24 de febrero de 2006 CASA GENERAL

Hace cien años…

Durante el año 1904, en el Kiang-Si, había familias católicas que habían sufrido la violencia, dos oratorios fueron incendiados, las casas de sesenta familias fueron desvalijadas, siete católicos cayeron asesinados. Al mandarín, sub-prefecto de la región de Nantchang, se le culpaba de no haber hecho nada contra los criminales, e incluso de haber prometido la impunidad a los dos principales cabecillas.

Este mandarín, que se llamaba Kiang, quería llegar a una solución amistosa con la misión. Invitado a comer por el padre Lacruche, lazarista, va a la misión. Allí explica su profunda amargura al no verse apreciado por sus superiores. Después de comer se retira a una habitación y allí se degüella.

La noticia subleva a la población contra la misión, porque en China siempre uno es responsable de quien muera en su casa. La residencia, el hospital, la escuela de la misión fueron asaltadas, saqueadas y los misioneros que cayeron en sus manos fueron asesinados. En esas circunstancias murieron cinco de nuestros hermanos: Léon, Louis-Maurice, Prosper-Victor, Joseph-Amphien y Marius. Murieron también dos padres lazaristas y la familia de un pastor protestante.

Sigue la carta del obispo que anuncia la muerte de los 5 hermanos


Kiou Kiang, 2 de marzo de 1906

Reverendo Hermano:
Le habrán entregado los telegramas que anuncian la horrible noticia. Hace varios días que quería haberle escrito. Le ruego me disculpe.
No trato de consolarle… Yo tengo tanta necesidad como usted de recurrir a todo mi espíritu de fe para encontrar un poco de resignación. Le acompaño en las lágrimas, y lloro no sólo por mis dos excelentes misioneros, sino también por mis queridos Hermanos de Nantchang. Yo los tenía en gran aprecio, ¡usted sabe hasta qué punto! ¡Estaban tan felices en nuestra escuela de Nantchang! Los misioneros y los hermanos no formaban sino una sola familia, donde había veneración, afecto y entrega recíproca. Todavía lo pude constatar en los primeros días de febrero, y me sentí emocionado. El hermano Léon me decía, con lágrimas en los ojos lo felices que eran él y sus hermanos en Nantchang.
No me hago a la realidad de este horrible desastre: me parece soñar… Son víctimas, víctimas puras y santas, cuya inmolación ?estoy convencido- hará florecer nuestra misión de Nantchang, y atraerá también grandes gracias sobre vuestra entera Sociedad. ¡Que sea éste nuestro consuelo!
Esta mañana ha tenido lugar el reconocimiento de los cadáveres. Le enviaré la relación dentro de pocos días. Pensamos celebrar las solemnes exequias el martes que viene; es para advertirle que le he expedido un telegrama con tal motivo. Si se digna asistir, para mí sería un gran consuelo.
Me agradaría escribirle con más extensión, pero me encuentro desbordado… discúlpeme, se lo ruego. A los pies de Jesús crucificado, créame, reverendo Hermano,
su devoto y desolado servidor
+ P. Ferrant, Obispo, Vicario Apostólico.

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