los intereses de sus habitantes. El comisario Benito Oignon, viendo que sus órdenes no eran ejecutadas con prontitud, le dio de compañero a su primo J-P. Ducros, jacobino furibundo. Juan Bautista influyó notablemente en sus decisiones, ya que, en el fondo, era un hombre de carácter débil.Contaba Marcelino cuatro años cuando se estableció el Terror en Francia.Resultaba difícil que un político escapara a la violencia o, al menos, a opciones controvertidas. Juan Bautista asistió a la quema de los títulos feudales del ciudadano Courbon, pronunció un discurso en honor de la diosa Razón en la iglesia de Marlhes, se le acusó de tomar los ornamentos de dicha parroquia para quemarlos. No obstante, consiguió evitar la demolición de la iglesia de Saint-Genest-Malifaux; dar asilo a su hermana Luisa, religiosa de San José, y tolerar la asistencia nocturna de los miembros de su familia a las misas de un sacerdote, escondido en una aldea del municipio. A la caída de Robespierre, tomó precauciones para ponerse a buen recaudo mediante el certificado de secretario de Paz y Justicia. Su socio, Ducros, murió violentamente. Juan Bautista desapareció durante un año de la escena política hasta que el Directorio, por decreto, le nombró Presidente de la Administración cantonal de Marlhes, cargo que no le entusiasmaba. Se vio arrastrado en esta época por Trillard, revolucionario muy ferviente.Mientras se sucedían estos avatares políticos, Marcelino convivía estrechamente con su madre y su tía Luisa. Su madre fue un elemento de moderación y equilibrio en la vida de su esposo. Su temple recio, la diferencia de edad y su competencia en la economía familiar y en la educación, le facilitaban la tarea. Educó con esmero a sus hijos, con predilección, si cabe, por Marcelino, acentuando los valores de la piedad, del trato social y del espíritu sobrio. Su tía, Luisa Champagnat, casi tres años mayor que Juan Bautista, era religiosa de San José, expulsada del convento por la Revolución. La impronta que dejó en el joven a través de las plegarias, las lecciones y los buenos ejemplos, fue tan profunda que, con cierta frecuencia, lo recordaba con agrado y gratitud. A la edad de seis años, le preguntó: «Tía, ¿qué es la revolución? ¿Es una persona o una fiera?» En su ambiente resultaba casi imposible sustraerse al palpitar de la historia.La educación de Marcelino estuvo en la encrucijada de las nuevas ideas, aportadas por su padre, y de la espiritualidad profunda y tradicional, transmitida por su madre y su tía. En el seno de su familia, los problemas del siglo fueron vividos con toda su agudeza, recibiendo una solución moderada, pero positiva y siempre propia de personas. En Francia, la situación escolar adquiría caracteres dramáticos. En el año 1792 se habían suprimido todas las congregaciones religiosas, entre las que cabe destacar la de los hermanos de la Doctrina Cristiana. Todo había desaparecido. La instrucción pública era nula. La juventud tenía delante de sus pasos el camino de la ignorancia y de la depravación. A finales de 1799 se produjo el golpe de Estado de Napoleón. Derrocó al Directorio y dio paso al Consulado. En diciembre promulgó una nueva constitución. A los pocos días, el siglo XIX abría sus puertas. Sería el siglo de la escuela.Su tía se encargó de enseñarle los rudimentos de la lectura. Los resultados fueron decepcionantes. Acaso había comenzado demasiado tarde la alfabetización. A estas alturas, «razonaba mucho las cosas, retrasando el aprendizaje mecánico». Sin embargo, no era admisible que el hijo del Presidente cantonal no supiera ni leer ni escribir. Decidieron enviarlo al maestro de Marlhes, Bartolomé Moine. El primer día que se presentó en clase, como era excesivamente tímido y no se movía del puesto que se le había señalado, el maestro lo llamó junto a él para hacerle leer. Mientras acudía, se le anticipó otro escolar. El maestro, movido por un impulso repentino, y pensando dar gusto al alumno nuevo, propinó una sonora bofetada al niño que se le quería adelantar, y le despachó al fondo del aula. Este acto de brutalidad produjo un trauma al recién llegado, aumentando su miedo. Se rebeló interiormente: «No volveré a la escuela de un maestro semejante; al maltratar sin razón a ese niño, me demuestra lo que me espera a mí; por menos de nada, podrá tratarme igual; no quiero pues, recibir de él lecciones y menos aún castigos». Pese a la insistencia de su familia, no volvió a la escuela. El primer día de clase sería el último.Tras este fracaso escolar, aprendió la vida en la escuela de su padre. Lo seguía por doquier y realizaba todos los trabajos necesarios para el mantenimiento de una granja. Se entregó con entusiasmo a todas estas ocupaciones, movido por su temperamento dinámico y su amor al trabajo manual. Marcelino poseía, además, un buen carácter. Las madres, con mayor deseo de hijos sabios que instruidos, lo proponían como modelo para sus hijos. Al mismo tiempo, crecía en piedad y virtud en la escuela de su madre y de su tía.Se imponía como tarea primordial el catequizar a la juventud. Un hecho, ocurrido entonces, lo impresionó profundamente: el sacerdote Laurent, encargado de la catequesis, con más celo, acaso, que pedagogía, cansado por la disipación de un muchacho, lo reprendió, le dio un apodo y le aplicó cierta comparación poco afortunada. El niño se quedó quieto, pero sus compañeros no echaron el mote en saco roto. A la salida, se lo repetían. Su enfado agudizaba la agresividad de sus compañeros. Se volvió hosco, huraño, duro. Años más tarde, Marcelino decía: «Ahí tenéis el fracaso de la educación y un niño expuesto, por su mal carácter, a convertirse en suplicio y tal vez en azote de la familia y del vecindario. Y todo, por un movimiento de impaciencia que hubiera sido fácil de reprimir».Por esta época, Marcelino recibió la primera comunión y el sacramento de la confirmación. En ese mismo año de 1800, Juan Bautista Champagnat perdió su categoría de Presidente, pero fue miembro del nuevo Consejo municipal. El día 22 de agosto se recoge su última firma en los registros.La carencia de sacerdotes era evidente. Urgía fundar seminarios y fomentar vocaciones.En las vacaciones de Pascua de 1804, mosén Courbon, vicario general de Lyon y procedente de Saint-Genest-Malifaux, envió un eclesiástico al departamento con el fin de reclutar alumnos para su seminario. Mosén Allirot lo orientó hacia la familia Champagnat. Juan Bautista no salía de su asombro al serle expuestos los motivos de la visita: «Pero.., mis hijos no han manifestado jamás deseo de ir al seminario». Juan Bartolomé, de 26 años, respondió negativamente a la invitación de su padre. En aquel momento regresaban del molino Juan Pedro, de 16 años, y Marcelino, de 14 años. Dirigiéndose a ellos, su padre les dijo: «Mirad, aquí está un señor cura que viene a buscaros para llevaros al seminario. ¿Queréis ir con él?» A la interpelación paterna, Juan Pedro respondió con un “no” corto y expresivo. Marcelino, en cambio, balbuceó unas palabras ininteligibles. Lo examinó de cerca. Su ingenuidad, modestia y carácter abierto y franco encantaron al sacerdote: «Hijo, tienes que estudiar y hacerte sacerdote. ¡Dios lo quiere!» La opción que instantes después