18 de enero de 2021 SUDáFRICA

Juliana Fontoura Galline, dos años en la comunidad de Atlantis

Juliana Maria Fontoura Galline pertenece a la Provincia Brasil Centro-Sul y formó parte del grupo LaValla200> 2018. Junto a su esposo, Diogo Galline, estuvo dos años en la comunidad internacional de Atlantis, Sudáfrica, desde el 10 de marzo de 2019 hasta el 25 de diciembre de 2020. De regreso a su Provincia, Juliana comparte con nosotros algunas experiencias que vivió.

Si deseas dedicar una parte significativa de tu vida a las comunidades de Lavalla200>, ponte en contacto con tu provincial o escribe a cmi@fms.it.


¿Cómo nació tu vocación marista y qué te motivó a participar en el programa Lavalla200>?

Comencé mi vida marista en el 2013, cuando empecé a trabajar en el área de comunicación institucional de la Provincia Marista Brasil Centro-Sul (PMBCS). Poco a poco, mediante el contacto con el patrimonio histórico y espiritual marista, la historia de Marcelino Champagnat y el contacto con los hermanos y laicos, me fui enamorando de la institución, de tal manera que, hoy en día, llevo una vida marista en la que tanto lo personal y laboral/apostolado están interconectados. Conocí a mi esposo trabajando en la Provincia. En el 2017 tuvimos acceso a la carta enviada por el H. Emili Turú titulada «La danza de la misión» donde invitaba a todos los maristas, hermanos y laicos “a discernir, ante Dios, si se sienten llamados a salir de su país de origen para formar parte de una comunidad internacional en otra región del mundo”.

Diogo y yo éramos recién casados, teníamos nuestra vida organizada (apartamento, trabajo estable…), pero sentíamos que nos faltaba algo para sentirnos completos en nuestra vida marista. Faltaba una experiencia de entrega a la misión marista, pero diferente a lo que habíamos vivido hasta ese momento. Y tras un periodo de discernimiento, decidimos participar en el programa. En la carta del H. Emili leímos una frase que nos marcó profundamente: “¿Qué harías si no tuvieras miedo?”. Sabíamos que significaría un cambio radical en nuestras vidas, pero decidimos arriesgarnos en esta experiencia.

¿Qué es lo que más te marcó durante esta experiencia?

Creo que mi experiencia en el programa LaValla200> ha fortalecido en mí la vida en fraternidad. En la comunidad de Atlantis éramos 6 maristas que, ante todo, éramos conscientes de que teníamos en común una vocación de vida. Y como parte de esta vocación, elegimos vivir juntos, considerando las opciones específicas de ser y estar en el mundo: como Hermanos Maristas (había en la comunidad un Hermano de Italia, uno de Australia y uno de Nigeria); como matrimonio (Diogo y yo, ambos de Brasil) y como laica marista (María, de España). Era una comunidad muy diferente desde el punto de vista cultural, generacional y vocacional. Pero juntos, tuvimos que aprender a vivir como una familia, reconociendo y aceptando nuestras diferencias y tratando de encontrar lo que nos unía como maristas de Champagnat.

¿Cómo fue tu participación en la misión de la comunidad Atlantis?

El apostolado también me ha dado la perspectiva de la fraternidad. Tuve la oportunidad de trabajar como profesora de arte en una escuela pública y, durante esta experiencia, pude conocer la vida de los niños y comprender la difícil realidad en la que viven. En nuestras aulas les brindábamos la posibilidad de tener un momento para ser niños; un espacio seguro en el que podían expresarse de forma creativa, sin miedo. Asimismo, pude trabajar con a María en el Santuario de St. Claire, el cual acogía a mujeres, y sus hijos, que habían sufrido violencia doméstica. Las mujeres se quedaban allí por 3 meses hasta que encontraban un lugar seguro para vivir lejos del abusador. Durante el tiempo que vivimos con ellas creamos un espacio fraterno de aceptación y confianza. Pudimos realizar actividades que les devolvieron la feminidad y la fuerza para seguir adelante. Ambas experiencias me enseñaron mucho y transformaron profundamente mi modo de ver el mundo.

¿Con qué palabras resumirías tu experiencia?

Valor, confianza en Dios, apertura a lo diferente y resiliencia.

¿Hay algo que te ha marcado de manera significativa?

Me ha marcado mucho la comunidad, los encuentros y el apostolado. Durante la vida en comunidad, Dios me dio dos regalos: el H. Pietro Bettin y María Bobillo. Al conocerlos, sentí que era un encuentro de almas entre nosotros. Poco a poco, ambos fueron ganando un lugar especial en mi corazón y hoy son personas que considero parte de mi familia.

