Feliciano Montero García

Feliciano Montero Garc√≠a es catedr√°tico de Historia Contempor√°nea de la Universidad de Alcal√° de Henares y conoce bien, por tanto, el contexto social e hist√≥rico en el que se dio el asesinato de nuestros hermanos. Ha publicado, entre otros libros: ‚ÄúEl movimiento cat√≥lico en Espa√Īa‚ÄĚ; ‚ÄúFranquismo y memoria popular‚ÄĚ; ‚ÄúLa Acci√≥n Cat√≥lica Espa√Īola y el franquismo: auge y crisis de la Acci√≥n Cat√≥lica Especializada en los a√Īos sesenta‚ÄĚ y ha colaborado en importantes libros colectivos a prop√≥sito de la Historia de Espa√Īa. Conoce adem√°s al Instituto marista ya que fue alumno del Colegio marista de Salamanca desde Primaria hasta Preuniversitario y su hermano Agust√≠n es hermano marista de la provincia Compostela.
Amablemente nos recibe en los locales que la Conferencia marista tiene en Madrid donde nos explica el contexto histórico en el que ocurrió la muerte de los mártires maristas en el verano de 1936. 

AMEsta√ļn. Se ha decidido la celebraci√≥n eclesial de la beatificaci√≥n de un grupo de hermanos maristas asesinados al inicio de la Guerra civil espa√Īola de 1936 ‚Äď 1939. ¬ŅCu√°l es el estado de la opini√≥n p√ļblica en estos momentos en Espa√Īa?
Feliciano Montero. 
Hubo un tiempo, al final del R√©gimen de Francisco Franco (gobernante de Espa√Īa entre abril de 1939 y noviembre de 1975, como consecuencia del golpe de Estado contra el gobierno de la Segunda Rep√ļblica del 18 de julio de 1936 y la subsiguiente Guerra Civil ocurrida entre los a√Īos 1936 y 1939), en que la reivindicaci√≥n de los m√°rtires y de la guerra civil como ‚Äúcruzada‚ÄĚ parec√≠a haber pasado a la historia en nombre de una comprensi√≥n y consideraci√≥n de la guerra civil espa√Īola como un error monstruoso en el que todos los protagonistas, de uno y otro bando, hab√≠an tenido alguna responsabilidad.
Tras este reconocimiento universal de las culpas y responsabilidades propias lo que había era un compromiso de reconciliación y un intento de superación de los ajustes de cuentas y revanchas.
En ese contexto los m√ļltiples procesos de beatificaci√≥n de los m√°rtires de la guerra fueron paralizados al servicio de ese objetivo reconciliador como v√≠a principal para un proceso pac√≠fico de transici√≥n a la democracia en el que la Iglesia jugar√≠a un papel esencial. Por su parte los herederos de los vencidos renunciar√≠an a reivindicar a los suyos.
Pasado el tiempo, consolidada la transición, la Iglesia, hacia mediados de los 80, coincidiendo con el 50 aniversario de la guerra civil, reinició o impulsó de nuevo los procesos de beatificación de los mártires, a la vez que desde sectores no católicos se criticaba abiertamente a la Iglesia su implicación y colaboración en las represiones del franquismo, y por tanto, se le demandaba que pidiera perdón, en el espíritu del jubileo del 2000.
M√°s recientemente la investigaci√≥n de los historiadores y algunas iniciativas ciudadanas, como la “Asociaci√≥n para la recuperaci√≥n de la memoria hist√≥rica” est√°n reivindicando con fuerza las otras v√≠ctimas, m√°rtires de otras causas, an√≥nimos, desaparecidos, sepultados en fosas comunes, v√≠ctimas de la represi√≥n de los vencedores durante la guerra y en los primeros a√Īos de la posguerra.
En definitiva parece haber vuelto, con toda su virulencia, en la opini√≥n p√ļblica espa√Īola un clima de confrontaci√≥n en torno a las violencias cometidas por unos y otros en la guerra civil, como si de un nuevo ajuste de cuentas se tratara. Salvando el riesgo que esta confrontaci√≥n medi√°tica puede significar para la consolidaci√≥n de la convivencia ciudadana, tambi√©n puede ser √©sta la ocasi√≥n para “lavar” definitivamente, con suficiente distancia, las heridas latentes, silenciadas quiz√° por miedo a reproducir el conflicto.