tomó, nunca sería revocada.Su vida tomó otro rumbo. Sus proyectos, sustentados por un sentido de ahorro - tenía la notable suma de 600 francos/oro-, por un sentido de comercio - dos o tres corderos que sus padres le habían regalado para una venta posterior - y por un sentido de negocio - que iba a realizar junto con su hermano Juan Pedro -, se fueron abajo. La decisión de ir al seminario exigía otros requisitos: leer y escribir francés. Su lengua materna y habitual era una variante del occitano: el franco-provenzal. Sus padres, atisbando las dificultades, pretendieron disuadirlo. Todo fue inútil. El objetivo era claro: ser sacerdote.Algunas semanas después de que Napoleón fuera proclamado Emperador de los franceses, Juan Bautista, su padre, murió repentinamente de apoplejía. Marcelino tenía 15 años. Se imponía una meditación sobre el sentido de la vida. Se dedicó de nuevo a los estudios. Acudió a la escuela de Benito Arnaud, su cuñado, en Saint-Sauveur-en Rue, durante el curso de 1804-1805. Pese al esfuerzo de ambos, los progresos resultaban escasos. Pretendió hacerle desistir. En la misma línea iba el informe que dio a la madre de Marcelino. A pesar de las dificultades, él se afianzaba en su vocación. Rezaba frecuentemente a san Francisco Regís. Fue con su madre en peregrinación al santuario de La Louvesc. La decisión era irrevocable: «Quiero ir al seminario. Saldré airoso en mi empeño, puesto que Dios me llama».2.-. VERRIÈRES: SEMINARIO MENOR (1805 – 1813)En 1805, una semana después de que la flota franco-española fuera derrotada por Nelson en Trafalgar, Marcelino ingresó en el seminario menor de Verrières, pequeña localidad cercana a Montbrison. Alrededor de un centenar de alumnos cursaba sus estudios en unas duras condiciones de vida. Al principio, faltaba espacio; el edificio se encontraba medio destartalado; la comida era deficiente. Los seminaristas más fuertes alternaban sus estudios con el trabajo manual. El equipo de profesores resultaba escaso y mediocre. El comienzo no fue fácil. A sus 16 años y medio, Marcelino estaba ya dotado de una gran estatura. Sus ademanes de campesino, su costumbre de hablar el franco-provenzal y la reserva ante una situación tan nueva, suscitaron las risas de sus compañeros, trocadas en aprecio y simpatía al paso de los días.El plan de estudios del seminario constaba de un curso preparatorio; de cinco cursos que componían el ciclo básico, de los tres cursos del ciclo superior, y de un curso de filosofía Mientras Napoleón recorre Europa en busca de poder y de gloria, librando continuas batallas, Marcelino lucha ardorosamente por conseguir la ciencia y la piedad. Su conducta –evaluada como «regular» en sexto curso- evoluciona hasta obtener la calificación de «muy buena». En parte se comprende: el profesor de sexto ofrecía escasas garantías pedagógicas.Mucho tuvo que ver en su progreso personal el padre Antonio Linossier, licenciado en derecho civil y canónico, que había renunciado a la paga universitaria de 3 000 francos. La incorporación de este sacerdote de 46 años, que había sido amigo del jacobino Juan Bautista, padre de Marcelino, se hizo notar favorablemente en la marcha del seminario. Junto con mosén Pedro Périer, sería maestro espiritual de Marcelino. Dominaba muy bien el arte de los comentarios: multiplicaba las observaciones interesantes, las aplicaciones morales y las alusiones ingeniosas.Marcelino, cuando hable a sus hermanos, presentará el mismo estilo.Para mantener la disciplina, Linossier se servía de monitores. Pronto nombró a Marcelino vigilante de dormitorio. Este cargo intensificó su sentido de la responsabilidad y le permitió sustraer horas al sueño para dedicarlas al estudio. El servicio militar, del que se vio libre por intervención de la autoridad eclesiástica, no interrumpió su trayectoria.Cuando estudiaba el tercer curso, murió su madre, María Teresa. Marcelino tenía 20 años.Dos seminaristas, compañeros suyos, saltarán a las páginas de la historia: Juan Claudio Colin, superior general de la Sociedad de María, y Juan María Vianney, el santo cura de Ars.Su piedad y su acción apostólica entre los compañeros, animando a los desalentados, progresaban a ojos vista. Cuando cursaba retórica, correspondiente al primer curso, redactó sus resoluciones de retiro que acababan con una oración –su más antiguo documento autógrafo conocido hasta hoy, fechado el 19 de enero de 1812–:«¡Señor mío y Dios mío! Prometo no volver a ofenderte; hacer actos de fe, esperanza, caridad y otros parecidos, cada vez que lo piense; no volver jamás al bar sin necesidad; evitar las malas compañías; en resumen, no hacer nada que vaya contra tu servicio; antes, por el contrario, dar buen ejemplo, inducir a los demás a la práctica de la virtud, en cuanto de mí dependa; instruir a los que ignoren tus divinos preceptos y enseñar el catecismo a todos sin distinción de ricos o pobres. Divino Salvador, hazme cumplir fielmente las resoluciones que acabo de tomar».3 - LYON: SEMINARIO MAYOR DE SAN IRENEO (1813 – 1816)Meses después de que Napoleón arrancara al papa Pío VIl el Concordato de Fontainebleau y de que fuera perdiendo, una tras otra, sus conquistas en Europa, Marcelino entró en el seminario mayor de Lyon el día 1 de noviembre de 1813. Tenía 24 años. Comenzó su primer año de teología.El seminario mayor de San Ireneo tenía entonces exactamente siglo y medio de existencia. Su creación respondió a la voluntad de aplicar las decisiones del Concilio de Trento. Su dirección corrió a cargo de los sulpicianos. Funcionó ininterrumpidamente con un solo paréntesis de diez años, comprendidos entre 1791 y 1801, debido a que los sulpicianos se negaron a jurar la Constitución y fueron expulsados del ayuntamiento de Lyon por el alcalde. A finales del siglo XVII, el superior Francisco Rigoley obtuvo para el escudo de armas del seminario el monograma mariano que, muchos años más tarde, sería adoptado por la Sociedad de María en general y por los hermanitos de María en particular.Los tres años de teología, previos a la ordenación sacerdotal, constituirán un tiempo privilegiado para el fervor, la madurez, la amistad, la ilusión apostólica y los proyectos de fundación.Entre sus compañeros, cabe destacar a Juan Claudio Colin, Esteban Declas, Esteban Terraillon, Juan Bautista Seyve, Felipe Janvier y Juan María Vianney, futuro cura de Ars. No todos hacían la misma aportación económica para sufragar los gastos del seminario: desde cincuenta francos hasta la gratuidad total de Juan María.En los primeros exámenes, celebrados en diciembre de 1813, Marcelino obtuvo la calificación de insuficiente. El futuro cura de Ars, la de muy deficiente. Pierri Zind comenta a este respecto: «Como si los carismas del espíritu fueran inversamente proporcionales a los medios intelectuales».El equipo de profesores contaba con seis miembros: un superior, un director de estudios y cuatro profesores. El reglamento encauzaba la vida de los seminaristas. En el seminario de San Ireneo era estricto. Importaba ejecutarlo fielmente: levantarse al primer toque; plegaria de la mañana, seguida de misa y, en algunos casos, comunión, cuya frecuencia dependía de haber recibido órdenes menores y de la orientación del