13 de mayo de 2024 FRANCIA

Bicentenario de la construcción de la Casa Madre del Instituto Marista

El 13 de mayo es recordado como la fecha en la que el Padre Champagnat compró el terreno donde en seguida construyó la casa madre del Instituto Marista. Tras 200 años del evento, un domingo de Pentecostés, el 19 de mayo, con una misa celebrada en la capilla del Hermitage por Mons. Sylvain Bataille, obispo de Saint-Étienne, se abrirá oficialmente el año del bicentenario de la construcción-inauguración de la Casa de L’Hermitage.

Poco después de haber comprado el terreno a orillas del río Gier, cerca de Saint-Chamond, el Padre Champagnat y los primeros Hermanos comenzaron la construcción de la casa. La bendición de la piedra angular corrió a cargo de Mons. Cholleton, Vicario General de la Diócesis de Lyon. El pasado mes de marzo, durante la reunión de los Provinciales, se realizó una celebración en memoria de la colocación de la primera piedra de la casa. En aquella ocasión, el H. Ernesto Sánchez, Superior general, recordó que “la celebración del Bicentenario de la casa madre del Instituto es una oportunidad única para valorar con gratitud el don del carisma marista que nos fue donado y del que somos beneficiarios y responsable de continuar la misión a favor de los niños y jóvenes, particularmente de los más vulnerables”.

Construcción de la casa del Hermitage

Vida de José Benito Marcelino Champagnat,
H. Juan Bautista Furet (Parte I, capítulo 12)

Cuando bajaba a Saint-Chamond, el Padre Champagnat se había fijado muchas veces en el valle donde hoy se levanta el Hermitage, y en muchas ocasiones había pensado: ‘Un noviciado aquí estaría muy tranquilo, y sería muy apropiado para el estudio. Con la ayuda de Dios, podremos situarnos aquí algún día’ (…) Para la prudencia humana, podría parecer una temeridad que el piadoso Fundador emprendiera, sin recurso alguno, una construcción que tantos gastos tenía que ocasionar. Sólo el terreno le costó más de doce mil francos. Por lo que, al enterarse la gente del proyecto de traslado de la comunidad y de la construcción de un gran edificio, desencadenó una nueva oleada de censuras, críticas, invectivas e injurias, que superaron posiblemente las de la época más borrascosa que hasta entonces había sufrido el Instituto. La aprobación que el señor arzobispo había otorgado a la obra, y el afecto y la benevolencia con que distinguía a su Fundador, no fueron suficientes para calmar la agitación de los ánimos y la malignidad de las lenguas. Se calificó el proyecto de locura, e incluso los mismos amigos del Padre Champagnat lo atacaron y lo intentaron todo para hacerle desistir.”

(…)

“Este Loco Champagnat, decían algunos de sus compañeros sacerdotes y muchas otras personas, ha perdido la cabeza. ¿Qué pretende ahora? ¿Cómo se las arreglará para pagar esa casa? Hay que ser temerario y haber perdido el juicio para cegarse de ese modo y concebir tales proyectos.”

(…)

El Padre Champagnat no ignoraba lo que la gente pensaba y decía de él. Pero le tenían sin cuidado las habladurías de los hombres y nunca tomó como norma de conducta los criterios de la prudencia humana. Por eso, aunque tenía a su cargo una numerosa comunidad, aunque pesaba sobre él una deuda de cuatro mil francos y estaba sin dinero, fiado sólo en Dios, en quien confiaba sin límites, emprendió sin miedo la construcción de una casa con su capilla, capaz para albergar a ciento cincuenta personas.

(…)

La adquisición del terreno y el costo de la construcción ascendió a más de sesenta mil francos. Había motivos para desconcertar a la prudencia humana y no debe sorprender que la ejecución de este proyecto le atrajera tantos quebraderos de cabeza. Sin embargo, para disminuir los gastos, toda la comunidad trabajó en la obra, incluso los Hermanos de los colegios fueron llamados para colaborar en ella. Y todos rivalizaron en entusiasmo y abnegación. Nadie, ni siquiera los más débiles o enfermos, quiso permanecer al margen; todos deseaban tener la satisfacción de haber contribuido a levantar un edificio que les era tan entrañable. Pero aquí no sucedía como en Lavalla, donde la construcción fue obra exclusiva de los Hermanos. Ahora, esa labor fue encomendada exclusivamente a los albañiles; los Hermanos se ocupaban de extaer la piedra, transportarla, sacar arena, y preparar la argamasa y hacer de peones de albañiles. A primeros de mayo de 1824, el señor Cholleton, Vicario general, bendijo la primera piedra.

(…)

Para albergar a los Hermanos, el Padre Champagnat alquiló una casa vieja que se hallaba en la margen izquierda del Gier, frente a la que se estaba construyendo. Los Hermanos dormían casi amontonados, en un desván destartalado y estrecho. Su alimento era muy sencillo y frugal. Pan, queso, unas legumbres que les mandaban ciertas personas caritativas de Saint-Chamond; y, de vez en cuando, un trozo de tocino, como algo extraordinario, y siempre agua clara como bebida. Éste era su régimen de vida. El buen Padre compartía el alimento y albergue de los Hermanos, y a menudo se quedaba con lo peor. Por ejemplo, al no encontrar en la casa un mal rincón donde poner su cama, tuvo que acomodarla en una especie de balcón expuesto a los rigores de la intemperie y protegido tan sólo por un voladizo. Allí durmió todo el verano, y durante el invierno bajó al establo. Por lo demás, la casa se hallaba en tan mal estado que los Hermanos y el buen Padre sufrieron mucho a lo largo del año casi entero que la ocuparon.

