12 de febrero de 2011 CASA GENERAL

La vida es un don

Emanuela es una de las empleadas de la Casa general. Recientemente dio a luz una bella niña: Flavia. Por una feliz coincidencia, nació el día 2 de enero, una fecha eminentemente marista. Su presencia en la Casa general mientras estaba encinta, inspiró dos reflexiones que compartí con Emanuela. Son una reflexión sobre la vida que compartimos ahora también con nuestros lectores.

¡Flavia, amiga y hermana mía, bienvenida! A partir de hoy, formas parte de la gran familia humana. Tu presencia en medio nuestro es una gran alegría. Pero sobretodo es una presencia que evoca la vida.

Por la vida, por tu vida, hoy queremos dar gracias al Señor. La vida es un don. Tú eres un don para nosotros. Te acogemos con los brazos abiertos, para alzarte luego hacia el cielo. Porque tú eres un don del cielo.

En tu presencia, el cielo habita la tierra y ésta se siente transportada hasta los cielos. Tú apareces así como el punto de intersección entre la tierra y el cielo. El punto en el que la vida irrumpe para decirnos que, a pesar de todo, vale la pena vivir. Es también el punto donde más allá, mucho más allá de ti misma, encontramos al mismo Dios. Sin ninguna duda, tú eres la imagen visible de la presencia de Dios en el hombre, en la triple dimensión que pone a Dios en el centro de nosotros mismos:

  • Imagen visible del amor: tú no existes sin Dios que es amor. En tu rostro, entre la sonrisa y las lágrimas, revelas el amor de Dios a los hombres, al mismo tiempo que nos arrastras hacia Él.
  • Imagen visible de la esperanza: tú no existes sin la esperanza de Dios, o sin Dios que es esperanza. Es extraordinario lo que así tú nos revelas: Dios confía, tiene esperanza en el hombre. Por eso, te pone en nuestras manos para que hagamos crecer la vida que Él nos dio en ti para la esperanza del mundo.
  • Imagen visible de la fe: tú no existes sin la fidelidad de Dios. La fe también es eso: la fidelidad de Dios hacia nosotros. En ti, ella visita, más de una vez, la tierra. Pero no se detiene en ti. Se extiende al infinito: a todos los tiempos y a todo el espacio. Y así, tu presencia es un desafío para nuestra fidelidad. Es también una invitación a que respondamos a la fidelidad de Dios.

En tu presencia, signo divino de vida y de vida divina entre nosotros, saludo también a tus queridos padres, Luca y Emanuela, mis queridos amigos. Ellos son los intérpretes del designio de Dios sobre ti. Ellos hacen recordar las maravillosas notas de un himno que Dios escribió desde toda la eternidad sobre ti. Es un poema de la creación, un poema que canta la música de Dios que tus padres nos ofrecen. Así, es también un don a la humanidad, para revelarle la novedad eternamente presente de Dios.

En tu presencia también me reencuentro a mi mismo. Porque también soy un don de vida. La música de Dios también construyó su melodía sobre mí. Una melodía de vida que quiero siempre cantar y cantar para siempre. Al contemplarte, ¿cómo podría yo soñar, aunque fuese un segundo,  en una actitud de muerte? En tu encarnación yo soy ya la resurrección, la victoria de la vida sobre las tentaciones de muerte, así como en la Encarnación/Resurrección de Jesús. Es por eso que tú eres formidable, Flavia. A tu modo, así tan simplemente en nuestros brazos, tú revelas también esa victoria suprema y única: la de la vida sobre la muerte.

Por eso, déjame terminar como comencé: bienvenida hermana mía. Te amo, Flavia.

Teófilo, tu hermano

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