director espiritual; antes de la comida, examen de conciencia y lectura del Nuevo Testamento; dos visitas al Santísimo (una después del recreo de mediodía; otra antes de irse a acostar); al atardecer, lectura espiritual; después de la cena, plegaria de la noche, examen de conciencia y lectura del tema de meditación del día siguiente. Además rezaban el Breviario y dirigían preces a la Virgen. El tiempo restante no reglamentado se dedicaba al estudio. Durante las clases se exigía silencio, atención y obediencia.Un reglamento estricto y la autoridad del superior permitían suplir la juventud y la falta de experiencia de los profesores.El cardenal Fesch, ante el hecho de que algunos estudiantes se encontraban en el seminario por escapar del servicio militar y para cursar estudios a cargo de la diócesis, decidió anticipar la ordenación. Los que rehusaban recibirla, debían retirarse. Por este motivo, en la capilla del palacio arzobispal, el día 6 de enero de 1814, fiesta de la Epifanía, Marcelino recibió la tonsura, las órdenes menores y el subdiaconado. A partir de entonces, Marcelino vistió, probablemente, sotana.La caída del Imperio era inminente. Poco tiempo después, Napoleón tuvo que abdicar. Luis XVIII volvía al poder. Francia se había agotado en las campañas militares. Sus fronteras volvían a ser las mismas.El ambiente social se encontraba agitado. No obstante, en el seminario reinaba una paz relativa. La aplicación estricta del reglamento no dejaba, prácticamente, espacio a los devaneos.Los acontecimientos políticos permitieron que un personaje de la curia diocesana, Claudio María Bochard, vicario general de Lyon, encontrara el camino libre para una fundación religiosa que llevaba soñando desde hacía treinta y siete años, cuando se encontraba en París. Debido a la supresión de los jesuitas por el papa Clemente XIV, decidió fundar una congregación destinada a sustituirlos. Se llamarían «Padres de la Cruz de Jesús». El abanico de su dedicación abarcaría las misiones, la educación, la dirección, los colegios y, si fuera necesario, la teología. Los futuros proyectos de Marcelino serán considerados por Bochard como una amenaza a los suyos. No faltarán dificultades.El golpe de Estado de Talleyrand, que supuso la caída de Napoleón, que se encontraba recluido como Emperador en la isla de Elba con una armada de 800 soldados, y el Tratado de París eran temas frecuentes en las conversaciones. Como en años anteriores, los nuevos alumnos entraban en el seminario el día de la fiesta de Todos los Santos. Entre los recién llegados, había uno que accedía directamente al segundo año de teología. Su nombre: Juan Claudio Courveille. Curado milagrosamente en 1809, había recibido en el Puy una voz interior que le impelía a fundar la sociedad de María. Bochard, conocedor de este proyecto, pese a venir de otra diócesis, lo recibió con interés en la suya.Con la bula «Sollicitudo omnium ecclesiarum», Pío VIl restableció a los jesuitas. Por otra parte, los sulpicianos, los lazaristas, las misiones extranjeras de París y las misiones del Espíritu Santo volvieron al plano de la actualidad. Las campañas de reclutamiento adquirieron proporciones considerables. Para evitar la emigración del clero diocesano a las congregaciones religiosas, el consejo arzobispal puso trabas radicales, llegando incluso a la pena de suspensión. Los proyectos fundacionales se multiplicaban. Bochard quería polarizarlos para echar adelante con el suyo.Napoleón saltó nuevamente al primer plano de la actualidad, al regresar de Elba y hacerse con el trono, mientras los Borbones huían a Bélgica. Instauró un régimen imperial más liberal que el precedente y nombró a Lázaro Carnot ministro del Interior, de los Cultos y del Comercio. Para Carnot, la noble y filantrópica institución de las escuelas primarias era una de las bases del perfeccionamiento humano, porque la educación primera era el único y verdadero medio de elevar sucesivamente a la dignidad del hombre a todos los individuos.El día 23 de junio de 1815, el obispo de Grenoble confirió a Marcelino Champagnat, junto con Juan María Vianney y Juan Claudio Colin, el diaconado.Mientras Luis XVIII entra por segunda vez en París, en el seminario de San Ireneo, alrededor de Juan Claudio Courveille y con las orientaciones de Cholleton, se constituye un equipo de quince seminaristas con el proyecto de fundar la Sociedad de María. Marcelino, reclutado por el mismo Courveille, se encuentra entre ellos.Una cierta clandestinidad y el abrigo de un proyecto esperanzador llenan de entusiasmo sus reuniones. El proyecto abarcaba: padres, hermanos y tercera orden. Marcelino, empero, tenía sus preocupaciones particulares. Quería fundar una congregación de enseñanza. La necesidad imperiosa de la educación en aquel momento histórico y su experiencia personal subyacían en su decisión: «Yo siempre he sentido en mí un atractivo particular de fundar hermanos: me uno a gusto con vosotros y, si vosotros lo juzgáis a propósito, yo me encargaré de esta parte. Mi primera educación ha sido deficiente; quisiera procurar a otros las ventajas de las que me he visto privado».Su propuesta no encontraba eco. Por ello insistía: «Necesitamos hermanos».Durante su tercer año de teología, una enfermedad interrumpe sus estudios. Regresó temporalmente a su casa natal. Dedicándose a las tareas del campo y dejando para mejor ocasión los libros. Recuperó su salud y se incorporó a la marcha del curso.La orden del 29 de febrero de 1816, referente a la Escuela Primaria, abrió nuevas posibilidades a la educación cristiana .Mientras Bochard reconocía a modo de ensayo la nueva sociedad religiosa de la Cruz de Jesús, se estaba gestando a pasos agigantados la Sociedad de María. El día 22 de julio de 1816, Marcelino era ordenado de sacerdote junto con muchos de sus compañeros de seminario y de proyecto fundacional. Al día siguiente, doce sacerdotes recién ordenados, entre los que se encontraba Marcelino, subieron en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Fourvière para colocar su proyecto bajo la protección de María. Después de la misa, Juan Claudio Courveille leyó un texto de consagración que puede considerarse como el primer acto oficial, si bien de carácter privado, de la Sociedad de María. Puede decirse que se trata de su fecha de fundación. Las tareas pastorales los dispersarían por la inmensa diócesis de Lyon.4 - LA VALLA: COADJUTOR DE LA PARROQUIA (1816 – 1824)Dentro de una sociedad en tensión, la restauración monárquica de Luis XVIII pretendió buscar su equilibrio en la postura moderada. Fue una década de relativa tranquilidad, en la que se incubaban intereses de clase en pugna por el poder. El mismo día de recibir su destino, Marcelino, un joven sacerdote de 27 años, llegaba a La Valla para ejercer el servicio de coadjutor. Al divisar el campanario de la iglesia, se postró de hinojos y confió al Señor y a la buena Madre su tarea apostólica.La Valla está enclavado en un bello paisaje, a 700 metros sobre el nivel del mar, en una zona montañosa del Pilat.Al llegar a la casa parroquial, la imagen que se le grabó en la retina no podía ser más decepcionante: el cura, Juan Bautista Rebod, de 38 años, vivía desordenadamente. Las