En todo caso, en este clima de confrontaci√≥n, con riesgo de ajuste de cuentas, o de aclaraci√≥n de la “verdad” completa de todo lo sucedido, es en el que tenemos que situar el recuerdo y el homenaje a nuestros m√°rtires maristas. ¬ŅC√≥mo hacerlo sin contribuir a exacerbar la confrontaci√≥n pol√≠tica?¬†
Seguramente haciendo un ejercicio de comprensi√≥n hist√≥rica, complementario de la lectura cristiana, de los acontecimientos. Contextualizando lo ocurrido en las claves pol√≠ticas, sociales y mentales de su tiempo. Tratando de responder a las preguntas sobre la naturaleza y las razones de una violencia anticlerical y antirreligiosa, que seguramente ven√≠a de lejos, se hab√≠a ido incubando lentamente, y que se manifest√≥ de manera sorprendente y descontrolada, inexplicable e irracional, incomprensible todav√≠a hoy para los historiadores y para los herederos ideol√≥gicos o pol√≠ticos de aquellos violentos. Lo sorprendente, como ha se√Īalado el antrop√≥logo Manuel Delgado, es la incapacidad de historiadores y pol√≠ticos para entender y asumir esa violencia anticlerical y antirreligiosa que provoca los m√°rtires del verano de 1936.

¬ŅC√≥mo se fragua en Espa√Īa la corriente de pensamiento del anticlericalismo?¬†
Desde luego el anticlericalismo en Espa√Īa ven√≠a de lejos, se hab√≠a manifestado c√≠clicamente en las matanzas de frailes de 1835, pero se hab√≠a ido alimentando especialmente desde comienzos del siglo XX, siguiendo el ejemplo de otros pa√≠ses, especialmente la Francia de la III Rep√ļblica.
El anticlericalismo en sus m√ļltiples manifestaciones y expresiones, ya antes de la 2¬™ Rep√ļblica espa√Īola, era la expresi√≥n de una lucha defensiva y ofensiva contra su antagonista el “clericalismo”, es decir, seg√ļn la percepci√≥n de los anticlericales, contra el peso social, pol√≠tico y sobre todo ideol√≥gico, del clero secular y regular, en las instituciones sociales y especialmente en las educativas; una influencia que se consideraba perniciosa, un obst√°culo para la modernizaci√≥n y el progreso.
Lo que los anticlericales reivindican como legítima secularización de un Estado autónomo, los clericales denuncian como un peligroso proceso de descristianización, que era a la vez entendido como una pérdida fundamental de la identidad nacional y de la convivencia social armónica.
En la Espa√Īa de la ‚ÄúRestauraci√≥n canovista‚ÄĚ (sistema pol√≠tico promovido por C√°novas del Castillo durante el per√≠odo 1876-1923) el marco legal, la Constituci√≥n y el Concordato con la Santa Sede, proteg√≠an un r√©gimen de confesionalidad y de unidad cat√≥lica, dejando poco margen a la libre expresi√≥n y propaganda de los liberales y los agn√≥sticos.
Poco a poco sin embargo sus iniciativas culturales y pedagógicas fueron ganando terreno e influencia real, aun sin conseguir modificar apenas el marco legal de mínima tolerancia para los no católicos.
Paralelamente el catolicismo consolidaba su hegemon√≠a y su influencia social e ideol√≥gica a trav√©s de la creciente implantaci√≥n de nuevas congregaciones religiosas, muchas como los Maristas venidas de Francia a finales del siglo XIX y principios del XX. Congregaciones masculinas y femeninas dedicadas principalmente a la ense√Īanza y la asistencia social. Ellas fueron precisamente el blanco principal de la denuncia de los anticlericales desde principios del siglo XX.
Una campa√Īa sistem√°tica, paralela a proyectos de regulaci√≥n de las Congregaciones, trat√≥ de desprestigiar su tarea y responsabilizarla de todos los “males” de la naci√≥n. La regeneraci√≥n de Espa√Īa, su modernizaci√≥n depend√≠a de la reducci√≥n de su presencia en la educaci√≥n.

