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Testimonio sobre Marcelino Champagnat

 


Laurent (Audras, Jean Claude) - 1840



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[1] En 1818 12, el Sr. Champagnat, sacerdote, siendo Vicario parroquial en La Valla, quedó sumamente afligido al comprobar la extrema ignorancia que reinaba en esta parroquia, sobre todo entre los jóvenes. Encontró a varios muchachos de 10 a 12 años que desconocían la razón de su vida en este mundo e incluso ignoraban la existencia de Dios. Tal situación le indujo decididamente a fundar una Congregación de jóvenes [educadores] a quienes él mismo instruía y formaba en todas las virtudes con el fin de capacitarlos a ellos para instruir, a su vez, a los niños y jóvenes, es decir a los muchachos pobres del campo. Y como él ponía toda su confianza en Dios, no quiso otro capital que el de la Providencia, en la que nunca contó en balde.
[2] Compró en primer lugar una casita más arriba de la casa parroquial y puso en ella, al inicio, a un joven muy virutoso. Mi hermano fue el segundo y yo el tercero, Couturier o Hno. Antonio, el cuarto; luego el Hermano Bartolomé y el querido Hermano Francisco 13. Durante un período de tiempo fuimos seis. 
[3] Nuestro buen Padre nos decía la Misa siempre muy temprano. Era enemigo declarado de los perezosos. Se levantaba siempre muy de mañana. Después de Misa, no perdía el tiempo en cosas inútiles. Estimaba mucho el trabajo manual. No se medía en ello, sino que siempre se echaba encima las tareas más penosas y peligrosas.
[4] El edificó totalmemte nuestra casa de La Valla. Nosotros hacíamos alguna cosa, pero como no habíamos sido formados en la albañilería, era necesario que él nos estuviera mostrando a cada rato cómo realizar el trabajo, y con frecuencia tenía que rehacerlo todo. Cuando había piedras pesadsas que transportar, él era siempre quien lo hacía. Nos poníamos de a dos para ponérselas en sus espaldas. Nunca se enfadaba por nuestra torpeza para el trabajo. Es cierto que estábamos llenos de buena voluntad, pero éramos muy torpes, especialmente yo.
[5] Cuando llegaba al anochecer, sucedía a menudo que se presentaba todo desgarrado y enteramente cubierto de sudores y polvo. No se lo veía nunca más contento que cuando había trabajado y padecido mucho. Me tocó verlo varias veces trabajar con un tiempo de lluvias y de nieves. Nosotros dejábamos el trabajo, pero él permanecía en la labor, y con frecuencia con la cabeza descubierta a pesar de la inclemencia del tiempo. 
[6] El tiempo que no se dedicaba al trabajo manual, se empleaba en la oración o en la meditación.
[7] Había una mujer pobre que a duras penas tenía algo que dar de comer a su hijo. El Padre Champagnat, apenas tuvo conocimiento del caso tomó al muchacho comido por los piojos y le prodigó toda clase de cuidados. Una madre no tiene más ternura con sus hijos que la que él nos prodigaba. La comparación ciertamente no es exacta, pues con frecuencia las madres aman a sus hijos con una amor sólo carnal. El, en cambio, nos amaba verdaderamemte en Dios.
[8] En los comienzos éramos muy pobres. El pan era de color de tierra, pero teníamos siempre lo necesario. Nuestro buen Superior, como el más cariñoso de los padres, tenía gran cuidado de nosotros. Por ejemplo, yo me acordaré siempre de la molestia que se daba cuando hallándome enfermo en La Valla, venía a visitarme todos los días; aprovechaba para llevarme siempre alguna cosita que me sirviera de alivio y alguna palabra de consuelo que me animara a sufrir con paciencia todo por amor de Dios.
[9] Nos hablabla a menudo del cuidado que la divina Providencia tiene de aquellos que confían en ella, y en particular por lo que se refiere a nosotros. Y cuando nos hablaba de la bondad de Dios y de su amor por nosotros, nos comunicaba ese fuego divino del cual él estaba lleno, en tal medida que los trabajos de la vida y todas sus miserias no hubieran sido capaces de hacernos vacilar.
[10] Tenía tan grande devoción a la Santísima Virgen que él la inspiraba a todos. En todas sus pláticas decía siempre algo en alabanza de esta buena Madre. Quería que nos acercáramos a los Sacramentos en todas sus fiestas y que la honráramos con un culto especial. Era también su voluntad que en cada establecimiento los Hermanos hiciesen el Mes de María con todo el celo posible, a fin de inspirar a los niños la misma confianza y la misma devoción a la Madre de Dios.
[11] Nos decía con frecuencia que si la Sociedad [el Instituto] hacía algún bien y si aumentaba, se lo debíamos a la Santísima Virgen; que a ella hemos de considerarnos deudores de todos los favores y de todos los progresos realizados desde el principio hasta el presente. Y que, sin Ella nunca hubiéramos tenido éxito. 
[12] El era de un carácter alegre y suave, pero firme. Sabía entremezclar en la conversación palabras divertidas a fin de amenizar la compañía. No se sentía nunca incómodo entre los Hermanos. Le hacíamos las preguntas más embarazosas; jamás se lo vio en dificultades para contestarlas, y de una manera tan precisa que dejaba a todos los Hermanos satisfechos.

[13] Tuvo mucho que sufrir a causa de caracteres tan diversos y de ciertos espíritus extravagantes, muy difíciles de dirigir. Todos ellos podían estar seguros de tener una buena parte en sus oraciones, pero si después de haber agotado todos los medios para ganarlos a Dios, seguían incorregibles, ¡Oh!, entonces no había más posibilidad que cruzar la puerta de salida.

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