homilías de los domingos se reducían a unos escasos avisos. La parroquia estaba abandonada.Tres días después, el 15 de agosto de 1816, se integraba oficialmente a la parroquia, dirigiendo una cálida homilía, cuyo texto sería probablemente un fragmento de un libro piadoso. El impacto fue enorme.Dos tareas se imponían de forma inmediata a sus afanes pastorales: combatir la embriaguez y desarraigar los bailes. No sólo la Iglesia los condenaba. El mismo Juan Jacobo Rousseau se declaraba contrario. Los músicos rurales, según costumbre de la época, debían renunciar a su oficio si querían la absolución. Marcelino se presentaba en pleno baile, allí donde se organizaba. La dispersión era instantánea. Sus intervenciones desde el púlpito y su presencia en el lugar, los días señalados, consiguieron suprimir estas reuniones nocturnas.Para abordar la restauración cristiana de la parroquia, se trazó una regla de vida personal. Cabe subrayar la importancia concedida a la vida de oración, al estudio diario de la teología y a la preocupación pastoral: «Procuraré, especialmente, practicar la mansedumbre y, para llevar más fácilmente las almas a Dios, trataré con suma bondad a todo el mundo».El cambio sólo era posible a partir del estudio de la realidad parroquial. No tardó en hacerlo. El abandono en que se encontraban los niños acentuó su cuidado por ellos a través de la catequesis, la educación y la instrucción. Su trato afectuoso prefería la recompensa y el estímulo antes que el castigo, que, prácticamente, no utilizaba.Mostraba sus atenciones a los adultos mediante las homilías y el sacramento de la confesión. No obstante, sus privilegiados eran los enfermos y los pobres.Un muchacho, Juan Maria Granjon, trabó amistad con Marcelino y lo acompañó en alguna de sus visitas a los enfermos. Será el primer hermano marista.El día 28 de octubre sirvió de espoleta para sus afanes fundacionales. Asistió a un joven de 17 años llamado Juan Bautista Montagne, enfermo de muerte, en la aldea de Palais. Se dio cuenta de la ignorancia total de los misterios de la fe. Durante dos horas estuvo enseñándolo, ya que, según regía en las ordenanzas sinodales, no podía administrarse la absolución a los que ignoraran las principales verdades de la religión. Horas después, el muchacho moría. No podía cruzarse de brazos. Aquel mismo día comunicó a Juan María Granjon sus proyectos y el papel que podía desempeñar en ellos. Era urgente pasar del proyecto a la realidad. Había llegado a tiempo.Si aproximadamente la mitad de la población infantil estaba escolarizada alguna época del año, los maestros, con frecuencia, ofrecían escasas garantías. La única preparación pedagógica para su misión había sido efectuada en los cuarteles y en los campos de batalla de la Revolución y del Imperio.La propuesta de Marcelino sobre la necesidad de hermanos adquiría caracteres dramáticos.Cinco días después se le acercó un joven, Juan Bautista Audras, para exponerle sus inquietudes vocacionales, puestas en un compás de espera y de consulta por los hermanos de la Doctrina Cristiana, debido a su excesiva juventud. Marcelino le propuso que viniera a vivir con Juan María Granjon.En torno a estas fechas, Marcelino abrió en Le Sardier una escuela mixta, de pago y bajo la dirección de un maestro secular formado en el método de la Salle.A menudo, en los municipios rurales la enseñanza abarcaba unos pocos meses, desde la fiesta de Todos los Santos hasta Pascua. Era el tiempo en que las actividades del campo estaban paralizadas.El día 2 de enero de 1817, Juan María Granjon, de 23 años, y Juan Bautista Audras, de 14 y medio, ocuparon la casa «Bonnaire» que Marcelino había alquilado.Combinaban plegaria, trabajo y estudio. Su ocupación manual consistía en la fabricación de clavos para sufragar su mantenimiento. Marcelino les daba lecciones de lectura y escritura y velaba por su formación de religiosos educadores.Los feligreses de la parroquia ignoraban los proyectos de su coadjutor al reunir a los dos jóvenes. Tres meses más larde, les dio un hábito y un nombre religioso. Juan María conservó su nombre, mientras que Juan Bautista recibió el de hermano Luis.Antes de acabar el año, ingresaría en el noviciado el tercer hermano: Juan Claudio Audras, que recibirá el nombre de hermano Lorenzo. Era hermano de Juan Bautista Audras. Fue a La Valla para recogerlo y llevarlo a casa. Marcelino le respondió: «En vez de seguir las intenciones de tus padres, harías mucho mejor en pedirles permiso para venir también aquí». Así fue.Pocos meses antes, Marcelino había comprado, a medias con Courveille, la casa-noviciado.Cuatro nuevas vocaciones se sumarán a lo largo de 1818. Se trata de Antonio Couturier (H. Antonio), Bartolomé Badard (H. Bartolomé), Gabriel Rivat (H. Francisco), de 10 años de edad, primer superior general, consagrado a la Virgen por su madre en el altar de la capilla del Rosario y Juan Pedro Maltinol (H. Pedro), que encabeza la lista de difuntos del instituto.Dos métodos pugnaban por imponerse en el campo de la pedagogía: el mutuo y el simultáneo. En el método mutuo, el profesor titular se servía de monitores para impartir sus enseñanzas. Los monitores recibían clase de 8 a 10 y a partir de esa hora la escuela se abría a todos los alumnos. Este método era criticado por la escasa influencia que ejercía el maestro, por su espíritu democrático y por su debilidad en la formación religiosa y moral. El método simultáneo, vulgarmente llamado «método de los hermanos (de la Salle)», era utilizado por las diversas congregaciones. Exceptuando el catecismo y ciertas explicaciones necesarias, el maestro hacía la clase en silencio, utilizando la «chasca». Enseñaba, sucesivamente, a las distintas secciones de la clase con ayuda de monitores. La Iglesia y los conservadores sostenían este método. Por primera vez en Francia, el tema escolar alcanzaba una gran violencia y llegaba a ser una lucha de partidos políticos.Marcelino adoptó el método de los hermanos de la Salle. Por ello confió la escuela de La Valla a un ex hermano, Claudio Maisonneuve, que estuvo sólo unos meses, tiempo suficiente para enseñar el método a los nuevos maestros.En noviembre de 1818 se fundó la escuela de Marlhes. El hermano Luis fue su primer director. Pese a su juventud e inexperiencia, el resultado obtenido al poco tiempo se hizo patente a los ojos de todos. Detrás de unas técnicas elementales, se alimentaba todo un estilo educativo, proporcionado por Marcelino: compartir la vida de los jóvenes, amarlos y conducirlos a Jesús bajo la protección maternal de María.Las fundaciones se iban sucediendo de forma paulatina y constante. El hermano Juan María dirigió la escuela de La Valla. El hermano Juan Francisco, la escuela de Saint-Sauveur, creada a instancias del alcalde, Colomb de Gaste, conocedor de los éxitos alcanzados en Marlhes por los hermanos.Las vocaciones eran escasas. Las peticiones de apertura de nuevas escuelas eran muchas.No obstante, apareció una campaña orquestada contra Marcelino y su obra. Algunos sectores no veían con buenos ojos los proyectos del fundador, su dedicación en llevarlos adelante y su frecuente ocupación en trabajos manuales. Las denuncias llegaron al propio Bochard y a las demás