La educaci√≥n es un tema de discusi√≥n y enfrentamiento entre clericales y anticlericales espa√Īoles. ¬ŅRealmente la regeneraci√≥n de Espa√Īa depend√≠a de la reducci√≥n de la presencia de la Iglesia en el campo educativo?¬†
Esta tesis de la ret√≥rica anticlerical, reiterada y asumida especialmente en el tiempo de la 2¬™ Rep√ļblica, no se correspond√≠a con la realidad social. M√°s bien, seg√ļn estudios recientes (Maitane Ostolaza), si los colegios de las Congregaciones se hab√≠an expandido tanto en las primeras d√©cadas del siglo XX no era s√≥lo por la protecci√≥n legal (pol√≠tica) sino porque respond√≠an eficazmente a la demanda social. Su oferta educativa se ajustaba mejor, que la por otra parte d√©bil y escasa escuela p√ļblica, a las nuevas demandas sociales.
Pero lo cierto es que la contribuci√≥n de la escuela cat√≥lica a la “modernizaci√≥n” econ√≥mica y social de un pa√≠s en v√≠as de industrializaci√≥n no imped√≠a que sus contenidos doctrinales, (“el liberalismo es pecado”), fueran considerados perniciosos por los liberales, los hombres de la Instituci√≥n Libre de Ense√Īanza, los masones y librepensadores, los republicanos, los socialistas y anarquistas. Es decir que en las dos primeras d√©cadas del siglo XX no dej√≥ de crecer la confrontaci√≥n y la descalificaci√≥n rec√≠proca entre clericales y anticlericales. No importa tanto que sus argumentos fueran reales o m√≠ticos; lo cierto es que eran eficaces en la configuraci√≥n de dos bloques, dos culturas antag√≥nicas e identidades colectivas, llamadas a excluirse y eliminarse rec√≠procamente.

En medio de una intensa ebullici√≥n social y pol√≠tica se culmina en Espa√Īa en esa √©poca un proceso de medidas secularizadoras de le educaci√≥n. ¬ŅC√≥mo afectaron a los maristas las leyes educativas promulgadas durante ese per√≠odo?¬†
La ley de Congregaciones de 1933, culminación de una serie de medidas secularizadoras, de acuerdo con los artículos de la Constitución, afectaba directamente a la vida y a la actividad docente de Congregaciones como los Maristas. Les obligaba a secularizar sus colegios colocándolos en manos de asociaciones seglares si querían seguir ejerciendo su actividad. Pero apenas aprobada la citada ley, el cambio político que significó el triunfo electoral de las derechas, alivió la situación. Las leyes anticlericales no fueron derogadas, pues para ello habría que revisar previamente los artículos correspondientes de la Constitución, pero su aplicación fue detenida o suavizada.
En efecto, durante el bienio 1933-35 gobern√≥ de forma inestable una coalici√≥n de republicanos radicales (moderados a pesar del nombre) y cat√≥licos de la CEDA (Confederaci√≥n Espa√Īola de Derechas Aut√≥nomas).
La CEDA era el partido mayoritario de la coalición pero no tenía mayoría suficiente para gobernar en solitario, y además su sinceridad republicana era sospechosa para los republicanos de izquierda y los socialistas.
Por eso ante la llegada de varios ministros de la CEDA al Gobierno, la izquierda obrera planteó una huelga general revolucionaria (octubre 1934), que, aunque fracasó salvo en Asturias, provocó manifestaciones de violencia anticlerical. La muerte del hermano Bernardo en Barruelo fue una expresión de esa violencia que anticipaba las que se producirían en julio-agosto de 1936.

¬ŅHay pues un paso de la agresividad legal, del anticlericalismo “legal” a la violencia anticlerical?¬†
Durante la 2¬™ Rep√ļblica se dieron ya algunos episodios violentos, especialmente la quema de conventos del 11 de mayo del 1931, a menos de un mes de proclamada la Rep√ļblica, y durante la revoluci√≥n de octubre de 1934. Pero la violencia anticlerical, la persecuci√≥n religiosa propiamente dicha, matanza sistem√°tica e indiscriminada de curas, religiosos y seglares militantes de organizaciones cat√≥licas, quema y profanaci√≥n de lugares de culto, violaci√≥n y mofa de sacramentos, ritos y ceremonias, no se produjo hasta el verano de 1936. En forma de iniciativas populares, de comit√©s revolucionarios y milicias locales, que entre sus objetivos revolucionarios ten√≠an como prioridad la eliminaci√≥n f√≠sica de la Iglesia y de sus ministros, al considerarles obst√°culo principal para el cambio social.
Los m√ļltiples testimonios recogidos por los historiadores, y muy especialmente en la obra cl√°sica, que sigue siendo fundamental, de Antonio Montero, confirman la naturaleza radical e indiscriminada de esa violencia, que no distingue entre el cura “bueno” o “social” y el menos virtuoso; entre el m√°s religioso y el m√°s implicado pol√≠ticamente…
Ciertamente hay tantas variantes como situaciones locales y sociales. Hubo republicanos que trataron de mediar y evitar con más o menos éxito las ejecuciones, personas que encubrieron y dieron cobertura.
Todos los historiadores de uno y otro signo reconocen la magnitud de la violencia anticlerical (se siguen aceptando como buenas las cifras que en su día ofreció el libro de Antonio Montero: 13 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 religiosos y 283 religiosas, un total de 6.832 víctimas); así como las razones fundamentalmente religiosas más que políticas de esa persecución. Aunque no todos están de acuerdo en esa distinción. La verdad es que era muy difícil en aquel momento separar la razón religiosa de la razón política.