Pietro es un Hermano muy sabio que siempre tiene algo que enseñar y una palabra cariñosa para dar. Él siempre me hizo sentir importante en la comunidad, y en todo momento, fue mi gran alentador mientras creaba las actividades para los niños. En varias oportunidades, también nos mostrño su talento para tocar el acordeón. ¡Incluso llegamos a crear una banda llamada «Joy to the world»! Pietro siempre era un amante de la naturaleza. Me enseñó a ver la belleza en las pequeñas cosas de la vida. María también fue un regalo muy especial para mí. Tan pronto como llegué a la comunidad, confió en mí para compartir juntas el trabajo en el santuario. Ambas hicimos un trabajo increíble, desde la preparación de laa actividades hasta la realización de las actividades con las mujeres. Unimos nuestras habilidades y nos complementábamos en el trabajo que hacíamos allí. María es una hermana para mí. Alguien que admiro inmensamente por su sensibilidad, compromiso y dedicación en todo lo que hace.

Lo que más me marcó en el apostolado fue la convivencia con los niños en la escuela y un tipo especial de comunicación que desarrollamos entre nosotros. En las clases de arte, yo siempre llevaba un sobre grande para que los niños pudieran escribirme cartas y darme sugerencias sobre las actividades artísticas. La idea era construir juntos las propuestas pedagógicas, dar voz a los niños en la elección de las propuestas. Y si bien al inicio, ese era mi objetivo, con el tiempo me fui dando cuenta de que nuestra correspondencia se había convertido en una forma de brindar atención, amor y cariño que quizás ellos no tenían en casa, con sus familias. A través de las cartas, pude conocer mejor a los niños y la realidad en la que vivían. Y así, construimos juntos una relación afectiva; una experiencia que durará toda la vida.

¿Cuál fue tu mayor aprendizaje?

En la Encíclica Fratelli Tutti, el Papa Francisco nos invita a sentir un amor genuino por los demás; un amor que va más allá de las barreras de la geografía y el espacio; un amor que nos permite reconocer, valorar y amar a todas las personas independientemente de su apariencia física, del lugar donde nació o vive. Pienso que lo que más he aprendido de esta experiencia ha sido comprender que pese a nuestras diferencias en la comunidad LaValla200>, logramos realizar nuestro apostolado y vivir en armonía. También pudimos integrarnos en la comunidad vulnerable de Atlantis (también una cultura diferente) y construir puentes juntos. Me di cuenta de que no es posible caminar sola. Hoy puedo afirmar de que es en la vida comunitaria donde nace la fuerza para mirar hacia adelante. Es soñando juntos cuando podemos lograr grandes cosas para el bien de todos. Quizás algún día, podamos vivir en una época en la que todas las personas del mundo, de todas las naciones nos reconozcamos como un solo cuerpo, una sola humanidad. Como dice en la encíclica: “como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos”.

¿Cómo te han ayudaron estos dos años a madurar tu vocación marista?

Creo que la experiencia de LaValla200> me brindó una oportunidad para vivir profundamente mi espiritualidad. El H. Ernesto Sánchez, en su última circular, escribió que esta experiencia se debe realizar de manera personal y comunitaria. Él menciona que urge crear un itinerario espiritual, que comienza por entrar en el espacio interior de nosotros mismos, de la dimensión de la interioridad. Él dice que la interioridad hace que nuestro corazón esté disponible a abrirnos al Misterio, dejando así un espacio para la experiencia espiritual. A partir de la experiencia espiritual, palpamos lo humano en profundidad, hasta el punto de vislumbrar lo divino, acercándonos un poco más a esas realidades intocables o inalcanzables. Pienso que durante esta experiencia LaValla200> he aprendido a cuidar mi camino interior y espiritual y, así, también he logrado desarrollar la capacidad de establecer relaciones humanas sanas y duraderas con los demás. Aprendí a enfocarme más en el cuidado de los demás.

¿Cuáles fueron los mayores desafíos de este período?

Creo que fue el desarrollo de la tolerancia y la resiliencia. Pienso que la vida en comunidad está hecha de luces y sombras. La convivencia fue difícil algunas veces. Fue difícil enfrentar mis aflicciones y reconocer mis debilidades en la relación con el otro. Para mí, fue muy difícil aceptar lo diferente, con sus fortalezas y limitaciones. Creo que logré superar esto cuando entré en contacto conmigo misma y reconocí una relación profunda con Dios. Solo de ese modo pude cambiar la percepción del otro. Y entonces, pude verlo de manera diferente, con misericordia, respetándolo como ser humano.

¿Qué le dirías a los que desean seguir la propuesta?

Pienso que para participar en la experiencia LaValla200> es necesario estar dispuestos a vivir según el corazón de María. Ella venció sus miedos, confió en Dios y se puso a su servicio. Por ende, Hermanos y laicos/as maristas si se sienten llamados a sobrepasar los muros de su Provincia para hacer voluntariado internacional, tengan el valor de decir «sí» a la invitación del Instituto. Anhelo vivamente que podamos contribuir a la humanidad fraterna e integral, siguiendo nuestra vida a la manera de María. De este modo, con seguridad, podremos construir juntos, poco a poco, nuevos Hogares de Luz.

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