autoridades eclesiásticas. Pasadas las festividades de Pascua de 1821, Marcelino tuvo un encuentro con Bochard, vicario general, que le reprochó el haber fundado una congregación sin haberlo advertido a los superiores eclesiásticos. Bochard admite las explicaciones de Marcelino con la intención de plegarlo después a su propio proyecto.Poco tiempo antes, Marcelino se había entrevistado con Courbon, primer vicario general de la archidiócesis. Le dio cuenta de su comunidad y le pidió su parecer sobre la obra, manifestando que estaba dispuesto a dejarlo todo, si él creía que ésa era la voluntad de Dios. Se puso a su disposición para un cambio de destino si era el caso. Esta actitud deshizo las reservas de Courbon.Paralelamente, llegó una denuncia a la Universidad, al parecer motivada por Cathelin, director del colegio de Saint-Chamond, acusando a Marcelino de enseñar latín, tarea reservada exclusivamente a la Universidad, o en caso de que así no fuera, había que pagar un veinte por ciento de las retribuciones recibidas por tal concepto. La Universidad prefirió esperar la reacción eclesiástica. Efectivamente, Marcelino enseñaba latín al hermano Francisco y a otros. Estas tensiones no trascendieron a los hermanos. El momento fue extremadamente delicado.Al año siguiente fundó la escuela de Bourg-Argental. La escasez de aspirantes contrastaba con las propuestas fundacionales. Su confiada oración a la Virgen encontró una respuesta inesperada. Un seminarista de los hermanos de la Doctrina Cristiana pidió ser admitido.Marcelino no quiso recibirlo en su obra. Él insistió. Tras varios días de forcejeo y pruebas le dijo: «¿Me va usted a admitir si le traigo medía docena de jóvenes buenos?» La respuesta de compromiso del fundador fue: «Sí, cuando los haya encontrado», Efectivamente, reclutó a varios jóvenes diciéndoles que los llevaba a Lyon. Se presentó, pues, acompañado de ocho más. Las reticencias de Marcelino fueron extremas, así como la cantidad de pruebas a las que los sometió. Consultó a un grupo de hermanos sobre la admisión y dieron su refrendo por unanimidad. Todos ellos fueron recibidos; uno de los admitidos fue Juan Bautista Furet, futuro biógrafo de Marcelino .En julio, mientras Marcelino se dedicaba a mejorar las instalaciones de La Valla para alojar convenientemente a los hermanos, decidió cerrar la escuela de Marlhes, dado que los hermanos residían en un edificio de pésimas condiciones. Meses después, al mejorar las circunstancias por un cambio de párroco, la escuela abrió de nuevo sus puertas.La bula «Paternae caritatis», publicada el 6 de octubre de 1822, establece nuevas circunscripciones para las diócesis de Francia. Parte de la de Lyon fue a parar a Belley, con lo cual los miembros de la Sociedad de María se encontraron escindidos en dos jurisdicciones, hecho que dificultaría el establecimiento de un gobierno central.En febrero de 1823, su biógrafo recoge un hecho significativo: tras visitar el colegio de Boug-Argental, Marcelino regresaba a La Valla con el hermano Estanislao. Una tempestad de nieve les hizo perder toda referencia de camino. El frío era intenso. El hermano Estanislao se desvaneció. Marcelino dirigió el «Acordaos» a su «buena Madre».Una luz oportuna en la casa de campo (Donnet) permitió encontrar un refugio seguro. Era el azar, que, a los ojos de la fe, se llama providencia.En el transcurso de aquel año, Juan Claudio Colin realizó gestiones para recibir la aprobación de la Sociedad de María. Pío VII, tras veintitrés años de pontificado, fallecía dando paso a León XII.Marcelino fundó tres nuevos colegios. La tensión y la oposición a su obra adquirieron tintes dramáticos y amenazantes, debido a la influencia de Bochard. El nuevo papa, León XII, nombró a monseñor Gaston de Pins administrador de la diócesis de Lyon, quien, tras la muerte prematura de Courbon, ocuparía su sede arzobispal, despejando el panorama a Marcelino, por la retirada de Bochard.Gaston de Pins no sólo lo alentó en su obra, convenientemente informado por Gardette, sino que le sugirió la construcción de una casa mayor que pudiera albergar más personal. Lo autorizó para que adquiriera una nueva casa-madre. A orillas del Gier, ayudado económicamente por Courveille, compró una propiedad a bajo precio, dado que era un gran roquedal.Courveille pasó a compartir sus afanes con Marcelino. El 13 de mayo de 1824, Cholleton, vicario general, bendijo la primera piedra de la construcción, edificada en unas condiciones muy duras, suavizadas por la piedad y el magnífico compañerismo, lo que permitió que se realizara en menos de medio año. Las gentes del lugar no salían de su asombro. Les gustaba oír, cuando pasaban por el camino superior, los cantos de la comunidad. Las dificultades del roquedal eran enormes. En definitiva, se trataba de una casa edificada sobre roca. Se le llamó Notre-Dame de l’Hermitage.5 - NUESTRA SEÑORA DEL HERMITAGE (1824 – 1840)A la muerte de Luis XVIII, subió al trono su hermano Carlos X, que comenzó a reinar en 1824, con el apoyo de la Iglesia y de los ultraconservadores. Bajo su mandato se promulgan leyes sobre la enseñanza, el retorno de los jesuitas, la disolución de la Guardia Nacional. También se promulgó la ley de los «mil millones» para indemnizar a los aristócratas emigrados. Este reinado no fue excesivamente tranquilo.Se desvinculó a Marcelino de su ministerio en La Valla para que pudiera dedicarse plenamente a su obra fundacional. El año que se avecinaba, 1825, constituiría una de sus épocas más angustiosas. La autorización legal del instituto constituyó un problema que tuvo que arrastrar muchos años, sin conseguir una solución definitiva y convincente. Esto le costó quebraderos de cabeza, trámites burocráticos, visitas y viajes... No obstante, se preocupaba mucho más de su obra que de su legalización.Por aquel entonces, las ambiciones de Courveille se cifraban en que le nombraran superior de los hermanos. Sus maniobras y su política solapada encontraron la resistencia de los hermanos, que escogieron a Marcelino para dirigirlos, quien vivía con profundo espíritu de fe y humildad las intrigas de su compañero de sacerdocio, Llegó, incluso, a realizar una segunda votación, tras proponer a los hermanos que las personas que lo rodeaban estaban más cualificadas que él, alcanzando otra vez casi la unanimidad.Es previsible que estos acontecimientos le hicieran sufrir mucho, aunque no exteriorizara nada. Courveille no encajó el resultado y pasó a un ataque casi frontal a través de cartas, pláticas, argumentos persuasivos y descalificación de su adversario. Esta situación angustiosa y el quebranto de la salud, debido a sus numerosos viajes en condiciones precarias y climáticas adversas, lo postraron en el lecho de la enfermedad, de tal modo que, en pocos días, se había perdido toda esperanza de salvarlo.Quizás nunca como entonces el instituto estuvo en trance de desaparecer. Cundió el desaliento. La forma de gobierno, desplegada por Courveille, con fuerza y medidas drásticas, contrastaba con el estilo de Marcelino, al que estaban acostumbrados: rectitud y bondad.El proyecto fundacional vivido bajo el signo de la unidad, se deshizo en multitud de proyectos personales. Los hermanos que