3 de septiembre de 2007 BRASIL

Una vieja hacienda al servicio de la formación marista

Desde 1903 la casa marista de Mendes, enclavada en medio de una extensa propiedad, ha servido como lugar de formación marista. Ha albergado juniores, postulantes, novicios y escolásticos durante décadas. Fue también durante unos pocos años la casa que acogía a los hermanos ancianos. En las últimas décadas se ha acomodado para retiros, convivencias y encuentros. Algo tiene ese lugar que desde el primer momento cautivó al hermano Adorátor, según cuenta en su libro ?Vinte anos de Brasil?, donde recoge sus memorias de los primeros veinte años de la fundación marista en ese país. Esa obra está llena de anécdotas contadas con una literatura elegante y atrayente. Hoy, que esa casa acoge un acontecimiento de gran importancia para el futuro marista en el mundo puede resultar estimulante recordar lo que fueron los primeros años en Mendes, calcados del espíritu de la La Valla y l?Hermitage.

?Todos los hermanos que vivieron el primer año en Mendes no lo olvidarán nunca. Ese año primero nos dejó muchos recuerdos y nos gusta rememorarlos. Nos faltaban muchas cosas que, en condiciones ordinarias de vida, parecen indispensables. Pero no sufríamos por su carencia o muy poco. En Mendes, en los meses de junio, julio y agosto hay días fríos y las noches lo son más. El termómetro llega a marcar algunos grados bajo cero. Para los brasileños es frío intenso. En la ciudad de Río la mínima es de 14 grados. Para soportar esa temperatura, las señoras se cubren de pieles y los hombres de capotes.
Estas explicaciones ayudan a comprender la necesidad que teníamos de mantas. Recordemos que los hermanos tenían apenas una toalla doblada para preservarse del frío y un mal colchón de hierba seca apoyado sobre travesaños de hierro.

Los novatos encontraban en todo esto muy duro. Fue necesario pasar así casi un mes. El 10 de julio pude distribuir a los hermanos treinta mantas. Para todos fue una gran alegría; éste es el motivo por el que recuerdo aquella fecha. En cuestión de alimentación funcionábamos con lo estrictamente necesario: arroz, frejoles, un poco de carne y una naranja. El pan era muy caro: a un franco el kilo.
Economizábamos todo lo que podíamos. Como bebida podemos decir que a penas bebíamos agua clara: muchas veces venía turbia, a causa de los animales o por las lluvias. En la pobreza de nuestro régimen no perdíamos el buen humor.

Cuando leíamos en la vida de algunos santos que no bebían vino y a penas agua fresca, no podíamos dejar de reír. Nos parecía que eso no era gran ejemplo de mortificación. En el recreo siguiente, no faltaban las reflexiones sobre nuestros progresos en santidad. ¡Cuantas risas no repetirán los ecos de la Hacienda! El café era nuestro lujo. Había buena provisión. El administrador tenía recogido maíz, arroz, café. Tenía hermosa piara de puercos, ovejas y gallinas. Al comprar la hacienda por cuarenta ?cuentas? (dinero de la época), aumentamos cuatro cuentas más para adquirir también todo lo que pudiera tener, incluidas las legumbres y la huerta.

Bien o mal instalados, nos pusimos a trabajar. Trabajo manual, trabajo intelectual, arremetíamos con todo. Tratábase de afrontar el portugués y la vegetación gigantesca que tenía invadida la Hacienda. No había ni frutales, ni tierra cultivada, ni prados. Parte de la casa fue transformada en granero, establo y depósito de todo tipo, pues era necesario colocarlo todo en buen estado. Divididos en equipos, fue posible ejecutar todo tipo de trabajo? .

Ir. Adorátor Vinte anos de Brasil p.206 ? 207

VOLVER

¡Reivindiquemos el espíritu del Hermitage!...

SIGUIENTE

Una fecunda vida marista en Chile...