Mientras duraron las obras, se levantaban a las cuatro. El Padre Champagnat daba la señal y, cuando era necesario, llevaba la luz a los dormitorios.

Después de levantarse, la comunidad se dirigía al centro del bosque donde había una capillita dedicada a la Santísima Virgen, erigida personalmente por el Padre. Una cómoda servía de credencia y altar; un roble, en cuyas ramas se había colgado una campana, hacía de campanario. En la capilla no cabía toda la comunidad: sólo el celebrante, los monaguillos y los principales Hermanos; los demás quedaban fuera. Todos, arrodillados ante la imagen de la santa Madre de Dios, oraban con tal fervor que parecían anonadados y sólo se oía el susurro de las hojas, el rumor de las aguas del torrente que discurría algo más abajo y el canto de los pájaros. Cada mañana, la comunidad se dirigía a la capilla y los Hermanos, después del rezo de las oraciones, hacían media hora de meditación y asistían a la santa misa.

Después de la comida, volvían otra vez para hacer una visita a la Santísima Virgen y por la tarde, concluían el día con el rezo del rosario.

 ¡Cuántas veces los viajeros que pasaban por el camino que bordea la montaña de enfrente, se detuvieron mirando a una y otra parte, intrigados por saber de dónde venían aquellas voces que unánimes cantaban con tanto entusiasmo! Eran los Hermanos que, ocultos entre los árboles y de rodillas ante el altarcito en el que se inmolaba el Cordero sin mancha, cantaban alabanzas a Jesús y María.

Después de la santa misa, cada cual iba a su trabajo y en silencio se entregaba a él según sus fuerzas. Al final de cada hora, el Hermano encargado tocaba una campanilla. Todos interrumpían el trabajo, se recogían y rezaban juntos el Gloria al Padre, el Ave María y la invocación Jesús, María y José.

Por descontado que el primero en el trabajo era siempre el Padre Champagnat. Él lo organizaba, asignaba a cada cual su tarea y supervisaba todo, lo que no le impedía realizar mayor trabajo que el más hábil de los albañiles, como lo reconocían los mismos obreros.

Como ya indicamos anteriormente, los Hermanos no construían propiamente; sólo el Padre fue autorizado a ello por los mismos obreros, porque lo hacía perfectamente. ¡Cuántas veces le vimos trabajar él solo durante el descanso que toman los obreros a mediodía o por la tarde una vez concluida la jornada! Durante la noche rezaba el oficio, asentaba las cuentas, consignaba los jornales de los obreros, el aprovisionamiento de materiales, y preveía la labor del día siguiente. Con todo eso, se adivina fácilmente que su descanso era brevísimo.

Algo digno de destacar, y que hemos de considerar como señal de especial protección de Dios sobre la comunidad, es que el Padre Champagnat, que durante toda su vida estuvo ocupado en construcciones y empleó a los Hermanos en este tipo de trabajos, nunca lamentó desgracia alguna ni de los Hermanos ni de los obreros que contrató. Hubo, sí, numerosos accidentes que sobresaltaron a la comunidad; pero la divina Providencia, por intercesión de María, siempre nos libró de posibles malas consecuencias. He aquí varios ejemplos: Un obrero que trabajaba a gran altura del lado del río, se cayó del andamio. Abajo había unos bloques enormes de piedra sobre los que iba a estrellarse. Pero al caer, junto con los materiales que se hallaban en el andamio, tuvo la suerte de rozar un gran árbol y consiguió asirse a una rama, quedando colgado hasta que acudieron en su auxilio. No se hizo ni un rasguño. Lo que manifiesta más a las claras la protección de Dios, es que el árbol era de madera quebradiza y la rama tan débil que normalmente no podría soportar el peso de un hombre.

Un Hermano joven, que hacía de peón de los albañiles en la tercera planta, pisó en un tablón carcomido, que se partió y lo arrastró en su caída. El Hermano se encomienda a la Santísima Virgen, logra agarrarse al andamio con una mano y queda colgado en el vacío. El peligro era tal que el primer obrero que acudió otro albañil más intrépido y generoso; lo agarró de la mano y lo rescató sin más daño que un susto de muerte.

Unos diez Hermanos de los más robustos subían piedras al segundo piso. Uno de ellos, al llegar a lo alto de la escalera con un enorme pedrusco al hombro, siente que se queda sin fuerzas y se desploma; la piedra se le cae y derriba al Hermano que lo seguía. Éste, sin sospechar nada, hizo instintivamente un ligero movimiento de cabeza, con lo que la piedra, en lugar de destrozársela, le ocasionó sólo una rozadura. El Padre Champagnat, que se hallaba arriba y fue testigo del accidente, vio tan segura la muerte del Hermano que le dio la absolución. Sin embargo, no le sucedió nada, aunque le entró tanto miedo que echó a correr por el prado como un loco. El susto afectó a todos los Hermanos testigos del accidente y, sobre todo al Padre Champagnat, el cual mandó inmediatamente dar gracias a Dios por la protección que acababa de conceder al Hermano. Al día siguiente ofreció la misa en acción de gracias con la misma intención.

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