se encontraban en las escuelas vivían al margen de este clima de crispación.Hubo un hermano que se constituyó en auténtica figura aglutinante. Se trata del hermano Estanislao. Hombre de abnegación total, luchó solo contra el desaliento de los hermanos y el rigor excesivo e imprudente de Courveille. En el Hermitage, fue el único que no perdió la confianza, se mostró fiel al instituto e hijo legítimo del padre Champagnat. Las aguas volvieron, lentamente, a su cauce. Siguieron, en tono menor, los escarceos de Courveille, que se vio precisado a abandonar el Hermitage. Se retiró a la trapa de Aiguebelle. Tras haber recorrido diversos lugares, se estableció definitivamente en la abadía de Solesmes, donde falleció en 1866.Marcelino seguía adelante con su obra. La situación financiera era delicada. Las mejoras en el Hermitage alternaban con las ampliaciones o las novedades, siempre dentro de un contexto de pobreza y austeridad. Recibió autorización para poder enterrar a los hermanos en su propiedad. Por otra parte, la fundación de la Sociedad de María habría su camino trabajosamente.Durante las vacaciones de 1828, el P. Champagnat, aprovechando que los hermanos estaban reunidos, comunicó las reformas programadas. En cuanto al cambio del método de lectura, se imponía para una mejora pedagógica, dados los resultados del antiguo. Las reformas no fueron bien recibidas. Dos hermanos crearon un cierto estado de crispación y de rechazo, debido, en parte, a la carencia de espíritu religioso o a la comodidad de los esquemas tradicionales. Marcelino, tras ampliar sus consultas y confiar al Señor en la plegaria estos afanes, mantuvo las reformas.Tanto los hermanos como los padres maristas pugnaban por conseguir la autorización que les diera refrendo legal. Monseñor Gaston de Pins envió a París los estatutos de los hermanos, que recibieron la aprobación del Consejo de Estado. Sólo faltaba la firma del rey. Pero las llamadas «ordenanzas de julio», es decir, la disolución de la Cámara de Diputados, la censura de prensa y la modificación del derecho electoral, desencadenaron la revolución de julio, apoyada por la alta burguesía. Carlos X abdicó y huyó a Inglaterra. El partido de la burguesía, políticamente más fuerte que el republicano, proclamó «rey de los franceses» a Luis Felipe I, duque de Orleans, que a la sazón tenía 57 años. Volvió la bandera tricolor, se reformó la Constitución (responsabilidad de los ministros, abolición de la censura, laicismo del Estado), de cuya salvaguardia quedó encargada la restaurada Guardia Nacional. Comenzaba así la edad de oro de la alta burguesía. Y la firma no llegó, pero se abría un interrogante de turbación y recelo ante la nueva situación.La preocupación de los hermanos contrastaba con la seguridad y confianza de Marcelino. Mantuvo la sotana, les recomendó confiar en la Providencia y en María, la buena Madre, y pidió permiso al arzobispo para una nueva toma de hábito, lo cual le hizo exclamar: «Cuando todos tiemblan, sólo él no teme nada». Marcelino escribía a los hermanos: «No perdáis el sosiego ni os turbéis; nada temáis ni por vosotros ni por las escuelas, Dios es quien permite y regula todos los acontecimientos, los endereza y hace que redunden en gloria suya y bien de sus elegidos. Los malos no tienen más poder que el que él les concede».Su postura frente a los hechos se explica en estas palabras: «Las precauciones que habéis de tomar son: no temer nada, ser prudentes y circunspectos en las relaciones con el mundo y con los niños, no os ocupéis en absoluto de asuntos políticos, manteneos muy unidos con Dios, redoblad el celo por la propia perfección y la educación cristiana de los alumnos y, finalmente, poned plena confianza en Dios». En esta época sólo se cerró una escuela. Pero Marcelino abrió una nueva. Tenía las ideas claras y no se arredró ante el cariz de los acontecimientos. De este tiempo queda, como práctica piadosa entre los hermanos, el rezo matutino de la Salve.La trayectoria personal de Marcelino Champagnat y su postura frente a los avatares más relevantes de la historia, permiten observar que su obra nació adaptada a los tiempos modernos. Si bien muchos fundadores procedían de familias conservadoras, Marcelino había vivido, desde su infancia, el pulso de la Revolución y del cambio. Otros estaban contra el gobierno; él quería colaborar. Un diputado del Parlamento explicará esta actitud: «Nunca funda sin autorización de la autoridad pública».Por ello eludió los conflictos. Se mantuvo siempre al margen de la política. Buscó también el permiso de la autoridad religiosa .Una Orden real, fechada el 18 de abril de 1831, regula las condiciones de enseñanza para los miembros de las asociaciones religiosas, obligando al servicio militar a los que pertenecían a congregaciones no autorizadas. Esta disposición creó dificultades a los hermanos. Marcelino buscará soluciones. La amistad con Mazelier, fundador de una congregación, también de hermanos, le abrirá camino.Las tomas de hábito se sucedían unas a otras. El Hermitage era un centro de atracción. El 16 de octubre de 1831 ingresa Pedro Alejo Labrosse, de alto nivel intelectual y excelente preparación académica, que será el segundo superior general.Colin tenía la idea de que los hermanos de la Sociedad de María formaran un solo grupo con dos clases: los hermanos maristas, destinados a las escuelas, y los hermanos de José, al servicio de los padres en sus residencias. Marcelino siempre se opuso a que hubiera dos clases de hermanos. Por ello, los hermanos maristas, tanto se dediquen a las clases como a los trabajos manuales, serán de categoría única. Constituía este proyecto un signo de anticipación y de progreso.En sus visitas a los colegios, además de hablar con los alumnos, Marcelino iba orientando a los hermanos y despertando en ellos actitudes educativas. Frente a la gravedad, sugerida como primera virtud de un educador en otras congregaciones de enseñanza, Marcelino proponía la sencillez y la bondad, la autenticidad y la apertura. Insistía también en el espíritu de familia, en la benevolencia, en la devoción a María, expresada más en actos que en palabras, en el trato bondadoso a los chicos, en el espíritu de trabajo y en el ideal de educación religiosa muy profunda que debía subrayar la relación con Dios en la confianza. Estas cualidades, además de otras que podrían mencionarse, van configurando un talante educativo peculiar.No se trata de una revolución en los métodos pedagógicos, cuya importancia no se discute, sino de una forma de enfocar la vida, de plantear la educación, de orientar a las personas, de conducir a la madurez… Se trata de unas actitudes profundas, a cuyo conjunto llamamos estilo. Por esto no es de extrañar que las solicitudes de apertura fueran siempre superiores a las posibilidades reales de llevarlas a cabo. La dedicación llegó, incluso, a superar las deficiencias que pudo haber en el nivel académico.El 28 de junio de 1833 tuvo lugar la proclamación de la ley Guizot, que obligaba a todos los maestros de escuela a poseer el título. Obligaba a cada municipio a resolver, efectivamente, el problema de la enseñanza: debía pagar unas cantidades a los maestros, dotarlos de alojamiento...Alguna