¬ŅQuiere esto decir que la guerra civil y el estallido consiguiente de la violencia anticlerical fue inevitable?¬†
No necesariamente. La violencia en la calle era muy importante, pero fue el golpe militar fallido lo que desat√≥ la resistencia popular, y la violencia revolucionaria en forma de gran “ajuste de cuentas”.
La violencia anticlerical se prolong√≥ durante toda la guerra, pero fue especialmente intensa en los meses de julio a septiembre de 1936, el “verano sangriento”, el tiempo en el que los poderes locales y los comit√©s revolucionarios controlaron directamente la situaci√≥n, por encima de y al margen de las instituciones republicanas.
Esto es lo que se ha ponderado para quitar o rebajar la responsabilidad de las autoridades republicanas en la violencia anticlerical de los primeros meses; subrayando por el contrario los intentos de mediaci√≥n y de cobertura ejercidos por las autoridades frente a los comit√©s revolucionarios. De hecho es lo que ocurri√≥ con el grupo de Hermanos Maristas de Barcelona salvados “in extremis” por autoridad de la Generalitat (gobierno de Catalu√Īa), al d√≠a siguiente de la matanza del primer grupo.

¬ŅCu√°les han podido ser las razones de la violencia y el anticlericalismo popular en Espa√Īa durante ese per√≠odo turbulento?¬†
Como ya dije al principio, todav√≠a hoy no se entienden bien las razones de esa violencia anticlerical, sacrof√≥bica y antirreligiosa de los primeros meses de la guerra civil. Las autoridades republicanas intentaron pronto contener y desmarcarse de esas acciones, lavando su responsabilidad y atribuy√©ndolas a agentes incontrolados. Sin embargo no se puede negar cierto grado de complicidad con esas iniciativas. Y sobre todo la cuesti√≥n est√° en explicar la posible conexi√≥n, incluso no querida, entre la violencia verbal y la propaganda acumulada desde principios de siglo y especialmente en los a√Īos 30, y la violencia popular.
Algunos autores, desde una perspectiva antropol√≥gica, sugieren razones muy profundas y antiguas que tienen que ver con la ausencia de la reforma protestante. Otros desde el estudio de las culturas e identidades pol√≠ticas buscan ra√≠ces m√°s pr√≥ximas ligadas a las luchas por la secularizaci√≥n del Estado y de la sociedad que se dieron en todos los pa√≠ses cat√≥licos latinos (Francia, Italia, Portugal). En todo caso parece claro que en la violencia del verano del 36 se conjugaron diversos elementos o factores de origen y naturaleza diversa, viejos prejuicios o im√°genes sobre los “vicios” del clero y ajustes de cuentas m√°s recientes relacionados con el control de la educaci√≥n popular y las luchas sindicales.

¬ŅSe puede atribuir la violencia popular anticlerical a una raz√≥n defensiva frente al alineamiento de la Iglesia, a su colaboraci√≥n en el golpe militar, e incluso en algunos casos a la participaci√≥n material en la lucha, almacenando armamento o utilizando los edificios religiosos como fortalezas?¬†
Las denuncias de este tipo no se han podido demostrar; y por otra parte el estallido de la violencia y la persecuci√≥n anticlerical fue anterior o simult√°nea a los primeros acontecimientos de la guerra, cuando a√ļn apenas se pod√≠a saber con certeza lo que estaba ocurriendo. No quiere esto decir que la matanza de cl√©rigos estuviera previamente planeada sino que era un objetivo revolucionario prioritario, condici√≥n previa para la realizaci√≥n de otros objetivos. Era una convicci√≥n largamente alimentada en la reflexi√≥n y en la propaganda de la prensa y los ateneos obreros.

