5 de junio de 2005 FRANCIA

Un sí que cambia la vida

Hay quien ha escrito que la vida depende de dos o tres síes o de dos o tres noes dichos en el momento justo. Marcelino hizo realidad esta máxima.

¿Quieres ser sacerdote?
En aquellos primeros años de la Francia de 1800, había un muchacho que albergaba sus propios sueños. Pero éstos no coincidían con los que otro tenía sobre él. Este muchacho era Marcelino; el otro era Dios. Fue entonces cuando apareció en su vida un sacerdote que le desbarató todos sus proyectos: negocios, dinero… – ?¿Quieres ser sacerdote?, le pregunta aquel tratante de Dios. Marcelino interrumpe momentáneamente su divagar entre las cosas que iba probando; y se le derrumban los bellos castillos de arena que se había construido. Acepta esa apuesta, arriesgada, muy difícil de ganar, pues tendrá que afrontar años de intensos estudios. Y él, a punto de cumplir los quince años, ¡sólo ha asistido un día a la escuela, uno solo! Pero si Dios lo llama…Nada es imposible para Dios. Tendrá que librar su mayor lucha para convencer a los otros, no a sí mismo, a los que le dicen que su elección raya lo imposible. Pero él, tenaz y tozudo, sigue adelante, dejando a un lado los temores y haciendo avanzar los nuevos sueños, tan diversos de los precedentes. ¿Apuesta ganadora o peligroso azar? Los hechos nos dirán que acertó al responder sí al Dios que le llamaba. Llega a ser sacerdote; y ¡qué sacerdote!
Nunca se arrepentirá de haber tomado el camino que Dios le había señalado.

Hay un joven que espera a Dios
El joven sacerdote, enviado a una aldea perdida, no sabe que está a punto de hacer algo grande, pues el cielo le tiene preparada una nueva cita. Una vez más, responderá sí.
Un joven está agonizando y Marcelino corre a prepararlo para el encuentro con Dios. Y es precisamente, junto al lecho de Jean Baptiste Montagne (que así se llamaba el joven), cuando se le queda bloqueado por un instante su mundo. Ruinas de una historia desoladora se dan cita en la mirada del joven devastada por el sufrimiento y en el alma en pena del joven sacerdote. Quizás en la agenda de Marcelino ya apremian otras urgencias, con todo su peso de dolor. Hay, sí, un joven moribundo; pero es toda la sociedad la que se está muriendo y no bastan los talismanes o las medidas cosméticas para curarla. Aquella vieja idea, relegada al desván de los sueños, pero que le rondaba durante sus tiempos de seminarista, se hace historia concreta. ?Necesitamos Hermanos, fantaseaba. Pero ante el lecho de aquel moribundo que ignoraba la existencia de Dios, se decide: Habrá Hermanos…
Es su sí a Dios y a la historia.
Podría haberse puesto a analizarlo, a ponderar las cifras desentrañando las estadísticas. Pero no lo hizo así, y no tenía ninguna necesidad. Los desastres del tsunami ideológico estaban allí, ante sus ojos. Nada de análisis teóricos hechos desde el despacho, sino una intervención de urgencia. En resumen, otro sí generoso. Y Marcelino lo pronunció.
¡Qué magia de monosílabo hoy escrito en todo el orbe!

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