congregación relevante, dedicada a la enseñanza, exigía a sus miembros a ir de tres en tres y estipulaba unas cantidades determinadas. Marcelino, con tal de llegar a cubrir las necesidades más perentorias, permitió ir de dos en dos; admitió, incluso, la posibilidad de ir sólo un hermano, pero debía reunirse a convivir en comunidad con otros. La cantidad era módica. Como en algunos casos sólo daban clase en invierno, los hermanos debían buscar una forma de trabajo que los mantuviera ocupados y que resolviera la economía o, en todo caso, retirarse un tiempo al Hermitage para contribuir en los trabajos que allí se realizaban. Por tanto, no es de extrañar que los hermanos maristas se ocuparan así de municipios más pequeños y pobres. El afán apostólico agilizaba las normas que pudieran dificultarlo.Mientras seguían los afanes por conseguir la autorización legal, Marcelino organizó la secretaría en el Hermitage. Se debía guardar en un registro especial copia de las cartas enviadas y de las reuniones.Recogida está la carta del 29 de marzo de 1834 en la que Marcelino, además de enumerar a Colin las condiciones de admisión al noviciado, pide que sus hermanos jamás se encarguen de las sacristías. También está la carta de mayo del mismo año, dirigida a la reina Antoinette Adelaide, que dice así: «Elevado al sacerdocio en 1816, fui enviado a un municipio de la región de Saint-Chamond (Loira). Lo que vi con mis propios ojos en esta situación, en lo que concierne a la educación de los niños y adolescentes, me recordó las dificultades que tuve en mi infancia por falta de educadores. Me apresuré, por tanto, a llevar a cabo el proyecto que tenía de formar una asociación de hermanos educadores para los municipios pobres, rurales, donde, en la mayoría de los casos, la penuria no permite tener hermanos de la Doctrina Cristiana. He dado a los miembros de esta nueva asociación el nombre de María, persuadido de que este nombre sólo nos atraerá gran número de sujetos. Un éxito rápido, pese a carecer de recursos temporales, justificando mis conjeturas, ha superado mis esperanzas. (...) El gobierno, por el hecho de autorizarnos, facilita de manera singular nuestro desarrollo. La religión y la sociedad obtendrán un gran provecho».En términos similares, Marcelino se había dirigido, el 28 de enero, a su majestad el rey Luis Felipe I. Marcelino tenía vocaciones. Mazelier, en cambio, reconocimiento legal, que permitía a los hermanos capear el servicio militar. Los buenos deseos y las cartas no bastaban para conseguir la autorización legal del instituto. París era la meta. Había que acudir al centro de decisión. La llegada de Marcelino coincidió con un cambio ministerial. Ni siquiera presentó la instancia.El 3 de octubre de 1836 se bendijo la nueva capilla del Hermitage por Monseñor Pompallier. En este mismo mes, por vez primera, los hermanos emitieron los votos perpetuos en público. Una vez más la vida se había anticipado a la norma.Al año siguiente aparecieron las primeras Reglas escritas, muy apreciadas por los hermanos: un conjunto de normas surgidas de la experiencia.El crecimiento vocacional seguía. Cuarenta postulantes tomaron el hábito dicho año. Sesenta y seis curas párrocos o ayuntamientos solicitaron hermanos.En 1838, Marcelino marchó de nuevo a París con el hermano Marie-Jubin, que iba a aprender litografía.A los pocos días de haber marchado, en su casa paterna murió su hermano Juan Bartolomé, el segundo de la familia Champagnat. Sólo quedaba Marcelino y, a su juicio, no por mucho tiempo. Su salud era delicada. Dice su biógrafo: «Sus penosas correrías por la capital y los sinsabores de toda clase que allí hubo de aguantar, acabaron por arruinar su vigor físico y desgastar las pocas fuerzas que le quedaban. Cuando regresó, era fácil comprender que no iba a llegar muy lejos». Padecía una gastritis crónica.Salvandy llevó la negociación con Marcelino. Pese a la amabilidad aparente y a pesar de traer una recomendación del arzobispo, las continuas trabas burocráticas evidenciaban la nula voluntad de conceder la autorización. Para su dinamismo y su clarividencia práctica, resultaba difícil asimilar un proceso absurdo de papeleo, de idas y venidas...Leía los acontecimientos con los ojos de la fe y se mostraba constante en sus propósitos. Tampoco convenía una autorización con muchos recortes.A finales de abril regresó al Hermitage.Después de la fiesta de la Ascensión, nuevo viaje. El día 23 de junio escribía al hermano Francisco: «Tengo siempre una gran confianza en Jesús y en María. Obtendremos nuestro objetivo, no lo dudo, pero solamente desconozco el momento... No olvide decir a todos los hermanos, cuánto los amo, cuánto sufro por estar lejos de ellos...» Regresaría al mes siguiente.El resultado de este viaje acabó en una nueva dilación. Sin embargo, sus palabras serían proféticas. En París, su vida religiosa no había mermado nada. Decía: «Me hallo tan unido a Dios en las calles de París como en los bosques del Hermitage». Su vida espiritual alcanzaba ya unos grados relevantes.En septiembre, Libersat, empleado del Ministerio de Educación, le comunica que se tiene la intención de limitar la aprobación de su instituto a los municipios que no superen los 1200 habitantes. Marcelino no quiso la autorización a tal precio. Fundar escuelas en ayuntamientos más importantes era indispensable para obtener recursos y facilitar así medios a las escuelas pequeñas.Marcelino, fiel al proyecto original, quería que los hermanos estuvieran plenamente integrados en la Sociedad de María, obedientes al superior general común. No obstante, hay más partidarios de que tengan un superior general propio, si bien se refieran, en último término, al de los padres maristas. Por ello, Colin quiso asegurarle un sucesor ante el hecho de una muerte eventual.El 12 de octubre de 1839, poco antes de acabar el retiro, noventa y dos hermanos que tenían derecho a voto, eligieron al hermano Francisco, que obtuvo ochenta y siete votos. Los hermanos Luis María y Juan Bautista fueron proclamados asistentes. El canto del Magnificat y una eucaristía cerraron el acto.Al mes siguiente predicó un retiro a los alumnos de Côte-Saint-André. Su piedad y la bondad que se transparentaba en su rostro, marcado por la debilidad y el dolor, conquistaron el corazón de todos ellos. El comentario entre los mismos fue: «Este sacerdote es un santo». El 8 de diciembre inauguraba el noviciado en Vauban. El dolor físico y las dilaciones en la autorización no empañaban para nada su confianza en Dios; incluso, si cabe, la acentuaban. Dios estaba con él. Setenta y un postulantes vistieron el hábito y veinte hermanos hicieron la profesión.Al iniciarse el año 1840, Marcelino seguía desplegando sus desvelos: insistencia sobre el estudio de la religión, envío de dos hermanos a la escuela de sordomudos que había en París, con vistas a ser destinados a un establecimiento de Saint-Étienne.La enfermedad, no obstante, procedía al último asalto. Observaba todavía el reglamento de la casa. Sentía gran consuelo en estar con los hermanos, en rezar con ellos, en hallarse en medio de la comunidad.El miércoles de ceniza fue acometido por un violento ataque nefrítico, que no lo dejó ya hasta