¬ŅCu√°l ha sido la perspectiva de la Iglesia Cat√≥lica espa√Īola con relaci√≥n al enfrentamiento por la escuela y por la educaci√≥n popular?¬†
Una de las expresiones más claras de la confrontación clericalismo-anticlericalismo, o catolicismo-laicismo, es la lucha por la escuela, es decir por el control de los contenidos educativos y del conjunto del sistema educativo.
Desde la perspectiva cat√≥lica, en nombre de la libertad de ense√Īanza se plantea ya en los Congresos Cat√≥licos nacionales de principios del siglo XX (Burgos 1899 y Santiago 1902) la capacidad de creaci√≥n de centros docentes frente a lo que llaman “el monopolio del Estado docente”, y junto a ello, la defensa de las Congregaciones religiosas frente a los proyectos de regulaci√≥n y control de sus actividades (en 1910 el Gobierno presidido por Canalejas aprob√≥ la llamada “ley del candado”, que imped√≠a el establecimiento en Espa√Īa de nuevas √≥rdenes religiosas sin la autorizaci√≥n expresa del Consejo de Ministros).
La presi√≥n anticlerical parece ceder entre 1912 y 1931, y en el clima protector de la dictadura de Primo de Rivera, la escuela cat√≥lica en sus diversas expresiones no deja de crecer. Un cuadro de la evoluci√≥n de las escuelas, comunidades y vocaciones maristas en la provincia de Espa√Īa, entre 1919 y 1931, expresa bien ese crecimiento. El n√ļmero de colegios y escuelas hab√≠a pasado de 60 a 69, el de hermanos de 587 a 813, y el de alumnos de 13.023 a 20.246.
Ahora bien la buena salud de la escuela cat√≥lica no pod√≠a por menos de suscitar la preocupaci√≥n de sus antagonistas. En √©ste como en otros temas pendientes de “secularizaci√≥n”, la proclamaci√≥n de la 2¬™ Rep√ļblica era la ocasi√≥n para llevar a cabo de forma radical los objetivos secularizadores. As√≠ qued√≥ reflejado en el art√≠culo 26 de la Constituci√≥n de 1931, y de forma m√°s rotunda en la Ley de Congregaciones religiosas de junio de 1933. Seg√ļn el art√≠culo 30 de la Ley de Congregaciones las √≥rdenes y congregaciones religiosas no podr√°n dedicarse al ejercicio de la ense√Īanza (…) La Inspecci√≥n del Estado cuidar√° de que las √≥rdenes y congregaciones religiosa no puedan crear o sostener colegios de ense√Īanza privada, ni directamente ni vali√©ndose de personas seglares interpuestas. Y el art√≠culo 31 pon√≠a plazo concreto inmediato para el ejercicio de esas ense√Īanzas.

¬ŅCu√°l fue la reacci√≥n de los hermanos maristas frente a las leyes secularizantes que les imped√≠an ejercer la ense√Īanza, crear escuelas o sostener colegios de ense√Īanza privada?¬†
Las Congregaciones tomaron buena nota de la nueva situaci√≥n, y trataron de adaptarse y defenderse tomando las medidas oportunas. La principal de ellas secularizando su presencia p√ļblica (traje seglar en vez del h√°bito, obtenci√≥n de t√≠tulos docentes oficiales); sobre todo transformando la titularidad jur√≠dica y nominal de los colegios en ‚Äúmutuas escolares‚ÄĚ, y transformando jur√≠dicamente las propiedades en nuevas sociedades con ubicaci√≥n del capital en el extranjero. El libro del hermano Teodoro Barriuso sobre el hermano Laurentino explica muy bien esta obligada transformaci√≥n.
Las vicisitudes de la Rep√ļblica fueron marcando los temores y las esperanzas de supervivencia. El panorama hostil percibido desde el principio (la quema de conventos del 11 de mayo del 31 afect√≥ a algunos colegios), se mantuvo y creci√≥ hasta junio de 1933 (La aplicaci√≥n de la ley de Congregaciones har√≠a dif√≠cilmente sostenibles los colegios y las comunidades incluso en su apariencia secularizada). Pero el triunfo del partido cat√≥lico, la CEDA, en las elecciones de noviembre del 33 despert√≥ las expectativas de un cambio; y aunque el cambio de la legalidad no se produjo el nuevo clima gubernamental permiti√≥ la pervivencia de los colegios cat√≥licos. La expectativa cambi√≥ de nuevo radicalmente con el triunfo electoral del Frente Popular en febrero de 1936. Los gobiernos del Frente Popular retomar√≠an los objetivos y programas reformistas en todos los terrenos, tambi√©n en el de la secularizaci√≥n y la escuela.
Pero adem√°s el empuje de las bases revolucionarias desbordaba la propia legalidad (como ejemplo la iniciativa municipal de confiscar el colegio marista de Orihuela).
Había un choque entre la posición del Gobierno, en defensa de la legalidad, de la aplicación de la Constitución y de la ley de Congregaciones, y la presión revolucionaria popular, que recordando lo ocurrido en octubre del 34, podría estallar con toda su virulencia, como así ocurrió.
A partir del estallido de la guerra ya no cabían negociaciones ni adaptaciones, se imponía la eliminación física de las personas, los centros y los medios; la editorial Edelvives fue uno de los primeros objetivos a destruir.

