20 de junio de 2006 GRECIA

Celebración con el Nuncio apostólico en Grecia y tres sacerdotes ortodoxos

Desde que fue canonizado nuestro Fundador, todos los años los miembros de nuestras dos comunidades educativas celebran juntas la fiesta de san Marcelino. Ello nos brinda la ocasión de profundizar en algunos aspectos de su personalidad, su proyecto educativo, su espiritualidad, o bien de responder a las llamadas de los últimos capítulos generales o reflexionar sobre las actividades del Movimiento Champagnat.

Este año, con el acontecimiento de los cincuenta años de vida religiosa de cuatro hermanos, más la Asamblea de 2007 con el lema ?Un corazón, una misión? y la participación y el compromiso cada vez más activo de los seglares maristas, hemos querido destacar nuestra vocación común a ?ensanchar el espacio de la tienda? y dejarnos ?guiar por el Espíritu Santo? Después de una presentación simbólica de la misión del hermano y del seglar marista y una celebración ecuménica, animada por el Nuncio apostólico en Grecia y por tres sacerdotes ortodoxos, antes de entregar los pergaminos con la bendición papal a los cuatro hermanos jubilares, un antiguo alumno y padre de dos alumnos dio el testimonio siguiente:

?Me es difícil explicar en pocas palabras mi experiencia escolar de hace ya 42 años, y las repercusiones que ésta tuvo en mi vida familiar, profesional y social. Lo que yo recibí entre 1965 y 1976 y las personas con las que me relacioné entonces, continúan acompañándome y yo escucho su mensaje. Todavía hoy siento las vibraciones del alumno adolescente que era entonces.

En aquella época yo no conocía siquiera lo que significaba la palabra hermano, pero comprendí desde el principio que me encontraba delante de personas que me prestaban atención, que me protegían, que me escuchaban, que se interesaban por mí y me inspiraban confianza y seguridad. Al avanzar en edad fui haciéndome consciente de que lo importante no era ser el primero de la clase sino aspirar a estar entre los primeros. Ser el primero supone sacrificios y concesiones que a veces ponen en peligro los verdaderos valores y los límites personales. Aspirar a estar entre los primeros significa constancia en el esfuerzo, proponerse objetivos acordes con las posibilidades, trabajar en equipo y ser solidario.

La presencia de los hermanos junto a nosotros nos permitía descubrir nuestras capacidades y limitaciones, asumir los éxitos y los fracasos y superar las dificultades. Sin ruido, discretamente, los hermanos modelaban nuestra alma de niño y adolescente haciéndonos comprender que cada uno es único y que puede tener su propio lugar en la comunidad humana. que hay un espacio para cada uno de nosotros en el que podemos ser y actuar. En aquella comunidad escolar, el hermano encargado del patio se iba convirtiendo poco a poco en el coordinador de todas las demás actividades, deportivas, festivas, culturales o recreativas. De la clase de francés pasaba a la animación y coordinación de un nivel entero o se ocupaba de organizar una excursión. Ahora que soy adulto, esa sucesión de funciones me inspira todavía y me sirve de modelo. Entiendo ahora la gran sabiduría de elegir las tres violetas como emblema de los hermanos y los antiguos alumnos, y de todo marista en general. Con el símbolo de la sencillez, la modestia y la humildad, signos distintivos de la ?Panaya?, del espíritu de familia, de la infancia, las violetas expanden su perfume sin que uno se dé cuenta.

Con los hermanos nos sentíamos como en una segunda familia. Les tratábamos de ?usted? pero en nosotros vibraba la cercanía, la familiaridad. Sin vacilar, les confiábamos nuestros problemas personales y nuestro sueños infantiles y adolescentes. Y ahora que nos hemos convertido en adultos, en padres de familia, seguimos confiándoles lo que nos es más querido, nuestros propios hijos.

Queremos expresaros, queridos hermanos, nuestro profundo agradecimiento. Vuestro ejemplo y vuestro testimonio que han iluminado nuestro pasado, continúan iluminando nuestro presente y continuarán iluminando nuestro futuro en la persona de nuestros hijos?.

Michel Séfériadis

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