la muerte. Tenía hinchazón en las piernas. Viendo próximo el fin de sus días, quiso dejar arreglados todos los asuntos temporales, para lo cual acudió a un notario, ya que las propiedades de la congregación figuraban a nombre suyo. El 13 de abril, Jueves Santo, dijo la misa en Grange-Payre. Fue a caballo.Después de la eucaristía habló a los alumnos: «Recordad con frecuencia que Jesús os ama mucho (...). Si tenéis mucha confianza en María, ella os alcanzará la gracia de ir al paraíso, os lo aseguro». El calendario se precipitaba en mayo con intervalo de escasos días: la última misa, la unción de los enfermos, la lectura de su testamento espiritual delante de los hermanos, la visita de Colin, con el que tuvo un largo coloquio... Le visitaron Mazelier y numerosos eclesiásticos.Tal vez ya en cama, pasó por su interior la película de su vida: su infancia en Rosey, su vida de seminarista, su apostolado de coadjutor, sus desvelos de fundador... Una cosa se había resistido a su empeño: «No ha querido Dios otorgarme el consuelo de ver el instituto legalmente reconocido, porque yo no merecía tal favor, pero tened la seguridad de que no os faltará la autorización y de que os será concedida cuando haya llegado a seros absolutamente necesaria». Once años más tarde, Luis Napoleón Bonaparte, el día 20 de junio, firmaría el Decreto de autorización legal del instituto de hermanitos de María (hermanos maristas).El 4 de junio, jueves, comulgó por última vez. El viernes se agudizaron los sufrimientos. Jesús, María y José se hallaban en el centro de su corazón y de su plegaria. Todo el Hermitage era un templo. Los hermanos rezaban constantemente. Se cuidaban en los mínimos detalles para evitar el más ligero ruido. El sábado, 6 de junio, vigilia de Pentecostés, después de una hora de agonía, cuando la comunidad entonaba la Salve, Marcelino entregó su alma a Dios. Se encargó su retrato a un pintor de Saint-Chamond. El día 8 de junio, con nutrida asistencia de eclesiásticos y personalidades civiles, se celebraron los funerales de Marcelino Champagnat. Por aquel entonces, las estadísticas arrojaban los siguientes números: 280 hermanos, 49 difuntos, 48 establecimientos, 180 hermanos daban instrucción a unos 7000 alumnos. La realidad era pletórica, pero su proyecto era aún más ambicioso: «Todas las diócesis del mundo entran en nuestras miras».Muy pocos quizá, imaginaran entonces que el día 29 de mayo de 1955, Marcelino ocuparía la gloria de Bernini, en el acto de beatificación, llevado a cabo por Su Santidad Pío XII y, posteriormente, el 18 de abril de 1999 sería canonizado por el Papa Juan Pablo II. No obstante, era el refrendo oficial de una santidad cuya convicción poseían. Su cuerpo fue llevado al sepulcro a hombros de los hermanos profesos que, sumidos en el dolor, mezclaban las lágrimas con las preces que rezaban por él. En una placa se había escrito: «Ossa J.-B.-M. Champagnat 1840».Sociedad, cultura y política Marcelino Champagnat• 1789: 5 de mayo: apertura de los Estados Generales en Francia. • 1789: 20 de mayo:nacimiento de Marcelino Champagnat. • 1792: supresión de las órdenes religiosas, entre ellas la de los Hermanos de la Escuelas Cristianas • 1793: Luis XVI es ejecutado el 21 de enero. • 1795: adopción del sistema métrico en Francia. • 1799: el papa Pío VI, prisionero del Directorio, es enterrado civilmente en Valence.Golpe de Estado de Bonaparte que pone fin a la Revolución. • 1799: este año comienza laescolaridad formal de Marcelino con resultados negativos • 1800: Joseph Marie Jacquard inventa una nueva máquina de tejer. • 1800: Juan Bautista Champagnat pierde su categoría de presidente, pero es elegido miembro del nuevo Consejo municipal • 1804: promulgación del Código Civil. • 1804: descubrimiento de la vocación sacerdotal de Marcelino Champagnat. • 1805: batalla de Austerlitz. • 1805: Marcelino ingresa en el seminario de Verrières. • 1811: expulsión de los sulpicianos del seminario mayor de Lyon por decreto imperial. • 1813: el papa Pío VII queda prisionero de Napoleón en Fontainebleau. • 1813: entrada de Marcelino Champagnat en el seminario mayor de Lyon. • 1814: primera abdicación de Napoleón. Se impone la Restauración de los Borbones. • 1814: fiesta de la Epifanía.Marcelino recibe la tonsura, las órdenes menores y el subdiaconado. • 1815: desastre de Waterloo.Segunda abdicación. • 1815: el día 23. de junio es ordenado de diácono por el obispo de Grenoble, junto con Juan Claudio Colin y Juan Mª Vianney. • 1816: la primera locomotora verdaderamente eficaz, construida por Stephenson, está sobre sus vías cerca de Newcastle, en Inglaterra. • 1816: ordenación sacerdotal de Marcelino Champagnat, el 22 de julio.Al día siguiente, doce seminaristas hacen la promesa a Nuestra Señora de Fouvière de crear la Sociedad de María. • 1817: el 2 de enero, Marcelino Champagnat instala los dos primeros postulantes maristas en una casa de La Valla. • 1818: fundación de la escuela de Marlhes. • 1821: Napoleón muere en Santa Elena. • 1821: pasadas las fiestas de Pascua, encuentro con el vicario general, quien le recrimina la fundación de una congregación dedicada a la educación.Acusaciones y denuncias de la Universidad. • 1823: el “Acordaos” de lanieve y la “salvación” en la casa de los Donnet. • 1824: Beethoven escribe su novena sinfonía.Muere Luis XVIII y sube al trono Carlos X.Ambos eran hermanos de Luis XVI. • 1824: el 13 de mayo, bendición de la primera piedra del Hermitage. • 1825: los hermanos maristas de Marcelino Champagnat se instalan en el Hermitage.Marcelino Champagnat, agotado por las visitas a las escuelas, cae gravemente enfermo. • 1828: durante las vacaciones, Marcelino, cambia el método de lectura. • 1829: Louis Braille termina su método de escritura para los ciegos. • 1830: revolución de julio en París. “Los tres días gloriosos”. Carlos X es depuesto. Le sucede Luis Felipe. • 1831: revuelta de “les canuts” en Lyon. • 1831: 18 de abril:Orden real que regula las condiciones de enseñanza para los religiosos. • 1832: 16 de octubre: ingresa Pedro Alejo Labrosse, que será el segundo superior general del instituto. • 1833: Balzac publica “Eugenia Grandet”. • 1833: Marcelino Champagnat cuenta con ochenta y dos hermanos que enseñan en diecinueve escuelas a 2000 alumnos y tiene veintidós postulantes que reciben el hábito religioso. • 1836: reconocimiento oficial por la Santa Sede de los padres maristas. El padre Colin es el superior general.Marcelino Champagnat es nombrado superior del instituto de los hermanos.El 24 de diciembre, los primeros misioneros maristas parten para Oceanía. • 1839: elección del sucesor de Marcelino Champagnat: el hermano Francisco Rivat. • 1840: estreno de la iluminación de gas en París. • 1840: El 6 de junio, Marcelino Champagnat muere en el Hermitage.Desde el 2 de enero de 1817, el Fundador había reunido 421 Hermanos, profesos o novicios, de los cuales 92 lo habían abandonado, 49 habían muerto en la Congregación. Había, pues, 280 Hermanos al momento de su muerte.Se habían fundado 53 establecimientos, de las cuales se habían cerrado 5, quedando 48.180 Hermanos daban educación cristiana a 7 000 alumnos aproximadamente.

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