Finalmente, desde su punto de vista como historiador y como creyente, ¬Ņhay algunas lecciones que la Iglesia, y m√°s concretamente los hermanos maristas podemos aprender de lo ocurrido en ese verano de 1936?¬†
Como historiador y como creyente, en la línea del pensamiento del Concilio Vaticano II, y en la línea del espíritu que presidió la propuesta que hizo el Papa Juan Pablo II, con ocasión de la celebración del Milenio, de invitar a la Iglesia, de invitar a los cristianos y a los católicos a una revisión autocrítica de la propia historia, yo invitaría a los hermanos maristas a realizar el esfuerzo de ver el pasado de una manera comprensiva pero al mismo tiempo de una manera autocrítica.
A pesar de que actualmente parecen reproducirse conflictos entre los partidarios que lucharon en uno u otro bando, sin embargo, afortunadamente creo que el contexto social real espa√Īol de estos momentos no tiene nada que ver con el contexto de los a√Īos treinta. En ese sentido no habr√≠a que tener temores. Pero en todo caso, habr√≠a que tratar de evitar alimentar las ra√≠ces que llevaron a este conflicto e insistir m√°s bien en abrirse al di√°logo con los otros desde el punto de vista ideol√≥gico y social y en crear plataformas, que pueden ser potencialmente de conflicto, en plataformas de comprensi√≥n y de di√°logo.

BREVE CRONOLOG√ćA DE LA HISTORIA DE ESPA√ĎA (1868-1939)

1868 РRevolución contra Isabel II [desterrada a Francia el 30 de septiembre]
1870 РElección de Amadeo I de Saboya como rey
1872 – Tercera Guerra Carlista (1872-1876)
1873 РDimisión de Amadeo II
1873 – Proclamaci√≥n de la Primera Rep√ļblica
1874 РRestauración de la Monarquía borbónica con Alfonso XII [hijo de Isabel II]
1876 – Nueva Constituci√≥n y una “Ley Municipal”
1885 РRegencia de María Cristina
1893 – Atentados anarquistas (Bomba del Liceo de Barcelona)
1897 – Asesinato de C√°novas (primer ministro) por los anarquistas
1898 – Guerra con Estados Unidos
1898 – P√©rdida de las √ļltimas colonias imperialistas. Tratado de Par√≠s
1902 РMayoría de edad de Alfonso XIII
1909 – Comienzo de la Guerra de Marruecos
1909 – Huelga general en Barcelona [LA SEMANA TR√ĀGICA]
1911 – Huelgas generales protestando la guerra en Marruecos
1912 – Asesinato de Canalejas (primer ministro)
1917 – Huelga general revolucionaria en Espa√Īa
1921 – Las tropas espa√Īolas luchando en Marruecos sufren el desastre de Anual
1923 – Golpe de estado de Miguel Primo de Rivera
1927 РPacificación en Marruecos
1931 – 12 de Abril se declara la Segunda Rep√ļblica
1931 – Quema de conventos en Madrid
1932 ‚Äď Fallido golpe militar del general Sanjurjo
1932 – Autonom√≠a de Catalu√Īa
1932 – Agitaci√≥n anarquista en Catalu√Īa
1932 – Se disuelve la Compa√Ī√≠a de Jes√ļs
1933 РRevolución anarquista en Casas Viejas (pueblo de Andalucía)
1934 – La CEDA (Confederaci√≥n Espa√Īola de Derechas Aut√≥nomas) forma gobierno
1934 – Movimientos revolucionarios en Catalu√Īa y Asturias
1936 ‚Äď El Frente Popular gana las elecciones
1936 – Levantamiento del general Francisco Franco el 18 de julio: comienza LA GUERRA CIVIL
1939 – Fin de la Guerra Civil el 1 de abril
1939 – Gobierno del General Franco (1939-1975)